Era una persona solitaria. De pocas palabras, dicen. Por lo menos en la oralidad, porque vertía su torrente existencial en arte, primero en escultura, luego en teatro. Ernst Barlach nació, hoy, hace 150 años y fue uno de los grandes escultores alemanes.

Su trabajo tuvo influencias varias, muchas venidas desde la tradición teutona gótica, otras las fue adquiriendo en viajes y experiencias hasta llegar a concretar un estilo que aún resulta inconfundible: una pieza de Barlach solo puede ser de Barlach. Y si bien el nazismo quiso acallar su trabajo a partir de la destrucción de sus obras, la memoria siempre regresa y más cuando se recrea el dolor, la ausencia, la pérdida, lo estúpido de la guerra como nunca se había hecho antes.

Barlach nació y creció en Wedel, cerca de la portuaria Hamburgo, y como hijo de médico tuvo una educación acorde a las aspiraciones familiares, escuela de arte, Real Academia de Bellas Artes de Dresde hasta 1895, cuando partió para París y luego Berlín. Aunque se destino artístico cambiaría para siempre durante su viaje a Rusia en 1906.

Monumento conmemorativo del artista Ernst Barlach en la Catedral de Magdeburgo. En el medio una cruz con las fechas 1914-1918 (Shutterstock.com)
Monumento conmemorativo del artista Ernst Barlach en la Catedral de Magdeburgo. En el medio una cruz con las fechas 1914-1918 (Shutterstock.com)

Durante sus primeros años, Barlach asistió a la llegada del nuevo milenio, que tuvo como escenario una serie de cambios sociales, científicos y tecnológicos -como la aparición de la fotografía y el cine- que produjeron un viraje en la mirada artística. La copia fiel, la interpretación de los elementos, el Jugendstil o Belle Époque, ya no eran el centro del espíritu creativo del hombre, que comenzó a mirar el exterior, lo fenoménico, a partir de lo interior. Surgía el expresionismo en Alemania y Barlach sería uno de sus grandes referentes escultóricos. La madera, el yeso y el bronce serían su medio.

En 1906, Barlach conoce una Rusia zarista en proceso de extinción, donde el hambre resultante de la profunda crisis económica que significó la derrota en la guerra con Japón (un año antes) convivían con los ecos de una huelga general que terminó en una profunda represión y, a su vez, sobrevolaba en el aire la organización de los primeros Soviets y el famoso episodio de la carne agusanada que llevaron a la sublevación a los marineros del Acorazado Potemkin, evento que inmortalizara Sergei Eisenstein dos décadas después en el cine.

Aquel encuentro con una sociedad en profundo conflicto tuvo una profunda repercusión en su trabajo. Ve que la pobreza no es la misma en todos lados y que incluso podía ser más cruel de lo que creía. Así surge su serie de vagabundos, que incluyen el Pastor de la estepa sentado, la Mujer sentada o el Mendigo ruso.

"Mendiga con niño", "Mendigo ruso" y "Hombre blandiendo una espada"

Entonces, sus trabajos comienzan a romper con el realismo modélico, aunque nunca dejan de ser realistas, se separa del concepto de representación exacta, y ganan en volumen y profundidad, jugando con la articulación del movimiento, con líneas y ángulos que se quiebran y se familiarizan con la geometrización. Su estilo se volvió tan popular que no le faltaron herederos y muchas de sus obras pueden conseguirse en porcelana para decoración hogareña.

“Yo encontré en Rusia esta asombrosa unidad entre lo intrínseco y lo extrínseco: así somos los humanos, todos mendigos y en el fondo existencias problemáticas. Por todo esto tenía que crear lo que veía”, dijo en una entrevista.

Para 1909 pasa 9 meses en Florencia, Italia. Ya tenía su propio marchant, Paul Cassirer, por lo que ya no debía preocuparse más que por crear. En la península itálica genera piezas como El Astrólogo I y II.

"Friso de la escucha"

Regresa a su país, pero elige la alejada y norteña Mecklemburgo, en Güstrow, para armar su hogar y taller, donde realizaría algunas de sus obras más emblemáticas como El ángel flotante, El errante en el viento, Estudiantes leyendo en el monasterio y Friso de la escucha.

El silencio, el contacto con la naturaleza, la ausencia de personalidades del poder, de burgueses, militares y clérigos -aún siendo un hombre de fe- que deseen satisfacer su ego hablando de arte le son razones más que suficientes -y necesarias- para mantenerse al margen de las grandes metrópolis alemanas y europeas. De hecho, Barlach ni siquiera asiste a las inauguraciones de sus exposiciones ni a los estrenos de sus obras teatrales.

A Barlach poco le interesa ya ese mundo cambiante, de grandes avances porque sus ojos no reflejaban esas promesas de bienestar que el progreso auguraba. Los pobres, los desclasados, los hombres sin sombras, caminantes eternos de la desesperación no habían desaparecido. Estaban allí y seguirían allí.

Copia de bronce ampliada de la escultura de Ernst Barlach
Copia de bronce ampliada de la escultura de Ernst Barlach "La Piedad" de 1932. La copia de Hans-Peter Jaeger fue erigida en 1988 en el 50 aniversario de la muerte de Barlach en Stralsund (Shutterstock.com)

Los campesinos, mendigos, vagabundos y personas solitarias eran su manera de expresar que toda aquella parafernalia tecnológica, ese positivismo exacerbado y la glorificación de la sociedad industrial le daban la espalda a la humanidad.

Su pesimismo se acrecentó tras la Primera Guerra Mundial, de la que participó como voluntario. Las temáticas populares, con sus campesinos y vagabundos, incluso su costado belicista -que lo tuvo- con obras como El vengador (1914), dejaron espacio a obras centradas en los horrores de la guerra. La escultura, en esta época, se coloca en una posición de discurso oficial. Lo millones de muertos que dejó la Gran Guerra se traducían al bronce en figuras heroicas, en soldados valientes que defendieron el concepto de nación. Pero él no, para él no.

Barlach centra su atención en los sentimientos de la guerra. Como antes había colocado su ojo artístico en los desposeídos, el nuevo evento histórico lo llevó a centrarse en la extensión que los horrores provocaron en los humanos, el miedo, la angustia, el terror y esa sensación de abandono, de soledad. Entre las piezas de entonces se destacan El fugitivo (1920-1925), La muerte en la vida (1926), El flautista (1928), El bebedor (1933) y Vieja friolera (1939).

(Shutterstock.com)
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Pero sin dudas los trabajos más destacados en este campo fueron los famosos cenotafios de Hamburgo, Magdeburgo y Güstrow en los que no se exalta el combate, ni a los héroes, sino el dolor de los civiles que parece suspendido en el tiempo.

Mientras tanto, Barlach escribió teatro, de manera fructífera y vanguardista. En el trabajo del más místico de los expresionista, como lo llamaban, los demonios internos que dominaron su escultura también se transpolaron al escenario. Algunos textos son ejercicios de lenguaje, donde la relación textual parece improcedente y hasta innecesaria para el autor, donde las reglas se subvierten y así sus significados. En otras, el hilo conductor es evidente, pero puede ser interrumpido por episodios irracionales, que rompen con la lógica establecida y en las que sueños y realidad se confunde. En el teatro de Barlach lo grotesco y lo cruel pueden ser lo real, o solo una proyección de los temores del hombre.

"Angel flotante", en la iglesia de Colonia, donde se encuentran una de las 4 copias

Entre sus piezas más destacadas se encuentran: El día muerto (1907), El primo pobre (1918), Los verdaderos Sedemuns (1920), El niño abandonado (1922) y El diluvio (1924), a la que se considera su máxima obra. Para el ‘24 su reconocimiento como autor también es unánime y recibe el prestigioso Premio Kleist.

Con la llegada del nazismo al gobierno, el arte de Barlach comenzó a ser rechazado. Su estética de pesimismo derrotista, que dejaba espacio para el horror y la duda, no estaba a la altura de los nuevos estándares que el Partido Nacional Socialista deseaba construir para el pueblo alemán. Barlach era, en todo sentido, contrario a la nueva imaginería germánica.

En 1937, 381 de sus obras fueron retiradas de museos y espacios públicos en Alemania, entre las que se encontraban su Angel flotante, que había realizado para la catedral de Güstrower y que terminó en una fundición para realizar material bélico (hoy existen 4 reproducciones, 3 de bronce y una de yeso en diferentes lugares de Alemania) y también tuvo el mismo destino su Espíritu guerrero.

"Espíritu Guerrero", frente a la iglesia en Kiel, Alemania (Shutterstock.com)

Otros artistas que vivieron el rechazo del Estado fueron Wassily Kandinsky, Paul Klee, Oskar Kokoschka, George Grosz, Emil Nolde, Ernst Ludwig Kirchner y Otto Dix, por nombrar algunos, quienes participaron de la histórica muestra Arte Degenerado, que se inauguró el 19 de julio en el Instituto Arqueología de Múnich.

Barlach no llegó a ver el mundo arder por segunda vez. El 24 de octubre de 1938, murió tras un ataque al corazón en una clínica de Rostock. La ciudad de Güstrow, ahora ahora llamada Barlachstadt Güstrow en su honor, lo nombró en 2010 ciudadano honorario y allí, entre capillas y la que fue su casa pueden apreciarse muchas de sus obras.

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