
Elaine Vilar Madruga estuvo en Argentina para presentar Moiras: Cuentos de mujeres que tejieron sus destinos (FERA, 2026), una antología de terror con once cuentos protagonizados por mujeres, pero con un encuadre novedoso y feminista. Este volumen va más allá de la compilación tradicional: llega con notas marginales, subrayados, ilustraciones y comentarios de la propia autora cubana.
La narradora, poeta y dramaturga nacida en La Habana en 1989 evocó a la tríada de la mitología griega: Cloto, que hila; Láquesis, que reparte los destinos; y Átropos, que corta el hilo de la vida para enmarcar esta antología. Desde esa figura construyó el escenario para reunir 11 relatos oscuros, escritos por mujeres de distintos países. “Cloto, Láquesis y Átropos estaban sentadas frente a mí, en los rincones de mi pequeño estudio en el distrito del Liberty Village de Toronto. La Moira que hila. La Moira que reparte las suertes o los destinos. La Moira que quiebra, la fatalísima. Parecían comadres, amigas mías de antaño”, escribe Vilar Madruga en las palabras iniciales que abren la puerta a este submundo de 220 páginas.
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Las autoras convocadas son Mercedes Duque Espiau, María Fernanda Ampuero, Zezé Atabales, Agustina Bazterrica, Barbara March, Clyo Mendoza, Anna Starobinets, Fernanda Trías, Bora Chung, Lina María Parra Ochoa y Giovanna Rivero, voces de América Latina, Europa y Asia.
Moiras se inscribe en una línea editorial que FERA ya había trazado con Dantescas: Cuentos de mujeres que descendieron a los infiernos, compilada por Ampuero —una de las participantes de este nuevo volumen, como lo fue Vilar Madruga en aquella otra—, lo que convierte a ambos libros en piezas de un proyecto más amplio sobre la narrativa de terror escrita por mujeres en español.
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Vilar Madruga divide su vida entre La Habana y Toronto, aunque aclara que su casa sigue siendo Cuba: “Ahí están mis orígenes, mi familia, esas cosas siempre tiran”.

La obra de Vilar Madruga transita el terror, el freakismo y el erotismo fantástico, y fue publicada en Estados Unidos, España, Brasil, México, Francia e Italia. Su novela El cielo de la selva recibió el Premio Nollegiu 2023 y fue elegida entre los diez mejores libros de ese año por Babelia, el suplemento cultural de El País.
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En diálogo con Infobae Cultura, reflexionó sobre la escritura como territorio irreproducible, sobre la dimensión política de la escritura y su poder al hacerlo de manera colectiva.
—En las palabras iniciales asegurás que te querés correr de la palabra ‘terror’ como género literario. Teniendo en cuenta que ya de por sí las mujeres estamos más expuestas a esta situaciones, ¿creés que esa es la razón por la que han surgido tantas voces femeninas que lo escriben y describen?
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—Yo creo que ancestralmente estamos más expuestas, y también la sociedad, la cultura, nos ha dejado más vulnerables, pues no nos permitía conversar públicamente sobre nuestros terrores y nuestros miedos, que eran contados en lo íntimo. Cuando eran contados y no eran silenciados u obligadas a tragarnos y a normalizarlos. Hay terrores, como decía, ancestrales, que acompañan a las mujeres desde hace siglos y que ahora finalmente en la literatura les estamos dando un lugar, que ya no es subalterno o periférico.
Ha habido un buen momento para escribir terror desde el cuerpo, desde la identidad y las historias de las mujeres, porque por primera vez en la historia de la literatura nuestros miedos no están colocados a un margen, no han sido tirados a menos o considerados menos importantes que los masculinos o que los considerados universales. Y a universales me refiero a que no tienen diferencia de género.
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Los matrimonios y las familias se supone que serían nuestros lugares donde estar bien, donde ser cuidadas. Y no siempre es así, los matrimonios, las familias y los hogares, las casas, simbólica y físicamente, pueden ser espacios de los más terribles.
—Existen estadísticas que afirman que los casos de abuso muchas veces son en el seno íntimo y familiar…
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—En la antología Moira hay cuentos sobre diferentes tipos de terrores. El terror de la presión estética que atraviesa el body horror, hasta políticos sobre sociedades posthumanas totalitaristas. Hay místicos y sobrenaturales, porque no renunciamos a esa raíz que también forma parte de la cultura y de la antropología. Pero también hay terrores como mucho más reales o mucho más cercanos a los ámbitos de la realidad. El terror de las familias que se convierten en enemigos, o cuando los seres queridos pueden convertirse en el monstruo que tememos, y que no está escondido ni en los clósets ni en la oscuridad, sino que están a la luz del sol mirándote a los ojos, tomándote las manos o fingiendo ser. Hay un montón de terrores que nos pertenecen o que son parte del territorio de las mujeres y que ahora los estamos contando.
Es muy interesante también cómo una generación de escritoras hereda esos terrores de otras anteriores, pero incorpora todo el terreno de la realidad que estamos viviendo, que es una realidad profundamente distópica, con un montón de cambios políticos, con un montón de estremecimientos en las bases sociales, económicas, con esta sensación de no saber, de incertidumbre, de zozobra. Y ese aspecto de la zozobra incorpora muchísimo también al miedo. El no saber qué nos esperará. Generaciones anteriores tenían más claras las cosas de qué nos esperaría en los siguientes dos años. Nosotras tenemos un velo de niebla frente a los ojos y ese velo es también la posibilidad no solo de la esperanza, sino también del miedo.
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—¿Y a qué se debe que ahora, incluso tras las luchas feministas, las autoras se enfrenten a este velo?
—No es que las anteriores no lo hayan tenido, es que la de nosotras está matizada por un montón de violencias reiteradas sobre esta idea de que el futuro se está reescribiendo en el presente cada día. No parece que haya un umbral claro, no hay un paso que te indique qué camino seguir efectivamente. Y en este umbral de la posibilidad y de la incertidumbre, se están cociendo también a niveles políticos, a niveles humanos, un montón de cambios.
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Entre los cambios buenos que podemos decir –porque no solo podemos hablar de lo malo y de lo oscuro que se encuentra el mundo y lo distópico– es que también las mujeres hemos empezado a entender que el factor de lo comunitario nos ayuda no solo a reunirnos físicamente, sino también espiritualmente, y a encontrar como pequeños hogares o lugares de protección en otras mujeres. Cuando compilaba la antología Moiras, y en mi propia obra literaria, no solo en mi trabajo como antologadora, me doy cuenta de que muchos de los relatos o las estructuras también buscan protección en espacios que no sean los propios del destino aceptado como una realidad irrevocable.
—Es que la ficción posibilita decir cosas que tan abiertamente no se permite decir.
—Es que para mí la ficción es un acto de realidad. La ficción no te vende una mentira, un artificio, porque por lo general las personas que escribimos ficciónbobservamos y somos personas que estudiamos y quizás obsesionadas con el análisis y con el estudio de lo humano en sus múltiples facetas.
Es muy interesante también, en cuestiones de ficción, darnos cuenta de cómo desde la escritura, desde la literatura, se habla de la verdad y se investiga lo real también. Aunque sean textos que aborden lo sobrenatural, que hablen sobre la realidad intervenida o que aborden realidades paralelas o mundos paralelos; trabajen con la ciencia ficción o lo fantástico, que es un amplio registro. Aun así, siempre hay una proximidad, un asidero a lo real, una crítica de lo real. Más que una crítica es, incluso, una advertencia.
Confío mucho en el carácter admonitorio de la literatura, de ventilar los trapos sucios de las familias, de los países, de las islas, de los hogares, de todos esos trapos sucios que la humanidad colecciona y que guarda debajo de las camas con la intención de que nadie vea. En este caso, la ficción es el acto revolucionario de ventilar todas esas suciedades, de colocarlas, de performatizar esas realidades y de decir “esto duele”, “esto preocupa, estamos advirtiendo de a dónde va el mundo si continuamos por este trazo, por este tramo”.
—Retomando las palabras introductorias, no les hablás a los lectores o a les lectores, sino a las lectoras.
—Es una decisión lingüística y política a la misma vez, ya que no se pueden tomar decisiones desde la lingüística o desde la literatura que no atraviesan lo político. Las estadísticas están demostrando que la mayor cantidad de lectores en el mundo son mujeres. Este libro, escrito por mujeres, por once autoras, compilado por una mujer, prologado por una mujer, editado por mujeres, tiene una alta probabilidad de que quienes lo tomen en las manos sean también mujeres. No excluye, por supuesto, que personas de otros géneros o de otras identificaciones y entidades de género puedan llegar a este libro. Lo que sucede es que estadísticamente dicen que las lectoras además son las menos prejuiciosas para leer obras de mujeres.
Es bastante política la decisión de que las mujeres lean a otras mujeres, de que las mujeres estén rompiendo con la idea de un canon literario donde hasta hace pocos años, un par de décadas, se leía mayoritariamente hombres. Y sobre todo si consideramos un canon narrativo. En la poesía siempre ha habido más presencia de mujeres, pero en los cánones narrativos, se va a pensar en un narrador, en un novelista, en un cuentista, y va a ser hombre, no va a ser mujer. También pienso en qué bueno que la lingüística, la literatura, la ficción, nos permita dirigirnos a nosotras mismas, porque somos la mitad de la población del mundo. Yo no creo en el genérico masculino. Creo en la posibilidad política de que las mujeres también sientan que los libros les pertenecen, que los libros son lugares de enfrentamiento y de curiosidad, que los libros son ventanas o atalayas para mirar el mundo, para debatir sobre él, para criticarlo, para rebelarnos contra las estructuras que ya han existido. Para darnos cuenta de que hay otras mujeres del otro lado de la página escribiendo sobre los temas que nos importan y sobre los temas que nos preocupan.

—¿Cómo decidiste la selección, más allá de que la estructura que rige es que los cuentos se encuentren bajo una de las moiras? ¿Cómo fue el recorte?
—Esa es la parte más dura. Yo digo que hacer una antología es un proceso de duelo, porque en la medida que vas consiguiendo las autoras que quieres, sabes que eso también significa que hay otras autoras que van a quedar fuera.
Moiras tiene como particularidad que es una antología de autoras contemporáneas, ni siquiera latinoamericanas, porque están Bora Chung, que es surcoreana, y Anna Starobinets, que es rusa. Hay una mayoría hispanoamericana. Yo quería que fuera una autora por país, no podía repetir. Quería también combinar este registro donde aparecieran autoras muy reconocidas, como, por ejemplo, Agustina Bazterrica o María Fernanda Ampuero con autoras muy jóvenes, bastante desconocidas o desconocidas por completo. Autoras que llegaran acá por primera vez y pudieran ser las delicias del lector que diga: “Guau, ahora necesito conocer la obra de Bárbara March”, la autora cubana, que es su primer cuento publicado; o la obra de Zezé Atabales, que es una autora chilena que ha publicado muy poco y ahora está empezando a ser reconocida; o la obra de Mercedes Duque [Espiau], que está en España escribiendo, con un lenguaje fabuloso, sobre temas de cuerpo, de desapariciones, de realidad intervenida, no solo por lo natural o lo sobrenatural, sino también por las emociones. Yo quería hacer esta combinación de autoras reconocidas y las que están empezando los caminos de la literatura. Me parecía que era una fusión hermosísima y que una antología también tiene el deber de descubrir voces nuevas o de poner en las manos de las lectoras voces nuevas, para explorar. Y respecto a cómo construir los espacios de convivio en el texto, qué cuento debe ir antes o qué debe ir después, me guié por las resonancias de los relatos.
—En relación con el diseño del libro, ¿los subrayados y las notas marginales fueron idea tuya?
—Es parte de la colección. En FERA, [estas antologías], son ediciones comentadas y ediciones anotadas. Tuve muchísima libertad también para poderlo hacer, pero para mí fue un poco raro, porque, lo confieso, yo soy una lectora que no marca libros. Soy una lectora que las cosas que marca las marca en la cabeza; y en la retina de la memoria se me queda realmente lo perdurable. Y como soy una lectora que no marca libros, para mí fue raro el hecho de llevar un libro señalizado. El comentario crítico al final está más dentro del terreno de la teoría, que sí es muy afín a mi profesión, pero los comentarios y las notas eran como lo más difícil. Y en este sentido, la intención de mi antología no es decirle a las lectoras cómo deben leer, sino que las propias lectoras sean capaces de contrastar, incluso contradecir, lo que yo he tratado de exponer. Y ya que es un libro intervenido, me encantaría que de repente una lectora entendiera que mi subrayado está mal, lo tache y ponga el suyo. Además, como es un libro que tiene marcas, potencialmente invita a intervenirlo, como mismo se interviene la realidad, como mismo se interviene en estas historias.
—Sirve un poco como una guía de lectura, pero para romperse.
—Sí.
—Para que cada uno haga su propia lectura.
—Es como un mapa, y lo que pasa es que en el mapa no hay un solo camino. Simplemente, tú tienes que escoger cuál es el camino que te funciona. Y hay muchísimos. Yo propongo el que me funcionó a mí. Eso no significa que no existan otras. Cada cuento, cada historia, es una ventana a un mundo diferente. Y si nos miramos en nuestra propia ventana, nos damos cuenta de que está llena de otras puertecitas y otros hendijas donde podemos asomarnos. Lo que quisiera es que cada lectora, cuando tenga el libro entre las manos, pueda encontrar su hendija, pueda encontrar su camino, su ruta de viaje y pueda recorrerlo sin prejuicio y sin pensar que una persona antes que ella marcó el libro. Mi idea sería que cada lectora pudiera entender que el libro que recibe es una herencia, es un libro que ya otra persona leyó y ya marcó.

—Permite el diálogo, además.
—Exacto. El diálogo en la literatura es lo más interesante y lo más importante, creo yo. Se establece entre los personajes y los lectores y las lectoras, y entre las lectoras y las escritoras. O sea, se va cruzando constantemente. El diálogo es como la fuente de la vida, de la escritura.
—Y las lecturas personales brindan otras posibilidades, otras lecturas. Lo que se ha ido viviendo, tamiza la lectura y hace que uno reciba las lecturas de distinta forma también.
—Cada historia es una puerta hacia diferentes mundos, y depende mucho de cómo cruces el umbral, en qué momento de tu vida lo cruces, cuál es la maleta de viaje que llevas, de tu experiencia, de tu dolor, de tu alegría, de tu historia personal y ancestral. Depende mucho de lo que lleves en el equipaje, la disposición a cruzar ese umbral. Y una vez que lo cruzas, el mundo es diferente para cada una de las personas que han andado desde, vamos a decir, la realidad tal y como la conocemos, a la realidad de la ficción. Y yo creo que este contraste –porque el mundo es una realidad, además, hecha de contrastes– es lo más interesante que nos ofrece la literatura.
Fotos: gentileza prensa FERA (Umar Timol).
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