Un reencuentro y una cena para represores: cuando el amor renace en el peor escenario

En la obra teatral “Saber quedarse”, que se presenta en El excéntrico de la 18, una mujer busca refugio en su pueblo natal, donde decenas de personas intentar huir de la represión. Allí se encuentra encerrada en la cocina de su ex novio, quien prepara grandes manjares para los déspotas. #TeatroEnInfobae

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Saber quedarse tuvo varios nacimientos. Así que me disculpo de antemano si, para los amigos de la exactitud y la cronología, este no es un buen comienzo. Pero el trabajo creativo tiene orígenes inciertos, se sabe, y en mi caso habrá que buscarlos en cierta manía que arrastro desde la infancia (y lo confieso): yo, señoras, señores, escribo. Siempre escribí. Desde chiquita he llenado cientos de hojas rayadas, lisas, cuadriculadas, de cuadernos Rivadavia, Gloria, Avon, Laprida. Escribí cartas, composiciones y poemitas imposibles que -sin embargo- hicieron el deleite de la familia -¡ah, la nena!- y auguraron futuros Premios Nobel que -hasta ahora- no llegaron. No me importó: escribí en baños públicos y en paredes, en diarios, revistas, para radio y televisión. Escribí sobre cine, sobre género. Escribí para mí misma y para otros. Garabateé cuadernitos ínfimos que pasaron de cartera en cartera, pacientes, a la espera de una palabra mía. Escribí, también, en papeles sueltos, en máquinas de escribir, en computadoras y en celulares. En trenes, en aviones, esperando amigos, en bares de Corrientes, seduciendo, con el rabillo del ojo, a otros señores que también escribían. Escribí en la parte de atrás de una tarjeta, en las páginas de mis libros preferidos, en el pedazo de papel sin imprimir que deja libre una publicidad de revista. Detrás de boletas de luz y fotocopias tibias. Escribí porque sí, y -también- para sentirme protegida por el silencio que precede a la aparición de las palabras. Escribí como una manera de no estar presente, mucho antes de la invención del chat y los celulares. Escribí como turista de sueños borrosos, como bomba de tiempo que -antes de explotar- encuentra un camino de salida… y lo toma. Escribí en la redacción de un gran diario, sumergiéndome en medio de la feliz agitación cotidiana adentro una campana de silencio, invisible pero no por eso menos cierta. Escribí porque advertí a tiempo que escribiendo soy mejor que hablando. Y el eco de mis palabras me ganó buenos amigos y algunos enemigos que detuvieron levemente el engorde voraz de mi ego.

Pero ahora, sin embargo, las cosas han cambiado.

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Porque, señoras, señores: escribir teatro es otra cosa. De hecho, una de las cosas más sorprendentes que me han sucedido. Ah, no, no. No hablo de la acción misma de escribir teatro (un formato en la hoja, ciertas convenciones en el ordenamiento de las palabras, la distinción entre texto y didascalias). No.

Hablo del milagro.

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Hablo de un pase mágico cuya trampa aún no desentraño, y que me aconteció al tirarme a la pileta del teatro y acompañar mi propia escritura de dramaturga en un nuevísimo rol de directora. El milagro se produjo, nomás, y consiste -lo juro- en que las palabras un día se sacuden la modorra de estar acomodadas en el papel, en la pantalla y comienzan a respirar, vivas. Hablo de magia: la de ver materializarse las historias que imaginé y tomar cuerpo. Hablo del día en que un actor se robó mis palabras, esas que acuné durante meses, como en un embarazo. Y digo milagro, porque vi a otro humano en el acto mismo de hacer suyas mis frases: no las cambió, no las modificó, sino que con profundo amor y respeto las profirió, prestándoles todo su cuerpo, su voz, su aliento y su intuición de animal de teatro, raza específica. Y yo -como bien sabe cualquiera que haya visto un nacimiento- contemplé ese momento en que alguien profiere su primer sonido como un acontecimiento inefable.

Entonces, y sólo entonces, apareció la obra de teatro. No era esa carpetita anillada y sacudida por cientos de correcciones. Era un mundo desconocido revelándose a la sombra del actor, de la actriz. Un universo entero que mostraba certezas, conexiones comprobables, que el papel había ocultado. Un mundo ajeno a mí, lleno de verdades que yo (que había amasado durante meses esas palabras) desconocía hasta el día en que las vi actuándose. Teatrizandose. Siendo.

Así vi nacer Saber quedarse nuevamente, en cada ensayo. Y digo nuevamente, porque no fue el primer nacimiento.

La historia de la historia

En rigor -y merece la pena contarse- una parte importantísima de la gestación de Saber quedarse se produjo bajo la guía de Javier Daulte, maestro indiscutible y partero teatral, responsable del taller de graduación en la Diplomatura de Dramaturgia del C. C. Paco Urondo (la maravillosa, generosa y pública Facultad de Filosofía y Letras de la UBA). Allí, a instancias del troesma y para iniciar la cursada, se nos instó a mí y a mis hermosos compañeros a comenzar obra a partir de una imagen. La mía no se hizo esperar y prometía truculencia. Era más o menos así: una mujer embarazada sobre una mesa de cocina y un cocinero junto a ella, afilando sus cuchillos. Como es lógico, quise escapar de este destino y volcarme a una comedia musical (adoro el género) al mejor estilo Doris Day. Pero el maestro se interpuso y nada como rendirse ante la verdadera sapiencia.

Así, la obra nació y siguió creciendo, como todas las obras, en un proceso de escritura y reescritura continuo, que llevó meses, cambios, lecturas en voz alta, consultas con amigos. Quien diga que escribir es un proceso solitario dice la verdad y miente, al mismo tiempo.

Más tarde y bajo la influencia de otro grande, el troesma Mauricio Kartún, volví una vez más sobre mis pasos y esta vez me las tomé contra todo lo que en mi obra parecía no ser sagrado -en el sentido kartuniano-. La cosa terminó mal: llené cientos de bolsas de papeles que fueron a parar, irremediablemente, a la basura (reciclable).

Abreviando, y para desilusión de los amigos del cine B y las series empapadas de FX- la cuestión del cuchillo y la mesa de cocina no llegó a encaminarse por el lado de los sacrificios aztecas ni de los rituales con ofrendas humanas sanguinarias, sino que -contra todo pronóstico- se develó como una historia de amores profundos. Aunque... una cuota de contenidos inconscientes y temores nunca dichos permaneció templando -en sordina- la historia que cuenta Saber quedarse. De hecho, a riesgo de decepcionar a los miles de espectadores que están tratando ahora mismo de sacar entradas por Alternativa Teatral, les aviso que no hay asesinatos a la vista... aunque sí cierta sensación de que de las amistades imperecederas, los acontecimientos de la primera juventud, y los lazos que duran para toda la vida están y estarán en lucha permanente contra la muerte. Recortando, dando volumen a todos nuestros actos. Como si algo de aquella primera imagen del taller de dramaturgia se hubiera colado sólo para advertirnos que la muerte nunca está tan lejos de las historias donde el amor es verdadero.

Una última advertencia: Saber quedarse es -además- contradictoria: una historia que transcurre en una única jornada, pero habla de toda una vida. Y que sucede apenas en una cocina, pero menta viajes larguísimos, deseados e indeseables. Y habla de ciertas pérdidas, pero lo que de verdad sucede es un reencuentro. Es, también, una historia de refugiados. De ingenuidades. De astucias bien entendidas. De engaños. De soluciones sorprendentes e inesperadas, y de ofrecerse, por entero, sin dañarse.

Vengan a verla.

Fotos: Eduardo Safigueroa

*Todos los jueves a las 22:15 hs en El excéntrico de la 18. Lerma 420, Villa Crespo. CABA. Con el apoyo de #Proteatro

SABER QUEDARSE, dramaturgia y dirección: Alejandra Toronchik Con Martin Tecchi Juliana Ascúa Ananda Bredice y Emanuel Moreno Defalco Arte: Jorgelina Herrero Pons/Diseño de iluminación: Eduardo Safi Safigueroa / Diseño de Sonido: Ceci Candia/Diseño Gráfico: Santiago Fraccarolli /Fotografía: Gabriel Giovanetti (gentileza de Santiago Giovanetti) /Producción: Carla Almirón

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