Por Inés Fernández Moreno

“No te quiero más” (Alfaguara), de Inés Fernández Moreno
“No te quiero más” (Alfaguara), de Inés Fernández Moreno

Una mañana, entre los mails de rutina que me llegan vi uno que me llamó la atención porque venía de España, más precisamente de un pueblo de Girona. Cuando lo abrí, empezó la intriga. Me escribía un funcionario de cultura del ayuntamiento de aquel pueblo para decirme que tenían en su poder una colección de cartas, de poemas y una novela inédita de mi padre César. Al principio pensé que se trataba de algún error. ¿De qué manera podrían haber ido a parar papeles de mi padre a un pueblo de la Costa Brava? ¿Y una novela inédita? Menos que menos: mi padre escribió poesía, ensayos y hasta cuentos cortos, pero nunca novela. En fin, que yo supiera hasta el momento.

Empezó entonces un vaivén de mails entre el funcionario y yo. Se mostraba muy cauteloso respecto de las cartas, lo que me hizo suponer de inmediato que se trataba de cartas a una mujer. Por fin me confesó que sí, que eran cartas a una mujer de la que mi padre había estado enamorado, allá por los años sesenta. Ella era una hermosa filipina que luego se había casado con un pintor afamado de las costas catalanas y había muerto joven. Entre los papeles del pintor -un hombre de más de 90 años que le había cedido al ayuntamiento todo su fondo personal- también estaban los de ella y por lo tanto las cartas, la poesía (que luego se editó) y la misteriosa novela atribuida a mi viejo.

Pocos meses después yo viajé a Barcelona para visitar a mi hijo, me encontré allá con mi hermana francesa y juntas fuimos hasta el pueblo de la Costa Brava a ver aquellos papeles y a recuperar unas fotocopias. La historia era en sí misma bastante novelesca. Inquietante, además, porque no sabíamos qué podríamos encontrar en aquellas cartas. Se suponía que eran cartas de amor. Por más que tuvieran algún valor literario, ¿era lícito que las leyéramos? Ya se sabe que los hijos prefieren ni enterarse de la vida sexual de los padres. Se nos plantearon entonces muchas dudas, se removieron recuerdos familiares, nostalgias, y también reproches que uno arrastra desde la infancia. Además del remezón emocional, de los retazos de recuerdos que nos constituyen, había otra cosa en la historia que a mí me resultaba alucinante y es la paradoja del tiempo.

Mi padre tenía menos de cuarenta años cuando escribió aquellas cartas (entonces yo tendría unos diez o doce años) y venían a parar a mis manos cuando yo tenía más de sesenta. Se me trastocaron, o más bien se me borraron las fronteras cronológicas y "lógicas" de la vida. Yo era más vieja que mi padre entonces. ¿En qué zona misteriosa del tiempo nos cruzábamos? En un no-tiempo. Una dimensión que tiene otras leyes, donde conviven todos nuestros momentos y todos nuestros vivos y nuestros muertos.

Inés Fernández Moreno (Ana Bugni)
Inés Fernández Moreno (Ana Bugni)

Hasta allí fue la experiencia real, fuerte, que quedó dando vueltas en mi cabeza. En aquel entonces yo estaba ocupada con mi novela anterior- El cielo no existe– y después con los cuentos de Malos Sentimientos, así que pasaron unos cuantos años hasta que la retomé. Sin embargo, supe casi enseguida que yo quería bucear allí, que aquello era el germen de una novela.

Cuando unos años más tarde decidí por fin meterme con aquel material, empezaron las preguntas y el trabajo un poco caótico de la ficción. Para arrancar, aunque no sabía a ciencia cierta hacia dónde iría, decidí empezar por lo más simple: recuperar todos los mails intercambiados con el Ayuntamiento y proponerme una crónica lineal de lo sucedido. Después vería. Recuerdo que busqué y leí algunas novelas sobre el tema del padre para ver qué caminos habían seguido otros escritores: empecé por El olvido que seremos, de Faciolince y seguí con Mi papá alemán de Mónica Muller y por Un comunista en calzoncillos de Claudia Piñeiro. Son lecturas que me sirvieron mucho, una forma de empezar a merodear por la historia propia, algo así como calentar los motores.

En las tres novelas que menciono, los nombres y los acontecimientos parecen seguir literalmente lo autobiográfico. ¿Yo quería hacer lo mismo? ¿Mantendría la fidelidad de la historia? ¿Usaría los nombres reales de los personajes? La idea me daba repelús, me ataba a una realidad tan concreta que se me iban las ganas de escribir. Yo quería moverme tranquila, manejarme con la libertad de la ficción. Entonces esa novela inédita atribuida a César – Nevermore– me ofreció una vía de escape y de expansión. La novelita era malísima. Un especie de culebrón centroamericano pretencioso y almibarado. No era desde ya de mi padre, no sé por qué malentendido fue a mezclarse con sus poemas y sus cartas. ¿Quién sería el verdadero autor? Se abría una intriga para la que yo empecé a tejer distintas conjeturas, a fabular. Se me ocurrió entonces que la novela podría tener dos partes: una primera, que siguiera con relativa fidelidad mi aventura y una segunda que se disparara hacia la ficción pura.

El trabajo de la escritura genera después su propia realidad y sus propias reglas y al final conduce a una cruza un poco inextricable. La ficcionalización construye enlaces y asociaciones nuevas. La supuesta "realidad" empieza a recrearse de maneras inesperadas. Pero también hubo decisiones concretas. Yo tenía un corpus de muchos textos– mails del Ayuntamiento, poemas y cartas de César y la falsa novela- y los manejé de maneras distintas. Sólo mantuve con bastante literalidad los mails porque eran de carácter funcional. Pero no toqué nada de las cartas, por pudor y por respeto a los textos de mi padre. Sólo me inspiré en ellas. Otro tanto con Nevermore. Tomé frases sueltas pero las modifiqué totalmente. El personaje de la Mecenas y del pintor pertenecen a mi fantasía, lo mismo que sus mails españolísimos. A su vez, esos mails inventados me sirvieron para alimentar una intriga policial que gira alrededor del autor (o autora) de Nevermore y un asesinato. Puesta a fabular, me muevo un poco por internet, rastreo nombres, hago extrapolaciones…. Es la parte del juego de la escritura.

En algún momento sentí que me había engolosinado con la intriga policial y corregí bastante intentando restablecer un equilibrio entre los distintos hilos que movía. Espero haberlo conseguido.

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