(Foto: Thomas Khazki)
(Foto: Thomas Khazki)

"A mí me gusta caminar. Uso la caminata también como una especie de desintoxicación", dice Edgardo Scott. Estamos a resguardo del espantoso día nublado que hay afuera, con su cielo gris, su lluvia inminente y sus baldosas flojas llenas de agua esperando a que alguien las pise y termine empapado. Estamos en un pequeño bar sobre la Avenida Callao, a metros de Las Heras. Scott llegó hasta aquí con un sobretodo gris, una mochila al hombro y algo de hambre. Pidió café con leche y medialunas porque allá, en París, no le parecen tan ricas. Medialunas de manteca, por supuesto. Su libro Caminantes —cuyo subtítulo es: Flâneurs, paseantes, walkmans, vagabundos, peregrinos— que acaba de reeditarse y ampliarse, está sobre la mesa y, aunque breve y de fácil lectura, es un artefacto complejo, lleno de voces e historias narradas con lenguaje poético. ¿Acaso no es una verdadera poesía  salir a caminar, a pasear, a hacer eso que Roberto Arlt llamaba "el arte de vagabundear"?

En Caminantes se habla del paseo como "un delirio amable" donde el flâneur "es un fantasma. ¿Una célula muerta? No. Una molécula falsa y vital. Un traidor", escribe Scott y aparece la búsqueda, menos consciente que inconsciente: "El paso al otro lado". Pero, ¿adónde? Esa también es una incógnita en medio de "la brutal, la inelegante, la triste y sorda coreografía de nuestras ciudades". El premio llega solo: "En ese paseo ocurre, si tenemos suerte, si tenemos valor, alguna experiencia". En Caminantes hay historias, cientos, miles. Lucio V. Mansilla, "nuestra primera gran literatura del yo", persiguiendo a una española que le habla en francés. Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo caminando en Puente Alsina, olfateando con alegría las repugnancias del Riachuelo. Elvira Orphée y Octavio Paz volviendo de Bois de Boulogne. Caminatas.

Ahora, en Buenos Aires, en esta mañana gris de viernes, Scott cuenta las suyas: "Salir, cortar un poco y caminar un rato, dar una vuelta, tomar aire. Yo también soy psicoanalista. Mi laburo en serio, diríamos, es el del psicoanálisis, más allá de la literatura, que puedo escribir en cualquier lado, soy más escritor de bares tal vez. Como psicoanalista estás ahí sentado una, dos, tres, cuatro, cinco, seis horas y en un momento querés salir. Y en París camino muchísimo, pero no por una cuestión poética sino absolutamente funcional. Las distancias ahí son más chicas, el metro es caro. Al bebé lo llevo a la guardería, serán quince cuadras y la verdad que no da tomarse el subte. Lo tengo a una cuadra y me deja a una cuadra, pero no voy a tomar un subte por tan poco. Te acostumbrás, en París por lo menos, incluso en ciudades europeos más chicas, a usar la caminata. Además, las ciudades antes eran más chicas y se cubrían a pie. Pero Buenos Aires o San Pablo no las vas a cubrir a pie".

“Caminantes” (Ediciones Godot)
“Caminantes” (Ediciones Godot)

Más que un escritor, Scott es un hombre de la literatura. Publicó la nouvelle No basta que mires, no basta que creas (2008), el libro de cuentos Los refugios (2010), y las novelas El exceso (2012) y Luto (2017). Forma parte del Grupo Alejandría, es traductor, periodista, crítico cultural y editor de Clubcinco, lo que él denomina un "proyecto editorial, no una editorial en sí, porque eso sería faltarle el respeto a las editoriales de verdad; nosotros publicamos cuando podemos". Una vez por año, a veces más, viaja a la Argentina. Visita familiares y amigos. Su esposa es la también escritora Ariana Harwicz y tienen un niño de algo más de un año que en estos días —y esto es una infidencia— anda con un poco de fiebre. Por eso, en el rostro de Scott hay pequeños rastros, aunque mínimos, de preocupación y sueño. Sin embargo, cuando se trata de literatura, su mente se despega del pantanoso suelo de la realidad y elucubra, imagina, argumenta. 

Lo sentimental está en el tono

Volvemos al libro. Aunque no parezca, Caminantes es un ensayo.

"Justamente el ensayo no es estricto. Quizás se nos formateó un poco por la cuestión académica, pero la tradición del ensayo, mundial y argentina, puede agarrar por cualquier lado. Pienso en Carlos Correas, en Martínez Estrada. Los grandes ensayistas han sido muy excéntricos, no han sido académicos", dice y agrega: "Venía escribiendo hace muchos años críticas, artículos. Había ido armando una escritura de no ficción. El año que viene sale un libro de relatos autobiográficos, entonces había una parte autobiográfica que el ensayo tiene". Un día, tal vez no hace tanto, pensó en escribir una nota para un medio —a modo de sumario, como ocurre en el periodismo free lance— sobre "los caminantes, estableciendo categorías y distinguir algunas cosas. Como quien quiere escribir una nota sobre novelas de amor y termina encontrando siete mil novelas de amor y te perdés porque es infinito. Esa nota tuvo muchos caracteres, y además, como no era de agenda, la pensé de otro modo". De golpe, una idea extraña, delirante, imposible y global terminó convirtiéndose en este libro de tapa verde con un dandy con auriculares dibujado.

"La primera edición salió en 2017, una edición bien de bolsillo. Se vendió bien, la crítica se copó bastante y quedamos en reeditarlo. Yo tenía ganas de agregarle los walkman —dice sobre un capítulo que habla de quienes caminan escuchando música en sus auriculares—, que había quedado afuera por una cuestión de caracteres y de criterio también, porque aquella edición, al no tener los walkman, era una edición evidentemente moderna. Con los walkman entramos de lleno en la contemporaneidad". En contrapunto, ese mismo año, 2017, salió Luto, una novela bien suburbana y de tono más seco. "Me gusta encontrarle un lenguaje y un tono a cada libro, porque en el tono está la cuestión más sentimental. No me identifico, o no me sale, con la voz única, tipo Saer: una voz para todas las novelas. No voy por ahí", dice. "No es un ensayo expositivo o explicativo, no explica, quizás eso está sustituido, como vos decís, por cierta poética. Si esperás un ensayo que venga a explicarte recatadamente, con notas al pie y exhaustivamente… Además, hay siete mil libro así", completa.

—En el libro escribís que "no se camina nada o se camina poco y mal". ¿En qué quedó la caminata como experiencia?

—En nada —dice y se echa a reír—. Como dice el tango: son cosas olvidadas. Como sentarse a escuchar discos, ¿en qué quedó eso? En nada. Nadie se sienta a escuchar discos. Cuando digo nada alguien levantará la mano y dirá: yo sí, yo lo hago a veces. Ahí viene la relación con la época. Si bien nos parece un tema amable y de una larga tradición, también me parece un tema anacrónico. Hoy va un poco a contrapelo. La caminata como una forma de lectura, como una experiencia, me parece que está como extinguida o extinguiéndose. Pero igual estamos en una época donde los escritores nos ponemos a hablar como panelistas de algo que quizás un sociólogo o un historiador o un epistemólogo sepa más. Yo no sé en qué está eso verdaderamente, puedo sentirlo en el imaginario. De lo único que más o menos entendemos algo los escritores es lo que está en el nivel de la imaginación. A mí me parece, justamente, algo que está en el orden de la imaginación. Nos gustaría caminar, pero no caminamos, o caminamos para hacer footing, con algún tipo de deber, de imperativo, sino no caminamos. Después vendrá la experiencia personal: yo mismo me muevo más en auto, por ejemplo, y ahora en transporte público, sobre todo. ¿Viste que Europa es más el transporte público para todo? 

(Foto: Thomas Khazki)
(Foto: Thomas Khazki)

¿Y adónde se trasladó el imaginario del caminante? ¿A lo digital? No en los mismos términos, por supuesto. Sin embargo, las redes sociales son como imanes. Cada red ofrece una caminata distinta. Hay quienes pasan horas scrolleando en Facebook, en Twitter, en Instagram, chusmeando comentarios, ideas, perfiles, videos, fotos. Pero más allá de las redes, la internet toda. ¿Quién no se ha sentado frente a una pantalla a navegar y navegar y navegar sin saber cuál es el próximo puerto? "La navegación. Fijate el verbo: navegar. Tiene algo como de las vidrieras, ¿no? No ya de los shopping, de las vidrieras", comenta Scott y vuelve a sonreír.

4 caminantes

Cientos, miles de historias giran y se trenzan en Caminantes. Pero ahora, mientras Scott saborea su último bocado de medialuna, Infobae Cultura le pide que elija a cuatro caminantes. Ni más ni menos. Una elección arbitraria, impulsiva, pero argumentada. Y empieza así: "Hay un escritor que a mí me gusta mucho, que lo traduje y tuve la suerte de conocerlo en Londres: Ian Sinclair. El tipo es muy sistemático. Vive en las afueras de Londres y sale a caminar a la mañana sin ningún propósito. Sale a ver para dónde engancha. Hace treinta cuadras en su barrio o en su zona y es como si auscultara qué está pasando. Más allá de que se relaje con eso, más allá de que lo disfrute, es una idea del paseo que es crítica. Esas cosas que uno hace como para resistirse a su tiempo. Si no estamos todo el tiempo comprando y vendiendo. Como una venganza, también. Y como una cosa más introspectiva, como algo desalojado de lo que pasa", dice y agrega: "Es el gran escritor inglés de este momento. Hay un libro que se llama London Orbital donde agarra la M24, el periférico, nuestra General Paz digamos, y le da toda una vuelta a Londres caminando por la autopista y ahí ve qué encuentra".

El segundo es W. G. Sebald, un destacado escritor alemán que murió en diciembre de 2001, apenas cinco días antes que la Argentina estalle en pedazos. "Me gusta mucho Sebald —confiesa—. No sé si inaugura pero sí retoma para la ficción la idea de la deriva analítica y crítica donde no importa mucho la trama del libro en sí, porque la trama finalmente es un paseo, un largo paseo". El tercero, "como para ir un poco para atrás", es el gran novelista escocés Robert Louis Stevenson, prócer literario del siglo XIX y autor de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. El mejor texto que yo leí sobre las caminantes y las caminatas contemporáneos, esos que hoy mismo se podría leer y decir 'qué bueno que está' es Stevenson", comenta Scott y agrega, luego de una pausa espontánea: "Una vez más la pega Borges, que lo adoraba. Stevenson sigue siendo re contemporáneo".

"Y la peregrinación de Herzog", dice para cerrar la pequeña lista. Werner Herzog: director, documentalista, guionista, productor y actor alemán. Un día, hace mucho tiempo, en el 74, cuando tenía 32 años, Herzog se entera que su amiga y mentora, la crítica de cine Lotte Eisner, está muy enferma y probablemente morirá. Él está en Munich, ella en París. ¿Qué hacer? Decide ir a verlo, pero caminando. Peregrinar hasta allá. Todo está registrado en su libro Del caminar sobre hielo, una gran crónica de aquel duro invierno entre ampollas y hambre. "Una de Herzog", dice, ahora, Scott. "Me gusta esa cosa del peregrinaje. Creo que los peregrinos, que son absolutamente inactuales, sobre todo en esa parte del rigor, que se ponen imperativos absurdos, tienen una poética. No entra mucho dentro de nuestra lógica que siempre es funcional. Herzog como peregrino es como esas empresas muy ambiciosas y muy locas que terminan metiendo algo que no estaba", completa. 

(Foto: Thomas Khazki)
(Foto: Thomas Khazki)

Discusiones literarias

—¿Cómo estás viendo la industria editorial argentina?

—Concentrándose en la parte de industria, me parece súper floja, pero eso tiene que ver con las variables estructurales económicas del país. No quiero sonar tilingo pero vos vas a Francia o a Alemania y te encontrás con una industria editorial. Uno diría: si eso es es una industria editorial, lo nuestro no. Hay muchísima más tirada, muchísimos más sellos, muchísima más producción, muchísima más profesionalización. Todas cosas que a mí no me importan. No tengo esa conexión industrial con la literatura en absoluto. A nivel industria va en las variables de todas las industrias del país. Podemos hablar de la industria automotriz o metalúrgica y podemos encontrar variables parecidas. 

—¿Y qué rol juegan las editoriales independientes?

—Me parece, sí, que Argentina y Buenos Aires especialmente una larga tradición de editoriales. Lo que llamamos editoriales independientes, yo les tacharía lo de independientes y diría que fue la renovación de la tradición de editoriales argentinas. Acá siempre hubo muy buenas, generalmente producto de capitales privados y de filántropos que se ponen a hacer una editorial y que arman catálogos idiosincráticos y muy interesantes pero no necesariamente si esas editoriales se tuvieran que mantener solas podrían hacerlo. Y hay un montón de editoriales insignes que funcionan de ese modo: o van a pérdida o van a mano, pero la guita viene de otro lado. Después me parece que, no siempre, también hay algunos que no y que logran encontrarle la vuelta de algún modo: editando menos, distribuyéndose ellos, la edición artesanal, es decir, encuentran la veta para sostener la editorial comercialmente y que funcione en un nivel bajo. Generalmente son editoriales un poco más chicas, y se sustentan pero porque no se pueden sustentar de otro modo. Godot es una de ellas, es el ejemplo más grande. Ellos armaron, además, la Feria de Editores. Godot son dos pibes que arman una revista en el dos mil y pico, y después empiezan a editar, y editan como pueden, aprendiendo el oficio, y se van refinando, y le ponen mucha garra hasta que se dedican de lleno a esto. Ahora es una editorial que está funcionando bien a nivel comercial, con lo justo, pero funciona.

—¿Y cómo influye este panorama en la literatura en sí?

—Influye, sí. Hay como una retroalimentación. Habría que hacer una nota: cómo la literatura responde a esa industria editorial y cómo la industria editorial responde a un tipo de literatura. Si hay editoriales que se sostienen con una guita que viene que no es de la que deja la editorial, entonces podés optar por editar autores que quizás hacen algo buenísimo y que le interesa a cien lectores, y no supera ese campo. Si vos tenés que bancar la editorial no podés poner a esos escritores. Ahí hay una tensión interesante porque alguien dirá: eso es injusto. Bueno, pero si no, no tendríamos a tipos como Luis Chitarroni o Gustavo Ferreyra, autores absolutamente idiosincráticos pero si tuvieran que depender de que funcionen económicamente directamente serían autores inéditos. Es una tensión interesante, incluso me parece interesante que no se resuelva del todo y que sigan existiendo estas editoriales que traen guita de otro lado para sustentar esos proyectos. Pero ese es otro diálogo. 

(Foto: Thomas Khazki)
(Foto: Thomas Khazki)

—Y están las mutinacionales…

—Y está la tensión con las multis, como se le dice. Ahí hay un montón de cosas que discutir, porque hay un montón de gente que trabaja en editoriales independientes y también trabaja o ha trabajado en multinacionales, y un montón de autores pasan y han pasado de un lugar a otro constantemente. Yo no veo una lógica de poder tan distinta. Cuando digo lógica de poder es: ¿qué hace el autor o el editor donde yo vea que tenga un gesto de contrapoder? Si hay algo que no encuentro en las multinacionales, tendría que encontrarlo en todos los sellos independientes. Bueno, yo no lo encuentro. Entonces ahí hay una discusión también, porque podemos ponernos nacionalistas y decir: bueno, aunque sea los sellos independientes son nuestros. Bueno, qué se yo. Yo soy anarquista, el problema es el poder. Si vamos a criticar a una editorial multinacional porque se sube a la ola de un fenómeno editorial momentáneo y entonces edita libros sobre tal cosa y autores que, oh casualidad, se les dio por escribir sobre tal cosa. Pero vos después en tu editorial independiente hacés exactamente lo mismo. Yo no tengo ningún respeto por eso.

—Feminismo…

—Hay algo que está buenísimo del feminismo que es cierta cuestión de igualdad, llamémosle así, de igualdad de poder que no se daba y que claramente ahora está. En el momento que vos tenés una Presidenta ocho años, evidentemente la mujer está en otro lugar. Ni hablemos en el mundo: Merkel, etc. Si eso no es tener poder… Es indiscutible. Hoy, si me apurás, yo supongo que se deben editar más mujeres que hombres. Porque no es sólo estar atento al cupo, es superar el cupo. Eso a mí me parece buenísimo. Eso tiene que ver con un cambio en la historia, son los procesos históricos. Cuando se quiere juzgar a la historia hay que juzgarla en su tiempo. Y la historia siempre está sujeta a poderes, y el poder es una relación. Eso me parece bien porque, justamente, que pueda editar un gato, una mujer, un juguete, un trans, un hombre o un semihombre está todo bien. Después viene la discusión literaria. ¿Eso innova, evoluciona, trae algo distinto dentro de la literatura? Y ahí me parece que hay que leer y qué se da a leer. A priori yo te diría, con optimismo, seguramente que sí, porque la mujer tiene una sensibilidad que no es la del hombre, pero estoy diciendo algo que es absolutamente un cliché. Después hay que ver cómo eso entra en la imaginación. Lo que pensaba es que, si no la voy a escribir yo, me gustaría que una mujer escriba hoy una novela sobre un hombre bueno. Contracultural me parecería eso. Yo espero de la literatura algo contracultural. Porque ya novelas sobre hombres malos hay un montón escritas por las mujeres y hay un montón escritas por los mismos hombres. Dostoievski, Nabokov… Me parece que algo arriesgado sería eso, porque quizás encontramos que en un hombre bueno de época hay tensiones, hay violencias que también dicen. Entonces, en mi veta de crítico digo: me interesa más eso, por ejemplo.

 

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