Los que escribimos hacemos pactos con el diablo todo el tiempo: cuando buscamos una buena idea, cuando nos sentamos frente a la hoja en blanco, cuando corregimos, cuando damos a leer nuestro manuscrito, cuando decidimos mandarlo a tal o cual concurso. Perder el alma es un detalle cuando hablamos de publicar un libro.

En mi caso, el pacto hizo que La piel intrusa se escribiera en más o menos dos años. Algunos cuentos salieron de una sentada, otros me dieron semanas de tachaduras y terribles dolores de cabeza. Pero siempre escribí guiada más por la intuición que por un tema específico, más por el deseo de sorprender que por una búsqueda de unidad. Me gusta que mis cuentos sorprendan en cada giro, en cada página. No importa si, para eso, tengo que romper la membrana vitelina de lo cotidiano y dejar entrar lo insólito o lo impensado.

Así de impensada, por no decir imposible, me parecía la idea de juntar los cuentos para armar un libro. Porque ¿cómo seleccionarlos, cómo ordenarlos, cuál poner primero, cuál eliminar? El concurso de la Fundación El libro me dio una solución rápida, práctica y eficaz: juntar todos. O casi todos. La cantidad de páginas o caracteres que exigía era tan alta que no tuve oportunidad de seleccionar mucho. Apenas los ordené un poco y, como en una telenovela donde la protagonista corre a buscar a su amado al aeropuerto antes de perderlo para siempre, corrí a presentar el manuscrito el último día de inscripción.

Unos meses después, durante una mañana de marzo, Oche Califa me llamó para decirme que tenía una buena noticia, aunque no me la quiso decir por teléfono y esa misma tarde nos reunimos en las oficinas de la fundación. La piel intrusa, por entonces titulado Los afueras, había ganado el segundo premio del concurso.

A partir de entonces me subí a una montaña rusa de emociones que incluyó, entre otras alegrías, la publicación del libro por una editorial especializada en cuento como lo es Páginas de Espuma, bajo la experta mirada de Juan Casamayor y equipo, y, más adelante en el tiempo, ver (y tocar y oler) el libro por primera vez al bajar del avión en Madrid.

Durante la edición del libro, siguieron las sorpresas. Descubrí que estoy llena de obsesiones que ni sabía que tenía, y que en mis cuentos resuenan la soledad, la maternidad y lo monstruoso escondido en nuestro día a día. Supe también que entre mis personajes reina la falta de comunicación, y que están como aislados en un laberinto de vidrio; que de vez en cuando se ven, pero no se tocan ni alcanzan a intercambiar palabras. Los hombres no conectan con las mujeres, las mujeres no conectan con sus hijos, con sus madres, con su entorno, ni siquiera consigo mismas. Mis personajes están envueltos en pieles extrañas, intrusas, que los llevan a hacer las cosas más terribles.

“Durante esa nueva lectura, mis personajes femeninos me dieron tremendos escalofríos

En una de nuestras charlas, mi editor me dijo algo así como: "Estoy seguro de que en la vida real sos una madre amorosa, pero las madres de tus cuentos dan mucho miedo". Ahí no me quedó más opción que ponerme a analizar mis propios cuentos. Y resulta que, durante esa nueva lectura, mis personajes femeninos me dieron tremendos escalofríos. Porque es cierto que a esas mujeres se las ve más que incómodas en sus pieles de madre y, empujadas al límite, hasta se las ve perder el control. Pero ¿cómo había llegado yo a escribir sobre eso?

Con mis hijos jugamos al tenis, al Scrabble y al Dígalo con mímica; bailamos al Just Dance en la Play y estudiamos matemáticas cuando hace falta, cosas que suelen hacer las madres con sus hijos. Y, por otro lado, con mi mamá… con ella, que hoy ya no está, teníamos mucho más que una simple relación madre hija; con ella jugábamos al tenis, íbamos al cine, al teatro; era mi aliada, mi compinche, mi compañera de locuras. Sin exagerar, siempre se lo dije, mi mamá era mi mejor amiga. Así que no tengo idea de dónde salieron las retorcidas madres de mis cuentos, pero de mi ejemplo de madre seguro que no.

Vuelvo entonces a preguntarme: ¿por qué había escrito todos esos cuentos donde las madres eran, bueno, esa clase tan especial de madre? ¿Un signo de la época? ¿Hartazgo del estereotipo de madre presionada para ser perfecta y criar hijos perfectos? ¿Rechazo al mandato social que llama entrega o instinto maternal a lo que en realidad puede verse como una especie de sumisión? Por supuesto que sí, y sí también a decir que debe ser (digo debe ser porque mi escritura siempre fue instintiva) mi forma de sumarme al soplido feroz que busca derribar, como en el cuento de Los tres chanchitos, las casitas del patriarcado.

Yanina Rosenberg
Yanina Rosenberg

Pero ¿y en lo personal? Ahora que miro hacia atrás, veo todo con un poco más claro: la mayoría de los cuentos fueron escritos con mi mamá ya irreversiblemente enferma. Quizás era yo quien buscaba alguna salida fantástica a una realidad tan difícil de aceptar. Quizás buscaba, entre la impotencia y la desesperación, crear madres desalmadas, poco queribles, cuyas hijas no las quisieran tanto. Quizás buscaba la forma de trasladarme a mí misma a un universo paralelo donde mi otro yo no quería tanto a mi mamá, donde ahora no la extrañaría tanto.

Quién sabe, tal vez esa posibilidad de lo insólito esté más cerca de lo que creemos. En nuestra vida cotidiana, en nuestra propia casa. Detrás de una cortina o debajo de una alfombra. Y si no, siempre nos queda la opción de ofrecer nuestra alma al diablo a cambio de esas cosas que creemos imposibles.

*La piel intrusa se presentará el domingo 28 de abril a las 20 hs en la sala Adolfo Bioy Casares (pabellón blanco) de la 45º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Acompañarán a la autora los escritores Guillermo Martínez y Diego Paszkowski.

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