El próximo jueves 20 se estrena Chaco en el Cine Gaumont, luego de recibir numerosos premios en diferentes festivales como BAFICI, Festival de Cine de las Alturas, FINCA, entre otros. El documental dirigido por Ignacio Ragone, Juan Fernández Gebauer y Ulises de la Orden fue filmado en el territorio conocido como Gran Chaco que comparten zonas de Formosa, Chaco, Salta, Santiago del Estero, Bolivia y Paraguay, y cuenta con la particularidad de estar hablado en qom, wichí, pilagá y castellano.

La película está narrada a través de cinco hombres pertenecientes a distintas comunidades originarias del Gran Chaco. Ellos describen la historia de lucha de todo un pueblo, desde la llegada de los primeros blancos hasta hoy. Ellos son Israel Alegre, Valentín Suárez, Juan Chico, Laureano Segovia y Félix Díaz, todos miembros de comunidades originarias que han sufrido el avasallamiento del Estado y nulo reconocimiento que los lleva a vivir en condiciones infrahumanas.

El film muestra que el intento sistemático de exterminio de los pueblos originarios como política de Estado continúa hoy y las distintas aristas de cada pueblo que lucha contra el olvido. A su vez, de cómo la historia oral sigue siendo una herramienta poderosa de resistencia para dejar una huella acerca de un pasado que quiere ser silenciado y negado.

Infobae Cultura charló con uno de sus directores, Ignacio Ragone, quién contó cómo se originó este proyecto y cómo se transformó en una experiencia reveladora para todos los que estuvieron involucrados.

¿Cómo se gestó el documental?

– Comenzamos en 2010, Juan y yo éramos alumnos de Ulises de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC) y nos convocó para este documental. Él ya venía trabajando en la temática de pueblos originarios en sus dos anteriores proyectos. Hicimos una alianza con él. A nosotros nos tocó la parte de los rodajes. Su anterior película era sobre la Conquista al Desierto, del mal llamado desierto de la Patagonia. Ahí nos cuenta que había otra película para hacer acerca del "Desierto verde" que es cómo se denomina a la zona del Gran Chaco. Uno de los hechos que nos incentivo fue el primer acampe que hubo en la Avenida 9 de Julio, luego de la Represión en la Primavera el 23 de Noviembre a la Comunidad Qom Potae Napocna Navogoh. Ese fue nuestro primer contacto.

¿Qué objetivos se plantearon durante el trabajo de investigación?

– Lo primero que hicimos fue ir al acampe a conocer a las personas que lo organizaban. Luego, tuvimos un gran aporte de antropólogos que nos dieron una veta muy interesante: el problema de la persecución a los pueblos originarios no es un tema del pasado, sino que continúa en el presente. Chaco no es una película netamente histórica sino que se refiere mucho a las problemáticas que están sufriendo ellos en la actualidad. Estos antropólogos que consultamos nos brindaron algunos de los nombres que luego se convertirían en las voces del documental. Entre ellos estaban Valentín, Israel y Laureano. Todos ellos no estaban en Buenos Aires si no en el territorio que queríamos investigar. Hicimos cuatro o cinco viajes de investigación donde no filmábamos. Eran para charlar, crear un vínculo, grabar audios y poder desarrollar el guión. El mismo fue gestado viajando, viviendo lo que después fue filmado.

¿Tuvieron dificultades al crear un vínculo de confianza para que ellos se prestaran a dar su testimonio?

– Son personas que sufrieron mucho. Algunas de de las matanzas que los tuvieron como protagonistas son muy recientes para muchas comunidades. Por esa razón, fue complicado establecer un vínculo. El hecho de haber viajado y entrevistado a muchos de ellos antes de filmar sirvió para que entraran en confianza. Estando ahí, lo entendimos. Ellos viven una persecución constante por parte de la policía de la provincia. En una de las escenas del documental puede apreciarse cómo las fuerzas de seguridad nos interrogan para averiguar qué estábamos haciendo nosotros allá con cámaras. Además, el gran desafío fue lo idiomático ya que muchos no hablaban castellano o tenían un castellano muy básico.

¿Cómo fue el trabajo de edición?

– Como cualquier documental, uno filma muchísimo material de lo que termina quedando. Ahí hicimos una gran trabajo en conjunto con Marcela Truglio que es la editora. Teníamos el criterio de que la película siempre avance y aparezca algo nuevo. También queríamos poner el foco en la cultura y mostrar que con la matanzas y la persecución algo se estaba perdiendo. Buscamos que comunicara sobre la forma que viven ellos. Cuáles son sus costumbres, sus leyendas, sus manera de cazar o subsistir, que no fuera sola una película denunciativa que también fuera un testimonio antropológico y etnográfico de esas culturas.

¿Cómo cambió la imagen que tenías de los pueblos originarios?

– Desde lo personal fue una experiencia fuertísima y muy reveladora. Por un lado estaba lo idiomático. Yo desconocía que había muchas zonas de nuestro país donde no se hablaba castellano. De chico, yo conocí a los pueblos originarios por la Billiken, donde se los muestra usando taparrabos, como algo del pasado que no existe en la actualidad, que no tienen conflictos ni problemas, muestran la conquista como algo necesario para que la civilización pudiera vivir. Cuando llegás ahí te transforma todo. La historia está viva, está sucediendo. Es un cambio de paradigma mental. Es un montón de argentinas a dentro de la Argentina. Fue una experiencia muy enriquecedora. Sobretodo porque tenemos muchas cosas que aprender de ellos. Principalmente con toda la crisis ecológica que estamos viviendo, en su relación con la tierra y de cómo entender al ser humano en relación con el gran sistema dónde vive. No es sólo darse cuenta de algo sino también aprender de la manera en que viven. Si aplicáramos un poco en nuestra cultura occidental nos iría mucho mejor. Ellos realmente entienden a la tierra como un gran sistema y a ellos como parte. Creo que en ese relato se habla mucho de la convivencia con la naturaleza, contrario a la visión de llegar y destruir todo en función de los intereses de unos pocos.

¿Por qué decidieron incluir animación y una voz en off de una mujer originaria para relatar?

– La película está estructurada en base a algunas matanzas icónicas que hubo en la historia argentina. Hay genocidios enorme donde se mató a mucha gente y que obviamente están silenciados. Eran uno de los pilares de la película ya que la historia oficial la tergiversó. Queríamos que la película estuviera hablada en una lengua originaria, por eso incluimos la voz en off de J. Eli Díaz y queríamos que los relatos de las matanzas fueran tal cuál son contados en el relato oral de estas comunidades. Nos sirvió para contar y mostrar que la historia de nuestro país está basada en sangre. Son matanzas muy complejas así que encontramos en las animaciones una manera de contarlas más cinematográfica. Fue una manera de condensar la información. El trabajo lo hicimos con el departamento de animación de la Universidad de Tres de Febrero. Fátima Ferreto, Adrián Noé y Dante Ginevra hicieron un trabajo enorme donde pudieron interpretar con un lenguaje contemporáneo un relato ancestral.

¿Los protagonistas pudieron ver el documental terminado?

– Era nuestro objetivo final. Una manera de dar un cierre. Llevamos la película para allá el año pasado. La proyectamos en cada una de las comunidades en las que filmamos. Sentíamos que ahí se terminaba el ciclo. No podía faltar llevar la película para allá. Para nosotros esa película es de ellos, que debieron transitar un montón de cosas súper fuertes y revivirlas para el documental. Hicimos proyecciones a cielo abierto, en una casita, fue muy variado pero en todos los casos al finalizar tuvieron un debate muy fuerte entre ellos. Fue muy gratificante ver que la película les funciona como una herramienta.

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