
Ninguna blanda arena. Nada blando en realidad, salvo ese cuerpo que cae (una metonimia, un desplazamiento). El golpe contra la superficie del agua tuvo que ser duro. Y mortal. Alfonsina Storni no caminó vaporosa y etérea por la playa, ni dejó su pequeña huella marcada, ni se sumergió de a poco hasta que las olas la taparon y se quedó sin aire. No hubo caracolas cantarinas, ni rondas luminosas ni sirenas. Nada de eso existió. Lo que pasó en realidad fue que el 25 de octubre de 1938, Alfonsina Storni se arrojó al mar desde un espigón del Club Argentino de Mujeres en Mar del Plata, a 500 metros sobre el nivel del mar, dispuesta a terminar con su vida.
Un zapato enganchado entre hierros fue la verdadera huella, el indicio que dio cuenta del lugar. Y todo ese romanticismo del "y si llama él no le digas que estoy", tomado de su último poema, Voy a dormir, pudo referirse a su hijo, Alejandro Storni. Alfonsina no se suicidó por amor. El cáncer no la dejaba vivir.

Todo suicidio es complicado y social, como lo vio Antonin Artaud en su clásico Van Gogh, el suicidado por la sociedad (1947). El de Alfonsina también, y puede enmarcarse una serie: la de sus contemporáneos Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones en 1937, no por casualidad ellos también escritores, uno cuentista, el otro poeta. La serie podría expandirse en el tiempo, e incorporar a Alejandra Pizarnik, en 1972. No por casualidad son estas dos poetas, Storni y Pizarnik, las que tomó como objeto de estudio la especialista Delfina Muschietti, responsable de reunir la obra completa de Storni, para sacarlas del corset misógino que solo las asociaba con sufrimiento, dolor y muerte y las arrojaba lejos del canon, y rescatar las peculiaridades de sus obras, que, en el caso de la etapa vanguardista de Storni, Muschietti asocia con Oliverio Girondo.
Lo que ocurrió es que existió esa zamba compuesta por dos hombres, Ariel Ramírez y Félix Luna, uno de los mayores hits de la historia de la música folclórica argentina: todos los argentinos escolarizados la cantaron y supieron así que "había una vez una mujer llamada Alfonsina que se suicidó".

El cuento es tan corto que podría competir con el microcuento más célebre de Latinoamérica, el del guatemalteco Augusto Monterroso: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Solo que Alfonsina no despertó, no estaba allí. Solo su cuerpo, descubierto a la mañana siguiente, frío, hinchado y sin vida. La escultura que Luis Perlotti erigió frente al mar también sumó confusión: no la representaba a Alfonsina, pero durante muchos años se creyó que sí.

Todos los mitos ya fueron derrumbados antes, pero hoy su figura vuelve, revisitada, ochenta años después, a través de la reedición de dos obras imprescindibles: Alfonsina Storni. Una biografía esencial, de Josefina Delgado (Sudamericana), libro que comienza con el relato de un acto simbólico: el robo de un libro por parte de una Alfonsina niña ávida de lecturas, cuenta con detalle su vida y cuestiona lugares comunes; y de Un libro quemado (Excursiones), una recopilación de artículos que constituyen la obra más "oculta" de la poeta, que empezó modernista y luego incursionó en formas de vanguardia, dramaturga y cronista.
Alfonsina y el mar, la zamba, además de parafrasear el poema Voy a dormir en sus versos finales, hace lo propio con otro poema, infantil, de Alfonsina, que a posteriori suena premonitorio: Yo en el fondo del mar. Y no toma nada, en cambio, de ese gran poema que es La loba: "Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley./Que yo no pude ser como las otras, casta de buey/Con yugo al cuello". De una Alfonsina que se aparta del rebaño de esas mujeres que no pueden salir del esquema patriarcal.
Esa zamba, que se popularizó en la voz de Mercedes Sosa, y que reversionó, entre otros, Andrés Calamaro, de alguna manera obturó esa producción tan rica y diversa de Storni, nacida en Capriasca, Suiza, en 1892, criada en San Juan, "fabriquera", maestra, que probó con la actuación y el canto, vivió en Buenos Aires, en Mar del Plata, tuvo un hijo que crió sola y que llevó su apellido, fue amiga y amante de Horacio Quiroga, se codeó con intelectuales de las primeras décadas del siglo XX, se sintió atraída por chicos más jóvenes que ella, dijo que se sentía un "hombre en cuerpo de mujer" cuando ya se levantaba la primera ola feminista, la de las sufragistas, pero todavía no se hablaba de género (y muchísimo menos de transgéneros ni de diversidades), sufrió los embates propios de haber sido una trabajadora de la palabra, víctima de un cáncer que la consumió, la volvió taciturna y, como los animales que se apartan, solitarios, para que nadie los vea morir, la encerró en un hotel en Mar del Plata los últimos días de preparativos para dejar una vida que se le había vuelto insoportable.

Pero la muerte, y la muerte violenta, también obturan. Y hoy se rescata la vitalidad, el humor, la ironía. Esas "virtudes" están presentes en los artículos de Un libro quemado que, en la solapa, incluye una biografía sucinta que rescata su temprana pasión por la lectura y la escritura y refiere a su obra poética, compuesta por siete poemarios, desde La inquietud del rosal (1916) a Mascarilla y Trébol (1938), un libro de poemas en prosa: Poemas de amor (1926); teatro: El amo del mundo (1927) y Dos farsas pirotécnicas (1931), y ensayos como Entre un par de maletas sin abrir y las manecillas del reloj (1938).
La selección de las crónicas escritas por Alfonsina entre 1919 y 1921 y publicadas en revistas femeninas y en el diario La Nación, que ya habían sido recopiladas por María Méndez, Graciela Queirolo y Alicia Salomone en el volumen Nosotras… y la piel (Alfaguara, 1998), fueron reordenadas por las mismas autoras para su publicación en Un libro quemado, que agrupa los artículos en distintas categorías, como "Modelando feminismos", "Urbanas y modernas", "Lectoras y escritoras", "Mujeres que trabajan" o "Masculinidades".

Allí, y a través de recursos como la parodia, Storni pudo "enmascarar" un feminismo (con las contradicciones propias y de la época), y reclamar por derechos de las mujeres: a elegir maternidades o no, al trabajo remunerado, al ocupar espacios tradicionalmente masculinos.
Esos aspectos de su producción, a deconstrucción del suicidio, y la recreación de su obra estarán presentes en las jornadas Alfonsina, su figura vuelve. Mesas redondas, performances, obras de teatro y coro, una serie de eventos que comienzan el miércoles 12 a las 19.30 en Casa de la lectura (Lavalleja 924), y se extienden en diversas bibliotecas de la ciudad, hasta el cierre el martes 18 de septiembre con la proyección del documental Alfonsina (2013), coproducción suizo-argentina, dirigido por Cristoph Kühn.
*Homenaje a Alfonsina Storni
-Miércoles 12, 19.30 h Biblioteca Casa de la Lectura. Lavalleja 924
21 h El Coro Trilce interpreta "Fiesta" y "Tres piezas corales sobre Borrada" con música de Mario Esteban.
-Viernes 14, 18.30 h Biblioteca Ricardo Güiraldes. Talcahuano 1261 18 h Biblioteca Martín del Barco Centenera. Venezuela 1538
-Domingo 16, 17 h Biblioteca Casa de la Lectura. Lavalleja 924
-Martes 18, 18.30 h Biblioteca Casa de la Lectura. Lavalleja 924
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