Una mujer abre un cajón y encuentra un papel que guardó muchos años atrás, después de leerlo por encima, enojada, abrumada por su realidad de entonces. Hoy la realidad es otra; el enojo y el fastidio ya no son sentimientos dominantes y el hombre que escribió ese papel, en rigor, el hombre que escribió un poema amoroso en clave en ese papel, ya está muerto. La mujer abre un cajón, encuentra un papel, lee ese poema y lee también que el autor le heredó la tarea de desentrañar esos versos y todo lo que había detrás: una historia de amor entre dos escritores, la historia de una familia que se desarmó con un divorcio y, también, la historia de una generación, la de esos escritores que alguna vez se amaron y encontraron en la literatura un cielo en común, un hogar, un mundo.

Tamara Kamenszain es una de las más grandes poetas argentinas (La novela de la poesía) y es, también, ensayista (La boca del testimonio) y docente. En El libro de Tamar, publicado por Eterna Cadencia, por primera vez Kamenszain aborda un género nuevo, un híbrido entre ensayo autobiográfico y novela, un texto sutil, racional y desgarrado a la vez, que abreva en esas nuevas formas narrativas del yo. Durante la entrevista con Infobae Cultura, Tamenszain cuenta cómo fue el ejercicio de abordar el recuerdo íntimo para convertirlo en literatura y texto público a la vez que hace un recorrido por una historia que si bien fue la suya, fue también la de muchos otros autores que salieron a la luz literaria en los 70.

— Quien conoce lo que hacés, lo que escribís y quien conoce algo de tu vida tal vez no se sorprende tanto de que tiempo después de una muerte dolorosa y querida, hayas podido escribir lo que escribiste. ¿Es así?
— Sí, sí. Hacía años que estaba en mi cabeza de algún modo. No como un programa, pero dos cosas estaban en mi cabeza: escribir en prosa, que no fuera hacer los ensayos que yo hago, y narrar, dentro de lo que es posible narrar para una poeta y ensayista. La otra era escribir en relación a mi divorcio y a mi relación muy especial con Héctor Libertella, quien fue mi ex marido. Pero nunca pensé que se iban a unir esas dos cosas, o sea, que se iban a unir la posibilidad de escribir sobre eso y en esa prosa medio narrativa, ese tipo de relato que hago ahí ¿no?

— Decís "ese tipo de relato que hago ahí" y se trata de un tipo de relato que se lee cada vez con más frecuencia; un tipo de relato que tendemos a llamar novela, aunque tenga que ver con hechos reales. Novela del hoy a partir de literatura del yo, en este caso cruzada con literatura de duelo, ¿no?
— Sí. Bueno, lo de duelo es notable, ¿ves? Eso me hizo acordar a Héctor Yanover, que cuando yo publiqué un libro de poemas que se llama El ghetto, y que escribí después de la muerte de mi padre, él tenía un programa en la radio y me dejó un mensaje en el contestador: "Tamara voy a leer un poema de este libro. Y me dice: "No hay nada que hacer, después que se muere un padre -también una madre-, se escriben las mejores cosas" me dijo. Que me pareció muy tierno.

— Bueno, podríamos pensar que eso ocurre cuando escribe sobre cosas que les pasan a todos, de diferentes maneras, sí, porque de pronto no todos somos padres pero sí somos hijos…
— Exacto.

— Por otro lado, pensaba mientras te leía que el yo está presente en la poesía, tal vez, como no está en otros géneros.
— Sí, por algo se llama el yo lírico.

— Ahora, en este caso, ¿cómo fue disponerte a escribir? ¿Cómo es el proceso? Lo que se cuenta en este libro -que surge a partir del hallazgo de un poema- es cómo se dispara esto que es una novela, un poema en prosa.
— Algunos me dicen ensayo autobiográfico.

— Ensayo, sí, literatura del yo que lo clasificamos así, ¿no?
— Claro.

— ¿Cómo fue eso?
— Bueno, fue más o menos como lo cuento en el libro. Efectivamente cuando me estaba separando, ya después de separada y bueno, como cualquiera que se separa llena de cosas, de problemas, de cosas para resolver, de angustias, mi ex marido, con el que prácticamente en ese momento no nos hablábamos, me dejó debajo de la puerta un papel que yo levanté. Lo leí y era un poemita chiquito, él no escribía poemas, era narrador. Un poema donde bueno, escribe mi nombre pero no el nombre por el que me conoce todo el mundo que es Tamara sino Tamar, el de mi cédula, el de mi DNI. Entonces, hace un anagrama con mi nombre y escribe como una especie de haiku, de poema cortito. Yo en ese momento lo miré y dije "¿Pero éste qué le pasa?  Con todo lo que tenemos que hablar y las cosas pendientes". Nada, lo guardé en un cajón. Y bueno, por 15 años me lo olvidé. Y hará 2 años, mi hijo necesitaba una foto del padre para una nota que querían hacer sobre él y me dice :"¿Podés buscar una foto?" Yo abro, empiezo a buscar y aparece ese papelito. Lo vi y dije "ah no, claro".
Inmediatamente tuve como un click. Ahí pone "Tamara: cuántos bolsones semánticos se esconden en tu nombre. Tuve un sueño con tu nombre…" Y yo sentí que me lo encargaba, ¿no? Que yo era la que tenía que resolver eso. Y dije "Acá hay un libro".

— Y ahí aparecen entonces esas pequeñas palabritas como "amar", "rama", "rata", "tara", que se leen a partir de la palabra Tamar y que son el eje de este texto…
— Exacto, que yo voy tomando una por una, uno por uno de los versos y tratando de desentrañar algo. Yo creo que si el libro tiene algo narrativo es ese enigma. Alguien me dijo el otro día: "Parecías una detective", es detectivesco, ¿no? Cada una de esas palabras arma algún relato.

— Hablamos de literatura de duelo y cuando uno lee el libro, la sensación no es tanto el duelo por la muerte de Libertella sino por esa pareja que dejó de existir.
— Exacto, es un doble duelo. Separación y muerte. Y viste que yo cuento que ahí, en la mitad de eso, muere mi padre también. Y muere toda una época también ahora que lo pienso.

— Sí, en algún momento señalas algo así: él no era solo mi pareja sino mi compañero de generación.
— Exacto, exacto.

— Y ahí se ubica también Black Out, el libro de María Moreno que, a su manera, también es una elegía de esa época ¿no?
— Totalmente. Y bueno, los diarios de Piglia que después justo muere Piglia. El otro día alguien me preguntó "¿por qué se lo dedicaste a Josefina Ludmer y Ana Amado?". Bueno, eran dos amigas mías muy queridas que murieron más o menos con unos meses de diferencia. Ahora que vos me decís, me doy cuenta que porque es un libro de duelo, también.

— También tu hijo – Mauro Libertella- escribió un libro de duelo.
— Mi hijo escribió un libro sobe el padre y también lo nombro.

— Con lo cual uno podría decir que ahí se cruzan todos esos textos -como se cruzan todos los bolsones semánticos de Tamar- para armar un grupo de textos argentinos que andan circulando y que de algún modo remiten a una época que, en general, se analiza mucho desde la política y que tal vez recién ahora puede empezar a verse desde…
— Las otras variantes, ¿no? Que no eran menos políticas pero era otro tipo de política, política del arte. Sí, ahora está como surgiendo todo lo que tiene que ver con el Di Tella, los 70, el pensamiento del arte, que había quedado medio olvidado y estaba todo puesto en la política, en la militancia activa de los 70. Por eso yo nos digo a nosotros mismos militantes del formalismo, porque era una militancia también.

— Militar por una escuela estética por ejemplo.
— Sí, sí. Y era también tomar un lugar. A ver si lo puedo explicar: el pensamiento de la cultura estaba más tomado por, digamos, entre comillas el realismo, lo que se llamaba el realismo socialista o esas tendencias como muy pedagógicas en el arte, que después cayeron. Cayeron casi solos.

— Uno podría decir que a partir de la dictadura todo se cerró bastante y empezó a haber una literatura muy críptica, arte muy críptico. Como que pasamos de un extremo al otro.
— Sí, porque era necesario velar todo.

— ¿Y esconderse un poco?
— Claro, claro.

— En el libro aparece la estadía en México como el momento floreciente de la pareja, en un momento oscuro de la Argentina. ¿Cómo fue ese momento en México para vos?
— Fue maravilloso, sí, sí. Fue un momento increíble porque bueno, nos fuimos a fines del 78, acá era muy difícil la vida. Y llegamos ahí… el intelectual de por sí en México es una persona muy valorada. Yo siempre cuento esta anécdota, la voy a volver a contar porque es fantástica. Cuando estábamos buscando alquilar un departamento había que tener garantía, pero el dueño dijo: "¿Y ustedes qué hacen?" "Somos escritores" "Ah bueno, no necesitan garantía." O sea, como que era un honor para él. Además éramos muy jovencitos y habremos tenido un libro o dos publicados, no éramos escritores conocidos. Tal vez Héctor sí, más que yo… Pero en México está muy valorado el lugar del escritor, la cultura. Por supuesto está muy subsidiada. Es verdaderamente opuesto, es como el otro lado de la moneda de lo que pasa acá en ese sentido.

— En un momento en el texto mencionás algo muy interesante, cuando decís que ambos tenían una lengua conjunta.  Ocurre en las parejas, y no solo en la de escritores: se arma un código que muchas veces genera como una especie de célula, un búnker de la lengua que te aísla del resto, pero vos decís que esa misma lengua es la que después los terminó separando. ¿Cómo era vivir con un escritor, cómo fue separarse de un escritor?
— Ya después de escribir el libro y con las charlas que tengo con gente, las devoluciones que me hacen, estoy empezando a pensar más en el libro, me doy cuenta de lo que decías recién: pasa en todas las parejas. Eso que vos decís que uno empieza a armarse como un código en común, como una complicidad tipo "sabemos de lo que hablamos y el que no entiende es como que está afuera". Y eso que, claro, con la literatura o teniendo en común algún tipo de militancia ya sea política o de cualquier orden, no sé, dos médicos que tienen una militancia en alguna línea de cómo entienden la medicina, por un lado es buenísimo al principio porque es "ay, encontré mí…"

— Media naranja.
— Claro, claro, y no tengo que explicar nada. Es lindo, obvio. Con los amigos también, es muy lindo encontrar un amigo con quien te entendés sin necesidad de mucha explicación. Pero cuando la pareja entra en crisis y empieza a haber otras cosas por debajo, otro tipo de problemas, o por lo menos en nuestro caso pasó, se empieza a poner muy simbiótico, yo lo llamo gueto, se arma como un gueto donde los demás como que van quedando afuera. Y las opciones de diferir se van perdiendo. Lo cual es malísimo porque a la primera diferencia "ah bueno, no va más la cosa". Como que no hay el cultivo de la diferencia, que es tan interesante.

— En un momento decís algo así como: para mí ex marido yo era sobre todo inteligente.
— Ah sí, en su autobiografía, en La arquitectura del fantasma, él dice "la inteligencia de Tamara de la que todos bebimos", no sé, algo así. Y la verdad que sí, es algo lindísimo y lo siento como un honor.

— ¿Pero cómo lo sentías mientras vivías con él?
— Más o menos (risas). Un poco como me pasó con el poema, ¿no? Es cierto que en nuestra generación, a la que yo entre comillas llamo textualista o muy formalista en relación al lenguaje y a la literatura, teníamos mucho pudor de todo porque las palabras eran algo importante entonces decir cosas viste, tipo de amor, decirlas así abiertamente mmm…

— El sentimiento no era algo que se podía volcar así nomás.
— No, no. Era todo más indirecto.

—Libertella tenía una literatura, en ese sentido, muy desapasionada, digamos.
— Exactamente, sí. Yo no lo llamaría, no sé vos cómo la ves, pero no la llamaría fría tampoco.

— No.
— Desapasionada es muy buena palabra. No es fría, pero le faltaba decir las cosas "derecho viejo", ¿viste? "A los bifes", como dicen.

— Convengamos que también las obras están enmarcadas en un tiempo y en ese momento era eso.
— Claro. Y ahí yo también empecé a diferir no solo de él sino de todo mi grupo y de un grupo al que él no pertenecía, un grupo de poetas que seríamos los neobarrocos ¿viste? Yo empecé a distanciarme por ese asunto.

— Pero la poesía te permitía tal vez algo que tuviera que ver con los sentimientos.
— Un poco más. Pero siempre tiene que ser de un modo un poco veladito, un poco… ¿Viste cuando Borges dice de Alfonsina Storni "las chillonerías de la comadrita"?, es terrible. Yo creo que es algo de la mujer, que las mujeres pudiéramos entrar a hablar del amor de un modo medio descarnado, medio un chirrido ¿no? Y con dolor también.

Bueno, eso para Borges era tan distante ¿no?
— Claro, claro. Pero a mí misma, salvando las inmensas distancias, mi grupo de pertenencia en la literatura que eran en realidad todos hombres y yo, medio un poquito eso me lo criticaban.

— ¿Tamara, entonces sos igual a todas? (Risas).
— Soy igual a todas por suerte.

— Eso por ahí te decían en algún momento.
— Sí, decían, no, eso no me decían, no, no. Ellos por ahí decían: "Che, pero tan personal, es como demasiado personal".

— Eso, lo personal, esa es la palabra.
— Sí. Como "bueno, está buenísimo lo tuyo pero"… Con un poquito de distancia.

— Ahora, en este nuevo libro sería imposible de velar o disimular lo personal, es un libro completamente personal.
— Es que busca eso, busca que sea imposible velarlo. Igual te cuento que también está velado porque está escrito. Hay un punto de velamiento pero no es un velamiento consciente o buscado.

— Hay otro tema durísimo que aparece muy suavemente, muy sutilmente, y donde también hay juegos de palabras, que tiene que ver con el alcohol.
— Sí, ahí me ayudó mucho el libro de María Moreno. El alcohol era lo que él llamaba "mi tara". Sí, es un tema por eso muy difícil, muy sutil, además que yo no me siento, cómo decirte, no me siento capaz y no siento que yo tenga el derecho a hacerlo. Ni a juzgar ni a decir cómo era ni cómo no era. Pero bueno, él mismo en La arquitectura del fantasma habla del beber. Y María, después, lo toma como personaje de su libro…

— En Blackout toma a varios de sus amigos que murieron y que eran sus compañeros también con el alcohol ¿no?

— Exactamente. Entonces, bueno, yo en todo caso la veladura que puedo hacer ahí es ponerme detrás de María, detrás de otros.

— ¿Vos pensás que si no se hubiera escrito ese libro vos no te hubieras animado a escribir esto?
— Probablemente no.

— En un momento mencionás también como una especie de música de fondo que te imaginás: "Los mareados".

— Sí, sí.

— Que es posiblemente es una de las letras y músicas más apasionadas que hay en el tango en relación a las parejas, ¿no?
— Sí, hay tres tangos que son "Los mareados", "Mensaje" y "Tamar".
Nosotros éramos con Héctor muy… esa era una de las cosas muy lindas que compartíamos porque se salía de la literatura. Esa sí era apasionada, no era desapasionada, era el tango. Ahí sí aparecía algo muy vital que nosotros compartíamos y que tal vez con eso nos decíamos cosas indirectamente.

— Y la cuestión de que vinieran de tradiciones tan distintas culturales en términos de tu origen judío y con raíces fuertes, eso también de algún modo daba vitalidad…
— Sí, sí, sí. No hubo absolutamente ningún conflicto en ese sentido, mirá que como vos decís vengo de una familia muy judía. Sin embargo, mis padres tuvieron la deferencia, la inteligencia de aceptarlo a Héctor sin generar ningún tipo de resquemor, conflicto ni nada. Y él se interesó mucho; él a su vez se interesó muchísimo en las temáticas judías, en muchas cosas del judaísmo que después yo fui rastreando para este libro cómo aparecen en su obra. Que yo lo sabía pero ahora me sorprendía al ir leyendo, porque releí sus libros también para escribir éste. Investigué.

— Tamara, además de ser autora sos docente, enseñás a escribir.
— También, sí.

— Y con este libro tuviste que aprender a escribir un género.
— Sí, es cierto, me hice mi propio auto taller.

— Y leíste textos de alguien que estuvo más cerca que nadie en tu vida, muchos años después, con una distancia que tal vez te permite mirar otras cosas. ¿Cómo es enseñar a escribir? ¿Se puede realmente enseñar a escribir?
— En pareja no (risas). Si sos pareja o pares muy cercanos, ahí me parece que no porque uno está buscando siempre otra cosa , busca entrelíneas… ¿no?

— Como diciendo: "a ver qué dice de mí".
— A ver qué dice de mí, claro, claro. Se juega mucho lo personal y si estás con bronca lo vas a leer con bronca. Ahora, con otra gente por supuesto que sí. Yo creo que es muy enriquecedor porque es una tarea colectiva. Digamos, el arte es una tarea colectiva, y la literatura fue la última, es, sigue siendo todavía un baluarte de no aceptarlo. Eso lo dice muy bien Kenneth Goldsmith en el libro de Escrituras no creativas, donde dice que la literatura es el género más reaccionario, no quiere saber nada con trabajar con otros, con abrirse. Y es cierto. De hecho, nuestra generación lo rechazaba como dicendo "quién me puede decir algo de lo mío?". Pero nos mostrábamos todos los días las cosas desesperados.

— ¿Ahora hay menos prejuicios sentís en ese sentido?
— Muchísimos menos. No solo no hay sino que los jóvenes quieren eso, lo necesitan, como siempre quisieron los músicos o los pintores, que siempre han ido a talleres haciendo clínicas con pintores que ellos admiraban. No sé, casi todas las artes. La literatura fue la última. Pero creo que ahora los chicos que escriben son mucho más conscientes de que no hay originalidad, que no se nace con ese talento, que hay que aprender cosas.

— O que se puede aprender de nuevo con otro género por ejemplo.
— Por ejemplo.

— En general cuando uno le pregunta a los escritores para quién escribe muchos te dicen "escribo para mí, tengo un modelo de lector muy parecido a mí", ¿vos para quién escribís?
— No, no, yo escribo para los lectores, pero así, lo tengo muy claro. Y siempre estoy pensando "ay, ¿se entenderá? ¿Le interesará?" Por eso éste libro me costó mucho. Yo escribí la primera paginita, donde me comprometo a que voy a develar algo y después me paralicé mucho tiempo porque empecé a pensar: "¿a quién le interesa?. Esto no le va a interesar a nadie, esto es una cosa doméstica". Y para mí es un desafío, y además me gusta y me divierte pensar que el otro se interese, entienda, sepa de qué estoy hablando, o le pueda transmitir algo que le sirva. No sé cómo llamarlo, no es autoayuda pero algo de eso también tiene (risas).

— Bueno, tal vez podemos empezar a quitarle el tinte negativo también a las palabras.
— No, no, para mí el lector es mi gran, no sé, mi héroe. Pero no sé quién es. Está bien, es cierto que uno fantasea siempre con algún lector. Pero voy cambiando por épocas mi lector mental.

— ¿Y qué sentiste cuando lo terminaste?
— Un alivio, un alivio muy grande. Como que cerraba algo. Bueno, vos dijiste que era de duelo, yo no lo había pensado pero a lo mejor dije: "se terminó". Como dice Freud, el duelo es productivo cuando uno logra soltar el objeto, ¿no? Si no, sigue siendo un duelo melancólico.

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