La idea de escribir esta novela surgió luego de una beca en Estados Unidos. (Martín Rosenzveig)
La idea de escribir esta novela surgió luego de una beca en Estados Unidos. (Martín Rosenzveig)

Catorce años tiene la China Iron, catorce, y ya le dio dos hijos a Fierro, el gaucho cantor al que su madre, que la esclavizaba, dio en matrimonio. La oportunidad para huir llegó cuando se llevaron a Fierro: la China no pensó en ir tras él, solo soñaba con liberarse. Así dejó a los chicos con unos peones viejos de la estancia y partió rumbo a su propia vida, acompañada de Estreya, su perro que tiene nombre de hembra, pero no. En el camino, se encuentra con una mujer inglesa, hermosa, que viaja en una carreta que es como el mundo entero sobre ruedas. Elizabeth ("Liz") sí está yendo en busca de su marido, también levantado por la fuerza para cumplir con la ley militar. El conocimiento, el amor y el gozo caben en ese espacio que la China/Josefina compartirá con Liz, su luminosa y amante guía hacia el mundo y la vida nuevos. Esto podría ser una modesta síntesis de Las aventuras de la China Iron (Penguin Random House), la nueva novela de Gabriela Cabezón Cámara (San Isidro, 1968), una suerte de original spin off del Martín Fierro de José Hernández, quien tiene también un papel central en la historia.

Autora de la celebrada trilogía que componen La virgen cabeza, Le viste la cara a Dios y Romance de la negra rubia y de la novela gráfica Beya, Cabezón Cámara ha venido construyendo un universo literario patas para arriba, de "frases cultas y reventadas", como describe María Moreno, un singular festival de sexo y sexos, de amor y lujuria y de escenarios decadentes y delictivos. Esta vez, la escritora que se propuso escribir "un libro lleno de amor", desembarcó en una road movie queer con reflejos de las escrituras más refinadas de la tradición local y una cascada de homenajes. Así, por ejemplo, puede aparecer de pronto un fragmento que respira y se lee como un Saer ("…estos ríos sin orillas contra los de su Inglaterra bordeados de casas de ladrillos rojos, ay, tan distintos de los nuestros bordeados de barro y sin más alrededor que juncos y gallaretas y garzas y flamencos, los favoritos de Liz, que ama los colores fuertes en la pampa por lo menos. Decía que allá todo podía resolverse entre diversos tonos de marrón, el celeste interminable, pálido y transparente, salvo cuando el polvo y varios verdes que solo muestran todos su esplendor cuando llueve y es verano y hay trigo y está verde como casi sólo el trigo puede, además de los campos de Inglaterra, creíamos") tanto como motivos desopilantes que parecen pintados por Molina Campos y enseguida se asocian a las escenas campestres imaginadas por Aira, pero todo, todo, observado por la mirada de una mujer irreverente, desmesurada y excesiva.

Una tarde de noviembre, en el entrañable bar de la librería Eterna Cadencia, y mientras ahí nomás un hombre y una mujer se reconciliaban a punta de abrazo y llanto y terminaban de sellar su amor para esa misma noche, Infobae conversó con una de las escritoras clave de este momento de la literatura argentina. Lo que sigue es una reconstrucción de esa charla, en la que Cabezón Cámara ("Gaby", para el petit comité de las letras argentinas) contó cómo y por qué escribió Las aventuras de la China Iron, una novela transgénero inteligente, delirante e inolvidable.

— Es muy atractivo para un lector encontrar en un texto huellas de otros autores y otros textos. Por eso quiero preguntarte si lo que me pareció encontrar  tiene efectivamente algún sentido, como por ejemplo ver momentos de César Aira o de Juan José Saer, o concretamente, si el nombre de la protagonista es un homenaje a la China Ludmer. Quería que me contaras un poco sobre eso.

— Bueno, sí, entra todo eso. Es que pensar el Martín Fierro es un poco releer un eje de la literatura argentina, ¿no?, hay mucho que tiene que ver. Pensá en la gauchesca, en Martín Fierro; después pensás en contrapunto Una expedición a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla, que por supuesto está en mi novela. Y después esa relectura de Mansilla que es Emma la cautiva, y de algún modo más loco también La liebre, de Aira. Pensás en el campo y pensás en la barbarie, pensás en El entenadoTambién yo quería que fuera una novela que hablara de la luz porque La Pampa, el paisaje de La Pampa es la luz. No me quiero poner mística pero viste que no es otra cosa, es eso, es la luz. Remite a El limonero real, y también a Madariaga. Y está Juan L. Ortiz, para todo: para la luz, para el río, ese río feliz, de libertad, esa cosa hermosa que tiene. Juan L. es para todo, Juan L. es para vivir…

— ¿Josefina Ludmer, ella y su obra, significaron para vos algo en particular?

— Yo a ella la vi pocas veces (N. de la R: la gran crítica argentina falleció en diciembre de 2016). Habré charlado con ella tres o cuatro veces, no tuve la suerte de ir a sus talleres ni a sus cursos ni que ella fuera profesora cuando yo fui a estudiar. Sí leí su libro sobre la gauchesca (N. de la R: El género gauchesco: un tratado sobre la patria). Me pareció un libro tan lisérgico. Pero me pareció lisérgico en su textura y en su temática y en la manera de asociar una cosa con la otra. No me acuerdo si está en este libro o en otro ese concepto de "las tretas del débil" o de la voz del subalterno, y cómo cuando es tomada por el otro igual queda, igual algo sigue. Pensar esas sutilezas que son tan importantes para pensar el mundo: al fin y al cabo vivimos en un mundo de pasión y de discursos elaborados y contra elaborados. Ahora todo parece ser una guerra discursiva. Entonces, poder pensar eso es un regalo para mí. Y me encantó que la China se llame Josefina y sea en homenaje a Ludmer, que se lo merece de acá a la China.

— Sí. De acá a la China… Gaby, ¿y qué te pasa con la gauchesca en general, porque una diría en principio que es un género que tiene que ver con académicos y, en principio, también diría es un género ¿masculino?

— Bueno, ¿habría algún género que no lo sea? O sea, vos miras el canon y es un canon hecho de varones. Y, es más, te diría que de varones heterosexuales, y de clase media, media alta o alta. Todos los géneros. La gauchesca tiene la particularidad de que además no hay puntos de vista de mujer, no hay narradoras mujeres. Y casi no hay minas en absoluto, hay alguna pero muy pocas. Lo que me pasó con ese género fue que aunque, sí, en un punto es de académicos pero en otro punto no. O sea, en mi familia la primera persona que fue a la facultad fui yo. Mi papá y mi mamá habían terminado la primaria, mis abuelos ni siquiera eso, tercer grado, cosa así. Pero ellos sabían parte del Martín Fierro. Curiosamente las que tienen que ver con el viejo Vizcacha, que es horrible.

— Los consejos…

— Los consejos esos que son tremendo, no sé, "hacete amigo del juez". Hoy a la luz de lo que vemos que está haciendo la Justicia, que es inenarrable, bueno, no deja de ser un consejo sensato el del viejo Vizcacha. O el otro, el de "los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera", eso se lo sabían todos. Hay algo que es de académico y hay algo que está en la lengua. Hay algo ahí en que vos ponés un payador, que hace rimas, y por ahí al principio no pero a los veinte minutos está todo el mundo más o menos haciendo sus propias rimas y jugando su propio juego. Hay algo del octosílabo que hace a la gauchesca, o a casi toda la gauchesca, que es del orden de lo más popular. Vos te pones a jugar y sale. Y le sale a todo el mundo. Y me parece que ahí hay como una tradición que viene desde el romancero español, desde el medioevo que sigue funcionando. Que los pibes ahora cuando hacen esas guerras de rapeadas o de hip hop, el freestyle. Los pibes cuando hacen eso están haciendo eso y están haciendo payadas también. Yo a veces los escucho…

— Contrapuntos, ¿no?

— Contrapuntos. Es como el duelo de los dos. A veces los escucho y me agarro así la cabeza por las barbaridades que dicen. No sé si no podría pensarse todo eso como gauchesca contemporánea si uno quisiera ponerle ese nombre. Pero sí que lo popular tiene que ver siempre con un metro, con algo del orden de la denuncia, con un diálogo con otro.

— ¿Y cuándo apareció la idea de hacer algo con la gauchesca y con Martín Fierro puntualmente?

— En 2013 estaba leyendo mucha gauchesca porque me habían dado una beca de escritora residente en Berkeley, en California, que es genial. Y la única cosa que yo tenía que hacer, la única contraprestación que yo tenía que dar era un taller literario. Y como eran todos mega académicos a mí me asustaban. Ahora ya no me asustan tanto los académicos pero sí hay algo… Yo me imagino, no sé, alguno que me discuta algo. Seguro que me gana, pero me gana más allá de la razón, hay ahí un entrenamiento argumentativo que yo no tengo ni en pedo. Entonces, si alguien me dice "eso no es así", yo tengo que decirle "tenes razón" y seguir, porque no voy a tener con qué responder. Entonces pensé en un taller literario que tenga que ver con narrativa con verso y bueno, soy argentina, leí un montón de gauchesca. Pensé que iba a tener también un diferencial. Toda esa preparación fue excesiva, era un taller como cualquier otro, pero la cuestión es que leí muchísimo. 

La novela juega con la alta literatura y la cultura popular (Martín Rosenzveig)
La novela juega con la alta literatura y la cultura popular (Martín Rosenzveig)

— Hay algo que se continúa en tu obra y que tiene que ver con las mujeres y con cierto resentimiento, cierta necesidad de venganza. Quiero decir, algo en donde la literatura aparece como una herramienta para ir contra esa opresión en un punto. ¿Cuánto hay de eso?   

— Me pasa que, salvo Le viste la cara a Diosque claramente es un texto político, un texto que intenta incidir, me gustan las historias de mujeres fuertes y de mujeres libres porque me interesan, porque es lo que trato de ser, lo que quiero ser yo. A veces me sale más que otras. Bueno, en este libro está esa operación que me parece divertida y es poner una narradora mujer en un universo genérico en el que no hay prácticamente no solo narradoras sino voces de mujer. Después, lo que empezó como algo divertido se me transformó en un libro, yo quise que fuera un libro lleno de amor. De amor por la otra, de amor sentimental, sí, pero también de amor por el gaucho, de amor por su perrito, de amor por los caballos, por las vacas, por las plantas…

— Por la naturaleza.

— Por la naturaleza. Por los indios, por los ríos, por los árboles, por el cielo, de amor por la tierra, amor por el planeta, por todo lo que hay en él. Por la luz, por el sol. Incluso las abejas, por las luciérnagas. Se me fue transformando en una novela de amor. Es un libro que trata de pensar el amor y para amar hay que sentir placer y libertad, ¿no?

— La China es la protagonista pero Liz, esa mujer que le enseña el mundo, que amplía las fronteras de la China en la pampa, no es un personaje secundario.

— No, Liz es re importante, está todo el tiempo en la lengua de la otra, en las palabras, en la visión de mundo. Porque aparte una cosa que hace la China, y que hace Liz para la China, es la operación contraria a los cronistas. Viste que los cronistas, no sé, veían un chimango y decían es como un águila de la selva negra pero más pequeño, pero de otro color, pero con tres patas ¿no? Traducían así. Y acá es al revés, ella le dice es como un chimango pero más grande, pero no sé qué. O sea, hace la operación contraria a la de los cronistas, le traduce siempre partiendo de las cosas de acá y no de las de allá.  

— ¿El inglés que aparece incrustado en el texto, sobre todo en la primera y la segunda parte de la novela, también fue un resultado de tu experiencia en Berkeley?

— No, no, el inglés me apareció porque no sé bien por qué, quería que la otra protagonista fuera inglesa. Tiene esa cosa híbrida y en una parte es un canto de amor al imperio, en lo que el imperio devuelve de gozoso, que en el caso de esta chica y dentro de esa carreta, la verdad, es mucho.

— Es verdad, comida, bebida, sexo, todo.

— ¿Qué más querés? ¿Letras, libros? ¿Nociones nuevas de lo que puede ser la vida? O sea, todo le viene por ahí a ella. Entonces por eso usa muchas palabras…

Cabezón Cámara dicta talleres literarios (Martín Rosenzveig)
Cabezón Cámara dicta talleres literarios (Martín Rosenzveig)

— Renace, digamos.

— Renace ahí, sí, sí, de hecho Liz la bautiza. Tiene nombre recién ahí, es como un nacimiento.

— Pero después, en la última parte, aparecen otras lenguas, lenguas indígenas.

— Sí, porque la última parte intenta ser como una pequeña utopía, un mundo otro y feliz. Un mundo otro donde se viva de una manera más grata, donde haya tiempo para el juego, para el sexo, para criar a los chicos. Para pescar, para hacer carreras de kayak además de para trabajar. Además, me parece increíble que vivamos en un país que tiene tantas lenguas indígenas y no haya ni una… y que lo quede sea tratado como basura. Que no se enseñen en los colegios. ¿Por qué no se puede enseñar el guaraní en los colegios? ¿Por qué no?, es una decisión política fuerte esa. Entonces, te decía, quería que entraran esas lenguas con la misma jerarquía porque en un mundo más feliz el otro no sería asesinado, como ha sido tradicionalmente. El genocidio de los indígenas, cientos de millones masacrados, y en los últimos años con la expansión de la frontera cultivable o extractivista, no me acuerdo el término técnico, siguieron siendo y hoy siguen siendo masacrados y asesinados. Y con ellos se asesina no solo a alguien que pretende conservar un pedazo de tierra que le corresponde por derecho, incluso por herencia, por un montón de motivos, sino otra forma de vida, es gente que tiene la tierra como propiedad comunitaria, que trata de vivir en cierta armonía y respeto por la naturaleza. No quieren que vivamos así. O sea, el mundo está todo organizado para que todos nos matemos laburando 14 horas por día para que diez tipos o, no sé, mil, son pocos, o diez mil, tengan una cantidad de dinero y de poder que no van a poder gastar en diez generaciones. Vamos hacia un geocidio. Digo, nuestros hijos no pero nuestros nietos yo no sé con qué mierda van a tener agua. ¿Cómo van a tomar agua si no va a haber?

— ¿Cuándo empezaste a pensar estas cosas?

— ¿Todo esto del planeta y todo? Yo creo que con la vejez.

— ¿Con la vejez o con tu vida en lugares más cercanos a la tierra? Empezaste a vincularte más con lugares menos urbanos, ¿no?

— Sí, sí, eso es cierto. Y empecé a tener un amor así, viste que te quedas mirando la plantita porque crece la hojita nueva. Y empezás a ver la hermosura y la exquisitez de cada ser. Y la singularidad de cada pajarito, de cada cosita. Sí, puede ser que haya sido ahí. Después creo que hay algo de la edad. No sé, yo sé que me voy a morir dentro de menos años de los que ya viví. Tengo 49 y viviré 80, ponéle, con suerte. Pero yo voy a tener agua hasta el final de mi vida. Pero no me consuela que reviente todo el planeta y toda la belleza y que dentro de dos generaciones no tengan agua o para tomar agua tengas que ser millonario, matar a alguien o lo que fuera. Y bueno, el final de este libro tiene que ver con esa preocupación. Es un juego, digo, a ver, hablando hoy de la revolución, yo no soy Lenin y Trotsky que pueden pensar qué hacer y que pueden hacer la revolución porque la estaría haciendo, si supiera. Pero sí me parece que estamos en un momento en el que no podemos pensar siquiera alternativas mínimas. Que cualquier visión de futuro es la del apocalipsis. Viste que no hay obra donde haya una visión de futuro que no sea apocalíptica o post apocalíptica.

La novela tiene un trabajo especial con la lengua (Martín Rosenzveig)
La novela tiene un trabajo especial con la lengua (Martín Rosenzveig)

— El momento en que arrancaste con la novela era un tiempo especial en tu vida, un tiempo de cambios, algunos de ellos muy duros. 

— Sí, mi papá murió en 2014… Fueron 3 meses en coma. El verano entre el 2013 y el 2014 él decidió operarse porque creía que o salía caminando o se moría. Tenía 81 años y él pensaba que las posibilidades eran esas dos. Y tuvo mala suerte y no fue ninguna de las dos, estuvo no sé como cuánto tiempo en terapia intensiva, tuvo casi septicemia, una cosa espantosa. Salió más contrahecho de lo que estaba antes de entrar. Y fue mucho tiempo en terapia intensiva, todo muy horrible. Y después nada, la etapa final del Parkinson que es una cosa espantosa. La gente se muere antes pero él, que era deportista, comía lechuga, jamás fumó, jamás bebió, llegó hasta el final. Y el final es durísimo, el cuerpo se deforma, pierde la forma humana. Y es un dolor loco. Y los médicos tienen protocolos para darle morfina a la gente. Yo me peleaba, le decía: "Escucháme, pelotudo. ¿Qué tenés miedo, que sea drogadicto? ¿Vos lo ves? Se va a morir ahora o en 15 días y no hay manera de sacarlo." Y bueno, nada, estás tan aturdido. Entonces mientras yo escribía este libro pasaba eso. Al mismo tiempo me iba de Clarín, que aunque me quería ir, de todas maneras es un cambio de vida muy fuerte. Y además me separaba.

— Todos finales.

— Todos finales, sí. Y volví a dejar de fumar. Y se ve que necesité pensar en todo lo que era bueno y hermoso en el mundo.

— Todo esto tiene que ver con la novela.

— A papá yo le leía un libro de un pibito que había sido cautivo de los indios, Santiago Avendaño creo que se llama, que es como una crónica que él escribe y es una belleza. Y cuenta lo bueno, lo malo, su forma de vida.

— ¿Y vos le leías eso en el hospital?

— Y yo le leía eso a mi viejo entre otras cosas. Le leía lo que yo estaba leyendo.

— Volviendo a las mujeres, ¿creés que vivien un momento revolucionario hoy, en algún sentido?

— No sé, me parece que hay una conciencia impresionante que antes no había. Algo hemos hecho evidentemente. Algo hemos hecho. Hay más conciencia. Veo mujeres grandes haciendo cosas con una libertad que antes no se daban, no se permitían. Las veo bailando, riendo en público, celebrando cosas que en otros momentos criticaban y que ahora se permiten disfrutar. Y esto de la toma de conciencia que te decía, no sé, el otro día vi una escena en la que un chico agarraba justo a una chica. Entonces intervino una amiga mía, después intervine yo, después hablamos todas con él, ¿viste? Fue como una cosa…

— Colectiva.

— Colectiva, importante. Hablamos mucho con él, tipo "Dejala acá. Si vos te parece que esta relación te va a llevar a algo violento, dejala". No es para vos o no te sirve, vas a terminar haciendo un desastre por tarado.

— Gaby, los que te conocemos hace mucho sabemos de tu paso por el diseño. Me gustaría preguntarte qué te pasaba con aquello que hacías y que tenía más que ver con otro tipo de creatividad. ¿Por qué te dedicabas a eso? ¿Seguís haciendo algo vinculado al diseño?

— Me gustaría mucho, mucho, mucho dibujar. Me encanta, me encanta. Cada tanto hago un dibujito así.

— ¿Ah, sí?

— De cositas, de perritos, de arbolitos. Me encanta. Pero la verdad yo hacía diseño porque me fui de muy chica de la casa de mis viejos, no podía estar ahí. Y me fui muy chica, no tenía herramientas. No tenía cómo encontrar trabajo, cómo pagar el alquiler, nada. Y tuve una novia que hacía diseño. Por suerte era así: yo creo que si hubiese tenido una novia narcotraficante ahora estaría presa por vender droga. O sea, no tenía dónde caerme muerta. Entonces aprendí a hacer eso con ella. Y lo hice hasta que dejé de hacerlo. Fui muy feliz esos años en Clarín, diseñaba esas cajitas en las que yo no tenía idea de qué iba adentro, ¿entendes? Un trabajo de operaria creativa, con una puntita más interesante…

— Pero línea de montaje.

— Pero línea de montaje fuerte, sí, sí. Era un trabajo muy ordenadito y a la vez era bastante suelto. Entonces ya escribía. Después empecé a estudiar. 

— ¿Terminaste Letras?

— No terminé, me quedan una materia y cuatro seminarios. Hice más materias que las que correspondían porque primero quise hacer Letras Clásicas, después se me ocurrió que quería especializarme en literatura medieval, después ya no, después ya me quería recibir.

— Se advierte que la tuya es una literatura culta, con mucha bibliografía detrás. Con mucha lectura.

— Sí. Hay mucha lectura. Igual yo traté locamente -con este libro incluso más que con los otros-, que en cuanto a enciclopedia alguien lo lea y encuentre todo lo que vos encontrás pero que alguien sin enciclopedia pueda leer una road movie, una novela de aventuras o una novela de amor. Una novela de amor a la tierra y una novela en donde se piensa otro mundo sin tener por qué saber todo lo demás: no quería hacer una novela tan entre nos.

— ¿Y qué querías hacer con la lengua? ¿Cómo la trabajaste?

— Yo siempre quiero hacer algo como lo que creo que es la poesía. Siempre trato de hacer eso. Siempre trato de que tenga música, que es algo que lo siento en el cuerpo, cuando está funcionando el texto yo lo siento…

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

— ¿Vas leyendo en voz alta?

— A veces, un poquito. 

— Decís que lo sentís cuando se arma. ¿Dónde lo sentís?

— Acá (se señala el cuello).

— (Risas) ¿Como un collar?

— Como algo que empieza acá y sigue, entre la garganta y la concha; algo así que pasa acá y que vibra, que está vivo. Me hace sentir más viva de lo que me siento normalmente. Cuando pasa eso, es que lo que escribí está bien.

— ¿Y te da alegría?

— Una alegría de vivir, unas ganas…es algo como vital ¿Viste cuando te sentís viva? Bueno, yo soy bastante melancólica, muchas veces me siento así. Y cuando me pasa eso, estoy recontra viva. La lengua es un sistema político bestial, es un sistema de signos políticos enloquecidos y es una cosa de relaciones de poder cristalizadas, lo que significa cada palabra y la historia que significó eso. Pero además es música y es materia, es sonido que te golpea en el cuerpo, que te pasa por el cuerpo. Porque a veces pareciera que está fuera de uno. Pero estos años que fueron de duelo y de melancolía y de todo eso, lo más vital que me iba pasando era…

— Escribir esta novela.

— Sí. Esta novela y que mis perros me obligaban a salir a la calle. Y los arbolitos que crecían ahí, en Abasto; cómo creció lo que planté, cómo crecieron esas plantas, ir siguiéndolas, ¿viste? Viendo las hojitas, las plantitas. Ahora tengo una parra que me regaló Gabriela Massuh, están saliendo uvitas. Todo eso fue lo que me sacó de la melancolía loca. Y encima estaba sin fumar.

 

— ¿Se puede enseñar a escribir?

— Sí claro. Tenemos que sacarle esa cosa como sagrada que tiene la escritura, ¿viste? Una vez vi en Facebook por el Día del Escritor que alguien decía "yo no puedo festejar el Día del Escritor como si lo fuera porque eso no lo puede decir uno, lo pueden decir los demás". Y yo pensaba "no, escritor es el que escribe". Los demás pueden decir si les gusta, si no les gusta, si es bueno, si no es bueno. Hay que sacar esa cosa sagrada, te están diciendo feliz Día del Escritor porque escribís. Si no, tiene como algo, qué sé yo, bajó el Espíritu Santo y te ungió, te eligió. No, tenes el deseo. ¿Es una proeza tener el deseo de escribir? Porque nadie necesita el libro, no hay que explicarlo. Y si lo llevás a cabo, entonces sos un escritor. Y sí, claro que se puede enseñar; escribir también es leer mucho, es hablar con otros de lo que estás haciendo. Nadie escribe solo.

— Es, también, reescribir mucho.

— Es reescribir un montón. Y es mostrarles a tus amigos, que tus amigos te muestren a vos y leer en voz alta. Y bueno, después… la cosa del taller, el acompañamiento, el generar un grupo de pertenencia. Entonces ahora cuando vos querés ir a las lecturas, vas con tus amigos, todo eso que va pasando alrededor está bueno. Sí, se puede enseñar, se puede aprender.

— Perteneciendo a la generación que pertenecés, ¿pensás que este es un buen momento de la literatura argentina?

— Yo no sé a qué generación pertenezco, porque tengo una cierta edad pero empecé a publicar tarde respecto de otros, entonces yo no pertenezco a la generación de tipos de mi edad, como decía Fogwill. Viste que Fogwill decía que él era de la generación de Bizzio y Guebel porque empezó a publicar con ellos. Entonces, yo no sé si soy de la generación de la gente que hoy tiene 42, 43 o 40. Menos mal que ya no soy joven. Sí, a mí me parece que es un buen momento. Que está pasando algo raro, esto me está pasando tanto en los talleres como cuando soy jurado de concursos, hay un piso bueno, todo el mundo escribe bien. Después, algo importante que salga de ahí ya es otra cosa, pero todo está bien puntuado, con estructuras razonables.

— Hay muchos talleres dictados por muchos escritores.

— Evidentemente. Y está funcionando porque hay un piso muy alto. No sé cuál es el techo. Cada tanto leo a alguna persona que me parece genial.

— ¿En qué lector pensabas mientras escribías?

— No, en ninguno.

— ¿En ninguno?

— No pienso en lectores porque si pensás en un lector al que le va a gustar enseguida aparece uno al que no. Y eso sería muy paralizante.

 

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