A este señor lo leemos, lo escuchamos y también lo vemos por televisión. Habla de política, de literatura y hasta se da el lujo de leer cuentos por radio. Sabemos cómo piensa porque lo expresa de todas las maneras posibles. No hay modalidad del periodismo que no haya atravesado y tal vez sea esa inmersión en la realidad en la que lleva tantos años lo que haya decantado hasta llegar a este Jorge Fernández Díaz de hoy, que se reconoce más como un escritor que hace periodismo que como un periodista que escribe novelas, algo que comenzó a ocurrir con la publicación de Mamá, el libro que lo convirtió en bestseller. Salir de esa realidad agobiante o, más bien, jugar con el lado B de esa realidad es lo que viene haciendo el escritor desde la publicación de El puñal, la novela que hizo conocido a Remil, un agente de inteligencia, ex combatiente de Malvinas canalla y seductor que protagoniza intrigas vinculadas con la zona más oscura de la política argentina. Por estos días, a Fernández Díaz se lo ve feliz, entusiasmado con el regreso de Remil y con la aparición de La herida (Planeta), su nueva novela. La tirada inicial de esta flamante historia es de 30 mil ejemplares, una apuesta editorial enorme y atípica, tan atípica como la llegada que los libros de este autor tienen en el gran público.

— Cuando alguien pregunta: ¿pero cómo se llama la nueva novela de Fernández Díaz? Y yo digo La herida dicen ah, claro, primero El puñal, ahora La herida. Y no es exactamente es así.

— No, no es exactamente es así. Esto tiene que ver con un concepto que, como habrás visto, lo dice uno de los personajes y es que todos tenemos una herida fundamental, ¿no? Cada uno tiene una herida que pasó en la infancia, que pasó en la adolescencia, con la que lidiamos, seguimos lidiando fantasmalmente toda la vida. Mi herida fundamental fue que mi viejo me dio por perdido cuando yo tenía 15 años y le dije que quería ser escritor. Él, mozo de bar, creyó que yo quería ser vago. Cuando entré al periodismo, en ese momento era una bohemia, entonces ahí tuvo la confirmación de que iba a ser un vago. Me dio por perdido muchos años hasta que una vez me llamó a La Razón de Timerman, donde yo escribía un folletín por entregas, y me preguntó: ¿el protagonista va a recuperar el dinero? Casi no nos hablábamos en todos esos años.

— Estaba enojado con vos.

— Muy enojado. Y yo no sabía cómo hablarle a él y él no sabía cómo hablarme a mí. Y me llama por teléfono y me dice, así sin saludarme ni nada: ¿el protagonista va a recuperar el dinero? Se trataba de un periodista que estaba haciendo un relato sobre la mafia del fútbol y de los secuestros. Estaba llevando un botín, dejaba el botín en el piso, se distraía y un chico de la calle se lo robaba. Y así terminaba un capítulo, era un folletín.

— ¿Y vos ya tenías la respuesta cuando tu papá te preguntó?

— Sí, sí. Y yo llorando sin que él se diera cuenta le dije: ¿y vos por qué querés saberlo, papá? Y me dijo: "porque aquí todos lo leen y me encomendaron saberlo. ¿Yo les puedo decir seguro, seguro que va a recuperar la plata?" Sí, le dije. Corté, me fui al baño a llorar y fue muy interesante porque eso nos amnistió. Es decir, la literatura que nos había enemistado nos había luego reunido muchos años después. Esa para mí fue una herida tremenda, que tu padre te dé por perdido, ¿no? Y esa emocionalidad yo se la pongo en este caso a Remil, el protagonista de La herida. Que tiene una serie de traspiés. Su gran padre, que es el jefe que lo rescató de la locura y de todo, lo da por perdido y Remil pasa toda la novela con un gran dolor de garganta de angustia, aunque él no lo puede decir hasta el final. Él trata de luchar contra esa herida. Es decir, traspasé algo que era muy íntimo al personaje.

— Malvinas, que tiene un lugar importante en las novelas de Remil, ¿es una herida de tu generación?

— Es la herida de una generación. Yo estuve… Para mí marcó muchísimo. Además de que luego me hice muy amigo de muchos héroes, pibes que pelearon allá, extraordinarios. Y un poco de eso tiene Remil, ¿no?, que es un ex combatiente que es rescatado de ir a Psiquiatría por un jefe de inteligencia que lo manda a hacer un curso de comando, otro curso de criminología, lo convierte en un buzo táctico, lo manda a la escuela de inteligencia y lo va armando para armar "La casita". Llaman "La casita" a es esa agencia dentro de la AFI pero que, aparte, se dedica a todo ese entramado, a tratar de salvar a los políticos, a los corruptos…

María Eugenia Vidal leyó El puñal y me dijo: “Yo leí el puñal antes de llegar a la gobernación y me fue muy útil porque yo entendí a qué me enfrentaba”

— Lo que no se ve.

— Para mí es muy importante como periodista contar la intimidad de lo que sabemos. Mira, te confieso algo que es que la gobernadora María Eugenia Vidal leyó El puñal y me dijo: "Yo leí el puñal antes de llegar a la gobernación y me fue muy útil porque yo entendí a qué me enfrentaba" ¿Y a qué se enfrentaba? A un entramado muy organizado entre sindicalistas, narcos, dirigentes políticos, dirigentes de fútbol, jueces, funcionarios nacionales, funcionarios provinciales, fuerzas de seguridad, policías. Un entramado, un negocio muy, muy importante, mafioso, que está detrás de lo que vemos, está detrás de la política. Eso para mí fue muy importante. Me pareció importante entender que eso existe y poder contar la intimidad. Poder contar desde el otro lado. El periodismo de investigación muestra los hechos. Habla de los manipuladores, de los corruptos. Pero otra cosa es mostrarlos en sus manipulaciones, en su trastienda.

— Leí que decías también que gente de afuera que de pronto lee tus novelas dice: pero esto es una exageración absoluta, esto no puede ocurrir. 

— Claro, por ejemplo un crítico español… A mí por suerte me trató muy bien la crítica, estoy contento con eso. Pero en el mano a mano me decían: es una novela excesiva. ¿Por qué es excesiva?, preguntaba. ¿Cómo puede ser que un juez se maneje así? ¿Cómo puede ser que un sindicalista sea millonario? Eso en Europa es inconcebible. Es absolutamente inconcebible. Bueno, entonces afuera parece, a pesar de que fue traducido al francés, al italiano, al checo, al portugués, a un montón de idiomas, creo que afuera se ve como una cosa exótica, porque la Argentina es una cosa exótica, o la Argentina es una novela negra. Por eso yo no pretendía con esto escribir una novela tradicional policial, trataba de simplemente contar un poco a la manera de los viejos seriales de espionaje pero adecuado a la Argentina. ¿Y la Argentina cómo es? Bueno, el espía es un trucho. El espía trabaja para el mal.

— También hay que pensar eso que uno sabe en relación al género. En Argentina pensar en el policía bueno se hace un poco complicado.

— Bueno, ese fue siempre un poco el problema de por qué no tenemos detectives literarios y en otros países sí los hay. Porque nunca fueron creíbles, porque como decía Borges en el 33 -en 1933-, decía que el argentino veía a la policía como una mafia. Luego eso se convirtió en realidad, la policía se convirtió en una mafia. Entonces hoy no producen empatía esos personajes. Un personaje como Remil ha demostrado tener esa empatía, es decir, finalmente es un héroe infame, no es un héroe de corazón puro, es un héroe infame y vos un poco te pones a favor de él.

— Hay varios personajes que tienen como su propio sentido de la ética. Porque la periodista también tiene como su particular sentido de la ética.

— Sí, la manipulan a la periodista, la usan. Pero a la vez tiene una enorme dignidad. Creo que es el personaje de mayor dignidad. Creo que es el personaje que tiene la dignidad y la honestidad más grande en toda la novela. Dejame decirte esto, yo trabajé mucho los personajes femeninos.

— Te iba a decir eso.

— Viste que está lleno de personajes femeninos, ¿no? Para mí son importantísimos. Cuando vos vas y ves las grandes pinturas te das cuenta de que los grandes pintores, Rubens, Velázquez y tantos otros trabajan con tanta intensidad esos personajes chiquititos como tanto o más importantes que los grandes. Cuando uno ve a John Ford, a George Stevens, a esos directores con los que yo me crié, lo que descubre es que esos sargentos, esos personajes pequeños de los ranchos son tan importantes como el protagonista o más importantes. Entonces yo aquí quise crear una serie de mujeres, sobre todo de mujeres, muy diferentes unas de otras, diferentes en cómo se peinan, cómo piensan, diferentes en todo. Para eso me ayudó mucho mi mujer, Verónica, a quien le dedico el libro.

— Hay como dos novelas en tu novela, Jorge. Una que tiene que ver con una monja que de pronto desaparece y que hay que ir a buscarla, una monja muy cercana a la figura de Bergoglio, del Papa…

— Así es, a pedido del Vaticano hay que buscarla, sí.

— Y por otro lado, la historia de la aparente reconstrucción del perfil de un gobernador cuya imagen está en picada, por medio del marketing y esos recursos.

— Claro, claro. La primera novela, que va en paralelo, es esa clase de casos que no pueden ser resueltos y que quedan como una obsesión. Y lo otro muestra por dentro cómo se construye un populismo feudal digamos, con las técnicas modernas, cómo se le crea a un personaje un pasado heroico que no tiene, un linaje, un color… Cómo se compra a la oposición. Cómo se lo hace, que faltaba en El puñal esa parte, cómo se trata a los jueces. Cómo se les hace tener negocios en paralelo. Cómo se los asciende. Cómo se los amenaza. Cómo se los coacciona. Cómo se les pinchan los teléfonos, etcétera.

— Te quiero preguntar algo sin revelar nada de la novela y te estoy trayendo un poquito a la realidad con la que trabajas también a diario como periodista. En la novela, en la parte que transcurre en la Patagonia, cumple un lugar fundamental el tema de las aguas del sur, los ríos del sur. Hay cadáveres en las aguas del sur.

— Y buzos.

— Y vos entregaste esta novela…

— Antes de Maldonado.

— Antes del caso Maldonado. Cuando empieza a aparecer toda la información sobre el caso Maldonado, ¿qué sentías? 

— Mi mujer me dice: fijate estas escenas, me da escalofríos. Y me recordó que yo había escrito El puñal y los servicios de inteligencia eran todavía algo escondido y de repente matan a Nisman. Entonces surge bueno, a ver qué hacen estos tipos de los servicios de inteligencia. Bueno, hacen todo esto que estoy contando, ¿no? Y bueno, esta es una casualidad absoluta pero esas imágenes de ahora sin duda a mi mujer y a mí nos shockearon. Nos shockearon porque están en la novela. De otro modo, pero están, absolutamente.

— Eso habla de algún modo de que un periodista que escribe ficción al estar empapado de lo que ve, de lo que oye y de lo que infiere de pronto, digamos, transforma eso en ficción.

— Sí, te entiendo, entiendo lo que querés decir.

— ¿Hay algo que tiene que ver con el universo de uno al punto que cuando lo termina volcando ya se confunden las cosas por momentos, también?

— Mira, los que hacen novela histórica y los historiadores, principalmente los historiadores, cuando hay una parte en la que no hay documentación, recurren a lo que llaman imaginación histórica. Y esa imaginación histórica es muy rigurosa, o sea, se imagina en base a cosas muy determinadas. Yo creo que aquí pasa lo mismo con los periodistas, yo todas estas novelas las construyo… no te creas que hay cosas que no hayan sucedido en la realidad.

— No, pero lo estilizás.

— Lo cambio, no es una novela de clave en clave que vos podes decir éste es éste o aquél. Pero todo lo que ocurre ahí tiene un sabor a realidad porque todo fue tomado de cosas equivalentes que yo he leído en expedientes judiciales, que he visto, que me han contado.

— ¿Y qué haces, guardas esos elementos para usarlos en algún momento?

— Sí, sí. Te digo que la realidad trabaja para Remil, ¿no?

— Claro.

— Porque yo leo los diarios todos los días y recorto en carpetas y digo: esto es para Remil.

— Recordáme un poquito por qué lo llaman Remil.

— Claro. Él era muy valiente en Malvinas y le decían replegate y no lo hacía y le decían hijo de re mil puta como un elogio y le quedó Remil. Porque estos, además, son gente que no tienen nombre, tiene nombres falsos, por eso le dicen Remil. Estoy escribiendo el guión ahora de El puñal porque K y S compró los derechos para hacer la película. El gran problema es quién va a hacer de Remil, porque es un personaje tan particular, tan que vos te lo imaginás, que no hay un actor de primera, hay actores internacionales, quizás Benicio del Toro, Vincent Cassel, algunos de esos duros del cine que podrían hacerlo. Y dejáme contarte una anécdota alrededor de cómo un periodista puede imaginar cosas que sucedieron, curiosamente. Cuando termina El puñal yo no tenía totalmente claro que esto era una serie. De hecho empecé a escribir otro libro que se llama Te amaré locamente. Pero lo que me terminó de convencer es que me llamaron por teléfono, me llamó por teléfono una persona vinculada a la seguridad y a los servicios de inteligencia, y me dijo "hay una serie de Remiles que son fanáticos de Remil" ¿Qué quieren?, dije yo en alerta. Porque te aclaro que yo no quise sentarme con gente de la AFI porque no quise contaminarme…
Jorge Fernandez Diaz 1920 (4)

— No los buscaste como fuente para la novela.

— No, no, no lo quise hacer. Entonces me dice: son agentes de inteligencia, policías de élite que son fanáticos, quieren que les firmes el libro, nada más. Bueno, que vengan a la radio a las 7 de la noche yo salgo, se los firmo y listo. Perfecto. Corto y digo ¿quiénes son estos tipos? Entonces llamo de vuelta y le digo ¿quiénes son? Eran tipos de élite y de experiencia extraordinaria. Entonces los invito a almorzar, estaban todos almorzando y yo digo bueno, aquí no estoy como periodista estoy como novelista, así que díganme qué cagadas me mandé. Porque digo, yo hablé de un mundo del cual yo estoy afuera, lo imagino, lo uso ficcionalmente, pero bueno. A ver qué les pareció a ustedes como especialistas. Únicamente la Glock, me dice uno de ellos, que la Glock no tiene martillo. Y la Glock 9 milímetros efectivamente yo la hago martillar y no tiene martillo. Ahora busqué un asesor de armas para no equivocarme más con eso. Y curiosamente uno me dice: ¿cómo sabías lo de los tres chicos del sur? En El puñal hay una escena en la que tres chicos que son piratas del asfalto roban sin querer un camión de cocaína. Cae Remil y los narcos los matan. Entonces yo le dije: mirá, eso es ficción. No, me dice, no es ficción, eso pasó y lo sabíamos solo tres personas en la Argentina. Y los tres chicos estuvieron 6 meses en la morgue y nadie se atrevió a ir a buscarlos porque caía en cana.

— Dios.

— Yo estaba comiendo y se me cerró el estómago y pensé: en este país te pueden matar por algo que imaginás. Pero vos fijate que eso, que esa reunión me convenció de que tenía que seguir adelante con Remil y después los frecuenté y fue muy instructivo conocer un montón de cosas.

— ¿Qué tiene de vos Remil?

— Creo que es ese canalla delicioso que todos llevamos dentro. Es un canalla indecible, todos nosotros somos políticamente correctos y buena gente, no mataríamos a nadie, sin embargo el impulso de matar lo tenemos, el impulso de hacer cosas prohibidas lo tenemos. Y creo que Remil representa un poco eso.

— ¿Qué te pasa cuando escribís escenas de tortura?

— No me pasa nada. Mirá, yo trato de que la miseria no sea abyecta en estas novelas. Trato de que la tortura no sea cruel. Trato de que la violencia sea estética. Porque lo que quiero finalmente… yo soy un niño, es decir, trato de jugar a una novela de espías. Por más que hoy soy grande, tengo 57 años, y te estoy contando todo esto de que quiero contar lo que no puedo contar con las armas del periodismo, y es verdad, cuento toda la parte de atrás, la intimidad de la corrupción de la política. Eso es cierto pero también es cierto que finalmente todos nosotros somos niños, escribimos porque queremos seguir jugando. Me interesa mucho… Yo tenía 15 años y quería escribir una de espías y de amores, de pasiones, de mujeres y qué sé yo. No sabía un pomo de mujeres, un pomo de espionaje, de política, de nada, y fracasé. Cuando tenía 15 años leía a Ian Fleming, después leí a John Le Carré a todos esos, y sobre todo a Somerset Maugham en Un agente secreto que es una delicia. 

Yo tenía 15 años y quería escribir una de espías y de amores, de pasiones, de mujeres y qué sé yo. No sabía un pomo de mujeres, un pomo de espionaje, de política, de nada, y fracasé

— ¿Graham Green leías?

— A Graham Green, El factor humano, todo eso. Y yo quería hacer eso cuando tenía 15 años. No me dio para hacer eso. Y hoy sigo jugando con eso. Y me pareció que la novelística argentina carecía de esta novela, que es esa novela que es un poco un thriller político pero también es una novela policial pero también es una de espías a la argentina. No es Jason Bourne, no vuelan por el aire, persecuciones…

— Es verosímil para lo que es Argentina, querés decir.

— Es verosímil.

— Hay un personaje de la novela que dice la frase "Hay cosas de las que no puedo estar muy orgulloso."

— Sí.

— ¿Y Fernández Díaz tiene también esas cosas de las que no puede estar muy orgulloso?

— Sí, sí, sí. Yo cada vez me desnudo más, digamos. Creo que lo principal que pasó en mi vida, sobre todo desde que escribí Mamá hasta hoy, fue un largo striptease. Donde cuento mis errores como periodista, mis terribles errores ideológicos. Yo cuando tenía 20 años estaba en la izquierda nacional. Lucho todos los días contra ese imbécil que yo era. Cuando esas imbecilidades que yo cometía las veo instaladas como sentido común hoy digo "la pucha". No encuentro ninguna virtud en la coherencia, ninguna. El tipo que me dice "yo a los 20 años era como soy ahora" me horroriza, me parece terrible. Porque nosotros vamos cambiando, afortunadamente, y vamos aprendiendo cosas. Mi gran problema con el kirchnerismo fue que me venían a tocar el hombro y a decir que fuéramos los que habíamos sido a los 20 años. Y el nacionalismo se cura viajando, se cura leyendo, y yo no podía volver a ser ese que era, ¿viste? El lector de Jorge Abelardo Ramos. El que votaba al peronismo. El que maltrató a Alfonsín, a quien le pedí perdón.

— ¿Por qué lo maltrataste?

— Porque yo era de esos tipos que creían que Alfonsín era la derecha. La derecha, fijate lo imbéciles que éramos. A mí me convocó mucho, te diría que gran parte de mis encontronazos con el kirchnerismo fue que ellos proponían para muchos de nosotros la máquina del tiempo; que volvamos a atrás, borremos nuestras disculpas, borremos lo que aprendimos, lo que aprendimos viajando, lo que aprendimos de los sistemas de partidos políticos. Borremos todo eso y volvamos.

— Estoy pensando mientras hablás que durante bastantes años hiciste un esfuerzo, en tus artículos de La Nación uno notaba un esfuerzo enorme por mantener un equilibrio al punto que las autoridades del kirchnerismo te llamaron tibio, se dedicaron, específicamente Aníbal Fernández, a hablar de vos en relación con esto, y vos después endureciste muchísimo esas columnas.

— Sí, eso fue cuando la vi a Cristina decir "Vamos por todo". A mí me pareció… Porque cuando ella gana digo, a ver, acá hay una gran oportunidad. Además Cristina y yo tenemos una cosa en común bastante perturbadora, además que los dos nos llamamos Fernández.

— (Risas) Claro.

— Y es que el padre de ella y mi padre son descendientes de asturianos. En ese hogar que tenía Cristina la madre era una sindicalista peronista, hija de un conservador popular digamos, y el esposo, o sea el padre de Cristina, era un hijo de asturianos que detestaba al peronismo, ¿no? Entonces ella tuvo la grieta en esa casa. Entonces yo escribí varias veces, sobre todo una de manera muy intensa, diciéndole: usted, Cristina, tiene la oportunidad de juntar a su padre y a su madre. Usted tomó partido por su madre contra su padre. Pero demos esta oportunidad de unir las piezas de su propia casa. Y ella, cuando muere el marido y vuelve, y libre de todas las ataduras se convierte en presidenta, yo todavía dije: bueno, acá puede haber un giro. No, no, pero el giro fue en sentido contrario, en ahondar esa grieta entre los dos padres imaginariamente

— Ahora, sin embargo yo pensaba…

— Perdonáme, como verás, para mí todo lo del kirchnerismo es una cuestión personal, todo.

— Sí, veo eso pero se me ocurre una cosa, porque en el medio empezaste a trabajar en la radio.

— Sí.

— ¿Cuánto de cambiar de género o de soporte y de tener un vínculo mucho más directo de pronto con el oyente que el que uno tiene con el lector también te hizo cambiar el ángulo desde el que opinás…?

— En los diarios vos te podes esconder del lector. Podes incluso esconder completamente lo que pensás. A pesar de que yo escribo ya pequeños ensayos. Entonces ya tengo que tener un país en la cabeza, hablar de ese país.

— Sí, pero esos primeros años vos lo manejaste bien eso.

— Claro. Y después fui a la radio y en la radio vos no te podés esconder, ahí el striptease es total… Hacés radio todos los días y si vos sos un farsante en la radio se nota. Pero los oyentes saben cuándo yo estoy deprimido y lo disimulo, cuándo estoy contento, saben todo, saben cuándo miento, saben cuándo estoy guardándome algo. La radio te impulsa a sacarte toda la ropa.

— Escribís en La Nación, estás en radio Mitre, leés por radio, hablás de literatura, hablás de política, escribís tus novelas, haces tus artículos de fondo en temas políticos. ¿Hay algo que podrías dejar de hacer de todo lo que hacés?

— No sé, yo últimamente, mirá, lo que más me cuesta de todo es escribir la columna de los domingos, me lleva mucho más trabajo que la radio. Y no es un juego. La novela es un juego, vuelvo a tener 15 años y vuelvo a jugar.

— Te divertís escribiendo.

— Sí, es un trabajo pero me divierto mucho con ese trabajo. Escribir la columna es de tal responsabilidad y siento que tengo que decir tantas cosas y tengo tantos sentimientos… Yo ya sé que está prohibido esto, que el periodismo no debería tener sentimientos, ni emocionalidad, ni podría decir como yo estoy diciendo acá que para mí es una cuestión personal. Para mí es una cuestión personal, personal.

— Pero no siempre te había pasado, el otro día yo hablaba con Jon Lee Anderson, que está también en un momento en donde incluso cambió su manera de presentar las cosas y que con Donald Trump él siente que tiene que tomar posición como nunca le había pasado antes. ¿Sentís que te pasó algo así?

— Bueno, tal vez sean los populismos. Porque si viviéramos en un país medio normal donde hoy gobierna este partido, mañana el otro, por ahí yo no estaba tan movilizado posiblemente, ¿no? Tiene que ver con algo generacional también. Yo te estoy contando todas cosas de lo que significaba ser inmigrante. De la cultura esa que aquí fue barrida abajo de la alfombra y que tiene que ver con mi familia. De lo que pudo hacer Cristina con su familia y con todos nosotros y no hizo. De lo estúpidos que éramos a los 20 años y cómo repetimos esa estupidez. Bueno, y ni te hablo de los amigos que perdí con el kirchnerismo. Y de los amigos que fueron atacados de una manera despiadada. Estoy rodeado de historias con respecto a eso. No sé, yo creo que hoy soy más un escritor que escribe en un diario que un periodista estrictamente. Aunque defiendo por supuesto muchísimo el oficio, oficio que fue atacado profundamente.

— Te quiero preguntar eso, ¿cómo ves hoy el periodismo en general?

— Mira, yo lo defiendo pero creo que el periodismo se debe una autocrítica. Esa autocrítica comenzó, cayó el kirchnerismo atacando a los medios y después directamente al oficio de periodista. Es como, yo siempre digo lo mismo, estás en otro país y dicen mirá, los carpinteros son los enemigos de la patria porque cortan los árboles y los árboles no sé qué. Y te sacan por televisión que los carpinteros son un desastre y te escupen fotos de los carpinteros.

— Escrache a los carpinteros.

— Y los carpinteros se vuelven locos, sacan las sierras, las hachas y se vuelven locos. Porque no es que están defendiendo solamente su trabajo sino que nuestro trabajo es nuestra identidad.

Yo creo que el periodismo está lleno de corruptos, está lleno de estúpidos, está lleno de analfabetos que parece que saben más de lo que saben. Y a la vez está lleno de tipos heroicos, de tipos serios, de tipos inquebrantables.

— Sí, la honorabilidad también.

— La honorabilidad. Y la identidad. Yo creo que el periodismo está lleno de corruptos, está lleno de estúpidos, está lleno de analfabetos que parece que saben más de lo que saben. Y a la vez está lleno de tipos heroicos, de tipos serios, de tipos inquebrantables.

— Por qué va a ser distinto que el resto de la vida, ¿no?

— Y sí, sí. Hay periodistas extraordinarios. Un tipo como Alconada Mon, no importa a quién investigue: yo siempre lo voy a apoyar hasta las últimas consecuencias.

— Claro. ¿Pero entonces estás de acuerdo con eso que están diciendo algunos ahora que dicen que hay que guiarse también por las firmas? ¿Que hay que seguir a algunas personas en particular independientemente de los medios?

— Sí, yo creo que las firmas hoy son más importantes todavía que los medios. Y después no solo firmas de periodistas que hacen investigaciones o notas sino de los articulistas. Yo entré en la Academia este año con un largo discurso reivindicando a los articulistas. El artículo que toma cierta posición viene del ensayo de Montaigne. Para mí eso es literatura y es lo que más me cuesta, porque yo tardo diez horas en escribir cada columna de 7.400 caracteres. Es una vergüenza total, cualquier periodista me diría pero vos sos de madera, no existís, porque en dos horas esa columna se escribe. Es posible, pero yo tengo la maldición del escritor, entonces cada palabra vale distinto a otra palabra… Mi columna trata sobre las argumentaciones, no trata sobre otra cosa sino sobre las argumentaciones que giran alrededor de la política. 

— Ahora, Jorge, en estos años se sigue hablando demasiado del kirchnerismo y poco del gobierno actual. ¿Sentís que pasa algo de eso?

— Es que el kirchnerismo es fascinante. El kirchnerismo no se va a ir. El kirchnerismo está desde antes, antes se llamaba de otras maneras, yo estaba en otras maneras.

El kirchnerismo no se va a ir. El kirchnerismo está desde antes, antes se llamaba de otras maneras, yo estaba en otras maneras.

— "Yo fui kirchnerista" tenés que decir.

— Antes de que existiera el kirchnerismo, claro. O sea, esa línea nacional y popular que puede ser extraordinaria o un desastre, como cualquier ideología, me parece a mí. Existe y es una discusión interesante. Yo discuto desde la idea de construir un país normal, lo que no tuvimos nunca, un sistema democrático, republicano, con dos o tres partidos, que pueda haber una alternancia. Lo mínimo para un país normal.

— Durante el gobierno de Néstor Kirchner hubo momentos, en los comienzos, que parecía.

— Al comienzo, al comienzo, claro. Pero después se reveló que no, que era más parecido a Santa Cruz, a ese feudo que está en La herida.

— Pero qué pensás que pasa ahora.

— Y que creo que todavía hay discusiones argumentales y que es difícil discutir por ejemplo con el peronismo. Porque ¿qué es el peronismo hoy, en qué cree el peronismo hoy? Y además porque creo que se cayó el Muro de Berlín, en el sentido de que hubo una casi hegemonía del peronismo, de repente cae y es muy incipiente lo que se construye, lo que se está construyendo. En estos dos años hubo como un proceso de normalización digamos de ciertas cosas, que no terminó, para nada terminó, y que es muy difícil todavía discutir desde la normalidad.

— Pero en esa cosa que puede ser entre el dolor que uno tiene por haber sido maltratado y agredido y esta fascinación que describís en relación con el kirchnerismo, ¿no sentís que al mismo tiempo en lo que tiene que ver con un gobierno que ya lleva dos años en la Casa Rosada una gran parte del periodismo tiene una generosidad extrema, todavía?

— Creo que así pasó siempre en los primeros años, pasó con Néstor Kirchner. Creo que pasó con los primeros años de la convertibilidad. Es decir, venimos de un quilombo grande y el periodismo está un poco a ver qué es esto. Y además porque en la Argentina somos tan raros y nos pasamos algunos años tratando de entender quién es el animal político nuevo que vino, ¿no? Fijate que yo he escrito un montón de notas a ver quién era Néstor Kirchner, quién qué venían a hacer. Creo que este es un animal político nuevo, el de Cambiemos.

— Sí.

— No es el que dicen que es y tiene…

— Es como si recién con este triunfo de las legislativas se consolidara en un lugar donde hay que empezar a mirarlo con cierto respeto y ahora por ahí podemos empezar a criticar.

— Ahora podemos empezar a ver. Digo, porque hasta ahora no ha habido un plan económico, por ejemplo ¿Por qué? Y bueno, porque el déficit fiscal era pavoroso. Lo siguieron subiendo. Después yo puedo discutir cualquier cosa de Macri, pero si vos le decís a Macri "Macri vos sos la dictadura" es descalificador para esa persona que lo dice y me parece muy peligroso para la Argentina que vos digas eso. Segundo, si vos decís te estás endeudando, está bien, se está endeudando y es grave. Pero si a la vez vos mismo decís "pero no podes bajar el déficit fiscal porque eso es ajuste miserable". Bueno, lo podes decir, pero si vos no te podés endeudar, no podés bajar el déficit, no sé ¿fabrico plata? Bueno, pero vamos a la híper inflación. A la pelota. Entonces vos lo que me estás diciendo cuando me decís todo eso es que estás actuando de mala fe o de mala leche. Nosotros tenemos un problema gigantesco, acá hay una bomba gigantesca que no fue desarmada y que es una bomba económica. Todavía ese miedo es grande en la Argentina porque bueno, porque cada vez que hemos vivido un accidente macroeconómico lo han pagado los que menos tienen, los que tenían poquito y todos. Lo hagan pagado todos, ¿no?

— Ahí tenés una herida también, como país.

— Hay una herida de órdago. Yo no tengo idea de si Cambiemos va a poder realizar esto. Si le va a ir bien. La verdad no tengo idea. Lo que sí me parece es que el periodismo no puede caer en demagogias. Esto en la radio es tremendo porque vos muchas veces tenes que enfrentar a tus propios oyentes.

— Claro.

— Tenés que decir "esto es así" y contradecirlo. Y esto es muy difícil porque ¿qué quieren todos los periodistas? Tener éxito.

— Decís que no sabés qué va a pasar, ¿perosentís que Argentina está parada en un lugar en donde puede ir para mejor o no?

— Tiene una oportunidad y creo que tiene que sacarse taras, todos nosotros. Digo, ya no podemos manejarnos con viejas supersticiones, vos que conocés tanto la política internacional, cuando alguien habla de colonialismo en la Argentina, y todavía se habla de colonialismo en la Argentina, nosotros sabemos perfectamente que nuestro mayor peligro es la dependencia con el Partido Comunista chino hoy, no con Estados Unidos ni con la Unión Europea ni nada. O sea, nosotros tenemos que reconvertir todas esas supersticiones, esas cosas de las que hablamos tanto tiempo como con seguridades absolutas y decir bueno, a ver, qué somos. ¿Tenemos que ser competitivos? ¿Podemos vivir con lo nuestro? Me parece que ya no se puede vivir con lo nuestro. Bueno, ¿cómo logramos que los inversores en lugar de ir a Brasil vengan a la Argentina? Esas son cosas objetivas para discutir. Ahora, si las discutimos con mala fe o con estos discursos bueno, no sé, me parece que no vamos bien. Yo creo que tenemos una oportunidad de ir bien. Por ahí Cambiemos es simplemente una transición y lo recordemos como un gobierno de transición, o por ahí el argentino tropieza una y otra vez con la misma piedra. Por ahí a Cambiemos le va mal económicamente, y si le va mal económicamente sería una gran tragedia para los argentinos y para los que creemos que podemos construir un nuevo sistema de partidos políticos. Es muy importante lo que va a hacer Cambiemos como también es muy importante lo que va a hacer el peronismo. Esto no funciona con un solo partido, entonces se necesita un partido de alternancia. Mirá, estoy seguro que la Argentina está virando al centro. Cuando un tipo como Pablo Gerchunoff dice "Cambiemos es el centro popular" yo no puedo dejar de unirlo a cuando Pichetto dice "el peronismo es el centro nacional". Fijate, en una misma semana dos personas hablan del centro. Creo que el 80 por ciento de la población…

Todavía se habla de colonialismo en la Argentina, nosotros sabemos perfectamente que nuestro mayor peligro es la dependencia con el Partido Comunista chino hoy, no con Estados Unidos ni con la Unión Europea ni nada

— Está queriendo eso.

— Se dice de centro. Creo que hay que ser fanáticos de la moderación. Es una contradicción.

— Estamos viejos, eso pasa.

— ¿Sabes qué pasa? Solo en la moderación todos vamos a tener un lugar. A mí me asustan los proyectos donde una parte de la Argentina está afuera, es el enemigo, o es el que tiene que estar postrado. Acá tenemos 30% de pobreza.

— Todavía.

— Pero es falso Hinde, tenemos más pobreza. Es muy benigno ese número. Tenemos 50% de la población que está jodida ¿Cómo construimos ese país nosotros?

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