El unipersonal es un género en sí mismo. Puede abarcar muchos matices y en sus tramas contener mundos disímiles pero lo cierto es que en todos los casos reclama un espectador muy activo, que esté atento, que se preste para convertirse en un confidente, una escucha amable y permeable. Aquí la cuarta pared, esa pared invisible que separa a la platea de la escena, cae por su propio peso. Es que en la mayoría de los casos –hay excepciones, claro, pero muy contadas-, los sujetos que se exponen reclaman una platea que los escuche. Una especie de conferencia, charla, encuentro, reunión y un sinfín de opciones que cada puesta propone. Por eso, ver una obra con un solo personaje tiene algo de comunión, de intimidad excesiva y el personaje expuesto, solo, desnudo, sin un compañero que pueda sortear su blanco temido, se abre ante una platea que, aunque silenciosa, mantiene una expectativa. Suelen durar menos de una hora porque a diferencia de una obra de más personajes aquí el tiempo es el tiempo puro, el tiempo del relato: un hombre o una mujer se dispone a narrar algún suceso, algún conflicto y esa confesión dura lo que dura el cuento. Es difícil sostener la atención con tanto esmero por mucho tiempo.

La escritura de estas obras no es común. Es que aquí no hay personajes que desaten conflictos, no hay malos entendidos, no hay peleas ni discusiones. Un autor que sabe muy bien cómo meterse de lleno en la problemática de un ser y narrar sus penas es Santiago Loza. En cartel siempre hay muchas puestas de sus obras: Marilú Marini en el Paseo La Plaza que, aunque esté acompañada de una presencia en escena que canta y evoca, es ella quien narrará su historia, sus detalles, sus pormenores en Todas las canciones de amor. Nada del amor me produce envidia es otro Loza puro. Hoy no se encuentra en cartel pero es una obra que siempre vuelve desde su estreno en el 2008. Interpretada por la talentosa María Merlino y dirigida por Diego Lerman, construye el personaje mítico de la costurera de barrio que un día recibe a Libertad Lamarque y a Evita, que reclaman el mismo vestido.

Siempre hay en la cartelera un buen puñado de unipersonales. Una invitación para ese encuentro cercano con el actor, para conocerlo y verlo trabajar seguro que en su pleno esplendor. Nos encontramos con este soliloquio que muchas veces resulta una dura confesión.

El mar de noche – Foto: Alejandra López
El mar de noche – Foto: Alejandra López
 

1- El mar de noche. Esta obra es una de las mejores propuestas del off. De entrada, ver a Luis Machín trabajar en una obra con tanta intimidad es de un gran goce artístico. Ni qué hablar si a eso se le suma el bellísimo texto de Santiago Loza. Y a esa dupla se le suma la tercera pata: Guillermo Cacace (Mi hijo solo camina un poco más lento) en la dirección. De esa tríada nada puede salir mal, por supuesto. Este hombre sufre por amor, se desgarra. Ama, no es correspondido. Y nosotros desde la platea asistiremos a su dolor y presenciaremos el momento exacto en que descubre que no es amado.  Su postura es rígida, el amor lo ha paralizado. No puede moverse. Desde el centro de la escena y sentado en una silla, este hombre narra sus penas. Su voz, áspera, bajita porque ha perdido su intensidad, nos llega como un hilo finito. Tendremos que abrir todos nuestros sentidos para dejarnos llevar por su relato. Los oídos bien abiertos, como quien oye una confesión, como quien se acerca y se prepara para oír. En pocos momentos este hombre se mueve. Está muerto en vida y ver su caída nos convierte en cómplices de sus penas.

La mujer puerca – Foto: Nora Lezano
La mujer puerca – Foto: Nora Lezano

2-La mujer puerca es otra obra escrita por Santiago Loza que sabe muy bien calar hondo en la psicología de sus personajes. Estrenada allá en el 2012 para la sala teatral que Lisandro Rodríguez, el director de la puesta, lleva adelante hace unos cuantos años, Elefante Espacio Teatral, sigue su recorrido firme porque es una verdadera joya. Por eso, la propuesta es íntima, para unos pocos (que cada vez fueron más porque así lo iban demandando) que se acercan al escenario mínimo, un tablón de poco más que metro cuadrado en el que ella se sienta, tiene su mesa y en ella algunos objetos que la definen, la demarcan, nos ayudan a conocerla. Valeria Lois es la mujer puerca y esta actriz es tan inmensa que verla actuar de cerca, observar los gestos, los detalles es un plan imperdible.
La puerca que no tiene nombre, y esa carencia también la (des)estructura, hoy tiene ganas de contarnos a nosotros (que estamos allí no sabemos por qué, no importa) una sucesión de experiencias y anécdotas, por momentos delirantes, que van construyendo ese personaje tan peculiar. Es ante todo un ser desamparado, un ser que nadie quiso, que nadie amó, que nadie cuidó. Un ser sin madre, con un padre que la abandonó y una tía que la despreció. Sus anécdotas, que comienzan graciosas y están llenas de tintes religiosos y de búsqueda de fe, de algo que la sostenga, nos conducen sin salida hacia el túnel del dolor del abandonado. Es que Loza sabe bien ocuparse, en una especie de justicia poética, de aquellos que no tienen nombre, que están marginados, que nadie ve. Loza los ve. Los defiende. Valeria Lois nos lleva como cuando éramos niños y nos perdíamos en los cuentos que nos contaban los mayores pero aquí los laberintos narrativos tendrán que ver con los dolores y los descuidos, los desamparos y los olvidos.

La suerte de la fea
La suerte de la fea

3-La suerte de la fea. Aunque en los unipersonales se destaque un solo actor en escena, es cierto también que para que eso ocurra se necesita de un equipo detrás muy potente. Esto sucede claramente en La suerte de la fea, que tiene a la inmensa actriz Luciana Dulitzky pero no solo sino acompañada por una directora como Paula Ransenberg, que divide sus tiempos entre la docencia, la actuación –se la puede ver en Nerium Park junto a Claudio Tolcachir y dirigidos por Corina Fiorillo- y un texto de uno de los mejores dramaturgos de la escena: Mauricio Kartun. Ya ni bien entramos a la sala percibimos que el tiempo ha viajado hacia atrás y que lo que veremos a continuación remite a aquellos bares porteños de los años 20 con orquesta incluida. Una mujer en medio de una escena recargada (un hermoso y acertado trabajo escenográfico, lleno de detalles, con cortinados y objetos de la época que le dan espesura a la trama), comienza a narrar sus penas: ella pertenece a una orquesta de señoritas, una violinista talentosa que debe soportar con altura el hecho de no poder tocar a la vista de todos. No, ella debe confinarse al foso frío y oculto y tocar a escondidas. Arriba, en el escenario, unas jóvenes hermosas (pero para nada talentosas en materia musical) simulan ejecutar los instrumentos. ¿Por qué esta crueldad? Por su fealdad. Yolanda es hermosa y ella, su alter ego musical, la figuranta, sufre y nosotros somos sus confidentes elegidos.

El amante de los caballos. Foto: Ariel González Amer
El amante de los caballos. Foto: Ariel González Amer

4-El amante de los caballos. Solo dos funciones restan para que este unipersonal que comenzó a rodar en el 2015 cierre su temporada. Ana Scannapieco (una actriz a la que no hay que perderle pisada) encarna a este personaje tan particular y cargado de poesía. No es de extrañar que el director Lisandro Penelas haya construido la dramaturgia a partir de textos de la escritora y poeta norteamericana Tess Gallagher. Es que esta propuesta es de una enorme poesía. Evoca, hace viajar, imaginar, sentir y hasta oler la atmósfera que se propone en el relato de esta mujer que decide revisitar su pasado. La sala de Moscú Teatro se viste de campo, en sus pisos hay paja repartida, el olor a establo penetra en todo el público para poder viajar, directo. Ella traerá al presente recuerdos: un abuelo susurrador de caballos, el juego, el alcohol. Aquí hay magia.

“Automenaje”.
“Automenaje”.

5-Automenaje. Luego de cuatro propuestas serias y solemnes, aunque es cierto que tanto con La suerte de la fea como con La mujer puerca hay chispazos de humor, Automenaje es para reír, fuerte, a gusto. Aquí Damián Dreizik hace un recorrido por su personaje más conocido, Raúl Ricoletti, ese actor resentido, que pocos entienden y que forjó su carrera con una pedantería avasallante. La sala Redonda del teatro 25 de Mayo se viste de gala. Es que esta noche se celebra un homenaje a Ricoletti, repasará él mismo sus pasos por el musical infantil, por la publicidad, por el teatro vanguardista. Repleto de clichés, palabras perimidas, de nostalgia por un pasado en el que encontró mucho más reconocimiento que en este presente que lo abandona, el patetismo de Ricoletti se instala con fuerza en la escena. Claro, a Dreizik trabajar con esa afectación y esa parodia le calzan a la perfección. Y si a eso le sumamos decenas de chistes y remates efectivos el plan es bueno.

*Para agendar:
El mar de noche, viernes a las 23 y domingos a las 18 en Apacheta Sala Estudio, Pasco 623, CABA.
La mujer puerca, los jueves a las 21 en Elefante, Guardia Vieja 4259, CABA.
La suerte de la fea, los domingos a las 17 en Timbre 4, Av Boedo 640, CABA.
El amante de los caballos, viernes 17 y 24 de noviembre a las 22 en Moscú Teatro,Camargo 506, CABA .
Automenaje, los sábados a las 22 en el Centro Cultural 25 de Mayo,  Av Triunvirato 4444.

 

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