El autor del libro de cuentos "Mañana solo habrá pasado" —ilustrado por Cristian Turdera, editado por Letras del Sur— narra su universo personal desde la más temprana infancia. Uruguay, tupamaros, locutorios telefónicos y vinilos de Carlitos Balá, entre los tantos temas.

Hay por lo menos dos clases de exiliados, los políticos y los de uno mismo. A veces, ambos, van a parar a un mismo espíritu libre y el resultado puede ser muy interesante por el modo en que van a configurar en su interior la noción del tiempo: el pasado. Mi familia materna es de origen uruguayo, a la paterna no la conocí y casi diría que tampoco llegué a conocer a mi padre. ¿Puede alguien criarse, vivir alegremente sin padre? Por supuesto que sí, a condición de separar la paternidad del rol paterno. Menciono esto porque es parte de mi narrativa, es decir de mis obsesiones e interrogantes.
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Dije que mi familia materna proviene de Uruguay, lo que no conté es que la mujer que sería mi abuela y sus dos hijos llegaron a la Argentina a principios de los años setenta. Al hombre que debió ser mi abuelo no lo conocí. La historia de su muerte se vincula directa e indirectamente con la decisión que tomó mi abuela de venir a Buenos Aires, una especie de escala de contacto cuyo destino sería Australia. Nunca sucedió. Lo que sí hubo previo al viaje es una historia de militancia Tupamaro, una trama de lealtades y traiciones, una historia de amor oculta, un enfrentamiento armado y la decisión de tomar un ferry.

Unos meses antes de que mi abuela muriera me pidió que fuera a su casa con un grabador; yo estaba haciendo mis primeras herramientas en el periodismo cultural, era muy joven y arrogante, creía tener un talento desmesurado ligado a una inteligencia suprema y una sensibilidad a prueba de balas. Cuando mi abuela terminó de contarme su historia, me dijo: "Si con toda esta historia que hay detrás suyo, mijo, no se convierte en escritor, mejor que se dedique a otra cosa". Después me miró a los ojos, sonrió, encendió su prohibido cigarrillo y le dio un trago largo al whisky sin hielo. Tengo que decir que nunca pude escribir esa historia, ni siquiera soy capaz de escuchar esas cintas grabadas con su voz. Sin embargo intento acercarme a ella nuevamente en un cuento, un poema o capítulos de novela.
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Cuando yo nací mi abuela era muy joven para ser abuela y mi madre demasiado joven para ser madre. Por su parte, mi abuela lo solucionó enseguida: apenas comencé a hablar me inculcó el catalán Yaya. Con mi madre no fue tan simple, y tardé muchos años en comprenderlo. El problema –si es que es un problema– de tener una madre demasiado joven es que tu infancia se adueña de su adolescencia. ¿El resultado? Una valija de doble fondo: el vinilo de Carlitos Balá es una mezcla producto de un DJ alocado que supo mezclar a Baglietto y Victor Heredia. Lo que daba la impresión de ser un niño maduro, un adolescente adulto y un joven anciano. Nada más lejos de la verdad; lo que sucedía es que vivía en dos tiempos.

Mi crié entre costumbres y anacronismos uruguayos, escuchando una tonalidad en la voz que aún hoy me da no sé qué idea de sencillez y dignidad. ¿De cosas así nace la nostalgia o la melancolía? No tengo la menor idea. En nuestro idioma tenemos el pretérito perfecto y el imperfecto como uno de otros tantos modos para referirnos al pasado. Durante mucho tiempo yo me nutrí de un intermedio, algo así como una especie de aoristo griego, imposible de traducir.
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Yaya tenía una hermana que vivía en Montevideo y hablaba igual que ella en todos los sentidos del término. A veces yo la acompañaba al locutorio y hacíamos una llamada de larga distancia. Cuando me pasaba el teléfono a mí para que la saludara –la vi una sola vez en mi vida, era una voz, solo eso– me daba la sensación de estar escuchando a mi abuela en el teléfono: mi abuela llamándose a ella misma, contándose que finalmente todo había salido bien, que ya no vivían en una pensión de hotel, tenían permiso de trabajo, su hija le había dado un nieto… Y del otro lado mi abuela hablando del Pepe y de mi madre que con quince años debía estar andando en bicicleta por el barrio de los Bulevares, buscando a mi tío que debía estar jugando a la pelota en el potrero.


Escribí todo esto para decir por qué le puse Mañana solo habrá pasado a mi libro de cuentos ilustrado por Cristian Turdera. Muchos de estos cuentos fueron publicados anteriormente en otros libros; pero las obsesiones, los miedos y alegrías y temáticas siguen siendo los mismos (la relación con los padres, la ideología machista puesta en jaque, los amigos, las parejas y los hijos, en fin…). Escribir para mí no es volver a habitar el pasado sino vivir dos veces.
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