Thelonious Monk
Thelonious Monk

En el documental Straight no chaser de 1988, Thelonious Monk comienza a tocar el piano y sus músicos lo siguen. Están en un estudio de grabación. Así pasan varios minutos y de pronto uno de los técnicos hace señas para que se detengan y el resto del grupo obedece. "¿Por qué nos detuvimos?", pregunta Monk, algo sorprendido. "Pensé que estabas ensayando", responde el técnico a la vez que se disculpa. "¿Acaso no estamos siempre ensayando?", le dice Monk. Esta anécdota marca el pulso y la sensibilidad de un jazzista que sentía a la música como un juego, que entendía la complejidad artística y metodológica que requería, pero que, en el fondo, sabía mejor que nadie que sólo se trataba de eso: un hombre con su instrumento divirtiéndose.

Thelonious Monk nació en Rocky Mount, Carolina del Norte, un 10 de octubre de 1917, hace exactamente 100 años. ¿Y quién fue? Sería mucho decir que cuando sus manos tocaban el piano hacían del sonido algo más que música, aunque así fuera. Quizás habría que empezar diciendo que formó parte de ese amplio océano llamado jazz y lo cambió para siempre. Si el jazz es, en palabras de Joachim Berendt, el arte musical que nace de la confrontación de los negros norteamericanos con la música europea, entonces hay que decir que Monk fue un guerrillero del piano, un hombre que llevó el género un escalón más arriba cuando eso parecía imposible. La vanguardia, la revolución.

En los años 40 apareció el bebop, que fue un subgénero del jazz que sucedió cronológicamente al swing. Con la caída de las big bands y el hundimiento de los circuitos comerciales tras la guerra, los músicos tuvieron que buscar la nueva ola, fabricarla, diseñarla y ponerla en alto. Entonces comenzaron a juntarse en pequeños grupos, improvisar, unir distintos ritmos y melodías, hacer algo nuevo. La propuesta del bebop es más austera en cuanto a la cantidad de artistas en escena pero más poderosa, en el sentido de que, con poco, debía maravillar. Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Max Roach, Bud Powell y Thelonious Monk fueron los cinco padres que propiciaron la evolución.

Pero los inicios de Monk con la música fueron a muy temprana edad. Tenía seis años cuando, en su nueva casa de Manhattan, empezó a tocar el piano sin más reglas que lo que su imaginación le sugería. Ya en la adolescencia había concebido cierto perfeccionamiento, entonces sólo quería tocar: sentarse frente al piano, acariciar sus teclas, sentir el silencio del público. En algunas fiestas del barrio y en la iglesia bautista dio sus primeras exhibiciones pero al cumplir los 18 decidió salir hacia la intemperie. Conoció un predicador evangelista que estaba a punto de partir para recorrer el país y necesitaba un tecladista. Sin dudarlo, Monk se sumó a la travesía y, al cabo de dos años de tocar para cuanto creyente se le acercase, regresó a New York y formó su propio cuarteto. Dos años estuvo poniéndole música en vivo a los bares más oscuros de la ciudad hasta que, otra vez, cayó una propuesta. En 1941 el baterista Kenny Clarke lo eligió como pianista de la casa para tocar en el Minton's Playhouse, el legendario club de Manhattan en el que se estaba empezando a gestar el bebop. ¿Un destino escrito? Los superticiosos dirán tal vez. Lo cierto es que a Monk sólo lo importaba tocar. Y así lo hizo.

Thelonious Monk (Burt Glinn)
Thelonious Monk (Burt Glinn)
Thelonious Monk en el Minton’s Playhouse de Nueva York, 1947.
Thelonious Monk en el Minton’s Playhouse de Nueva York, 1947.

Fue en ese bar donde se juntaban los cinco padres a tocar en sesiones maratónicas e improvisadas. Para quienes presenciaron esos shows, no se cansan de repetirlo: era el paraíso del jazz de vanguardia. A partir de allí, Monk jamás se detuvo: en 1944 hizo sus primeras grabaciones y en 1947 grabó como líder de su propia banda. A fines de la década le puso orden a su vida: se casó con Nellie Smith y tuvo su primer hijo, T.S. Monk, quien luego sería un destacado baterista. Todo iba, como suele decirse, viento en popa, pero a veces las historias trastabillan. En agosto de 1951 lo agarró la policía de Nueva York acusándolo de tener drogas. Al parecer, eran de su amigo Bud Powell y prefirió no delatarlo. Juicio va, juicio viene, le sacaron la New York City Cabaret Card, el permiso para tocar en locales nocturnos que vendían alcohol. ¿Dónde podía tocar un jazzero si no era en un bar? Tuvo que dar un paso al costado, pero no tanto: compuso como nunca, grabó discos, tocó en teatros e hizo giras fuera de la ciudad.

La década del 50 lo encontró en la cresta de la ola. Ya tenía un status, un nombre y todo los amantes del género lo consideraban un genio vivo, un verdadero maestro del jazz. Grabó con Sonny Rollins, Art Blakey, John Coltrane y Johnny Griffin, entre tantos otros. Había alcanzado la cima. Basta con decir que en 1964 fue tapa de la revista Time. También le gustaba la transgresión y la política. En 1968 sacó Underground y la portada de ese disco fue una sentencia: él, frente al piano con una escopeta colgando del hombro, es un combatiente de la Resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial. Detrás suyo hay un rehén, se trata de un oficial nazi de la SS. Pucho en la boca, Monk mira a cámara con una mirada arrolladora y se dispone a tocar. Como si estuviera a punto de torturar al enemigo con una dulce melodía. O mejor: un réquiem antes de fusilarlo.

Tapa de “Underground” (1968)
Tapa de “Underground” (1968)

Su vida realmente había alcanzado la cima. Giras, giras y más giras hasta que en 1973 decidió retirarse. Fue repentino, pero consciente. Decidió frenar con la vorágine. No estaba muy bien de salud. Tenía 56 años y tal vez pensó que era hora de volver a jugar en su living frente al piano, ahora con sus hijos y su mujer, que lo escucharían sentados sobre la alfombra como espectadores especiales junto al fuego del hogar a leña. Murió en febrero de 1982, a los 61, por un ataque al corazón. Los que lo conocieron hablan de un hombre misterioso y callado. Se lo puede ver en los videos cuando toca: no hay estridencias en sus gestos, es pura concentración, pura introspección; lo que sale hacia el exterior es la música, como el galope de mil caballos en un baile milimétricamente sincronizado.

John Coltrane lo definió como "un arquitecto musical del más alto nivel". Julio Cortázar, como "un oso investigando las colmenas del teclado". A 100 años de su nacimiento, su mística ya es inmensa. Quizás, darle play a sus canciones y subir bien alto el volumen sea el mejor homenaje.

 

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