
Cuando una escucha a la escritora y activista nigeriana, Chimamanda Ngozi Adichie, no puede evitar admirarla y observarla con atención. Tiene un físico impresionante: es muy alta, unos ojos oscuros que hablan solos, una larga melena con rastas, una piel de anuncio y siempre lleva ropa de alegres colores, generalmente de diseñadoras nigerianas, pero pese a ese físico tan llamativo —una mujer bella de verdad—, lo importante es lo que cuenta y lo que quiere transmitir. Ha llegado a Barcelona y la cola para escucharla es muy extensa. Llena el auditorio y hace días que las entradas para ir a verla se habían acabado. Sobre todo, hay mujeres entre el público, mayoritariamente jóvenes, pero las hay de todas las edades y también hay hombres, pero menos, bastantes menos.
Chimamanda es una escritora necesaria que nos puede enseñar mucho sobre su país, el feminismo, el racismo y la escritura. Es una gran activista feminista. Vive la mitad del año en Estados Unidos (Columbia, Maryland) y la otra mitad en Lagos (Nigeria). Asegura que su manera de estar en el mundo es contando historias, que es lo que más feliz le hace, tanto que sin la escritura no concibe la vida. "Escribir da sentido a mi vida", confiesa. Además, cuenta que mientras escribe siempre siente algún momento de magia y que se evade tanto del mundo que muchos días llega la hora de comer y ni se ha duchado. Le gusta escribir en su casa con un pijama cómodo y a veces regresa su marido de trabajar y sigue con el pijama puesto. Pero si el día no se da mal, se da al chocolate y a las compras online, confiesa entre risas.

Escuchándole decir eso, parecería una mujer bastante normal, pero en cuanto se le pregunta si siempre se ha considerado feminista, ahí llegan las historias de todo tipo: "Mis padres fueron unos adelantados a su tiempo, pero no diría que fueron feministas. Eran muy amigos y mi padre pensaba que lo que hacía mi madre era muy importante". El padre de Chimamanda era profesor, falleció hace unos años y su madre fue secretaria de admisiones en la Universidad. Fue la primera mujer en ostentar ese cargo y algo de feminismo debió de inculcarle cuando cuenta que, en su primer día en su puesto, en la mesa donde se reunía su madre con sus colegas, ponía junto a su nombre el cargo de "Chairman" y rápidamente quisieron subsanar el error, pero ella dijo: "Dejadlo como está. Así se verá que una mujer puede hacer el mismo trabajo que un hombre." Por eso dice que ella ha sido siempre feminista y que no fue consciente de ello hasta que, siendo una niña, una amiga le dijo: "¿Sabes? ¡Eres una feminista! Y me lo dijo como si fuera un insulto".

A los diecinueve años, Chimamanda puso rumbo a Filadelfia y de esa experiencia surgió su novela Americanah (Random House). Cuenta que se sintió libre escribiéndola y que se divirtió. Esta novela narra la historia de Ifemelu (que tiene mucho de autobiográfico), una joven universitaria nigeriana que escribe un blog en Estados Unidos, a la que le cuesta saber quién es, se pelea con sus rizos, necesita un trabajo y tiene tendencia a romper con todas sus parejas. Chimamanda tiene otras novelas, como La flor púrpura y Medio sol amarillo y es autora del libro de relatos Algo alrededor de tu cuello.
La fama de Chimamanda no se debe a su literatura, sino también a dos populares charlas TED: "El peligro de una buena historia", advirtiendo de los estereotipos y "Todos deberíamos ser feministas", que se ha publicado en un librito pequeño digno de regalar y de ser leído en los colegios. Dice así: "Hoy me gustaría pedir que soñemos con un plan para un mundo distinto. Un mundo más justo. Un mundo de hombres y mujeres más felices y más honestos consigo mismos. Y esta es la forma de empezar: tenemos que criar a nuestras hijas de otra forma. Y también a nuestros hijos."

Tiene una hija pequeña pero de su vida personal quiere hablar poco, le gusta conservar un espacio de privacidad para ella. No quiere opinar demasiado sobre política, pero se enciende cuando mencionan a Trump y dice que Hillary no ganó por ser mujer: "Los hombres sólo escuchan a los hombres". Además asegura que el lenguaje del racismo es el mismo que el del nacionalismo, y lo dice en una ciudad donde los días están siendo complicados. Es una mujer valiente y segura, pero realista: "Habrá gente a la que nunca convencerás. No es que no sepan, es que no quieren saber". Aclara que ella no representa África y tampoco a Nigeria. Es una mujer negra que defiende a las mujeres, que defiende la igualdad de oportunidades. "No me di cuenta que era negra hasta que llegué a Estados Unidos y se sorprendían por lo bien que hablaba inglés cuando es el idioma oficial de Nigeria. Estudiamos en inglés", explica.
Los aplausos interrumpen a veces su discurso y al final de la charla, la cola para la firma de libros es larguísima. Son necesarias las escritoras como Chimamanda para que nuestro mundo se agrande. Geográfica y mentalmente.
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