
Se murió –es un modo de decir– un día como hoy, 28 de agosto, año 2004, a sus 71 años. Lo leí desde muy temprano pero lo conocí tarde: vagando ambos por la calle Talcahuano, comuna de San Nicolás.
Vivíamos a cien metros de distancia, pero pudo sucedernos la pesadilla kafkiana: no vernos jamás. Pero hubo suerte, bastó el saludo y la breve presentación, para que no tardáramos en cruzar cafés y palabras –palabras, sobre todo– en la Torre París, vieja confitería de Marcelo T. de Alvear y Libertad.
Recuerdo su cigarrillo y el mío, sus ojos inteligentes, su cuadernito negro donde nacieron, en apuntes manuales, muchas de sus maravillas.
De todo hablamos, de mucho nos reímos, pero el gran demiurgo fue siempre la palabra. Mágica y en sí misma, abriéndose paso como un cometa en el vasto e ignoto universo.
Y de la palabra devino una entrevista formal, sobrada en risas: lo contrario traición hubiera sido…
Empezó a media tarde y terminó de noche en su aéreo departamento que miraba al río. Recuerdo los excelentes sandwiches de miga…
La charla fue primero nota en una revista y y luego cinco páginas en mi libro Así hablan los que escriben.
Lo invito al recuerdo…
Isidoro, toda la palabra es tuya. Cuando quieras.
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"Así como habla la gente, así es la gente, decía Borges. Pero mucho antes lo dijo la Biblia: `Habla si quieres que te conozca´. Conclusión: la Biblia se adelantó al psicoanálisis. El lenguaje no miente. Y su milagro sucede en cualquier rincón… y a veces en una sola palabra. Un `sí´o un `no´pueden desencadenar una guerra. Una mujer dice `te quiero´, y te cambia la vida. O dice `no te quiero´, y también te la cambia. A veces bastan dos para urdir el código secreto de una familia. Nosotros, los Blaisten, pasamos de tener mucho dinero a la mishiadura absoluta. Una de mis dos hermanas casaderas tenía un pretendiente, Bernardito. `Celina, convidale algo a Bernardito´, le dijo mi madre. En casa sólo había… once galletitas de agua. Mi hermana, para calificarlas, para adornarlas, le dijo: `Sirvasé, joven. Son… sequitas´. La frase quedó para siempre en el lenguaje familiar. Así comiéramos faisán, caviar, isla flotante, decíamos `son sequitas´, nos reíamos como idiotas, y la gente que nos rodeaba no entendía ni jota".
Telón por un rato.
Isidoro, el hombre del cuadernito que traté poco tiempo –o una eternidad, ateniéndome a leer y releer su obra–, fue un maestro del humor puro, del humor con trasfondo social, del humor con trasfondo amargo: apenas le alcanzaban todas las teclas de su máquina.
Pero también un maestro del absurdo, de la incongruencia humana, del dislate y la esquizofrenia argentina… usando una asombrosa batería de palabras: más de las que alberga el diccionario.
Aplaudido por severos críticos franceses (nada piadosos por definición), comparado con Borges, Swift, Schwob, Arlt –pero único–, su genio estuvo puesto en el cuento: género de géneros.
Y en esa arena fue domador y fiera y público.
Ignoro si quien lee estas líneas ha sido tocado por la vara luminosa de mi ilustre vecino.
Por las dudas me atrevo a un consejo. No empiece de a poco. Por ejemplo, con las breves y desopilantes deconstrucciones de los refranes. O con los cuentos de una, dos o tres líneas (no son tan fáciles, créame…). O con sus grandes clásicos: Dublín al Sur, Carroza y reina, Al acecho (y los seis ocultos asesinos de esa serie), Cerrado por melancolía, Anticonferencias…

Amigo, compañero, camarada, socio, nativo, extranjero… ¡juéguese! Compre sus Cuentos Completos (Emecé). Hunda manos, ojos y corazón en esas 620 páginas, y tocando ese libro, según decía Walt Whitman de sus Hojas de hierba, tocará a un hombre irrepetible.
Como adelanto, le dejo algunas lindezas (palabra que le gustaba a Borges) de ese entrerriano de Concordia, de ese gaucho judío que por tantos barrios anduvo, y que por feliz azar recaló en el mío.
Del lenguaje gambeteador: "Nos prohibimos la palabra viejo. Decimos Ya estoy grande.
Del humor involuntario: "En el entierro de un poeta amigo, ya rumbo a la tumba, leí un cartel que decía Camino Obligatorio. ¿No es una maravilla?
De los dichos populares: "Me quedo con Uno traj´otro, como trompada de loco"
De los apodos: "Llamarle El Mudo a Gardel es una obra maestra"
Del zafar a tiempo: "En el cabaret Marabú, década del cincuenta, un tipo grande como un ropero le estaba pegando a una copera. Cachetazo va, cachetazo viene. Me acerqué para defenderla (el único boludo que sacó la cara), y entonces oí algo terrible. El tipo, mientras le seguía pegando, gritaba:
–¡Pero no te das cuenta que estoy desesperado!
Fue otro de los episodios que me empujó a la literatura".
Del ingenio: "Da para varios libros. Pero elijo Esthercita, el apodo que le pusieron a un auto muy popular y muy feo de fines de los sesenta. Sí, Esthercita, como el tango. Porque `los hombres te han hecho mal´. ¡Memorable!"
De la sinceridad brutal: "Entre Ríos, baile de pueblo, piso de tierra. Un paisano le dice a una chica:
–Señorita, ¿quiere valsear?
–Disculpe, joven, pero… ¡estoy tan sudada!
Glorioso. ¡Qué honestidad! Marcel Proust no hubiera incluido algo así en ninguno de los siete tomos de En busca del tiempo perdido"
Del buen y el mal periodismo: "Hace unos días, en una escuela, un chico de quince años me preguntó:
–¿Cuál fue su primera decepción?
Quince años, y mirá: un periodista de hoy no es capaz de hacer una pregunta tan profunda.

Del lenguaje político: "Ese lenguaje se está pareciendo peligrosamente a la nada. Cuando un diputado o un senador dice `me parece de que… considero de que… ´, ni le parece, ni considera, ni piensa. Es un animal. Pero las palmas se las lleva un locutor que dijo: `Y ahora vamos a escuchar, en la voz de Carlos Gardel, el bonito tango… El día de que me quieras".
Del micrófono: "No se le puede dar el fierrito a cualquiera. Cuando un periodista radial pide paredón para los criminales, pienso en el tango Sur, que dice `paredón y después´. Y me pregunto, y después del paredón, ¿qué? Otra. Hace un tiempo, un periodista radial le preguntó a un chico de once años, un bomberito:
–Decíme, ¿cómo es eso de ser niño?
¿Te das cuenta? ¿Qué va a contestar un chico ante semejante pelotudez? Insisto: darle el fierrito a cualquiera, lo mismo que a cualquier oyente para que diga barbaridades, es una falta de respeto.
Últimos consejos: "Leer (descubrir) a San Juan de la Cruz. Darle la razón a Nietzsche cuando dice `Hay escritores que enturbian las aguas para que parezcan profundas´. Leer a Shakespeare. Leer a Cervantes. Pero completos, no en fotocopias de las partes necesarias para zafar en un examen. El mundo se está convirtiendo en una fotocopia, y eso puede ser el fin de la cultura".
La verdad del fondo del tintero: "Sí. Está en la Biblia. `En el principio fue el Verbo´"
Isidoro Blaisten ha dicho, a mí y a muchos, que lograr un cuento perfecto justifica toda la vida de un escritor.
Si es así, él tiene al menos siete vidas.
Ergo: no me extrañaría verlo en la mesa del café, esperándome.
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