Buscar la verdad en el tacho del lenguaje

Por Eduardo Rubinschik

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¿Qué hay detrás de una escritura? El autor de "La entereza" (Paradiso) reflexiona en este texto acerca de las diferencias de método a la hora de escribir cuentos y novelas y revela detalles, impresiones y también padecimientos de lo que fue la construcción de su último libro.

Tapa de “La entereza”.
Tapa de “La entereza”.

Terminar lo que fue mi primera novela, Lisböe o las partes del agua, me llevó casi siete años. Después de esa pelea espantosa contra lengua, estructura y trama, me dije: Nunca más me meto en semejante entuerto, vuelvo al cuento.

Desde entonces, jamás volví a terminar un cuento. La novela me atrapó e intuyo que me aferré a ella en parte porque se trata justamente de una construcción lenta, que va haciendo espacio en el interior de uno, y quizás me haya provocado la ilusión de contrarrestar un poco la famosa intemperie del acto de escribir.

Hay dónde refugiarse: la novela en proceso es un lugar cálido y tortuoso que va creciendo con los meses; un universo imaginario y lingüístico formado, por supuesto, también fuera de uno, y que, al avanzar, cobra una entidad muy fuerte, con la que es posible y necesario dialogar.

Después de determinado momento, al vislumbrar la forma y encontrar ahí algo definible como novela, es el turno de abandonarla: mejor irse al silencio o a un próximo territorio donde edificar, porque hacia el final lo que fue un refugio se vuelve asfixiante.

A fines de 2007, cerca de terminar la segunda, La suma del olvido, empecé una novela grande, que unía varias tramas previas. Abrumado por tratar de pegotear diversos materiales que me obligué a ver como unidad, avanzaba a los tumbos, tironeado, furioso, forzando lo que parecía no funcionar, me sentía infeliz.

En 2010, mientras seguía disfrutando esos retorcijones, fue que irrumpió La entereza. Su escritura inicial duró dos meses, y me envalentoné: ¡Por fin hago una novela en tan poco tiempo, nada de quedar sumergido años ahí! me dije, palmeándome la espalda. Error: hasta terminarla pasaron otros siete años.

¿Qué hubo en todo ese tiempo, que impulsó y frenó la realización de La entereza?

Para empezar, una tercera novela, El tiempo involuntario, publicada en 2013, también una obra de teatro, y sobre todo varias versiones diferentes de La entereza misma, donde la amplié a dos partes: una dedicada a la cabeza, y la otra al cuerpo. Pero la estructura no terminaba de cerrar.
Entonces mi amigo Hugo Correa Luna (HCL) me prestó El caballero que cayó al mar, editada por La bestia equilátera, escrita por H.C. Lewis (HCL) y traducida por Laura Wittner. Su lectura me reveló que La entereza debía tener sólo una parte. Viví la contundencia novelesca aunque no digresiva de Lewis como un hallazgo que ratificó mis sospechas: dejé la cabeza, serruchando el cuerpo. Volví a decapitar, a tomar la cabeza como eje, esta vez no a nivel de la trama, sino de la estructura.

Ya estaba entonces ante una nueva novela mía un poco loca, que se me había incrustado en la imaginación, buscando siempre escapar de la figura recalcitrante del escritor serio. La entereza además invertía la ecuación de aquel viejo modismo que alude al ingreso, aunque sea momentáneo, en la locura: Perder la cabeza. En este caso es el cuerpo lo que se pierde, y la cabeza se queda con el dominio, al menos, del relato.

Eduardo Rubinschik
Eduardo Rubinschik

Cabeza-cuerpo, mente-piel, placer-dolor, potencia-debilidad, humor-tragedia, compasión-patetismo, parodia-solemnidad, virilidad-pasividad, crueldad-menoscabo, y quizás algunos más, fueron dúos presentes en todo el trayecto de escritura. Pero luego de haber avanzado bastante, se me ocurrió que hablar de cuerpo y cabeza, o mente y percepción, era sostener oposiciones anacrónicas, caídas en desuso ante la idea suprema de unidad, de sistema, a la que yo creía adscribir, donde lo subjetivo implica un todo hecho de partes, aunque indivisible. Así y todo, no me dejé influir por mi autocrítica acusatoria, que por contigüidad con lo escrito, me convertía a mí en un sujeto anacrónico y rancio. La dejé pastando cerca, sin darle cabida, y seguí escribiendo.

Si ahora recupero la cuestión es porque esta novela tiene cierto tono anacrónico que denuncia un procedimiento: disemina el posible anacronismo del tema, en su materialidad, en su lengua. Efectivamente, La entereza está hecha con una prosa del artificio a veces añeja, que vuelve un poco extraña la lectura.

Aquel germen de crítica goteó, discreto y silencioso, hasta ser también material estructurante: lo anacrónico se hizo hueso y motor, y le dio al tono novelesco una rareza que negó mi escritura como súbdita del tema y, en cambio, buscó situarla como una fuerza que hace del contar un arte rítmico, donde en cada frase se puede además leer una estrofa, buscando revolver en el tacho del lenguaje, por ver si surge ahí alguna verdad a la intemperie.

 

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