
La inteligencia artificial entró a la campaña presidencial colombiana más que como una simple herramienta técnica, como un nuevo acelerador de la confrontación política. Su problema no radica únicamente en la posibilidad de producir imágenes falsas, videos artificiales, audios manipulados o mensajes personalizados. El riesgo más profundo es que contribuya a transformar la campaña en un ecosistema de ruido permanente, donde el ciudadano recibe más estímulos que argumentos; más emociones que razones y más símbolos que propuestas.
Con el uso adecuado, la inteligencia artificial podría fortalecer el voto informado y, de hecho, también estamos viendo muchas iniciativas orientadas en ese sentido: ayudar a comparar programas, verificar afirmaciones, resumir debates, identificar inconsistencias y facilitar el acceso ciudadano a información compleja. De hecho, distintos análisis recientes han señalado que las herramientas de IA pueden ser utilizadas por los votantes para contrastar propuestas, revisar trayectorias y detectar contenidos manipulados. Sin embargo, en manos de campañas obsesionadas con la visibilidad, la viralidad y la reacción inmediata, la IA corre el riesgo de operar en sentido contrario: no como tecnología para comprender mejor la política, sino como tecnología para intensificar su personalización, banalización y degradación.
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Las elecciones presidenciales colombianas han sido un intenso escenario de incorporación de la IA a la comunicación política, lo que ha traído la emergencia de una serie de fenómenos, a todas luces preocupantes.
El primer fenómeno podemos llamarlo hiperemocionalización electoral. Consiste en la apelación frecuente, calculada y desmedida a emociones intensas; especialmente negativas, como miedo, rabia, indignación, resentimiento o amenaza.
La emoción siempre ha hecho parte de la política. No hay democracia sin pasiones, sin identificación, sin esperanza, sin temor frente al futuro. Pero otra cosa distinta es convertir la emoción en el principal motivante de la decisión electoral. Con IA, esta operación puede escalarse, segmentarse y repetirse con una eficacia inédita: mensajes distintos para públicos diferentes, imágenes artificiales de crisis, enemigos magnificados, escenas heroicas del candidato, relatos apocalípticos sobre el adversario.
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La hiperemocionalización no busca que el ciudadano piense mejor, sino que reaccione más rápido. No interpela al votante como sujeto deliberante, sino como usuario emocionalmente disponible. Allí se debilita el voto razonado, porque la decisión política deja de apoyarse en la evaluación de propuestas, trayectorias y consecuencias, para apoyarse en estados afectivos inducidos por la campaña. La pregunta deja de ser “¿qué proyecto de país defiende este candidato?” y pasa a ser “¿qué siento frente a este candidato y frente a sus enemigos?”.
El segundo fenómeno es la hipercirculación informativa. No se trata simplemente de que circule mucha información. El problema es que la campaña se convierte en una corriente incesante de contenidos, versiones, fragmentos, ataques, respuestas, memes, clips, encuestas, denuncias, desmentidos y micro escándalos que saturan la atención pública. La IA puede multiplicar esa capacidad de producción y circulación: piezas para cada tendencia, respuestas casi instantáneas, contenidos adaptados a cada plataforma, simulaciones, videos breves, titulares emocionales y narrativas listas para circular antes de que haya tiempo de verificarlas.
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La saturación informativa no necesariamente informa más. Muchas veces produce el efecto contrario: agota, confunde y desorienta. Cuando todo circula todo el tiempo, la agenda pública se vuelve inestable. Los temas aparecen y desaparecen sin sedimentarse. Las propuestas quedan subordinadas a la coyuntura emocional del día. La deliberación pierde continuidad. El ciudadano no enfrenta escasez de información, sino exceso desordenado de estímulos. En ese contexto, la dificultad no es acceder a contenidos políticos, sino distinguir cuáles importan, cuáles son ciertos, cuáles son relevantes y cuáles solo fueron diseñados para capturar atención.
El tercer fenómeno es la hipersimbolización electoral. Las campañas siempre han usado símbolos: banderas, colores, consignas, gestos, himnos, imágenes del pueblo, metáforas de cambio, orden, patria, seguridad o esperanza. El problema aparece cuando la campaña queda inundada de símbolos que ya no condensan proyectos ideológicos ni horizontes políticos reconocibles, sino que funcionan como decorado emocional de la competencia. La IA facilita la producción masiva de este tipo de imágenes: candidatos convertidos en héroes, escenas épicas, multitudes imaginadas, sátiras animadas y símbolos vacíos de sentido
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La hipersimbolización no es lo mismo que la construcción de sentido político. Un símbolo democrático debería ayudar a representar conflictos, identidades, demandas o proyectos colectivos. Pero cuando el símbolo se produce en serie y se desprende de una propuesta sustantiva, se convierte en ruido visual. Moviliza, pero no necesariamente politiza. Emociona, pero no necesariamente explica. Identifica, pero no necesariamente permite comprender. En lugar de condensar ideología, muchas piezas generadas o potenciadas por IA condensan solamente atmósferas: fuerza, miedo, orgullo, amenaza, victoria, redención.

Estos tres procesos, hiperemocionalización, hipercirculación e hipersimbolización, tienen un efecto común: erosionan las condiciones del voto informado. No porque los ciudadanos sean pasivos o manipulables por definición, sino porque la arquitectura comunicativa de la campaña puede estar diseñada para dificultar la pausa, la comparación, la duda y la evaluación racional. La democracia no requiere votantes fríos, desprovistos de emoción, pero sí necesita ciudadanos capaces de convertir la emoción en juicio político. Tampoco requiere campañas silenciosas, pero sí campañas en las que la abundancia informativa no destruya la claridad pública. Y no exige eliminar los símbolos, pero sí impedir que estos sustituyan por completo a los argumentos.
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En Colombia, este debate ya no es hipotético. La campaña presidencial de 2026 se desarrolla en un escenario donde la IA, TikTok, los videos artificiales y las estrategias digitales ocupan un lugar creciente en la disputa por la atención pública. Por eso, la pregunta no debería ser únicamente si las campañas usan o no inteligencia artificial. Esa pregunta ya parece insuficiente. La cuestión democrática central es para qué la usan. ¿La usan para explicar mejor sus propuestas o para producir fantasías visuales? ¿Para facilitar el contraste ciudadano o para saturar la agenda? ¿Para transparentar información o para explotar emociones negativas? ¿Para ampliar la deliberación o para fabricar ruido?
La inteligencia artificial no es, por sí misma, enemiga de la democracia. Pero usada bajo la lógica de la viralidad permanente puede convertirse en una tecnología de intensificación del desorden público. Puede hacer que la campaña parezca más dinámica, más creativa y más moderna, mientras distorsiona y lesiona las condiciones reales de la decisión ciudadana. El riesgo no es solo que nos engañen con una imagen falsa. El riesgo es que, incluso frente a contenidos técnicamente “verdaderos”, terminemos votando en medio de una atmósfera artificialmente producida, emocionalmente saturada y políticamente empobrecida.
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La campaña, entonces, corre el peligro de convertirse en ruido. Y cuando la campaña se convierte en ruido, el voto informado deja de depender únicamente de la voluntad del ciudadano y empieza a depender de su capacidad de resistir una maquinaria comunicativa diseñada para emocionarlo, saturarlo y distraerlo. Esa es la discusión que deberíamos tener antes de celebrar, sin más, la llegada de la inteligencia artificial a la política electoral.
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