El 21 de febrero de 2025, Yennis Vanessa Salazar Zabaleta, expersonera de Tamalameque, Cesar, inició un viaje rutinario desde el municipio hacia su finca. Lo que comenzó como un trayecto habitual, derivó en una cadena de hechos que la mantuvieron nueve meses en cautiverio.
Ese día, al detenerse en Pailitas a desayunar junto a dos acompañantes, un vehículo bloqueó su paso. Un hombre fingía reparar una llanta, mientras otros armados rodearon el automóvil, rompieron los vidrios y amenazaron con disparar.
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Los secuestradores se identificaron: “Es un secuestro del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Baje la cabeza, no alcen la cabeza, no hagan nada o los matamos”, citó Salazar a Noticias Caracol.
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Tras separarla de sus acompañantes, Salazar fue llevada a caballo por las montañas durante dos horas. Describe que la trasladaron a una habitación pequeña, sin luz natural, donde la encadenaron.
“Visualmente, uno lo que ve es un cuartico pequeño como de alacena y más adentro. Entonces, allá en ese lugar, usted no sabe si es de día, si es de noche, cuántas horas duerme, no tiene un reloj, no tiene absolutamente nada”, contó la expersonera al medio.
Condiciones de encierro: aislamiento y tratos degradantes
Durante más de 270 días, Salazar vivió entre cambuches y casas improvisadas en la selva, según reconstruyó Noticias Caracol. El trato fue inhumano desde el inicio. Pasó más de 15 horas sin alimentos tras el secuestro, solo recibiendo sueros durante el trayecto.
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En el lugar de cautiverio, el calor resultaba sofocante y la comida llegaba contaminada. “Las comidas empezaron a ser como con arena, como que comías y masticas todo, si comes arroz, había tierra, si te daban una sopa así como un agua con cebolla y algo, pues masticas tierra. Entonces, yo siempre me tomaba lo de arriba del arroz, decía: ‘Vamos a escudarlo, porque efectivamente yo podía escupir piedritas’”, narró Salazar.
Enfermar resultó una experiencia aún más deshumanizadora. “Les manifesté que estaba enferma, y voy a ser muy franca, estuve ensuciando sangre, estuve mal y cuando yo les expuse a eso a ellos, ellos me dijeron: ‘Aquí en la guerrilla, el que mejor está, caga sangre, usted está bien’”, relató la expersonera. Solo la medicaron cuando su salud se deterioró, pero los fármacos estaban vencidos.
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El aislamiento era casi absoluto. Salazar nunca vio a las personas que pasaban por fuera de la casa; únicamente salía una hora al día y el resto del tiempo permanecía encerrada. A pesar de las amenazas, buscó formas de hacerse notar:

“Me ponía a llorar o hacer bulla, cuando escuchaba otro tipo de personas como para que supieran que yo estaba ahí, que lo hice muchas veces. Lo hice muchísimas veces, porque cuando escuchaba voces, yo intentaba gritar o cantar, a quien llegara ahí, supiera que allá había alguien encerrado, que allá había otra persona. Entonces, me mandaban a callar. Me gritaban. Dijeron que si no, me iban a matar, que me iban a poner la cadena más corta o que ya la cadena no solo me la iban a poner cuando me sacaran, sino todo el tiempo en el cuarto”, recordó entre lágrimas.
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La presión familiar y social: resistencia y exigencia de justicia
Horas después del secuestro, la camioneta de Salazar apareció incinerada en la vía Las Vegas–Saloa, lo que activó la alarma en la región. La familia inició una búsqueda desesperada mientras las autoridades confirmaban el plagio. Las primeras investigaciones señalaron a la estructura Camilo Torres Restrepo del ELN, que opera entre Cesar y Norte de Santander.

La organización exigía $15.000 millones por la liberación de la expersonera, una suma imposible para su entorno. La familia y la comunidad respondieron con marchas, vigilias y una carta al presidente Gustavo Petro pidiendo intervención estatal. Mientras tanto, los rumores indicaban que la víctima era trasladada de un lugar a otro para evadir la presión militar.
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El operativo de rescate: la Operación Thor rompió el cerco
La mañana del 27 de noviembre de 2025, la Operación Thor puso fin al encierro. Después de meses de inteligencia e interceptaciones, el Gaula de la Policía (Cesar y Bogotá), el Comando de Operaciones Especiales y Antiterrorismo (Copes), los Comandos Jungla, la Fuerza Aeroespacial Colombiana y la Fiscalía General de la Nación desplegaron un megaoperativo en una vereda de El Carmen, Catatumbo.
Helicópteros sobrevolaron la zona mientras comandos ingresaban a la vivienda donde permanecía Salazar. La ubicación se obtuvo gracias a la recompensa de $50 millones ofrecida por la Gobernación del Cesar.
La irrupción armada precipitó la huida de los captores y permitió el rescate de Salazar. “Cuando gritaron mi nombre, a mí me saltó el alma y grité: ‘¡Estoy aquí, aquí estoy yo!’”, relató la expersonera.
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El retorno de Salazar a la libertad estuvo marcado por la incredulidad y las lágrimas. Las secuelas del cautiverio aún persisten. “Muchas veces pensé que no lograría salir de allí”, confesó la expersonera. Finalmente, envió un mensaje a sus rescatistas: “Gracias por nunca dejar de investigar. Gracias por encontrarme”.
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