
Durante una década, Helga Díaz, actriz y psicóloga colombiana, vivió una realidad marcada por la violencia psicológica, económica y vicaria en su última relación de pareja.
Tras dos años de haber puesto fin a ese ciclo, Díaz decidió compartir su testimonio en entrevista con Cristina Estupiñán en su pódcast Sinceramente Cris, convencida de que “es momento de no quedarnos calladas”.
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Su relato, cargado de detalles personales y reflexiones, busca visibilizar formas de maltrato que no dejan huellas físicas, pero sí cicatrices profundas en la mente y el corazón, tanto en ella como en sus hijos.
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Díaz explicó que eligió hablar ahora, tras años de ausencia parcial de la pantalla porque no quiere guardar más silencio con el tema, y aseguró que durante ese tiempo en el que estuvo callada, su vida giró en torno a sus hijos, a quienes describe como “de mamá”, y a un acuerdo familiar que la llevó a priorizar su presencia en casa.
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“Siento que me abandoné, sí siento que fui Helga mamá. Ya está. Y cuando trabajaba y grababa o hacía locuciones, era como todo corriendo para poder llegar a tiempo, para poder estar en la casa”, relató.
Aunque disfrutó de la cercanía con sus hijos, experimentó una “grandísima incomodidad” por haberse dejado de lado como mujer y profesional porque entendió que “Me estoy abandonando a mí” y esa frase se la repetía, mientras la culpa y la presión social la empujaban a mantener una imagen de familia funcional.
Al describir la dinámica de la relación que tenía con su pareja, Helga Díaz recordó que desde el primer día de convivencia sintió que algo no estaba bien y que el temor al qué dirán la llevaron a tomar decisiones que no respondían a sus propios deseos.
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En la última relación, las señales de alerta se manifestaron en actitudes de control y desprecio hacia otras personas, situaciones que ella normalizaba por su dificultad para poner límites.
“Desde el día uno, yo decía: ‘Hay algo con lo que no me siento nada cómoda’... Digamos que nos fuimos a vivir juntos, yo no me sentía cómoda. O sea, claro, yo estaba embarazada y hay un tema y es de cuando uno hace las cosas por el qué dirán, por agradarle a los demás, porque es el deber ser, ¿no? Porque ante los ojos, pues de mi familia, ante los ojos de mucha gente yo era como que la niña buena y claro, fue como: ‘Ok, me tengo que casar con el papá biológico de Salomón porque toca’, pero yo me casé sabiendo que yo me iba a separar, yo sabía que realmente era como por un protocolo social, por no desagradar y por supuesto me separé porque era un desastre", confesó la actriz.
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“Me hackeaba todas mis cuentas, me robaba mi plata... Ahora en esta silla, desde otro lugar, entiendo que yo no era Helga. Yo estaba siendo una Helga para complacer al mundo entero y no para realmente ir por lo que yo quería, que si me tocaba ser madre soltera sin casarme y soltera, pero además que es muy chistoso porque era como la compañía de alguien a quien yo mantenía. Porque así pasó con el papá de Antonia, con el papá biológico de Salomón, y era como: ‘Yo aquí no estoy haciendo nada, realmente estoy aparentando que estuvieron en pareja y era un desastre’. Entonces, pero era el deber ser", añadió.
Además, de su última relación indicó que su expareja humillaba a empleados y la hacía sentir incómoda en público y en privado.
“No, eso era de esclavo uno, esclavo dos y la manera de tratar a las personas... Entonces, llegó un momento en que los últimos años yo le decía: ‘mira, no me acompañes a ningún lado, porque de verdad yo no estoy acostumbrada a tratar a la gente así’. Ya lo último, me acuerdo de que estábamos en un almacén y la señora de servicio al cliente, era una señora bastante entrada en edad. Y bueno, la señora cometió un error con un tema del NIT, y gritaba tanto y era tan enfurecido y tratándola mal que yo decía: ‘Dios mío, trágame tierra’. Y claro, la señora, pues paralizada, terminó yéndose furioso y me jalaba siempre como: ‘¡Nos vamos!’. Como tres días después, yo fui y la señora se me acerca y me dice: ‘Niña, ¿está bien?’. Y yo: ‘vea, discúlpeme’. Y me dijo: ‘Si así es aquí, ¿cómo será en la casa? ¿Usted está bien?’ y lo único que yo le respondí fue: ‘Ya estoy acostumbrada’“, reveló la actriz.
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La violencia que Díaz experimentó fue múltiple y persistente. “Cuando llego a la comisaría me dicen: ‘Esto se llama violencia emocional, violencia económica, violencia vicaria…’ y yo no entendí”, recuerda sobre el momento en que tomó conciencia de la magnitud del maltrato. La violencia psicológica se manifestaba en gritos, humillaciones y un ambiente de constante tensión.
“Me empezaron a dar ataques de pánico, ataques de ansiedad. Empecé a tomar muchísimo trago. Yo necesitaba bloquear lo que yo estaba sintiendo y mantener la armonía, por así decirlo”, indicó Díaz.

“Era una insultadera con los niños y es que no puedo decir aquí groserías, pero era como todo el tiempo groserías”, describió.
La violencia económica se tradujo en la pérdida de autonomía financiera: “Yo nunca tuve acceso ni a tarjetas débito ni a tarjetas de crédito, porque se suponía que yo no sabía manejar el dinero”.
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Todo el dinero que generaba, incluso el proveniente de una herencia, terminaba bajo el control de su pareja, quien la convenció de cancelar sus tarjetas y manejar los recursos a través de una empresa conjunta.
“Cuando este hombre se fue de la casa, yo tenía mil ochocientos pesos en mi cuenta. Yo empecé literal de cero, sin carros, con todos mis ahorros desaparecidos en la estratosfera”, contó Helga, mientras explicaba adicionalmente que la violencia vicaria, por su parte, se expresó en amenazas relacionadas con la custodia de los hijos y en la manipulación emocional de los niños.
“Voy a quitarle los niños, voy a quitarle a Emiliano”, era una de las frases recurrentes, mientras los hijos absorbían patrones de agresión y desvalorización.
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El impacto de esta violencia se extendió a la salud mental de toda la familia, pues sus hijos también sufrieron las consecuencias.

“Cuando este hombre se va de la casa, mi hijo me dice: ‘Mami, gracias. Porque sé que nos dejó sin nada... Pero gracias porque es una delicia levantarse sin gritos’”, reveló.
El proceso de recuperación ha incluido terapia para los niños y la instauración de nuevas reglas en el hogar: “Aquí no nos gritamos, aquí no nos tratamos mal. Si nos equivocamos, pedimos disculpas” e indicó que la salida de la relación fue un proceso doloroso y complejo, marcado por el apoyo de su terapeuta, amigas y una mentora espiritual.
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“Yo me arrodillé un día ante Dios y dije: ‘¿Sabes qué? Me rindo. Muéstrame cómo salgo de aquí. Dame suficientes herramientas para sanar mi corazón, mi alma y poder ayudar a muchas mujeres a salir de ahí’”, relata.
La espiritualidad y el acompañamiento de personas como Laura Moreno, quien le ofreció formación y apoyo sin esperar nada a cambio, resultaron fundamentales en su reconstrucción.
El proceso legal y la recuperación económica han sido arduos, pero Díaz destaca la importancia de actuar desde la verdad y el amor, sin buscar venganza.
A lo largo de su testimonio, Díaz insiste en la necesidad de reconocer y visibilizar las formas de violencia que no dejan marcas visibles porque “Hay una violencia silenciosa que es tremenda” y su mensaje a otras mujeres es claro: “No podemos estarle cediendo el poder a nadie de ninguna manera, porque entonces en pro del amor tú te abandonas”.
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