
El 6 de noviembre de 1985 se registró la toma del Palacio de Justicia, uno de los hechos más recordados de la historia de Colombia, que, hasta la fecha, sigue sin tener cierre.
Luego de que guerrilleros del M-19 se tomaron el poder del palacio para enjuiciar al presidente de la época, en un operativo financiado presuntamente por el cartel de Medellín, la fuerza pública recibió la orden de recuperar el edificio de manera inmediata.
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Sin ningún tipo de negociación, durante más de 24 horas las Fuerzas Militares atacaron a los presentes en el interior del palacio, confrontaciones en las que rehenes quedaron en el medio de los disparos.
Sumado a ello, hay denuncias por el abuso de poder que se registró durante la retoma, incluyendo relatos sobre el comportamiento que tuvieron los uniformados contra víctimas de la toma, a los que señalaron como guerrilleros.

Al respecto, 40 años después del hecho que sigue sin ser olvidado en Colombia, dos sobrevivientes del holocausto del Palacio de Justicia narraron cómo fueron víctimas de torturas por parte de uniformados que querían que reconocieran ser parte del plan del M-19.
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El primero de ellos es Orlando Arrechea, que en diálogo con Caracol Noticias indicó que antes de ser liberado tuvo que ver cómo murieron varios de sus compañeros, también trabajadores de la Corte Suprema.
“Se sabía que la corte iba a tomar la decisión (aprobar la extradición), esperaban para estar en el momento exacto. Nunca nos imaginamos que iba a tener la dimensión de lo que se presentó”, es el contexto que Arrechea recuerda antes de que se registrara la toma.
Recordó que durante la retoma liberaron a dos personas de “gran valor” y les prometieron regresar por los demás, lo que finalmente pasó luego de varias horas, cuando fue sacado del palacio para ubicarlo en la Casa del Florero para ser interrogado, puesto que los uniformados pensaban que los guerrilleros iban a intentar salir del lugar entre los rehenes.
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“Colocaron una escalera en la parte de arriba, sacaron a la esposa de alguien y al hermano del presidente Belisario. Nos dijeron que ya venían por nosotros. Era una alegría cuando salimos a la puerta del palacio, pegados a la pared en una fila india. Pasamos la séptima, entramos a la casa del florero y me quitaron los documentos”.

Sin oportunidad de defenderse, Arrechea recibió acusaciones sobre su presunta participación en la toma, principalmente por su color de piel. Por fortuna, para él, escribió su nombre en papeles y al ser retirado de la Casa del Florero, los arrojó a un grupo de periodistas que minutos después confirmó su nombre en el listado de liberados.
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“Nos echaron para el segundo piso. Empezó eso como feo, las acusaciones, fuertes, trompada va, patada viene. Me decían que era guerrillero porque era del Cauca, que me habían visto en la toma de Corinto”, recordó.
Antes de ser liberado, Arrechea fue llevado junto a otras personas que después aparecieron muertas, y aunque demandó al Estado por la tortura que padeció, han pasado 40 años en los que el proceso no avanza, haciendo que en la actualidad solo confíe en “la justicia divina”.
“Me subieron a un carro y para Usaquén. Yo iba sentado en una camioneta, al lado mío, un señor al que nunca vi. Era Almonacid, él apareció muerto con un disparo de gracia, lo mismo que iban a hacer conmigo”.
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En un caso similar, Eduardo Matson, que era estudiante de Derecho en ese momento, narró en diálogo con W Radio sobre la tortura que padeció luego de ser liberado del secuestro.
“Me bajaron, me esposaron a un madero, un tremendo tronco pesado y me hicieron girar varias vueltas y volvían y me giraban en sentido contrario, me pusieron un arma en la cabeza, sé que era un arma porque se sentía el frío, y uno sabe el huequito del revólver donde sale la bala”.
Exponer la identidad de sus amigos terminó salvando a Matson de morir, puesto que fue liberado luego de que le indicó a los uniformados que era cercano al gobernador de Bolívar y del hijo de Miguel Alfredo Maza, director del DAS en ese momento.
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“Nos sacaron con los ojos descubiertos, nos subieron con los ojos descubiertos, y nos bajaron con los ojos cubiertos con un trapo, y nos dejaron en San Victorino”, puntualizó.
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