
El profundo impacto de Tatiana Andia en la conversación pública de Colombia acerca de la muerte asistida se evidenció en el último año de su vida, cuando decidió narrar abiertamente su proceso hacia una ‘muerte digna’.
Durante este tiempo, Andia escribió columnas, participó en entrevistas y pódcast, y se propuso, con su testimonio, ayudar a los colombianos a derribar el tabú sobre el derecho a morir.
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“Uno puede morir más dignamente”, explicó Andia en una reconocida emisión televisiva. Expresó que, al conocer su diagnóstico de cáncer, tomó medidas preparatorias para elegir el momento de su muerte y agregó: “Eso me tranquilizó. Entonces, listo, ese es el plan”.
Según relató The New York Times, Andia, que fue una destacada profesora y exfuncionaria del Ministerio de Salud y Protección Social, recibió el diagnóstico de un cáncer de pulmón terminal en 2023.
Desde entonces, priorizó el control sobre el final de su vida, dando visibilidad a los retos burocráticos y culturales que enfrentan los pacientes en Colombia a pesar de la legislación liberal sobre eutanasia. “Deberíamos poder hablar del derecho a morir dignamente. Eso es esencial para el derecho a la salud”, decía la profesional.

Colombia, recuerda el periódico estadounidense, fue pionera en América Latina en autorizar la eutanasia médica, guiada por una sentencia del alto tribunal en 2013 tras años de parálisis legislativa.
A pesar de la normativa, Andia advirtió que el ejercicio efectivo del derecho a una muerte asistida se dificulta por “las barreras institucionales de la cultura médica conservadora” y la renuencia social a enfrentar el tema de la muerte.
Como resultado, de 2015 a 2023 se registraron solo 692 muertes asistidas en un país de 53 millones de habitantes, un dato que muestra la brecha entre la ley y la realidad.
En su experiencia, la mayoría de los médicos no promovían la opción de muerte asistida, y solo un tercio de los hospitales colombianos había constituido los comités requeridos para estos procedimientos en el momento en que enfrentó su enfermedad.
Además, las trabas burocráticas de las aseguradoras incrementaban la dificultad: “La gente muere de su enfermedad o desiste antes de conseguir el acceso”, reconoció Andia en su momento.
A lo largo de su tratamiento, Tatiana Andia definió claramente sus límites. Rechazó la quimioterapia y las intervenciones cerebrales invasivas, optando solo por una inmunoterapia que el sistema de salud colombiano cubría a 1.700 dólares al mes (frente a 10.000 dólares en Estados Unidos), fruto de reformas que ella misma impulsó.
Sobre el alto precio de algunos medicamentos, reflexionó en su momento: “Conozco las implicaciones. Sé lo que significan 10.000 dólares al mes por paciente para el sistema de salud, en términos de otras cosas que tendría que dejar de hacer”.

Durante los peores momentos de la enfermedad, la dependencia se hizo inevitable, pero Andia mantuvo su determinación de elegir cuándo morir. Tras sufrir una convulsión severa, fue necesaria una intervención para garantizar su derecho legal a rechazar tratamientos y acceder a la eutanasia.
El proceso administrativo resultó largo incluso para alguien con la experiencia y contactos de Andia, que alertó: “La mayoría de los pacientes no tendrían sus contactos, su perfil ni su conocimiento del sistema”.
Finalmente, a inicios de 2024, trasladó su solicitud de eutanasia al hospital que le brindó tratamiento, con la esperanza de un proceso más humano y controlado.
La médica asignada, Paula Gómez, compartió que inicialmente le sorprendía la legalidad de la asistencia médica para morir en Colombia, pero luego reconoció que ayudar a terminar el sufrimiento podía convertirse en “el más grande acto de cuidado”.

En febrero, cuando tomó la decisión final, Andia publicó su última columna: “Yo misma sobre simplifiqué la eutanasia... no es tan fácil, no es solo un trámite. Como muchos otros derechos fundamentales es bueno y da tranquilidad que exista en el papel, pero ejercerlo en la práctica es otra historia”.
Esa mañana, rodeada de su familia y sus gatos, con música de fondo y flores frescas en la habitación, Andia recibió la sedación y la medicación que puso fin a su sufrimiento. “Me retiro con dignidad”, afirmó en su despedida.
Su muerte fue reportada como noticia nacional, aunque en los titulares predominó el reconocimiento a su carrera más que la reivindicación de su elección final.
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