
El Holocausto, la cruel y condenable matanza que eliminó a más de 6 millones de judíos en Europa bajo el férreo poder de los nazis, obligó a miles de personas buscar escapes para salvarse de las insufribles torturas que impulsó Hitler.
Muchos migraron a América del Norte, otros al este de Europa, y unos cuantos vinieron a Sur América en busca de una nueva vida, lejos de los vejámenes de la guerra y del hórrido control del Tercer Reich.
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La mayoría de los sobrevivientes de los campos de concentración que, como una dádiva de recompensa, llegaron a edades muy adultas, ya murieron, o están cerca de la muerte. Otros ya descansan, pero sus memorias siguen vivas, incluso en Bogotá. Relatos como el de Maximiliano Kirschberg, sobreviviente de los campos de Auschwitz y Buchenwald que se refugió en Colombia, cuenta con testimonios ahora son preservados por su hijo Donald Kirschberg.
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Desde Bogotá, Donald reconstruyó, a través de una entrevista con Semana, la vida de su padre, un hombre que enfrentó la barbarie nazi y, contra todo pronóstico, encontró un nuevo hogar en Colombia.
“Hay una responsabilidad mía como hijo de sobreviviente y también era como un mensaje de mi papá. Él siempre decía: «Nunca permitas el olvido y nunca permitas la banalización o la equivocación de contar mal de la historia. Siempre cuando digas algo, Donald, trata de levantar la voz, porque yo estuve ahí»“, dijo el hijo.
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Un número imborrable
“Me acuerdo de que el enfermero le dice a mi papá, ya cuando estaba operado y en cama: «Oiga, ¿y esos números que usted tiene ahí son los de la lotería, la suerte?»“, relató Donald, sobre una experiencia que tuvo su padre en un hospital de Bogotá, luego de que se cayera y se rompiera la cadera, en su casa capitalina.
“Mi papá le dice: ‘Sí, la suerte que yo tuve’”. Para Maximiliano Kirschberg, el número tatuado en su brazo no era una marca de fortuna, sino una cicatriz de la tragedia que sufrieron millones de judíos en los campos de concentración nazis.
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Donald, quien se ha convertido en un guardián de la memoria de su padre, contó con minuciosidad cómo su padre llegó a Colombia después de sobrevivir al horror.
También reflexionó sobre la falta de conocimiento que existe entre las nuevas generaciones respecto al significado de esos números, tanto en Colombia como en Alemania.
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Su compromiso no se limita a preservar el testimonio familiar. En charlas con amigos y en espacios educativos, Donald explica la realidad del Holocausto y los peligros del antisemitismo, que incluso están siendo banalizados, como él reconoció, por dirigentes políticos como Gustavo Petro.
“Yo sí pienso que esos son pasos para banalizar lo que pasó en Auschwitz. No puedes comparar nunca ningún conflicto con lo que pasó en Auschwitz porque, gracias a Dios, no se ha repetido. No se ha repetido una orden de un gobierno sobre cómo matar de la manera más rápida, más eficiente y con el menor costo posible, que eso fue lo que pasó en Auschwitz. Mi papá me decía: «Lo que yo viví ninguna película lo expresa. Sí traen la realidad un poco más cerca de lo que yo viví, pero lo que yo vi es... yo no te lo puedo contar. Eso es imposible de explicar»”, comentó.
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En el Colegio Colombo Hebreo, ubicado en la capital, por ejemplo, ha compartido la historia de su padre con las nuevas generaciones. “Estoy seguro de que si mañana me llaman de otro lado para poder preservar la memoria de mi papá, voy a tratar de hacerlo”, asegura.
De la guerra a un nuevo hogar
De acuerdo con el testimonio que publicó el medio, la vida de Maximilano Kirschberg estuvo marcada por una serie de desplazamientos forzados.
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Luego de la liberación del campo de Buchenwald en 1945, trabajó como traductor para el ejército estadounidense antes de emigrar a Colombia en 1946.
El viaje de Max hasta Colombia fue largo y complicado: antes de llegar a América, viajó de Múnich a París, de allí a Lisboa, Dakar, Río de Janeiro, Caracas, Puerto Príncipe, Barranquilla y finalmente Bogotá, donde llegó en noviembre de 1946. “Viajó sin pasaporte, porque a todos los prisioneros se los habían quitado”, explica Donald.
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En 1946, su tío Juan Hanfling, que había emigrado a Colombia antes de la guerra, logró contactarlo a través de la Cruz Roja y le envió pasajes para que se reuniera con él en Bogotá.
Su decisión de instalarse en Colombia estuvo marcada por la familia que ya vivía allí. “Mi abuela Débora le entregó los pasajes de barco a su hermano menor, Gershon Hanfling, para que saliera de Polonia antes de la guerra. Gracias a eso, él sobrevivió y ayudó a traer a otros”.
A pesar del horror vivido, Max tomó la sorprendente decisión de regresar a Alemania en 1953. “Mucha gente le decía: «¿Cómo pudiste volver al país que mató a tu madre y a tu hermana?». Y él respondía: «Era mi hogar, yo soy de allá»”, dijo en el diálogo con el medio nacional.
Allí se casó y tuvo hijos, pero tras su divorcio decidió regresar a Colombia. “Vendió todo, le dio la mitad a mi mamá y volvió a empezar en Bogotá”, relata Donald.
El mensaje final de Max
Pese a las atrocidades que sufrió, Max Kirschberg nunca permitió que el odio lo consumiera. De hecho, en 1953 decidió regresar a Alemania, el país que lo había despojado de su familia y de su identidad. “Era mi hogar, yo soy de allá, yo quería volver”, argumentaba ante quienes le preguntaban cómo pudo regresar a un lugar con un pasado tan oscuro.

Maximiliano reconstruyó su vida en Alemania, pero eventualmente regresó a Colombia junto a su hijo Donald. Hoy, su legado persiste gracias a los relatos de su descendencia y a los esfuerzos constantes por educar a las nuevas generaciones.
Según su h, su padre siempre recalcaba la singularidad de la maquinaria de exterminio nazi: “Nunca existió, desde un gobierno, la industrialización y la eficiencia de la muerte. Eso solo pasó en la Segunda Guerra Mundial”.
Por su parte, el hijo sigue llevando consigo la historia de su padre, con la certeza de que, mientras haya quienes la cuenten, el mundo no olvidará.
“No hay que odiar”, decía Max. Y esa, quizá, es la enseñanza más poderosa de su historia.
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