
Entre la orilla del mar Caribe y el bosque seco de La Guajira se puede capturar una de las postales naturales más majestuosas y memorables de la región: bandadas de coloridos flamencos rosados que desfilan entre la tranquilidad de las aguas de la llamada laguna Navío Quebrado, y del despejado y colorido cielo azul que se posa sobre ella.
Ubicado en el extremo norte de Colombia, el territorio guajiro es conocido por sus ecosistemas áridos y de escasas precipitaciones. Sin embargo, pocos saben que, gracias a la unión de las nieves perpetuas y los bosques tropicales de la Sierra Nevada de Santa Marta con esos sistemas biológicos, la zona resguarda uno de los hábitats naturales más ricos y diversos del país.
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Entre esos parajes naturales destaca el Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos, un área protegida de más de 7.000 hectáreas. Allí, los viajeros pueden observar muy de cerca como las esbeltas y rosadas aves que le dan el nombre a la zona sobrevuelan y clavan sus alargados picos en el agua para alimentarse de larvas de camarones y de la artemia salina, la especie de crustáceo que le da el característico color a su plumaje.
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La laguna costera se encuentra incrustada en Camarones, un corregimiento ubicado a aproximadamente un poco más de 20 minutos en carro de Riohacha, la capital del departamento de La Guajira. Para recorrerla y poder avistar a las coloridas aves, hay que embarcarse en un viaje que puede tardar hasta más de dos horas –ida y vuelta– en una canoa de fondo plano, más conocida como ‘cayuco’.
La embarcación se adentra en el corazón de la laguna gracias a Maykol, uno de los guías turísticos del corregimiento que lidera el viaje y que impulsa la canoa con la que llama una ‘palanca’ –un palo de madera–. Aunque ya está acostumbrado a la técnica, pues realiza cada trayecto como como mínimo dos veces al día, si el viento de la jornada lo favorece, puede darse un empujón extra instalando una vela.
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“Los flamencos son aves migratorias. Pasan la mayor parte del tiempo acá porque vienen a alimentarse”, cuenta Maykol, mientras el cayuco avanza. “Sin embargo, no anidan aquí sino en la Alta Guajira, cerca de las salinas de Manaure, o en Venezuela”, agrega.
Mientras la canoa se desplaza con la imagen de la Sierra Nevada de Santa Marta de fondo, entre los manglares que adornan las amarronadas y cálidas aguas, otras especies de aves también pueden tomar el protagonismo: ivis blancos, rojos o rosados; garzas patiamarillas, o pelicanos que sobrevuelan el lugar.
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Si tiene suerte, esta última especie se posará casi como una imponente estatua sobre la cortina de manglares verdes que separa el área donde se posan tranquilamente los flamencos, y pacíficamente le dará la bienvenida.
Una vez en la remota zona, y bajo el bochornoso calor propio de la región, se topará con la espectacular ave rosada. A algunas las observará desfilando lentamente sobre el agua, a otras buscando su alimento, y si llega en el momento oportuno, podrá disfrutar de la bandada tomando impulso y sobrevolando el lugar.
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“Para no perturbarlas tenemos una distancia titulada por Parques Nacionales Naturales para observarlas de mínimo 80 metros de distancia. Cuando ellas sienten la presencia de nosotros se van alejando, van caminando poco a poco”, explica Maykol mientras la canoa se balancea pacíficamente sobre la laguna.
Y agrega: “Un adulto macho cuando levanta la cabeza puede llegar a medir 1,35 metros, aproximadamente; mientras que la hembra 1,25 metros”.
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Como dato curioso, mientras la embarcación se prepara para partir, el joven guía cuenta que el plumaje negro que se esconde debajo de las alas de los flamencos “les brinda temperatura cuando esta disminuye por la lluvia o en horas de la noche”.
La mejor época para verlas, según Maykol, es entre diciembre y enero cuando la bandada es mucho más grande. Si va, el guía turístico recomienda que haga el recorrido a tempranas horas de la mañana, para que así evite insolarse.
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Una tarde de ranchería con la comunidad wayuu

Además de la riqueza natural que alberga La Guajira, su recorrido por el territorio no estará completo si no pasa una tarde en una ranchería tradicional wayuu, uno de los pueblos indígenas ancestrales que históricamente ha habitado en la región. En estos espacios, no solo conocerá de primera mano cómo funcionan estas aldeas nativas, sino también, podrá degustar sus platos tradicionales y adquirir sus artesanías.
DiviDivi es una de las muchas rancherías que puede incluir en su itinerario si va a La Guajira. Ubicada aproximadamente a 20 minutos de Riohacha, la aldea recibe a sus visitantes con un lavado de manos con una planta conocida entre la comunidad como ‘Marua’, y que para ellos “atrae la buena suerte”.
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Al ingresar a la ranchería, y con el sonido de tambores de fondo, Graciela Cotes Arpushana, empresaria guajira y líder indígena wayuu del clan Arpushana, es la encargada de dar la bienvenida a los viajeros con una degustación de chirrinche, el licor artesanal de la comunidad.
“El que viene a La Guajira y no visita una ranchería es como si no hubiese venido”, afirma Cotes, a la vez que agrega: “Quiero que vivan la experiencia de estar aquí con nosotros, de entrar a nuestra cocina, de probar nuestro plato ‘friche’, la degustación de chivo”.

Mientras los visitantes disfrutan de la bebida, algunos son seleccionados para bailar la danza típica de ‘La yonna’ al ritmo de los tambores y con los trajes típicos de los indígenas wayuu: la llamada ‘manta guajira’ para las mujeres, y el ‘guayuco’ o taparrabos en el caso de los hombres.
“Esta danza se hace cuando hay motivo especial, que puede ser cuando pedimos a Dios la lluvia, para dar un agradecimiento y por la llegada de ustedes”, explicó Cotes a los visitantes que recibía.
La tarde de ranchería concluye cuando el sol ya ha caído y la luna se posa sobre la aldea. Distribuidos alrededor de una fogata, los arijuna (como llaman los wayuu a cualquier persona que no haga parte de la comunidad), se sientan a escuchar las historias de Graciela sobre su pueblo y su clan familiar.
“Wayuu significa gente o persona. (...) Aprovecho para decirles qué es el Dividivi, es un árbol de aquí de nuestra tierra que lo usamos en una medicina tradicional, es una medicina que para nosotros no puede faltar. Así se llama nuestro territorio porque ese fue el nombre que le colocaron nuestros ancestros, nosotros los Arpushana somos los únicos que nos hemos beneficiado de este territorio”, explica Cotes a los arijuna que la visitan.
Ir a La Guajira es encontrarse con un incontable lienzo de experiencias que vale la pena descubrir. Sus ecosistemas naturales, que pasan por el mar Caribe hasta las zonas más desérticas de Colombia, se entrelazan con las tradiciones indígenas ancestrales para dar paso a una región que no solo es joya turística, sino también, natural.
*Con invitación de la Asociación Colombiana de Agencias de Viajes y Turismo (Anato), el Fondo Nacional de Turismo (Fontur), el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo y la Alcaldía de Riohacha.
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