
Los motores diésel fueron en la década del noventa una solución accesible, económica y teóricamente limpia. El campo automotor global se diversificó con una opción que benefició la balanza comercial de las automotrices. El jueves 22 de febrero podrá ser el comienzo del fin para el diésel. En los juzgados de Alemania avanzan un sinfín de demandas que buscan su prohibición. El Tribunal Contencioso-Administrativo Federal de Leipzig examinará los expedientes y evaluará si la derogación del sistema de propulsión es legalmente realizable.
Organizaciones no gubernamentales, grupos ambientalistas y asociaciones preocupadas por el medio ambiente habían presentado denuncias en distintas ciudades, entre ellas Stuttgart y Düsseldorf, para que intervengan en la circulación de vehículos contaminantes en procura de establecer medidas que contribuyan a respirar un aire más limpio. La ONG Deutsche Umwelthilfe (DUH, Ayuda para el Medio Ambiente Alemán) ganó los juicios de primera instancia. Los municipios acusados recurrieron al juzgado de Leipzig, donde revisarán la causa y dictarán un veredicto sobre el caso.

Estudian la legalidad de una prohibición de los vehículos con motores diésel de mayor antigüedad como enmienda a la depuración del aire. Si los jueces entienden que es lícito restringir su circulación, establecerán una sentencia que repercutirá a nivel nacional. "La forma concreta de implementación, es decir, qué modelos de autos se prohibirían, en qué lugares, cuándo, se tendría que realizar posteriormente en los planes de calidad de aire de las ciudades, que elaboran diferentes organismos dependiendo de cada ciudad y Estado federado", explicó Dorothee Saar, autoridad del DUH, entidad que había advertido el fraude de emisiones contaminantes de las automotrices antes de que estallara el Dieselgate.
En Alemania ya existen zonas en donde los automóviles con motorización diésel solo pueden circular con una credencial verde que acredita que su nivel de emisión respeta los estándares establecidos. El área se llama Umweltzonen. La Fahrverbote es lo que ocurriría si el Tribunal de Leipzig falla a favor de los denunciantes: una zona urbana circunscripta a vehículos que no empleen motores diésel. Además de Stuttgart y Düsseldorf, la medida se podría extender a Colonia, Kiel, Múnich, Darmstadt, Hamburgo, Heilbronn, Reutlingen y Ludwigsburg. La aplicación no sería homogénea para todas las ciudades: en cada caso deberán evaluarse límites geográficos y temporales.
Cerca de setenta localidades alemanas presentan niveles de emisión de partículas contaminantes superiores al límite anual medio de cuarenta microgramos por metro cúbico en 2017, según la Oficina Federal de Medioambiente. Los automóviles movidos por combustión diésel son responsables de la emisión de óxido de nitrógeno (NO), factor determinante en la producción de enfermedades cardiovasculares y respiratorias. La Agencia Europea de Medio Ambiente notificó que en 2012 el NO provocó 10.400 muertes prematuras en la nación teutona y la Agencia Medioambiental Federal Alemana advirtió que el 70% de todo el NO producido en el país proviene de los motores diésel.

La medida fue cuestionada por múltiples sectores de la sociedad germana. En principio, la prohibición de estos motores afectará a los transportistas, proveedores y distribuidores, y a los comercios que reciben sus productos. De modo que muchos centros urbanos comerciales quedarían despojados y se verían gravemente perjudicados, y la conexión campo-ciudad podría deteriorarse por el flujo, ahora restrictivo, de vehículos particulares.
Las autoridades advirtieron sobre la condición antipopular de la hipotética legislación. "No se pueden poner trabas a la libertad de la gente, no se puede desposeer a los propietarios de un diésel", expresó Winfried Hermann, ministro de Transportes del estado regional Bade-Wurtemberg, en declaraciones con AFP. La prohibición también impactaría en los fabricantes que apuestan al diésel por estrategias de rentabilidad: es un combustible subvencionado.
Los cuestionamientos y los escándalos de las emisiones en relación al diésel se tradujeron en las ventas. A pesar de los esfuerzos de las automotrices y del gobierno por limpiar su imagen, la cuota del mercado en el país que inventó el diésel pasó del 48% en 2015 al 39% en 2017. En la Argentina, por su parte, según un estudio de la Asociación de Fábricas Argentinas de Componentes publicado a fines de 2016, el 49% de la flota circulante utiliza nafta y el 35,8% emplea diésel, sobre todo los vehículos comerciales.
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