
Dorothy Levitt escribió "The Woman and the Car: A Chatty Little Handbook for the Edwardian Motoriste", un libro -publicado por primera vez en 1909- que aborda la experiencia femenina de la conducción en una conducta dominada históricamente por los hombres. Nació en Londres en 1882, fue la primera piloto en ganar una carrera de autos en 1903 e inspiró la creación de un componente que pasó a integrar la fisonomía tradicional de un vehículo: el espejo retrovisor. "Las mujeres deberían colocar un pequeño espejo de mano en un sitio adecuado del coche y elevarlo de vez en cuando para poder mirar hacia atrás durante el trayecto", figura textual en un extracto de su publicación.
Del uso casual a la idea, a la implantación. La industria adoptó el concepto de un visor que refleje las situaciones detrás del vehículo recién en 1921, fecha cuando quedó registrada la patente del invento a nombre de Elmer Berger. Seis años después, el Model T de Ford lo incorporó y como cada innovación que aparecía en el primer automóvil fabricado en serie se convirtió para la década siguiente en un elemento estándar a la producción general de vehículos.

Pero la fecha de patentamiento llegó diez años después de que el espejo retrovisor se pose por primera vez en un auto formal. La leyenda se remonta a 1910. Howard C. Marmon era un constructor de automóviles que deseaba participar de las 500 millas de Indianapolis, una competición prometedora que se celebraría por primera vez al año siguiente. Contactó a Ray Harroun, un piloto de 32 que lo ayudaría en el diseño y el desarrollo del bólido. Concibieron juntos el Marmon Wasp, un fenómeno en ingeniería y aerodinámica.

El también apodado "Yellow Jacket" hizo del error de cálculo su épica. No fue un auto normal: la normalidad para la época eran estándares consagrados con espacio para dos ocupantes. Los autos de carreras conservaban lugar para el piloto y el mecánico, quien supervisaba el rendimiento de la máquina y avisaba posiciones de rivales, acercamientos de otros competidores. Pero Marmon y Harroun habían creado una carrocería demasiado estrecha que permitía solo un puesto de ubicación. No había capacidad para la butaca del mecánico: pero urgía reemplazar la funcionalidad de su rol.
Sobre la base de una necesidad, así nació el espejo retrovisor. Era menester montar un artilugio que pudiera mostrarle al conductor la ubicación en pista de sus rivales. Fabricaron un soporte donde descansaba un pequeño espejo, no del todo eficiente ni apropiado, con un campo de visión limitado: fue instalado justo enfrente de la mirada del piloto. El Marmon Wasp conducido por Ray Harroun, el monoplaza amarillo número 32, el primer automóvil con espejo retrovisor de la historia ganó la primera edición de las 500 Millas de Indianápolis.

Tras la victoria, el equipo se retiró de la competición eternizando la gesta. Decidieron dedicarse por completo a la ingeniería automotriz. No sabían, hasta ese entonces, que habían ideado uno de los componentes más representativos y simbólicos de la historia de los autos, factor elemental en la concepción, interpretación y silueta de los vehículos. El modelo de 1911 se exhibe, en perfecto estado de conservación, en el Indianapolis Motor Speedway Hall of Fame Museum.
Más de cien años después de su inclusión, el espejo retrovisor se debate hoy su permanencia. La tecnología promete jubilarlo en un futuro cercano. Su resistencia aerodinámica y sus puntos muertos condenan su uso. Las cámaras y los monitores se ofrecen como variable más inteligente, más moderna que los ancestrales espejos. Varios prototipos futuristas de la industria lo erradicaron de sus formas: en las formas de un Tesla Model X Concept, el proyecto E-Mirror del XL1 de Volkswagen, la tecnología Mirrorless del BMW i8, el concepto Smart Mirror de Nissan. Son varias las propuestas que buscan abandonar lo que a comienzos del siglo XIX era apenas la audacia de un mujer revolucionaria.
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