
En el verano de 2010, Julieta, una estudiante de Ciencias Económicas atravesaba una etapa de reconstrucción personal tras romper con su novio. En medio de ese proceso doloroso, decidió inscribirse en una materia durante el verano, Contabilidad 2. “Estaba recién separada de mi último novio con el que convivía. Estaba devastada pero aún así se me ocurrió meter una materia de verano ya que Contabilidad 2 siempre fue mi debilidad”, contó la joven, que cada noche, en pleno febrero y bajo el calor porteño, corría para alcanzar el último tren de la línea D del subte, compartiendo el vagón con otros pocos que, como ella, habían priorizado los estudios. “Quedábamos los pocos locos que en vez de estar disfrutando el verano estábamos con libros bajo tierra viajando a las 23 a nuestras casas”.
Esa noche en particular recuerda que bajó a la estación rogando llegar a tiempo, y con una sonrisa en los labios descubrió que aún quedaba un subte más por pasar. Cuenta que la línea D era su compañera cada noche, antes de regresar a la casa de sus padres, ya que ese fue el otro golpe de la separación. Volver a vivir en la casa paterna. No tenía otra alternativa.
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Cuando se disponía a subirse al vagón, notó a alguien a su lado que fue imposible de ignorar. Al cruzar miradas, sintió una conexión inmediata, un chispazo. “Era un chico joven, hermoso, que no había forma de no verlo y cuando me miró sentí que me había desnudado. No pude hacer otra cosa que reírme”, recordó.
Ella se sentó y él permaneció de pie justo frente a ella. “Estaba a tan solo un metro de distancia, era un flaco de otro planeta y nuevamente no pude dejar de sonreír”, agregó. Las miradas y sonrisas cómplices se sucedieron, intensificándose cuando un asiento quedó libre frente a ella y él lo ocupó, desde donde continuaron con el intercambio de miradas.
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Durante el trayecto, Julieta tuvo la necesidad de compartir ese momento que estaba viviendo con una amiga a través de un mensaje de texto: “Hay un flaco enfrente que es perfecto, divino y me sonríe”.

Poco después, escuchó a él hacer una llamada un tanto “rara” en la que mencionó su nombre y apellido, Rodrigo Manuel Isasmendi. Aprovechó la oportunidad y, aunque lo anotó con errores, logró identificarlo más tarde. El joven, mientras tanto, jugaba con una tarjeta personal en la mano, generando la expectativa. “¿Me la va a dar? ¿Voy a tener su teléfono?, se preguntaba inquieta Julieta, mientras él seguía jugando con los dedos con la tarjeta en la mano. “Las miradas seguían, las risas cómplices y nada se movía, solo el subte”, describió.
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Cuando Julieta se levantó para bajar en su estación, todo quedó en suspenso. El tiempo se detuvo. Era el momento decisivo, del todo o nada. De vivir esa historia con un perfecto desconocido que prometía ser apasionante o que quedara almacenada como lo que podría haber sido, después de una poderosa ilusión de unos minutos.
Cuando llegó a la puerta del vagón, sintió que él también se había levantado, pero en el medio la puerta se cerró, separándolos abruptamente. ¿Para siempre? “Él queda de un lado y yo del otro como una película de amor”, relató. El tren siguió y ella lo vio irse. Sin embargo, como dice el dicho que en el amor el tren pasa dos veces, o una en el peor de los casos (se dice que quien dijo dos es para dar una versión más esperanzadora) Uno o dos, Julieta no decidió dejarlo pasar, ya en su casa empezó a escribir su nombre en Facebook, con lo que había alcanzado a oír y anotado.
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“Él no sabía pero yo tenía su nombre y apellido, mal escrito pero con un poco de ingenio logré llegar a su verdadero nombre y apellido. Ahí estaba su Facebook. Esa cara hermosa estaba en una foto de perfil de mi computadora”, expresó conforme con su misión. Paso siguiente fue pedirle a amistad. Y lo peor. La incertidumbre.
Al día siguiente, recibió la notificación de que él había aceptado la solicitud. Fue entonces cuando descubrió que el joven estaba en un “impasse” en su relación de pareja, ya que su novia se encontraba trabajando en Disney durante el verano. A pesar de la desilusión inicial, el deseo de conocerlo era más fuerte. “Se me cayó la novela de amor pero aún así quería verlo, quería hablar con él”, reconoció.
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“Veinticuatro horas más tarde llegó su mensaje: ‘veo que escuchaste cuando di mis datos, era una llamada ficticia …' No podía creerlo pero nada de ilusiones. Sabíamos que había un problema. Me contó lo de su novia pero dijo que quería verme. Nos pasamos el teléfono y al día siguiente, en Olivos, bajé del tren y ahí estaba el chico del subte en su auto buscándome".
Hoy Julieta, con quince años más reconoce la osadía de haberse subido al auto de un desconocido, pero atribuye esa decisión a la juventud. El encuentro confirmó la química anticipada por las miradas: “nos besamos, al instante supimos que la química de las miradas se llevó a la piel”.
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Julieta lo intuyó. Sabía que iba a sufrir y aún así no quería perderse estar con él. “Fueron besos en la calle, en cualquier lado. Y llegó ese día en que fueron mucho más que besos y la química fue total. Y el dolor también”, dijo consciente de que la historia tenía un final triste. “Fue una muerte anunciada pero fue un mes donde supe que aún estaba viva”.
Años después, ya casi casada, Julieta descubrió que Rodrigo había publicado una canción inspirada en la relación de ellos. “Además de hermoso, cantaba como los dioses”, aseguró.
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“El tema hablaba de nuestra historia de amor en el subte”, contó. Saber que su experiencia había quedado plasmada en una pieza musical le dio sentido a aquel episodio fugaz. “Sabía que había valido la pena si había un tema de música con nuestra historia y cuando me da nostalgia la escucho y pienso en ese hermoso pibe que conocí unos metros bajo tierra”.
*Escribinos y contanos tu historia: amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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