
Dos mujeres separadas y un viudo joven y canchero. Varios hijos, puntualmente ocho, de tres familias diversas jugando juntos por un country de zona sur. Andan en bicicleta, nadan en la pileta del house o trepan con pericia a los árboles.
Ese escenario pasó de bucólico a dramático en pocos meses. Y todo por amor. El correspondido y el que dejó de serlo.
Sola, triste y disponible
María Paz se separó de un día para el otro. No se la vio venir con suficiente tiempo para hacerse a la idea. Su ambicioso marido logró escalar puestos en la empresa donde trabajaba y terminó con despacho propio y el clásico, no por eso menos doloroso, romance con la secretaria. La joven apresurada por tener hijos lo apretó para irse a vivir juntos y él, a pesar de llevar más de doce años de casado y de tener tres hijos chicos, no dudó. Dejó a su mujer y se mandó a mudar para vivir lo que ahora era para él “la buena vida”. Como en las malas telenovelas, María Paz quedó desolada y sin un peso, ni siquiera para pagar las expensas. Los colegios también los pagaba su ex y el supermercado. Por todo esto, es comprensible que ni se le ocurriera contratar a un abogado para que defendiera sus intereses. ¡Y ella que había dejado su carrera como abogada en un estudio jurídico para dedicarse a los chicos! Fin del sueño dorado.
Pero todas las historias ofrecen escapatoria o presentan algún sitio de fuga para escapar hacia un mundo mejor. En su mismo country vivía un viudo con dos hijos que también era abogado. A Mario lo conoció por casualidad un día domingo. Tenía unos 40 años, había quedado viudo hacía mucho, vivía a una cuadra exacta de su casa, parecía excelente padre y buen vecino. Mario fue simpático y seductor. La vio tan desvalida que le ofreció ocuparse de mediar con el ex marido sin cobrarle. “Le cobro a tu ex”, le dijo riendo y comenzaron los reclamos.

Entre cartas documento y reuniones nació entre ellos la atracción física. La soledad había hecho mella en ambos y tener un cálido refugio a la vuelta de la esquina les resultó perfecto.
En el country todos hablaban por lo bajo del nuevo y feliz romance. María Paz había recuperado la sonrisa.
Dice: “Sentía que el mundo me daba una nueva oportunidad con Mario. Pasé de llorar todas las noches a sentirme feliz nuevamente. Además, los chicos se llevaban muy bien. Poco tiempo después blanqueamos la relación ante la familia y amigos. Nos pusimos de novios formalmente”.
Mario terminó logrando un buen acuerdo para María Paz y sus tres hijos y reinó la paz por un tiempo.
No sería mucho.
La tercera en discordia
Cada uno vivía en su casa. Cada uno tenía sus vecinos. La casa de al lado de la de Mario había quedado desocupada, pero un día cualquiera apareció la nueva inquilina. Era una mujer más joven que María Paz, también separada y con tres hijos. Se llamaba Raquel. En el barrio se rumoreaba que había sufrido violencia de género y que la casa se la había alquilado su violento ex a cambio de que ella no lo denunciara. Raquel era una rubia siliconada, un poco inflada, con tanta toxina botulínica en la frente que María Paz llegó a bromear que podría explotar y salpicar a alguien. Las dos mujeres tuvieron alguna que otra conversación cuando María Paz salía o entraba de la casa de su novio. Por eso se enteró que Raquel había vivido siempre en departamento y que lo de tener casa le parecía un trabajo pesado que no podía manejar del todo.

Fueron justamente los pormenores de mantenimiento que implica una propiedad con pileta los que empujaron los pedidos de ayuda de Raquel a su vecino. Mario. Mario para todo. Siempre dispuesto y sonriente.
La vida de Raquel se había convertido en un caos de cosas que no andaban: tenía problemas con la bomba presurizadora, con el filtro de la pileta, con las goteras de la claraboya del techo, necesitaba colgar un gran espejo en su habitación… ¿Quién fue el vecino comedido que le pasó teléfonos, le dio consejos, escuchó sus vicisitudes y empuñó el taladro para colocarle el espejo frente a su cama? Adivinen. Mario. Raquel sabía perfectamente que él salía con esa morocha, de pelo bien corto y lacio, que entraba y salía y que se llamaba María Paz. Todo el barrio lo sabía. No le importó nada. Ella también estaba sola y Mario era un tipo atractivo y bien dispuesto. ¡Tan distinto de su ex que no se comprometía nunca con nada!
María Paz cuenta: “Al principio no me di cuenta de la voracidad de Raquel. Veía que Mario la ayudaba mucho y me pareció bien. Era la casa de al lado de la suya. Era la persona más cercana y como hombre tenía fuerza para entrarle la heladera, sabía colgar cosas y tenía la data que ella precisaba. Pero pasaron los meses y la constante ayuda que ella solicitaba me empezó a incomodar. El día que me sonaron todas las alarmas fue cuando me enteré que Mario le había prestado plata para pagar el techista. Me enojé y se lo dije de mala manera.¿Esta es tan estúpida no puede ni ir al cajero del banco? ¿Por qué le pide a su ex? Se lo devolvió, pero me había quedado caliente. Semanas después noté que él se preocupaba más por los problemas de ella que por los míos. ¡Yo quedaba supeditada a que ella no necesitara nada! No me parecía bien, yo era la novia. Estaba molesta”.
Los hijos de los tres se conocían de los espacios comunes y visitaban, alternativamente, las tres casas. La de Mario, la de María Paz y la de Raquel.

“Las cosas empezaron a cambiar realmente y yo comencé a sentir desconfianza plena luego de un viaje laboral de Mario. Se había ido a Brasil por trabajo diez días y la tarde-noche que regresó, dejó las valijas en su casa y lo primero que hizo no fue venir a verme a mí sino ir a lo de Raquel. Sus hijos estaban con su exsuegra. Por mensaje de WhatsApp me dijo que iba a ayudarla a conectar el aparato anti sarro y que venía a casa a comer. Me revolvió el estómago literalmente. ¿Llevábamos casi un año saliendo y resulta que vuelve y lo primero que hace es verla a ella? En ese mismo instante me cayó la ficha, algo estaba muy mal. Esa noche, cuando vino a comer, lo encaré. Esperé que mis chicos se fueran a sus cuartos y le pregunté directamente qué pasaba. Si algo había cambiado y si le interesaba Raquel. Mario me miró como si estuviera loca. No dijo mucho pero me sentí tratada como una mujer enferma de celos. Yo levanté la voz, él más bien se calló. Fue la primera gran pelea que tuvimos y la última. No admitió nada, pero tampoco negó. Esa noche no pegué el ojo. En los días siguientes lo empecé a percibir lejano, distante, sin ganas de abrazarme.”
Después de ese enfrentamiento la relación se enfrió más, casi del todo. Estaba claro que a Mario le pasaba algo porque esquivaba verla como antes.

“¡De hecho nunca más volvimos a tener relaciones! Fue como que mi planteo lo terminó de ahuyentar. Eso me hizo sentir culpable. Dudaba si era yo quien lo había empujado a que se alejara. Me planteaba si me había comportado como una adolescente ridícula. No sé, me agarraron todas las inseguridades posibles. Incluso fue peor que lo que había sentido con mi ex marido. Para colmo algunas de mis amigas, cuando les conté, me cuestionaron el planteo que le había hecho. Me dijeron que no tenía que romper tanto los quinotos”, reconoce María Paz.
Siguieron viéndose por un par de semanas, pero esa relación ya no se sentía como un noviazgo. Algo se había detenido. No había risas, no había complicidad, no había sexo. Se veían como por obligación. Mario estaba huidizo. María Paz veía que la relación se había desmoronado y no sabía si podrían reconstruirla. Aunque todavía tenía alguna esperanza. Por las dudas, casi no pisaba lo de Mario y tampoco se acercó a Raquel. La percibía como una verdadera enemiga. Le había tomado rabia.
Fin y a otra cosa
Aterrada ante la posibilidad de volver a estar sola, María Paz se aferró a la idea de que la lejanía era algo pasajero. Pero el tiempo fue diciendo otra cosa. Pasaron de verse todos los días a dos veces por semana. No había cercanía física, solo restos de una relación apagada. María Paz no se animaba a hablar con él porque temía que, de hacerlo, la cosa terminaría por quebrarse. Optó por fingir demencia.
“Un día, simplemente, él me dijo que venía a comer y no apareció. Ni siquiera me llamó para avisar. Me quedé con la mesa puesta y la comida en el horno. No le dije nada, no le mandé mensaje. Nada de nada. Ese fue el final. Sin orquesta, sin lágrimas. No hablamos, no discutimos, no nos vimos. Ruptura sencilla y muda. Él se quedó en su casa, o en la de Raquel, y punto”, admite con gran dolor. Nunca más volvió a llamarla. Ella tampoco lo intentó. “¿Qué había que decirse?”, se pregunta.
Fue la peluquera a domicilio de María Paz quien con valentía le contó lo que se decía en el barrio: hacía tiempo que corrían chismes que hablaban de Raquel y Mario y… de la pobre María Paz. María Paz le restó importancia al asunto frente a ella, pero se quedó con el alma mojada.
La confirmación final vino dos días después de la boca de su hijo menor. Esa tarde volvió de la cancha de fútbol y le preguntó mientras comía una tostada: “¿Mamá es verdad que Mario está de novio con Raquel?”. La frase perforó la carcasa de la negación con la que se había envuelto María Paz. No supo qué decir, solo le respondió “Después hablamos”.
Tuvo que esconderse en el toilette para llorar.
Lo que siguió fue el mismísimo infierno, asegura.

“Lo peor de esta historia que te cuento no fue el desamor. Porque creo que, al fin de cuentas, era una relación basada más en la necesidad de amor que en el verdadero amor. Lo peor fue sentirme expuesta, darme cuenta de que estaba en el foco de todas las miradas de lástima de la gente que me rodeaba. En la panadería, en el house del barrio, en el colegio, en la cancha de tenis y en la de hockey. Fue horroroso estar en el centro de la pena. Quería desaparecer, volverme invisible. Bajé como diez kilos y tuve que volver a terapia para enfrentarme a todos mis miedos. ¿Por qué me salía todo mal? ¿Por qué me dejaban? Encima, a ellos dos me los cruzaba de lejos por todos lados. Los tres bajábamos la vista, nos evitábamos. Varias veces los vi de atrás, caminando de la mano, por el barrio. Era una puñalada”, relata con sinceridad brutal.

Pero María Paz no es un espíritu guerrero sino más bien una persona tranquila y reflexiva. Optó por no enfrentar nunca a ninguno de los dos y evitó cualquier tipo de reproche o reclamo ante nadie. Lo explica: “¿De qué servía insultar o decir algo? No iba a conseguir amor de esa manera. Sería peor y mucho más humillante. Si él era un cobarde y ella una comehombres, allá ellos. Yo no puedo hacerme cargo de sus conductas. Con el tiempo comprendí que Mario no era para mí, que fue mejor no seguir con él. Pero, al mismo tiempo, pude aceptar que el año y pico que estuvo conmigo me hizo bien. No fue un mal año, fui feliz mientras duró. Ofició de buen salvavidas para esa etapa de mi vida. Después, mi nuevo salvavidas fue la terapia. Ahora, tres años después, estoy conociendo a alguien. Voy con pies de plomo porque las traiciones me tallaron profundo, pero no voy a dejar de intentarlo. Todavía creo en el amor. Por lo menos en el tiempo en que se manifiesta como amor… Quizá en lo que ya no creo es en la eternidad de ese sentimiento. Me he vuelto un tanto escéptica respecto de la medida del tiempo que nos puede durar. Aunque, te reconozco, me encantaría que llegue un hombre que me pueda demostrar lo contrario”.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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