
Cuando era chica Carolina decía que quería ser una aventurera. Nadie le explicó cómo se hacía, pero ella encontró la manera de lograrlo: a los 21 años se subió a un avión como azafata y dejó su carrera de química.
Su suerte sería distinta a la de su padre, que había querido ser marino pero fue rechazado por ser daltónico. Ella cruzaría océanos y mares, desiertos e islas. Viajaría noches estrelladas y en medio de tormentas.
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En los ochentas las azafatas caminaban por los aeropuertos como modelos, con sus uniformes impecables, peinados firmes y maquillaje perfecto. Eran íconos de glamour. Los pasajeros también formaban parte de un ambiente sofisticado: viajaban de traje, en clase turista tomaban whisky en sus asientos espaciosos y fumaban sin parar. Aerolíneas Argentinas, recuerda Carolina, ofrecía como cortesía paquetes de seis cigarrillos Jockey Club con fósforos de la aerolínea.
En los años 80, Carolina, una azafata argentina, lo arriesgó todo por un amor en Río de Janeiro. Cuando él desapareció, ella se encontró sola y desamparada, pero en medio de la desilusión, descubrió el afecto incondicional de la familia de él, un giro que cambiaría su vida.
Trabajó para Austral tres meses hasta que le dieron el pase a Aerolíneas Argentinas, que le permitió cruzar las fronteras. “Me parecía copado eso de subirse a un avión, bajarse en otro lugar, donde te tienen en un hotel cinco estrellas y podés salir con jeans y zapatillas a caminar por donde quieras y además con un viático que te daban para comer por ahí y movilizarte sola”.
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La azafata tenía belleza, juventud y el mundo a sus pies. En esas rutas hacia Miami, Los Ángeles, Nueva York, Roma, Nueva Zelanda, donde se quedaba una semana, conoció playas, ciudades, sabores, declaraciones de amor en otros idiomas, romances y desilusiones difíciles de comprender, como la historia que hoy trae al presente y por la que todavía se hace preguntas.

Esta historia trata sobre el romance que tuvo con un brasileño. Un hombre que la había entusiasmado muchísimo. No lo recuerda especialmente bello. Era de un estilo intelectual, a lo Clark Kent, con anteojos. Un corredor de bolsa. Lo había mirado con ojos de formar una familia y tal vez él lo adivinó, se asustó. No estaría preparado.
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Carolina venía de otras relaciones truncas con otros extranjeros que conocía a su paso: su corazón necesitaba un lugar donde quedarse. Alguien que la quisiera más que lo que ella había amado. Y ahí estaba Miguel, el hombre de finanzas.
Año Nuevo y la llegada de un amor
Todo comenzó en Año Nuevo en Río de Janeiro. Carolina estaba con unas amigas tomando unos tragos en el bar Garota de Ipanema, el lugar donde Vinicius de Moraes y Antônio Carlos “Tom” Jobim veían pasar a la moza de corpo dorado que inspiró una de las canciones más bellas de Brasil. “Unos muchachos al lado, como se usaba antes, ahora no se usa más -aclara-, nos dijeron: ‘¿Están solas, las invitamos a tomar algo, unas caipirinhas’? Nos quedamos charlando. Uno nos acompañó al hotel y me dijo:‘Te veo mañana’. Al día siguiente pasó a buscarme. Paseamos por Copacabana, Leblon, comimos juntos, me llené de ovos de codorniz, casquinha de siri (cangrejo gratinado), frango a la milanesa (pollo), queijo catupiry (queso). El tipo me parecía encantador, no era ningún “churro”, era uno con pinta de intelectual, anteojos, bajito y muy sonriente. Miguel de Oliveira”, describe con lujo de detalle.
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Carolina recuerda que tenía postas de un día en Río, en una ruta hacia Roma. “A partir de ese momento no sé si tuve un approach. Me acuerdo que él vivía en un departamento que era del padre o que vivía con el padre, sin decorar, muy impersonal. En algún momento me invitó al departamento y estuvimos ahí retozando. Cada vez que pasaba por Río, él me repetía: ‘Te voy a esperar en la salida de los pasajeros’. Casi no había tiempo, porque bajaba el avión, bajaban los pasajeros, subían los nuevos, y yo pedía permiso diciendo que le tenía que entregar algo a alguien. Mentira. Y me encontraba con él, esperándome para verme un segundo. Y siempre me regalaba un peluche gigante, un perro, un conejo, y yo subía al avión con el socotroco ese y todos me decían: ‘Así que tenías que entregarle algo. Más vale que te lo entregaron a vos. Vos lo que entregaste es otra cosa, ja, ja, ja. Buah”, recuerda riéndose sobre las bromas subidas de tono de la tripulación.

El carioca siempre la invitaba a Río. ¿Y cuándo vas a venir? Y Caro, a dos meses de conocerlo, decidió tomarse unas vacaciones que tenía pendientes y viajar a Río. Era Carnaval, aunque no era tan fastuoso como el de ahora, cuenta. “Yo iba a llegar equis día y supuestamente él me iba a estar esperando en el aeropuerto, pero no me estaba esperando. No había WhatsApp, no había teléfono, nada. Con una bronca bárbara, me fui a un hotelito donde, calculé que podía parar ahí, que alguien me había recomendado. Llegué al hotel y estaba inundado. Entrabas y la habitación era un lago: cinco centímetros de agua en el piso. Me lo dejaban barato por eso. Yo tenía miedo hasta de enchufar algo. Pensé: ‘Acá me quedo pegada’. Al final, él me encuentra en ese hotel, no sé cómo y me dice: ‘No, vos no podés quedarte acá. No, no, no. Este, yo te voy a ubicar en otro lugar’.
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Miguel le encontró lugar en la casa de su hermana, que estaba casada y tenía una nena de un año y medio. “Y de repente, al tipo se lo tragó la tierra. ‘No, que tengo mucho trabajo, que tengo mucho que hacer. Y no me dan los tiempos’, se excusaba. Así que yo me pasé el resto de las vacaciones en Río de Janeiro viajando de acá para allá, paseando y yendo a la playa con mi supuesta cuñada, Marcia, Paulo, el marido, y Natalia, la nena, que me enamoré de la nena, Tatinha. Y después conocí a mi suegra y a la hermana de la suegra. Y llegó un domingo y nos fuimos todos a la casa de la hermana de la suegra a Petrópolis, que tenían tasar un terreno. Me decían: 'Não, você não vai ficar sozinha de modo nenhum, de jeito nenhum’. No me querían dejar sola, me llevaban como barrilete". Hasta que finalmente una noche Miguel apareció para cenar y Caro le planteó: “Escuchame, ¿nos vamos a ver o qué? “Bueno, mañana te paso a buscar para almorzar porque tengo mucho que hacer. Viniste en mal momento”.

Ella estaba segura de que no se había inventado esos días juntos en Río. En realidad, había convivido con toda su familia política… menos con él. Un día, agotada, se largó a llorar y Marcia le dijo: Os homens são fogo, ¿viu menina? Los hombres son fuego. Es una expresión coloquial en portugués que significa que los hombres son intensos, apasionados y difíciles de manejar.
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En Brasil Carolina encontró una familia política divina, amorosa. Años más tarde le puso a su propia hija el mismo nombre de la nena con la que había compartido esos días. “Una mañana levanté todas mis cosas, estaban todos durmiendo, les dejé una carta en el botiquín del baño diciendo: ‘Son adorables todos, los quiero muchísimo. Tuve una temporada lindísima con ustedes, pero no quiero abusar de su hospitalidad. Me estoy yendo, los voy a extrañar mucho, Carolina’. Y me fui al aeropuerto y me tomé un vuelo y me volví“.

Después él la llamó y le hizo un reclamo: “¿Cómo te vas a volver así sin despedirte?“. “Me lo volví a encontrar en Río. Almorzamos. Le dije en la cara que era un cretino, pero me comí un frango à passarinho. Me acompañó a un colectivo y vi que él se quedó mirándome. Cuando vos te vas y se te queda mirando, es que se arrepiente. Si cuando te vas y da media vuelta y le ves la nuca, es que no le importás. Pero creo que a él no le gustó que lo dejara así. Te lo cuento y me queda una sensación: todo amor que no fue es una tristeza”.
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