
Las mismas ganas de abrazarlo y darle un beso, las mismas ganas de estar con él. La primera vez, para toda la vida. La segunda vez, con el dolor de haberse equivocado, de una separación sin sentido. Y con la certeza de que era para siempre.
La primera vez fue “hace muchos, muchos, muchos años”. Rita tenía 17, Juan 19, era verano. A ella la habían invitado a pasar el día en una pileta unos amigos de su hermano. “Nos flechamos desde que nos vimos –le dice Rita ahora a Infobae–. Ese día volvimos sentados atrás en la camioneta, abrazados y haciendo arrumacos. Así empezó nuestra historia”.
Parecía que esa historia iba a ser como muchas otras, “esas cosas de muchachos”, dice Rita, pero sin darse cuenta pasaron casi diez años de noviazgo –en rigor, “9 años, 11 meses y 10 días”–. Se llevaban bien, se querían, y más allá de alguna discusión de jóvenes, estaban siempre juntos. Eso sí, nada de relaciones sexuales: Rita llegó virgen al matrimonio, el 22 de julio de 1977. “Me respetaba como si yo fuera una santa, me tenía ahí arriba, me adoraba”, cuenta ella.

La fiesta fue hermosa, con 150 invitados, vestido blanco y torta de bodas. Pero con la felicidad de la llegada de su hija mayor, un año más tarde, afrontaron su primer desventura, que era la del país: “Nos engañaron con un departamento, con la famosa circular 1050 (por la que las deudas se indexaban por la tasa de interés, y terminaron superando el valor de las propiedades compradas con préstamos) y nos tuvimos que mudar con mis suegros”, cuenta Rita. La relación entre nuera y suegra era tensa y de a poco fue minando la pareja, porque en esas discusiones a veces Juan se ponía del lado de la madre y Rita sumaba bronca. Para cuando nació su hijo varón ya estaban en una casa nueva, pero parecía tarde para recuperar lo que se había roto entre ellos con ese desgaste.
Ahora Rita dice que no sabe ni por qué se separaron, que un poco fue por esa suegra metida y otro por “cosas de la vida”. Hubo idas y vueltas hasta que él regresó a la casa de sus padres. Fue hace exactamente 30 años, su hija estaba por cumplir los 15, su hijo tenía 10. Tampoco sabe bien por qué todo terminó tan mal; tanto, que dejaron de hablarse.

“Al tiempo conocí a un abogado que me llevaba 21 años. Empezamos a salir y me dijo que por qué no hacía el divorcio, así que me lo hizo él –recuerda Rita–. Juan quería volver, pero yo me había puesto en mala, estaba muy enojada. Me parecía que no me había defendido lo suficiente, aunque él hizo de todo por retenerme. Arreglamos el régimen de visita y los alimentos y no nos vimos más”. El 12 de febrero de 1997 Rita y Juan firmaron el acuerdo, a meses de cumplir veinte años de casados. Después, cada uno hizo su vida: Rita siguió con el abogado por 17 años, y lo acompañó en la enfermedad que se lo terminó llevando. Juan se reencontró con su primera novia y también comenzó una relación. Cuando murió su pareja, Rita volvió a hacer “vida de soltera”, reuniones, salidas con amigas, viajes. Hasta que la preocupación por su hija, que estaba atravesando un momento personal difícil, los obligó a hablar de nuevo.
La hija acababa de separarse después de un noviazgo bastante tóxico y estaba muy triste, así que Rita había ido a visitarla para darle ánimo. Enterado de la situación, Juan puso a un lado la distancia y la llamó por teléfono, quería saber si le parecía bien que él también fuera. “¿Puedo ir?”, preguntó él al otro lado de la línea. “No, no podés… ¡tenés que venir!”, le dijo ella. “Pero, ¿y si se enoja, o no quiere?”, insistió Juan. “No se tiene por qué enojar, porque vos estás viniendo como papá a estar con ella, aunque sea a darle un abrazo”, dijo Rita segura. Pero lo que estaba en el aire era otra cosa: eran ellos los que iban a compartir el mismo espacio después de casi dos décadas.
Entonces Rita y Juan volvieron a verse. Era la primera vez en mucho tiempo, con toda el agua que había pasado bajo el puente; una segunda primera vez para ellos. Y la sensación estaba intacta: las mismas ganas de abrazarse y darse un beso, un beso que comprendiera –y perdonara– toda esa agua que había pasado.
Rita lo escuchó contarle a su hija cuánto había sufrido él con la separación, y cómo seguía creyendo que el amor era para siempre. Y entonces se dio cuenta. No dijo nada, pero lo llamó en cuanto llegó a su casa: “Quiero pedirte disculpas, ahora entiendo el daño que te hice”, le dijo. Fue la llave para retomar el diálogo “como dos viejos amigos”.
Una noche, como quien no quiere a la cosa (o como quien sí quiere, y mucho), lo invitó a comer a su casa. Juan había terminado con su pareja y ahora nada impedía el abrazo que los dos añoraban. También lo invitó a quedarse a dormir con ella, pero él no podía: su madre estaba muy enferma y no podía dejarla sola. Así que fue ella la que empezó a ir a la casa de Juan y hasta terminó ayudándolo a cuidar a aquella suegra que los había alejado en el pasado. “Me había lastimado mucho, pero yo le preparaba la comida para ella y la chica que la cuidaba. Ella ya no estaba consciente, tenía un Alzheimer galopante, pero sobre todo, la que ya no era la misma era yo. Porque con la edad se aprenden otros valores; de joven era más impulsiva, me enojaban más algunas cosas que ahora no me parecen importantes. De grande no hubiera cometido el mismo error, porque él siempre fue amoroso conmigo y nosotros nos queríamos”.

Al final fue Juan el que le pidió que se quedara a dormir con él a esa mujer que era mucho más que una vieja amiga: “Fue la primera noche que pasamos juntos después de todo ese tiempo”. Ya no se separaron: durante meses él la buscó cada noche al salir del trabajo y volvió a llevarla a su casa cada mañana. Faltaba un detalle: sus hijos, ya grandes e independientes, todavía no lo sabían. “Tardamos en contarles porque queríamos estar seguros”, dice Rita.
Decidieron que Juan hablaría con el varón y Rita con la mujer. “El varón dijo: ‘Mejor, así cuando voy a verlos hago una sola visita’, muy práctico. La mujer dijo: ‘A mí no me cambia la vida, esta es la vida de ustedes’, lo tomamos como una bendición”, se ríe Rita.
“Ya estábamos grandes, él tiene 74 y yo 72, así que no queríamos perder tiempo –sigue Rita–. Empezamos a pensar en vivir juntos y en dónde”. Terminaron reformando la casa donde vivía Juan en su barrio de siempre. La propuesta de casamiento la hizo ella: “¿Qué hacemos? ¿Cerramos el ciclo?”.

“Y Juan aceptó”, cuenta Rita a Infobae. El ciclo acaba de cerrarse: la semana pasada, 46 años después que la primera vez, a 30 de la separación y 26 del divorcio, se casaron por civil de nuevo frente a sus hijos, sus tres nietos y apenas un puñado de íntimos. Este lunes lo celebraron en un salón, una comida para poco más de treinta invitados. Rita dice que esta vez “la fiesta fue más simple, pero más auténtica, con más sabiduría, rodeados de gente que queremos y nos quiere”. Con la certeza de que quieren estar juntos para siempre: “Pasamos años solos al cuete, no vamos a volver a separarnos. Él siempre fue el amor de mi vida, yo siempre fui el suyo. Ahora que lo entendimos, nos queda disfrutarlo”.
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* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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