
“Mi nombre es Pablo y soy de la provincia de Santa Fe. Para el momento en que comienza esta historia, en 1999, vivía en Capital Federal. Había decidido dejar la Facultad en Rosario para mudarme a la gran ciudad a donde llegué con 23 años y montones de sueños. Como todo chico de esa edad, siendo gay y del interior del país, lo que más tenía era ganas de enamorarme. Trabajé en muchos rubros hasta que me contrataron en el área de recursos humanos de una multinacional. Al mismo tiempo, estudiaba la carrera de Turismo. En un momento determinado decidí cambiarme de trabajo y pasé al sector de turismo receptivo de otra compañía. Trabajaba mucho para viajeros norteamericanos que visitaban el país. Con los vaivenes del dólar de esa época, la empresa decidió irse de la Argentina, pero mantuvo mi trabajo de manera remota. A partir de ese momento, trabajando desde casa, con mi computadora y mi teléfono, sentía que podía dominar el mundo”.
Relaciones sin compromiso
Pablo sigue relatando su historia: “Mi vida amorosa se componía de relaciones cortas, nada funcionales, esporádicas, sin complicaciones y con muy poco compromiso. No sentía que pudiera conectarme realmente con nadie. Me había convencido de que mis relaciones serían todas de la misma forma y que terminaría mi vida en soledad. Lo acepté. El tema no me conflictuaba, nunca tuve problemas de autoestima ni temí a la soledad”.
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En septiembre de 2017, durante unas vacaciones en la casa familiar en la provincia de Córdoba, en medio de las sierras, su corazón, un día de esos, volcó. Si bien Pablo, en ese entonces tenía 41 años, seguía con su trabajo remoto y unido a su computadora, se escapaba a respirar el aire de ese paisaje quebrado, caminaba por las sierras y se sentaba a tomar mate junto al río. Fue entonces, en esa paz de la naturaleza, que ocurrió lo que ya no esperaba que sucediera.
“Un día decidí abrir una aplicación de citas. Estaba sumamente relajado. Pensé en que podía tener algo momentáneo, una pequeña aventura cordobesa. Nada más. Y ahí justo apareció su foto: un hermoso hombre musculoso y masculino, de 58 años perfectamente llevados. Tenía 17 años más, pero siempre me habían atraído las personas más grandes. Esta persona era perfecta. Quedé impactado. Tomé las cosas con cierto escepticismo: en las aplicaciones de citas muchas veces las fotos no se acercan a la realidad. Decidí escribirle sin esperanzas de que me respondiera”.
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Sin embargo, el mensaje que mandó Pablo no cayó en ningún vacío digital. Del otro lado, Manuel, un contador público del interior de la provincia que vivía solo en la capital cordobesa, respondió con rapidez. Se había abierto una puerta por la que viajaron mensajes y más fotos.
“Hablamos un montón y la química fue instantánea. Decidimos que al otro día yo, que tenía más tiempo libre que él, podría viajar a la ciudad de Córdoba. La idea era tener un encuentro en un café. Al otro día llegué a Córdoba bien temprano para poder disfrutar de la ciudad. La cita era a las 18 con alguien que me había parecido hermoso. Llegué al lugar de encuentro con todas las expectativas en suspenso… ¿Realmente me iba a encontrar con la persona que había visto en la foto? ¿Sería ese hombre masculino y musculoso que había ocupado mis fantasías durante esas horas previas? Esperé y esperé, pero no aparecía. ¡Nada me fastidia más que alguien llegue tarde a una reunión pactada. ¿Por qué estaba esperando tanto cuando nunca espero a nadie? Cuarenta y cinco minutos más tarde del horario llegó él, corriendo. Con su maletín y con su sonrisa al tiempo que me repetía: “Perdón, perdón por la tardanza, gracias por esperarme”.
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Pablo dice que no era igual al de la foto, era mucho mejor: “Más bello de lo que yo imaginé. Un porte, un aura, una belleza para sus años que me dejó con la boca abierta. Mis 45 minutos de espera habían valido la pena. Nos saludamos, hablamos un poco con algo de esa incomodidad que se siente en una primera cita con una persona que no conocés. Al rato me dijo –¿El café lo tomamos en casa? Acepté sin poner reparos, una aventura como esta valía la pena tener, era exactamente lo que estaba buscando”.
El peso del juego de llaves
“Nunca tomamos ese café porque llegamos a su casa, que quedaba a unas cuadras del lugar del encuentro, lo cual me hizo dudar si él realmente tenía intención de tomarlo en algún sitio... En instantes estábamos explorando nuestra piel con una química que muy pocas veces había sentido en mi vida. El tiempo voló y cuando miré la hora, le dije que tenía que regresar a mi casa. Ya era tarde, estaba sin auto y dependía del servicio público. Me preguntó si quería quedarme a cenar con él y, quizás, pasar la noche en su casa. Le dije que no, que tenía que regresar. Tenía la idea de que había cumplido con mi misión de pasar un buen rato. Yo vivía en Buenos Aires y él en Córdoba, no tenía mucho sentido soñar con una historia. Las posibilidades de tener algo más que eso eran absolutamente nulas. Manuel me ofreció acompañarme hasta la terminal de ómnibus. Caminamos unas quince cuadras. Íbamos charlando y yo iba pensando: ¿qué está pasando acá?
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Cuando llegamos a la terminal le dije que me iba a quedar en las sierras por una semana más, que si no tenía nada que hacer durante el fin de semana, podía llamarme y venir a disfrutar de las sierras conmigo”.
La respuesta de Manuel fue que lo pensaría y que cualquier cosa le enviaría un mensaje. Pablo estaba feliz, había tenido una aventura con uno de los hombres más lindos de su vida. Pensó que Manuel sería un lindísimo recuerdo. No fue así.
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“El sábado por la mañana, Manuel se comunicó conmigo para preguntarme si la invitación a las sierras seguía en pie. Le dije que sí. Me respondió que vendría al mediodía. Me parecía un plan perfecto. Llegó, hermoso, sin su ropa laboral. Fuimos hasta el río a tomar mate, caminamos por las sierras y hablamos sin detenernos. Nuestra historia parecía perfecta, pero nada suele serlo. En la ciudad de Córdoba Manuel estaba solo: una parte de su familia vivía en una ciudad del interior de la provincia y, otra parte, en Brasil. En sus más de cincuenta años jamás le había contado a nadie sobre su orientación sexual. Había tenido novias, pero ninguna relación había llegado a ningún lado. No tenía hijos y nunca había tenido una pareja hombre. No se lo permitía. Nadie podía saber esta parte de su vida. Entendí que, por su edad, tenía una represión típica de otra época. Yo, que había salido del clóset a los 16 años con la aceptación de mi familia y de mis amigos, no iba a volver a encerrarme a los 41. De ninguna manera. Todo anticipaba que esta relación sería imposible: la distancia kilométrica, las vidas tan diferentes y nuestra forma diferente de ver las cosas. No éramos compatibles en nada, excepto que nos gustábamos mucho. Pasó el sábado, pasó el domingo, pasó el lunes y llegó el martes. Ese día me dijo que debía volver a Córdoba por trabajo, pero que podía regresar a la noche para quedarse hasta el jueves que era cuando yo tenía pasaje a Buenos Aires. Acepté. ¿Por qué no? ¿Qué podía perder?. Algo cambió en esa semana. Esa relación había dejado de ser un momento casual y se había transformado en otra cosa. La mochila que él cargaba —la negación de su identidad gay, su vida escondida— me decía que algo no estaba nada bien. Quince días después me invitó para que volviera a visitarlo. Esta vez me dijo de quedarme en su casa. Llegué a la ciudad y él me estaba esperando en la terminal de ómnibus. Enseguida me dio un juego de llaves para que yo pudiera moverme con libertad mientras estuviera en su casa. Me quedé congelado porque sentía que no nos conocíamos lo suficiente como para que lo hiciera. ¡Nunca había tenido las llaves de la casa de nadie! Fue mucho. Me asusté un poco”.
Señales de alarma
“Lo que al principio parecía intensidad y pasión pronto empezó a convertirse en preocupación. Ese fin de semana noté que Manuel ya no era el mismo de cuando lo había conocido. Trabajaba, no descansaba ni un solo minuto aunque tomaba pastillas para dormir. De repente, me despertaba a las tres de la mañana y él estaba levantado, trabajando y no volvía a la cama. En total habrá dormido cuatro horas en todo el fin de semana. Me asusté. Le pregunté qué le pasaba. Me aseguró que era normal, que él era así, que dormía poco a pesar de tomar remedios para hacerlo, que tenía el sueño sumamente ligero. Me aterré y pensé: este hombre perfecto, masculino y musculoso, se droga. Me decía a mí mismo que nadie podía estar tanto tiempo sin dormir, que algo tenía que estar pasando que yo no estaba viendo. Al mismo tiempo, pasaban cosas extrañas. Yo tenía que salir primero de su edificio y él salía detrás de mí, para que no nos vieran juntos. El motivo era que su estudio contable estaba en el mismo edificio donde él vivía y nadie sabía de este costado de su vida. Tenía miedo de que alguien nos viera, preguntara de más y su sexualidad fuera revelada. Era una persona hiperactiva que no paraba un segundo y no dormía y nunca me hacía una demostración de cariño en público”.
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Fue inevitable una conversación seria. Pablo decidió que tenían que hablar antes de continuar.
“Lo frené y le dije que algo no estaba bien, que algo le estaba pasando, que seguramente consumía drogas y que todo este teatro sobre su sexualidad y seguir en el armario, me estaba afectando. Fue entonces que me contó algo que no había hablado jamás con nadie hasta ese día porque era un tema que quería olvidar. Me reveló que tenía diagnóstico de bipolaridad. Para mí la bipolaridad era cuando una persona cambiaba de ánimo constantemente, sin razón aparente. No conocía la enfermedad en sí misma. Yo lo único que veía en Manuel era a alguien que vivía al ciento por ciento y sin freno. Aunque no me había pedido ayuda, sentí la necesidad de acompañarlo, de entenderlo, de ayudarlo. Mis amigos me decían que saliera ya de esa relación, que lo dejara. No pude, no me fui, me quedé. Y entonces, empezó lo peor”.
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Cuando la mente enferma
Los tiempos que siguieron no fueron nada fáciles para Pablo.
“Ese vivir a mil de Manuel lo llevaba a decirme que me quería pero, al mismo tiempo, a concretar citas con otras personas. ¡Estaba conmigo y estaba con otros! Me sentía involucrado con mis sentimientos y me costaba decirle que quería terminar con la relación. Además, me invadía una especie de culpa por querer dejarlo solo en esa situación. Empezamos con una dinámica sumamente tóxica: quería dejarlo, pero no podía hacerlo. Él me pedía que no me fuera y yo me quedaba. Pero él continuaba repitiendo sus conductas. En noviembre llegó mi cumpleaños y lo pasé horrible. Manuel parecía otra persona. Era alguien frío, oscuro. El hombre perfecto se había convertido en un ser imperfecto, triste y distante. Fue entonces que decidí irme de su casa, volver a mi vida anterior y dar por acabada el intento de relación de pareja. Cuando estaba en la terminal de ómnibus, por subirme al colectivo, me llamó llorando para pedirme perdón y para decirme que me amaba. Le dije que primero debía volver a mi casa, ordenar mi cabeza y que, después, podríamos hablar para ver qué nos pasaba y si él demostraba que podía cambiar. Después de eso, no respondió más a mis llamadas. Su teléfono estaba apagado, mis WhatsApp no le llegaban y yo no tenía manera de comunicarme con él. No conocía a ninguna persona de su entorno: ni a sus amigos, ni a sus compañeros de trabajo, ni a su familia, porque nadie podía saber que él era gay. Dos días después, por fin recibí un mensaje suyo diciéndome que había dormido todo ese tiempo, que había tomado pastillas y que se había desconectado del mundo. Asustadísimo y pensando lo peor, le pedí que no hiciera ninguna locura, que se comunicara con alguien que pudiera ayudarlo. Pero me respondió que solamente me necesitaba a mí. Me creí Superman y salí a su rescate. Viajé a Córdoba. Todavía tenía las llaves. Cuando me encontré con él, aquel hombre perfecto que yo había visto en la aplicación de citas, ya no estaba”.
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La otra persona
Lo que encontró Pablo era muy distinto a aquella fantasía de la aplicación de citas que lo había apasionado.

“Encontré a una persona que no podía levantarse de la cama. Que no tenía ganas de vivir, ni de salir, ni de ir a trabajar o al gimnasio. Era una situación límite. Le pedí, por favor, que habláramos con un psiquiatra y con alguien de su familia. Se negó a todo. Decidí llevármelo de viaje y fuimos a mi pueblo natal. Le presenté a mis primos y a mis papás en calidad de amigo que necesitaba despejar su mente. No sabía cómo lidiar con alguien en su condición y creí que mantenerlo activo era una solución. Sentía la enorme responsabilidad de ayudarlo”, narra Pablo, “El viaje fue ameno, pero no cambió el fondo de la cuestión. Manuel puso lo mejor de sí, pero no alcanzó. Pasamos las fiestas en la casa de mis padres y, cuando volvimos a Córdoba, caí con una severa gastroenteritis. Creo que todo fue producto del estrés en el que vivía. Los médicos dijeron que lo mejor era internarme para poder hidratarme bien, pero les pedí que no lo hicieran porque ¿quién iba a cuidar de Manuel? Volví a su casa y le di un ultimátum: buscás ayuda o me voy. Esta vez lo entendió. Fuimos a una Clínica Psiquiátrica cordobesa. Planteamos toda la situación a un psiquiatra quien habló y me sacó de muchas dudas. Uno: el diagnóstico de Manuel era trastorno afectivo bipolar. Dos: Necesitaba una medicación específica que él había decidido dejar de tomar antes de conocerme porque creía que estaba bien. Tres: Cuando yo lo conocí, Manuel estaba, clínicamente, en un pico maníaco. Después de ese pico venía el bajón y entraba en una depresión extrema.
Ahí entendí cosas que habían sido como un misterio: Manuel no se drogaba, estaba enfermo y en ese pico maníaco. Había dejado sus remedios y por eso vivía de esa manera que, al comienzo, me había parecido tan maravillosa. Ese ser perfecto que yo había imaginado no existía. Ahora, la persona que tenía frente a mí, era un completo desconocido. En ese momento me di cuenta de que nunca había estado con el verdadero Manuel”.
Esa epifanía implicó para Pablo tanto alivio como dolor. La pregunta al psiquiatra fue breve y clara:
“Doctor, ¿y ahora qué hacemos?”.
Sigue narrando: “El psiquiatra nos dijo que la única solución que había era que Manuel se internara en la institución por el tiempo que fuera necesario. Lo medicarían y lo tratarían para intentar sacarlo de la gran depresión. Para eso debían encontrar la dosis correcta de medicación que le permitiera volver a una vida normal. Pero el tema era que él era quien debía querer internarse. Era su decisión. Volvimos al departamento. Yo seguía con mi gastroenteritis y él igual de deprimido. Lo único que pude decirle otra vez de manera terminante fue: te internás o me voy. Le expliqué que mi vida también corría peligro porque me podría deshidratar por la gastroenteritis y que él no me iba a poder ayudar porque necesitaba más ayuda que yo”. Era pura cuestión de supervivencia. Pablo aplicó pura sabiduría casera y funcionó: Manuel decidió internarse y Pablo firmó como responsable cuando fue ingresado. “No lo estaba haciendo por mi pareja, porque yo ya no creía que algún día podríamos ser una pareja estable. Habían pasado demasiadas cosas. Lo hacía como un ser humano que ayuda a otro que está demasiado solo. Antes de irme de manera definitiva sentía la responsabilidad de colaborar y de hablar con su familia y con compañeros de trabajo para ponerlos al tanto de su dramática situación. No me parecía correcto que él desapareciera sin dejar rastros y se lo planteé. Aceptó”.
Internarse para volver a vivir
“Nos separamos en la Clínica un jueves, sabiendo que hasta el sábado de la próxima semana no me dejarían ir a visitarlo. Iba a estar en Etapa de Estabilización, que es cuando nadie puede ver a la persona ingresada. Cuando el enfermero lo llevó al pabellón, él me miró con cara de odio sin decir nada. Fue el peor momento de mi vida. Volví a su departamento y fui directamente al baño. Estuve vomitando durante quince minutos. La angustia y la tristeza salieron eyectadas de mi cuerpo y me dejaron vacío. Era una absoluta sensación de nada. Estuve dos días en cama, sin moverme, sin poder comer, intentando recuperarme. Mi angustia también radicaba en el hecho de que iba a pasar más de una semana sin tener noticias de Manuel, sin poder verlo. Todo eso viviendo en su casa solo, un sitio que no era mío. En ese momento decidí tomar el teléfono de Manuel y empezar a escribirles a sus compañeros de trabajo y a su familia. Yo era un total desconocido que les iba a informar qué pasaba con él. No podía decirles: “Hola, soy la pareja de Manuel, él está pasando por esto y por aquello”. No me parecía correcto sacarlo del clóset en su ausencia y por la fuerza. Cada uno tiene sus tiempos y sus formas para hacerlo y tenía que ser él quien lo decidiera, no yo. Me comuniqué con todos como pude, sin explicar demasiado sobre nosotros, y todos entendieron y aceptaron la situación. Su familia estaba al tanto de su bipolaridad, entonces no les pareció extraño, pero se mostraron muy preocupados por su evolución. Como vivían lejos, les prometí mantenerlos informados. Para todos ellos la gran incógnita empezó a ser ¿Quién es este tal Pablo?”

Cuando los médicos se comunicaron con Pablo para decirle que Manuel estaba mejor y que podía ir a verlo, saltó de alegría. Llegó antes de hora y vivió la fila de los familiares como si fuera una visita a una cárcel. Todos llevaban ropa, facturas, mate… Pablo no llevaba nada. No tenía idea del proceso en el que estaba. Cuando llegó el momento, el enfermero dijo su nombre y Manuel salió con dos remeras en las manos y lo abrazó. Lloraron juntos. Las remeras eran para que Pablo las lavara y se las volviera a llevar al psiquiátrico, limpias. Estuvieron tres horas conversando. Manuel todavía se veía apagado. Protestaba que no podía dormir porque no le daban sus pastillas de siempre. Después de la visita, Pablo fue directo a la casa de sus padres en las sierras. Se quedó con ellos. Necesitaba contención para salir de esa locura emocional.
Pensaba en qué hubiera pasado si no hubiera ido a la visita, si se hubiese desentendido de Manuel. ¿A quién le hubieran dado sus remeras? ¿La hubiera usado sucias? ¿Qué hubiese sentido Manuel esperando a nadie? La sensación que imaginó le partió el corazón en mil pedazos y lo hizo llorar como nunca lo había hecho antes. Estaba claro: la soledad de Manuel le pesaba, no podía dejarlo solo en ese estado. Decidió que iba a acompañarlo en todo el proceso, estaría en cada visita y le llevaría cosas ricas. Después se vería qué pasaba con ellos.
“Su familia me preguntaba por las novedades y querían saber quién era ese amigo que había aparecido de la nada y que se hacía cargo de Manuel. ¿Quién sos? ¿Qué hacés de tu vida? ¿De dónde conoces a Manuel? Hacía malabares para intentar explicar lo que no podía revelar. Era obvio que se daban cuenta de todo, pero yo quería que fuese Manuel quien se los dijera. El tiempo en la clínica pasó. Todos los miércoles y sábados teníamos nuestras horas en el parque, con mates y charlas sobre las sospechas de su familia. Nos reíamos bastante. Fui notando cómo su humor, su personalidad y sus ganas de vivir volvían a salir a flote. No era el mismo Manuel del primer día; era otro, pero más humano, con sentimientos verdaderos, sin querer ser perfecto”.

Por fin, el amor
Entre visitas, llamadas y silencios, la historia cambió de rumbo. Ya no se trataba de sostener una imagen perfecta, se trataba de conocerse como personas de carne y hueso.
Reconoce Pablo: “Y me enamoré de este nuevo Manuel, del verdadero Manuel, del que estaba viendo emerger de sus cenizas. A él le pasó lo mismo. Lo mejor de todo fue que él empezó a ser él por primera vez en toda su vida. Reconoció que yo era la persona que él amaba, otro hombre, y que no estaba mal. Se empezó a reconocer como persona gay. Empezó aceptarlo”.
Después de un mes y medio internado en la clínica psiquiátrica, Manuel se había recuperado. Era otro ser humano. Empezaron las salidas transitorias. Primero un día, después dos, y así, poco a poco, pudo volver a dormir en su casa. El alta llegó con la medicación correcta para tomar el resto de su vida.
“Llevé a una persona muerta y me devolvieron una persona viva y con ganas. Llevé a un desconocido y me devolvieron al amor de mi vida”, resume Pablo emocionado, “Me enamoré perdidamente de ese ser imperfecto. Llegó el momento de hablar y de preguntarnos cómo seguiría todo. Me propuso mudarme a Córdoba ya que yo tenía un trabajo flexible. Acepté. Con su familia no hubo mucho más que hablar. Unas semanas después me llevó a la casa familiar, en su pueblo, y cuando llegué sus sobrinos vinieron a abrazarme y me dijeron:¡Hola, tío!”.
Para Manuel era su primera relación homosexual estable. Hoy hace ya diez años que están juntos y están legalmente casados desde febrero de 2023.
Pablo remata su historia con ilusión y dando, quizá sin saberlo, un mensaje profundo: “ Manuel nunca volvió a tener otro episodio y tiene una vida absolutamente normal gracias a la medicación que toma todos los días. De lo malo, siempre puede surgir lo mejor. Ahora somos una gran familia, su familia, mi familia, nuestra familia. La salud mental es algo que nos atraviesa a todos. La salida no era irse de ahí, de esa situación, sino hacer lo correcto y ayudar. Cuando hay acompañamiento y amor del bueno, ese ahí puede ser el lugar donde encuentres lo que buscás. Nadie es perfecto, lo perfecto no existe. Lo imperfecto, muchas veces, nos hace perfectos”.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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