
La física de los romances de Hollywood dice que estos suelen ser enceguecedores hasta hacer perder la razón, que están bañados por luces estelares, que resultan audaces, breves y, la mayoría de las veces, coexisten en maridaje perfecto con la clandestinidad. Esas pasiones intensas inundan medios, hacen hablar en redes y siempre dan rating. Alimentan morbos y fantasías de una vida adrenalínica que parece merecer ser vivida. Cada tanto, sin embargo, aparece alguna historia que anda a contramano de lo dicho antes y que contradice los prejuicios sobre los que solemos fundar las teorías generales sobre el amor.
Por lo mencionado, este romance resulta un caso particular. Gregory Peck y Véronique Passani se conocieron durante una entrevista: una joven periodista entrevistando a una consagrada estrella del cine.
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En el día y a la hora señaladas como la cita profesional, comenzaría una bellísima historia de amor que superaría los prejuicios, las miradas desaprobadoras y duraría para siempre. Bah, siempre nunca es siempre porque tiene fecha de vencimiento: duró hasta la muerte que, inevitable y predecible, llegó para arruinarlo todo.

Antes del amor
Gregory Peck nació el 5 de abril de 1916 en La Jolla, California, y su infancia estuvo lejísimos de ser idílica. Sus padres se separaron cuando él era muy chico y pasó buena parte de su niñez de hijo único viviendo con su abuela que solía llevarlo al cine y, luego, terminó en un internado. Eso lo convirtió en un hombre reservado, disciplinado y excesivamente comprometido. No había en su vida espacio para la irresponsabilidad.
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Terminado el colegio comenzó a estudiar en la Universidad de California, en Berkeley, con la idea de hacer medicina, pero enseguida se dio cuenta de que ser médico no era su vocación. Quería ser actor. Decidió mudarse a Nueva York con el poco dinero que había logrado ahorrar. Sin contactos con el mundo del cine y el teatro, al llegar trabajó como acomodador en espectáculos, guía en Radio City y modeló para catálogos. Alguna noche le tocó dormir a la intemperie, en el mítico Central Park.
Intentando abrirse camino en un mundo desconocido se presentó a una audición y fue entonces que consiguió su primer logro: una beca para estudiar en la prestigiosa institución Neighborhood Playhouse. Comenzó así a conocer gente y consiguió sus primeros trabajos pequeños. En 1941 consiguió su primer papel interesante y, al año siguiente, llegó a Broadway con The Morning Star. La obra no duró mucho en escena, pero él cosechó buenas críticas. Había conseguido que algunos mandamases del teatro lo observaran. Para 1945 ya se había convertido en uno de esos actores que dan que hablar y en 1946 fue nominado para el Oscar como mejor actor por Las llaves del reino. Era su primera nominación y su segunda película. Llegarían cuatro nominaciones más. Recién en la última oportunidad, con la película Matar a un ruiseñor, logró llevarse el trofeo. Para entonces corría el año 1963 y ya hacía una década que conocía a Véronique.
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Por su lado, Véronique Passani nació en París, el 5 de febrero de 1932. Inteligente y curiosa, era parte de una familia muy culta, de clase media alta. Su padre Antoine era arquitecto, su madre una artista plástica y escritora de origen ruso y tenía un hermano menor llamado Cornelius. Véronique comenzó a trabajar desde muy joven como periodista de espectáculos y cultura. Cuando conoció a Gregory, sus padres ya estaban divorciados y ella tenía 21 años.
Corría el año 1953 cuando el diario France Soir le encomendó entrevistar al actor norteamericano Gregory Peck que andaba de gira por Francia, en el marco del Festival de Cannes y mientras rodaba una película en Italia.
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La entrevista que les cambió la vida
Ese reportaje terminaría cambiando el destino de ambos. Gregory Peck estaba en Europa grabando la película Vacaciones en Roma cuando el estudio que la producía Paramount Pictures le pidió que diera la entrevista con el medio France Soir quien envió a la joven periodista francesa. El rompecabezas del destino estaba orquestado y las piezas iban encajando.
Véronique pretendía realizar un reportaje íntimo. Quería saber más de la persona que del actor famoso y sus conquistas sobre las tablas. Fue por esto que hablaron de los valores en la vida, de los miedos y angustias con una sinceridad brutal.
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Véronique esperaba encontrarse con una estrella distante, pero descubrió a un hombre cálido, educado y atento. Gregory, por su parte, quedó fascinado por la inteligencia, la elegancia y la sencillez de aquella joven profunda. Quedó agradablemente conmovido.
Él era un actor de 37 años admirado y talentoso que hacía soñar a las mujeres del planeta; ella, una periodista sin demasiada experiencia que se animó a hablar de una manera que otras profesionales no lo habían hecho. Terminada la entrevista fueron a un café donde siguieron conversando. Se gustaron intelectualmente, pero no hubo nada más. Ningún intento de conquista, solo comunicación fluida. Hay un dato no confirmado de que Véronique habría viajado a Roma para volver a entrevistarlo durante la filmación. Pero lo cierto y probado es que seis meses más tarde, Gregory volvió a París. No había podido olvidar a Véronique. Decidió que quería volver a verla. La única manera que tenía de ubicarla era llamar al diario France Soir. Lo hizo y preguntó por ella. En el periódico llamaron a Véronique por altoparlantes. Ella no podía creer que le dijeran que Gregory Peck estaba al teléfono. Así era en aquella época donde muchos amores podrían frustrarse por detalles menores que no vienen al caso. Pero no, Véronique escuchó que la buscaban y fue a atender. Gregory la invitó a almorzar. Ella le dijo que no podía, tenía una entrevista con Albert Schweitzer, el médico, teólogo protestante y organista de fama mundial, con un Premio Nobel de la Paz en su haber por su labor humanitaria. Su entrevistado era una de las personas más admiradas del mundo y el reportaje era nada menos que en el departamento de Jean-Paul Sartre, otra gran figura del mundo intelectual. No podía ser. Gregory insistió. Ella lo pensó. Pusieron una hora posible para un almuerzo tardío. Quedaron en encontrarse en el restaurante Fouquet ‘s. Fue a su entrevista con puntualidad, pero Schweitzer se demoró con otros temas. Los nervios aumentaban. A las 15.30 todavía no la había atendido. Véronique tomó una decisión. No seguiría esperando y anunció que debía irse. Había elegido su destino: iba a encontrarse con Gregory Peck. Plantó al Premio Nobel y fue a la cita con el que resultaría el amor de su vida.
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Esa tarde enseguida supieron que había magia, pero no era sencillo. Él, aunque estaba en crisis con su mujer Greta Kukkonen -con quien tenía tres hijos: Jonathan,9, Stephen,7, y Carey Paul,4, en ese momento-, todavía seguía casado.
Se cree que en esta oportunidad comenzó el romance. Aunque ellos se empeñaron en que nunca fuera aclarado. No quisieron alimentar el morbo de la prensa.
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Luego de este encuentro, cada uno siguió con su vida como pudo, pero siguieron en contacto por carta y con llamadas. A pesar de la diferencia de edad, 16 años, y de vivir en países lejanos, Gregory tenía el corazón decidido.

Ya para el año 1955 la relación de pareja de Gregory y Greta, que trabajaba como peluquera y maquilladora de cine, venía muy deteriorada. A Gregory se le habían atribuido algunos coqueteos previos a Véronique con Ingrid Bergman y hubo algún que otro rumor sobre su relaciones con Audrey Hepburn y Ava Gardner. Lo cierto es que iniciaron los trámites y el divorcio se terminó concretando el 30 de diciembre de 1955.
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Un día después, el 31 de diciembre, Gregory y Véronique se casaron por civil, en California, Estados Unidos en una discretísima ceremonia.
Nuevo comienzo
La gran diferencia de edad generó todo tipo de comentarios maliciosos. Ellos hicieron oídos sordos y empezaron la construcción de su nueva familia ensamblada en Los Ángeles, Estados Unidos.
Con Véronique tuvo dos hijos más: Anthony y Cecilia.
Ella asumió el papel que le tocaba con un marido con cinco hijos y ultra famoso y requerido. Jamás buscó protagonismo y escogió mantenerse en un segundo plano, acompañando a su marido y dedicándose a su familia. Carismática, pragmática y encantadora Véronique se convirtió en una compañera inseparable de Gregory. Véronique no solo lo acompañaba, también lo ayudaba a preparar los diálogos de sus papeles y se ocupaba de conseguirle hoteles o casas para alojarse durante las filmaciones que le dieran una sensación de hogar protector. Gregory la llamaba: “mi alma gemela”. Valoraba tanto la opinión de Véronique que, cada vez que le decían que le iban a mandar un guión, él pedía dos. De esa manera los dos leían al mismo tiempo y comentaban el proyecto.
Sus amigos descubrieron a una pareja cómplice, con un profundo sentido de respeto y que se amaba profundamente. Jane Fonda, que los conoció de cerca, dijo que eran, sencillamente, la “pareja perfecta”.

En los momentos de vacaciones la familia se instalaba en Cap Ferrat, Francia, donde tenían su refugio favorito mirando el Mediterráneo.
De los cinco hijos de Gregory, el mayor, Jonathan, era el más cercano a su padre. Resultó un chico destacado en el colegio que luego se convirtió en periodista y en corresponsal de televisión. En 1975, Jonathan, con 31 años, apareció muerto en su departamento de Los Ángeles. Se había quitado la vida con un certero disparo en la sien.
Su padre estaba en Francia y el golpe fue devastador. El joven estaba atravesando una ruptura sentimental con una joven divorciada con dos hijos, se encontraba sumamente estresado por la cantidad de trabajo y padecía arteriosclerosis. Quizá haya sido esa combinación de factores la razón de su terrible decisión. Eso pensó Gregory, quien dijo públicamente: “Es lo más terrible que me ha sucedido en mi vida. Jamás superás algo así. Creo que si yo hubiera estado en Los Ángeles, no se habría suicidado”. Sus palabras dejaron entrever una fea sensación de culpa. Por un tiempo, Gregory se alejó del mundo del cine. Véronique lo sostuvo como pudo y se volvieron más unidos que nunca.

Stephen, el segundo hijo de Peck, fue marine y combatió en Vietnam y terminó dedicando su vida a los veteranos de guerra sin hogar; Carey Paul se volcó a la política y a la educación pública; Anthony, el mayor de los dos hijos que tuvo con Véronique, fue actor, cantante y productor de cine mientras que la única mujer, Cecilia, se convirtió en actriz y directora de documentales. Sus hijos le dieron a Gregory un total de siete nietos.
Cuando le preguntaron a Véronique cuál era el secreto de un matrimonio tan duradero, respondió que la clave era saber escuchar al otro, respetar sus espacios y conservar el sentido del humor. Gregory, por su lado, declaró que admiraba profundamente la inteligencia y la serenidad de su esposa. La admiración es, sin dudas, la cara más valiosa del amor.
El último trecho
En 1999 se editó un documental íntimo sobre el actor que se tituló Una conversación con Gregory Peck. Fue realizado por Barbara Kopple con la participación de la hija de Peck, Cecilia. Incluyó conversaciones familiares y entrevistas con Véronique. Resultó una fuente perfecta e interesante sobre sus vidas. Allí se lo ve con 83 años, en la intimidad de su casa con su mujer. Dos personas corrientes, que después de 44 años de estar en pareja, siguen moviéndose al mismo ritmo. Como en una danza ininterrumpida de huesos y química.

Cecilia observó luego que ellos eran la prueba de que “dos personas juntas pueden ser mucho más fuertes que una sola”.
Gregory Peck murió por una bronconeumonía el 12 de junio de 2003, a los 87 años, en su casa de Los Ángeles. Pasó de un universo al otro durmiendo, de la mano con Véronique, que no se le despegaba ni por un instante. Habían compartido casi 48 años de matrimonio.
Véronique vivió menos que Gregory. Murió nueve años después, el 17 de agosto de 2012, a los 80, por insuficiencia cardíaca. Tenía el corazón lastimado por su ausencia.
Gregory Peck y Véronique Passani empezaron a conversar por trabajo y esa charla amorosa se mantuvo, sin intervalos, por el resto de sus vidas.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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