
Corría el otoño de 1965 cuando Karen Wilson Buterbaugh, de 16 años, se quedó embarazada de su novio. Aterrorizada, escondió su cuerpo bajo un suéter más grande durante cinco meses. Cuando ya no pudo ocultar el embarazado, finalmente tuvo que contárselo a sus padres.
La enviaron a una casa de maternidad sin decirle a dónde iba.
Janet Mason Ellerby, que creció en California, también tenía 16 años en 1965 y era tan ingenua que no se dio cuenta de que había tenido relaciones sexuales con su novio. Tres meses después, su madre descubrió que Ellerby estaba embarazada.
"Ella empacó toda mi ropa y me puso en un avión a Ohio", relataba Ellerby.
Buterbaugh y Ellerby son dos de las cerca de 1.5 millones de madres solteras en Estados Unidos que se vieron obligadas a tener a sus bebés y darlos en adopción durante dos décadas, antes de que Roe v. Wade legalizara el aborto en 1973, según el libro de Anne Fessler, Las chicas que se fueron. Las adolescentes, en su mayoría de raza blanca y de clase media, fueron sistemáticamente avergonzadas, escondidas en casas de maternidad y luego obligadas a entregar a sus hijos a agencias de adopción sin ser informadas de sus derechos legales.
Buterbaugh, que vivía en Annandale (Virginia), permaneció en la Florence Crittenton Home de Washington durante casi tres meses. Dijo que esa casa era una prisión "llena de vergüenza" donde se leía y censuraba el correo, no se permitían visitas y los trabajadores sociales practicaban el "control mental" para que las adolescentes entregaran a sus bebés a otras parejas.
Los padres de Buterbaugh y Ellerby estaban avergonzados por los embarazos de sus hijas, una reacción común en la mayoría de las familias del momento.
Buterbaugh dijo que enviar a una hija embarazada a un hogar de maternidad "era una forma en que los padres podían ocultar su vergüenza".
Pero las casas de maternidad no se crearon originalmente para ocultar a adolescentes embarazadas de vecinos curiosos y comunidades juiciosas.
El 1883, el hombre de negocios de Nueva York, Charles Crittenton, fundó la Misión Florence Crittenton, para ayudar a las mujeres necesitadas.
Las casas originalmente daban servicio a prostitutas y mujeres solteras embarazadas a quienes la organización se proponía ayudar a través del Evangelio. Los primeros líderes de la misión creían que mantener a las madres y los bebés juntos ayudaba a lograr ese objetivo.
En las décadas de 1930 y 1940, a medida que más mujeres jóvenes quedaban embarazadas fuera del matrimonio, las trabajadoras sociales comenzaron a clasificarlas como "neuróticas" en lugar de "mujeres acabadas" o "moralmente en bancarrota", según el propio libro de Fessler. En la década de los cincuenta, los profesionales afirmaron que el problema de las madres solteras era psicológico, que las hacía inadecuadas para criar a sus hijos.
Para la década de los cincuenta, la Asociación de América de Florence Crittenton, el Ejército de Salvación, Caridades Católicas y otras organizaciones operaban más de 200 hogares de maternidad en 44 estados. En total, las casas albergaban a unas 25.000 mujeres jóvenes al año (y rechazaron a miles más), según Las chicas que se fueron.
Las mujeres jóvenes que se quedaron en las casas explicaban que estaban envueltas de mucho secretismo. En algunos hogares, las llamadas telefónicas y los visitantes estaban restringidos a una lista limitada. Las mujeres tenían nombres falsos, incluso entre las que vivían allí.
"El fundamento era que, si las otras chicas sabían tu nombre, podrían decirle a otras personas sobre tu embarazo", comentó Buterbaugh, autora de La era de las primicias: madres solteras, adopción infantil y rendición forzada.
Cuando las mujeres hacían salidas en grupo, debían ponerse una banda para ocultar la barriga. También tenían que lidiar con aquellas personas que se quedaban mirando fijamente el estómago y que, incluso, actuaban violentamente.
En Las chicas que se fueron, una mujer llamada Pam dijo que se quedó en una casa de Florence Crittenton de Los Ángeles en la década de los sesenta. "Cuando salíamos de la casa para ir a algún lugar, los hijos del vecino nos tiraban cosas, frutas podridas, huevos…".
Para justificar que estaban lejos, Ellerby y Buterbaugh se inventaban historias que nada tenían que ver con los hogares de maternidad.
Ellerby contó a sus amigos que se iba a visitar a su tía en Ohio durante todo el año escolar. Incluso llegó a enviar postales y cartas a sus seres queridos explicando una vida imaginaria en su nueva escuela secundaria.
La madre de Buterbaugh compró una gorra y un vestido con los colores de su escuela secundaria, y obligó a la joven a posar para las fotos para aparentar que se estaba graduando. Tuvo que ponerse de frente a la cámara para que nadie pudiera ver su perfil de embarazada.
Una vez que ingresaban en las casas de maternidad (normalmente en el séptimo mes), las mujeres debían reunirse con los trabajadores sociales para discutir sobre las opciones para sus bebés. Pero los trabajadores sociales siempre presionaban por una sola opción: entregar a los bebés en adopción.
"A todas nos dijeron que nuestros hijos serían considerados bastardos en el patio del recreo, y eso sería algo terrible para un niño", comenta Ellerby, que se quedó en una casa de Florence Crittenton en Akron (Ohio).
"El personal y los trabajadores sociales no dejaban de decirme que no podría mantener a mi hijo", explicaba Buterbaugh al respecto sobre su experiencia. "Todo lo que escuché fue que no era digna, que no era lo suficientemente responsable, que no podía costearlo. En lugar de ayudarte a mantener al bebé, era todo lo contrario", manifestaba.
"La mayoría de la gente cree que voluntariamente abandonamos a nuestros bebés, y esa es una leyenda urbana que suelen contar a los niños adoptados", agregó. "Solo nos dieron una opción: entregar al bebé. Era como tener un arma en la cabeza".
Bajo la coerción de los trabajadores sociales y, a veces, también de los tribunales, más del 80 por ciento de las chicas que ingresaron en hogares de maternidad acabaron entregando a sus bebés en adopción a lo largo de la década de los sesenta.
El libro Las chicas que se fueron pone de manifiesto que la red de hogares de maternidad sirvió principalmente a una cliente de raza blanca durante las décadas anteriores a la ley de Row v. Wade.
Las niñas afroamericanas solteras y embarazadas tuvieron una experiencia diferente. La mayoría de las casas de maternidad estaban segregadas y había menos opciones disponibles para las mujeres afroamericanas.
"Se suponía que las mujeres afroamericanas debían mantener a sus hijos y vivir junto a sus padres", escribe Rickie Solinger en Wake Up Little Susie: Single Pregnancy and Race Before Roe v. Wade.
"Los trabajadores sociales nos inculcaron la idea de que estábamos suministrando bebés blancos para los blancos", añadió Buterbaugh. "En aquel entonces, nadie quería bebés de color para su adopción. Los bebés blancos eran un artículo valioso".
Cuando una joven entraba en trabajos de parto, la dejaban en un hospital, donde solía estar sola, a menudo atada a una cama de hospital. Tras el nacimiento, a algunas se les permitía pasar tiempo con sus bebés, mientras que a otras nunca pudieron sostener o alimentar a sus recién nacidos.
Después de años de síndrome de estrés postraumático, baja autoestima y relaciones fallidas, Ellerby salió a buscar a su hija. Más de 30 años después de dejarla en adopción, Ellerby la encontró. Ahora tienen una relación cercana, pero eso no pudo compensar la angustia de Ellerby cuando se vio obligada a renunciar a su hija.
La odisea de Buterbaugh no terminó tan bien. En 2001, su hija biológica la contactó, años después de que la mujer la buscara sin cesar. Pero su hija solo quería información de salud, no una relación. Trágicamente, en 2007 su hija murió de esclerosis lateral amiotrófica, también conocida como la enfermedad de Lou Gehrig.
"Perdí a mi hija tres veces", afirmó Buterbaugh.
Los años anteriores a Roe v. Wade "fue un momento realmente trágico", apuntó. "Nunca dejé de llorar la pérdida de mi hija".
"Nunca hubo un adulto que me dijera que tenía derecho a quedarme con mi hija. Siempre estuve traumatizada por haber sido obligada a regalar a mi bebé", lamentaba.
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