En el continente más desigual del planeta hay quienes habitan en reductos de miseria que a veces no existen ni en los mapas. Una selección de 10 de estas historias fueron dadas a conocer en el Foro Urbano Mundial 2018.

En Latinoamérica cada vez más personas viven en asentamientos informales. Es decir, en espacios no reconocidos por la ley y sin acceso mínimo a servicios públicos. Durante los 90s el porcentaje de habitantes en esta condición ascendía a 16 por ciento. Hoy esta cifra casi se ha triplicado y ronda el 36 por ciento, según el informe RED 2017, del Banco de Desarrollo de América Latina.

Desde 2002, este tema ha sido motivo de discusión en el Foro Urbano Mundial (WUF)—convocado por las Naciones Unidas—, en el que cada dos años se discute el impacto de los asentamientos humanos y su rápido crecimiento en diversos ámbitos alrededor del mundo.

Este 2018 el Foro tuvo su sede en Malasia, hasta donde miembros de la ONG TECHO llevaron una selección de diez historias que retratan lo inhumano de vivir en asentamientos irregulares de Latinoamérica.

1. Argentina: Hacer camino al andar

Todas las imágenes son cortesía de TECHO.
Todas las imágenes son cortesía de TECHO.

En Villa La Esperanza, Buenos Aires, cada que llovía era imposible caminar por la demarcación. El piso se convertía en lodo y, a pesar de la emergencia constante, el gobierno siempre brilló por su ausencia.

La comunidad tuvo que organizarse para construir con sus propias manos veredas que facilitaran el tránsito por el asentamiento en los días de lluvia. Ellos se encargaron de definir la iniciativa, recaudar los fondos necesarios así como incentivar la participación del vecindario para la ejecución.

Ahora, cada que llueve, por lo menos tienen vías más decentes por los cuales caminar.

De acuerdo con un estudio publicado por TECHO, uno de cada diez argentinos y argentinas vive en los denominados asentamientos informales; a su vez, en siete de cada diez los vecinos se organizan para mejorar la calidad de vida en la comunidad.

2. Colombia: El pasado común del conflicto

Brisas de la Arenera se ubica en el corazón de la comuna 4 de Soacha —el segundo municipio más poblado del departamento de Cundinamarca, después de Bogotá—. Es una comunidad conformada por tres sectores, en donde residen 300 familias.

El origen de los habitantes de Brisas de la Arenera es diverso, como suele ocurrir en todo Colombia. No obstante, a pesar de las diversas extracciones étnicas de sus habitantes, más del 50 por ciento de la comunidad tiene un pasado común: el desplazamiento por causa del conflicto interno colombiano.

Tras los años más crudos de paramilitarismo en el país (entre los 70s y 90s), las primeras familias llegaron a asentarse a este territorio, que fuera antes un enorme banco de cantera de arena.

Viven en casas diminutas construidas con láminas, al margen de la ley y en condiciones que a simple vista resultan precarias.

3. Ecuador: Sin acceso regular al agua potable

Los vecinos y vecinas del asentamiento popular 5 de Junio, ubicado en la división administrativa de Durán, perteneciente al distrito de Guayas, viven sin alcantarillado ni agua potable.

Para poder hacerse de algunos litros de este vital líquido, la única alternativa que tienen es abastecerse a través de los camiones cisterna, o tanqueros, que pasan cada tres días por las áridas calles de terracería de la comunidad.

El asentamiento 5 de Junio se formó entre fines de los 90s e inicios del 2000, y luego de mucho tiempo de solicitar ayuda lograron algo.

A través de gestiones con las autoridades municipales la comunidad ha podido, por lo menos, regularizar la tenencia del suelo. El asunto del agua sigue pendiente, pero poco a poco sus pequeñas victorias barriales van mejorando el entorno.

4. Guatemala: La lucha por dejar de vivir "donde las ratas"

La comunidad del asentamiento Manuel Colom Argueta, en la zona 3 de la Ciudad de Guatemala, trabaja todos los días en la pavimentación de sus calles. Los pobladores han aprendido a mezclar cemento, abrir caminos y encarpetarlos de forma autodidacta, o ayudándose entre ellos.

En la Ciudad de Guatemala el sitio tiene mala fama. Como el asentamiento queda al lado de uno de los basureros más grandes de la capital del país, suelen referirse a él como el lugar "de las ratas".

A pesar de la clara organización que hay en la comunidad, los pobladores se quejan de la percepción que otros tienen de ellos.

"Nuestra comunidad se llamaba asentamiento, así lo denominamos desde el principio, pero cuando nuestros hijos van a buscar trabajo, a pesar de que son universitarios les dicen 'ah, es que ustedes viven donde las ratas', y no les dan trabajo", dice unos de los testimonios que levantó TECHO en el informe Censo de Asentamientos Informales, publicado en 2016.

5. Honduras: Vivir a la sombra

Para los vecinos de la Comunidad El Divino Paraíso, en Tegucigalpa, la capital de Honduras, la energía eléctrica es un gran lujo. En comparación a otras zonas de la ciudad, que incluso acceden a la luz de forma intermitente, tienen un acceso sumamente restringido.

A finales de junio del 2017, el propio presidente, Juan Orlando Hernández, anunció que se instalaría un transformador móvil de 25 megavatios para solventar la problemática de interrupciones en energía eléctrica en las colonias del norte de Tegucigalpa.

Aunque el dispositivo ya está en funcionamiento, los cortes de luz continúan. Ya por mantenimiento al transformador, ya por disposición oficial o simplemente porque ya es costumbre. La energía eléctrica en este asentamiento llega sin aviso, y muchas veces se va de la misma forma.

Del informe que consolida los diferentes estudios de la organización TECHO en asentamientos populares de Latinoamérica (Costa Rica, Nicaragua, Colombia, Argentina, Chile y Paraguay), se desprende que uno de cada tres asentamientos no cuenta con el acceso a la conexión formal y segura a la electricidad.

6. México: Fuera del mapa

Las Vías es una comunidad mexicana que existe desde 2007, pero que no figura en los "mapas oficiales". Está ubicada en la colonia Anáhuac de la Ciudad de México y cuenta con cerca de 12 familias, que viven dentro de viejos vagones de tren. De ahí el nombre del asentamiento.

La comunidad se conforma por unas 90 personas —con un ingreso promedio mensual de 96 dólares— que no están provistas de servicios públicos por parte del Estado Mexicano de forma oficial, y quienes constantemente reciben presión por parte de inmobiliarias para que vendan o desocupen el predio.

De los vecinos de Las Vías sólo el 38 por ciento cursó la primaria, 24 por ciento hasta secundaria, 22 por ciento ningún nivel y el 5, hasta la preparatoria.

Ellos han ocupado el sitio por más de tres de generaciones. Y no está entre sus planes cercanos moverse.

7. Nicaragua: Zona de riesgo

La comunidad Aracely Pérez, del departamento de León, en Nicaragua, está siempre al borde de la inundación. Esto, literalmente, pues se encuentra a la orilla de un cauce de río. Cada que comienza la temporada de lluvias la zona se anega por completo.

En este asentamiento informal se vive también de forma precaria. Las viviendas están construidas mayoritariamente con zinc y madera, lo que dispara aún más el riesgo que corren sus habitantes. Los deslizamientos de tierra reblandecida, así como cortes de luz y agua son parte de la vida cotidiana de la zona.

El mismo escenario se repite una y otra vez todos los años, incluso cobrándose vidas humanas, sin que las autoridades le den solución al grave problema del asentamiento en zonas de alto riesgo.

El informe que realizó TECHO en 2015 sobre los asentamientos populares en las zonas del pacífico de Nicaragua, reveló que 9 de cada 10 comunidades están ubicadas dentro o cerca de una zona de peligro latente por inundaciones.

8. Panamá: El único camino

Este es el único camino que conecta a la comunidad panameña Castilla de Oro, Arraiján, con el mundo. En el asentamiento viven alrededor de 40 familias que, aunque están a la orilla del mar, irónicamente no tienen acceso directo al agua potable.

La carencia del líquido para uso humano ha llevado a los vecinos a abarrotar la única vía de acceso a Castilla de Oro con toneles azules vacíos. El agua dulce llega en camiones cisterna que rellenan los recipientes. Pero esto ocurre cada dos semanas. O tres.

En sus comunicaciones oficiales (a las que difícilmente tienen acceso los vecinos del asentamiento costero), el Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (IDAAN) casi siempre atribuye la falta de agua a labores de mantenimiento en el canal de Panamá.

Mientras la dependencia oficial se encarga de repetir una y otra vez en sus boletines de prensa: "Les recordamos que para sus reportes tenemos a la disposición la línea 311 Centro de Atención Ciudadana", en estas zonas de Arraiján apenas hay forma de llamar por teléfono. Y sigue sin haber agua.

9. Paraguay:. Alta tensión

En la ciudad de Capiatá, en el departamento Central de Paraguay, se encuentra el asentamiento popular El Progreso. Al igual que el 16 por ciento de los asentamientos que hay en esa zona, la comunidad está ubicada en el mismo sitio que las líneas de alta tensión. Es decir: se encuentra expuesta al peligro de descargas eléctricas o el tránsito de corriente (irradiación de corriente eléctrica) todo el tiempo.

El estudio de TECHO que fue publicado en 2016 identificó un total de 405 asentamientos populares irregulares en diez ciudades de Gran Asunción. El 84,9 por ciento de dichas comunidades encuestadas afirmaron contar con una comisión vecinal para desarrollar iniciativas que mejoren la calidad de vida del lugar.

Pero la problemática persiste de fondo.

10. Uruguay: Organizarse para sobrevivir

 

Tras organizarse y reunir los fondos puerta por puerta de cada vecino, durante dos años, en 2012 la comunidad de 7 de Diciembre, en el barrio Sayago de Montevideo, pudo comprar el terreno donde habita.

A partir de ese logro, los líderes y lideresas comunitarios se propusieron trabajar en el acceso seguro a los servicios básicos a los que no accedían: agua, luz y saneamiento —salubridad ambiental—.

Luego de años de solicitudes de apoyo, pudieron inaugurar su conexión a la red de saneamiento municipal. Esto, sólo después de reunir bajo la misma causa vecinal a la sociedad civil, así como al sector privado y público.

Tras haber ganado poco a poco estas batallas, proyectan la construcción de un salón comunal para contar con un espacio de encuentro y trabajo para todo el vecindario.