Quiere ser uno con la naturaleza, pero no puede dejar Instagram

Reportajes Especiales - Lifestyle

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Unos 80 neoyorquinos se reunieron en Prospect Park, Brooklyn, para ver a un hombre demacrado y descalzo abrazar un roble durante una caminata de recolección de alimentos silvestres.

"Este árbol produce millones de calorías en alimento", dijo Robin Greenfield, un influente de las redes sociales conocido por sus extravagantes y arriesgadas acciones para reducir el desperdicio de alimentos.

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La apuesta de Greenfield este año consistía en sobrevivir únicamente con alimentos que encontrara en la naturaleza. No recurriría a supermercados, productos de huerta, productos de granja, ingredientes básicos de cocina como la mantequilla o el aceite de oliva, ni a alimentos recolectados que otros pudieran compartir con él. La reunión de Brooklyn, a fines de julio, era el día número 292.

Reducido a una figura enjuta, escaso de carbohidratos y grasas, Greenfield tenía las calorías metidas en la cabeza. Había agotado todo su arroz silvestre y le quedaban 1,9 litros de aceite de nogal americano y unos 1,8 kilos (7000 calorías) de harina de bellota.

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También tenía problemas de energía y le costaba socializar. Después de una entrevista de tres horas conmigo en Prospect Park, se internó tambaleándose en una arboleda, agotado de hablar. Ya había tenido suficiente de la fachada amigable ante los medios.

Antes era el modelo del capitalista por excelencia, decidido a convertirse en millonario antes de cumplir 30 años. Pero hace más de una década, Greenfield se reinventó como un especialista en hazañas ambientales, escarbando en contenedores de basura y llenando bolsas de desechos para sujetarlas a su cuerpo a fin de crear conciencia sobre nuestro planeta devastado.

"La comida es la principal forma en que estamos impactando la tierra", dijo Greenfield, un hombre de 40 años que tiene el aire de un Mr. Rogers milénial (si Mr. Rogers hubiera tenido el acento pausado de un surfista de California).

Al principio, conservó su apartamento y algunas mudas de ropa. Pero poco a poco, de forma metódica, Greenfield adoptó el ascetismo y se dedicó a él a tiempo completo. Se deshizo de sus posesiones, así como de sus vínculos con el gobierno y la sociedad comercial.

No tiene teléfono, auto, licencia de conducir, pasaporte, seguro médico, propiedades, cuentas bancarias ni tarjetas de crédito. Usa ropa biodegradable y hace más de una década que no paga impuestos ni toma medicamentos. Vive por debajo del umbral de la pobreza y dijo que no tiene vínculos románticos ni sexuales. Se cepilla los dientes con una ramita.

Y lleva sus heces en un balde, porque se niega a depender del sistema de inodoros con descarga de agua, que considera destructivo e ineficaz (los inodoros de compostaje pueden ser difíciles de encontrar en la carretera). Esa tarde en Brooklyn llevaba el balde consigo.

"Bueno, esto es demasiado", murmuró una mujer entre la multitud.

Las redes sociales son el único vicio que le queda. Son tanto el megáfono de sus mensajes a favor del planeta como su talón de Aquiles. Después de todo, es difícil ser un purista o un incondicional anticorporativo cuando se están contando los "me gusta".

Todavía tiene una computadora portátil y una cámara digital, necesarias para su labor de documentación y comunicación. Él y quienes se ofrecen como voluntarios graban sus videos, que luego edita el personal de una organización sin fines de lucro que fundó. No gana dinero con sus cuentas en las redes sociales, dijo.

Ya no viaja en avión. Por eso, cuando viaja, se sube al auto de algún conocido o toma un autobús o un tren.

Determinar qué llevó a alguien que aspiraba a ser rico a convertirse en un aspirante a monje de la naturaleza es una tarea confusa. Según Greenfield y sus allegados, su transformación surgió de una combinación de su historia familiar, su compulsión personal y la forma en que funciona su cerebro.

"Todos los datos apuntan a que estoy perdiendo la cabeza", dijo Greenfield. Él compara sus prácticas con las de los sadhus errantes, hombres santos que hacen votos de pobreza y celibato para buscar la libertad espiritual en India.

Pero, como saben los sadhus, el camino hacia la libertad espiritual suele ser irregular. Pocas cosas son más naturales que el conflicto interpersonal, y Greenfield ha tenido su cuota. Ha publicado videos en los que describe (y afirma lamentar) conductas de su juventud que involucran lo que él considera faltas sexuales y financieras. Incluso él reconoce que a veces su adversario más formidable no es el complejo industrial alimentario, sino su propia naturaleza compleja.

"Tengo un tono particular", dijo.

Los padres de Greenfield, integrantes del movimiento Hare Krishna, se mudaron de Oregon al norte de Wisconsin en la década de 1980, con aspiraciones de volver a la vida campo. Pero se separaron, y Greenfield creció dependiendo de la asistencia social en un dúplex desordenado "con la pintura despegándose de las paredes", dijo.

"No me gustaba mi estilo de vida cuando era niño", dijo. "Rociaba todo con Febreze. Tenía la ropa de American Eagle".

Desarrolló un interés por el dinero y la estructura: trabajó en comida rápida y como salvavidas y llegó a ser Eagle Scout (el rango más alto de los boy scouts). Veía la independencia financiera y el establecimiento de metas como formas de ganar aceptación social y cariño.

"Les sacaba brillo a las ruedas de mi auto todos los domingos", dijo. "Mi comida provenía de Walmart. Iba a McDonald's".

Aunque salía de fiesta mientras estudiaba en la Universidad de Wisconsin en La Crosse y a veces se emborrachaba hasta perder el conocimiento, dijo, seguía enfocado en el éxito: vendía libros educativos de puerta en puerta durante las vacaciones de verano y trabajaba hasta 90 horas por semana.

Después de graduarse, Greenfield viajó por el sudeste asiático y África. Fue un punto de inflexión, según varios amigos. Conoció la pobreza global y la vida fuera de la red, que hicieron que su infancia pareciera cómoda en comparación, dijeron.

Greenfield se mudó a San Diego y emprendió un negocio de venta de publicidad en supermercados. El año de su cumpleaños número 25, el negocio generó 250.000 dólares en ingresos, dijo.

Pero también comenzó a leer libros y ver documentales sobre el mismo sistema alimentario comercial que lo estaba haciendo rico. La historia de las cosas, un cortometraje de la activista anticonsumismo Annie Leonard, le dejó un impacto particularmente fuerte.

"Aprendí que la razón por la que hacía casi todo lo que hacía era que las corporaciones tenían grandes presupuestos publicitarios y me habían convencido de que necesitaba hacer esas cosas para ser un miembro querido de la sociedad", dijo Greenfield.

"La forma en que vivía era básicamente una mentira".

Escribió una lista de 100 cambios que quería hacer en su vida (algunos del tipo al que aspiran muchas personas, como comprar con bolsas reutilizables y pasarse a los focos LED) y la colgó en su cocina, con el plan de incorporar uno por semana.

Por esa época, Greenfield conoció a Cheryl Davies, una estudiante de medicina oriental que tendría un papel destacado en su evolución. El tipo era un poco payaso, dijo Davies, pero su curiosidad y su sentido lúdico la cautivaron.

"Tenía esta gran historia de cómo estuvo en África solo, y llevaba puestas unas pulseras de colores", recordó Davies. Una vez, ella y sus compañeras de cuarto estaban cocinando hierbas y él agarró un bocado.

"Y nosotras le dijimos: 'Eso no se come'", dijo Davies. "Y él dijo: 'Voy a probar de todo'".

Para entonces, Greenfield había cumplido las 100 metas de su lista, incluidas las más extremas, como deshacerse de sus tarjetas de crédito y su teléfono celular y someterse a una vasectomía. Pero también había continuado, sin ducharse durante un año (bañándose, en su lugar, en cuerpos de agua naturales y ocasionalmente en algún hidrante que goteaba), comenzando a correr descalzo y completando un viaje sostenible en bicicleta de alrededor de 7500 kilómetros por todo Estados Unidos.

"Logré usar solo 605 litros de agua, crear apenas un kilo de basura, enchufarme a solo cinco tomacorrientes, no encender ni un solo interruptor de luz y consumir 127 kilos de comida de los contenedores de basura de supermercados", escribió en su sitio web.

Al poco tiempo estaba viviendo en una casa de 4,6 metros cuadrados que funcionaba con energía solar, tras haber disuelto su empresa y enterrado sus ganancias, en forma de oro y plata, en su patio. Desenterraría el tesoro para financiar sus primeras aventuras ecológicas, a las que Davies se sumó con entusiasmo.

Pero cuando Davies se acercaba a los 35 años, se cansó de ese estilo de vida físicamente exigente y de ocupar un papel secundario en los planes de Greenfield. Además, sus amigos y familiares se habían cansado de su carácter intransigente.

"No querían lidiar con que Robin hiciera composta en la cocina, o con que no tirara de la cadena del inodoro", dijo. "Yo siempre era la que estaba en medio".

Durante un desafío de un año en el que Greenfield vivía de un huerto que había creado en Florida, Davies se fue a Italia, donde está casada y tiene dos hijos. Greenfield salió con algunas personas más antes de comprometerse con el celibato.

Siguen siendo amigos. "Ella fue una de mis más grandes maestras", dijo Greenfield. Davies, por su parte, dijo: "Robin me enseñó a ser libre".

Después de la partida de Davies, Greenfield intentó ampliar su incipiente organización sin fines de lucro, centrada en plantar árboles frutales y ayudar a quienes cultivan huertos. Pero descubrió que trabajar con personas y manejar sus expectativas no era lo suyo.

"Siempre ha tenido una intensa determinación", dijo Myrna Greenfield, su tía. Ryan Sandberg, quien forma parte de la junta directiva de la organización sin fines de lucro, dijo que Greenfield a veces ahuyentaba a los compañeros de trabajo que no compartían sus prioridades.

Tanja Vidovic, entonces productora y presentadora de radio pública en Florida, pensó que la participación de Greenfield en huertos comunitarios encajaba a la perfección con el espíritu del programa Sustainable Living ("Vida sostenible"). Cuando se puso en contacto para pedirle una entrevista, uno de los colegas de Greenfield le dijo que un programa local no merecía su tiempo. "Me dejó un sabor un poco amargo en la boca", dijo.

Cada vez más, Greenfield se sentía obligado a retraerse y reconectarse consigo mismo. La música fuerte lo molestaba. También el exceso de charla. En 2020, cuando trasladó sus operaciones a Asheville, Carolina del Norte, comenzó a creer que probablemente estaba dentro del espectro autista, al igual que otros familiares cercanos, dijo Greenfield.

"Leí la descripción del síndrome de Asperger y pensé: vaya, esta es una descripción muy clara de mi propia mente y de cómo funciono", dijo. Nunca obtuvo un diagnóstico oficial.

Su concentración y su disciplina habían impulsado su agenda naturalista y le habían ganado más de dos millones de seguidores en las redes sociales. Pero en el mundo real le costaba trabajar con otras personas.

Greenfield contrató a un experto en comunicación no violenta, una práctica que ayuda a las personas a relacionarse a través de la compasión.

La práctica, que fomenta la autorreparación y la transparencia, lo inspiró a publicar videos sobre sus transgresiones pasadas. En uno de ellos, habló de cómo se aprovechó sexualmente de mujeres durante la universidad y poco después de cumplir 20 años, lo que incluyó, según describió, tocamientos sin consentimiento, tener relaciones sexuales en estado de embriaguez total y dejar que sus amigos lo vieran con una mujer a través de una mirilla. Dos mujeres que trabajaban en un documental sobre él se apartaron del proyecto cuando se enteraron de su pasado.

"Soy producto de una sociedad machista y rota", dijo Greenfield. La obscena película de 1999 American Pie: Tu primera vez fue su manual cuando era joven, dijo. Una forma importante de curarse de esta cultura, subrayó, es hablar con sinceridad de estos temas, algo que se propone hacer con jóvenes, quizá en campus universitarios, en el futuro.

Vidovic, la periodista en Florida, ya había eliminado a Greenfield de sus redes sociales tras ver un video que había publicado en 2024 sobre cómo caminaba desnudo por una carretera cerrada. Le pareció una afrenta a las mujeres y la incomodó. Cuando surgieron los videos confesionales, no se sorprendió, dijo.

"Simplemente le encanta la atención", dijo. "Creo que es un narcisista encubierto".

Greenfield dijo que sus videos confesionales y sus paseos desnudo (hubo más de uno) eran simplemente parte de su "estrategia de no tener nada que ocultar".

La comunicación incómoda sigue siendo un problema para Greenfield, que dedicó su año de recolección a enseñar esas habilidades a otras personas en todo el país.

En junio, ofendió a un grupo de mujeres en California que lo habían recogido en un auto para ir a buscar hongos. Esperaba a una sola persona, les dijo con sequedad, y anunció que no le gustaban las sorpresas, recordó una de las mujeres, que habló con la condición de mantener el anonimato porque forma parte de una comunidad muy unida de recolectores en la que Greenfield es venerado. La diferencia entre el personaje afable que se ve en internet, una amalgama de Henry David Thoreau y el Dude (el protagonista de El gran Lebowski), y el hombre irritado del asiento trasero fue perturbadora, dijo.

Las alarmas de autos chirriantes de Nueva York, los peatones que hablan a toda velocidad y los altavoces Bluetooth que retumban con reguetón pueden ser demasiado para cualquiera, pero sobre todo para un monje de la naturaleza al que le cuesta tratar con la gente. Greenfield mantuvo la sonrisa este verano, pero a veces se alcanzaba a vislumbrar lo mucho que se esforzaba por controlar el estrés y el agotamiento que había detrás. Esa negociación consigo mismo parecía formar parte de quién era, como los instructores de yoga que combaten su propia ansiedad para pronunciar un animado "namasté".

El día antes del evento de Greenfield en Brooklyn, se reunió con un grupo de recolectores dentro del Jardín Botánico de Nueva York en el Bronx. Cuando un guardia de seguridad expulsó al grupo, la sonrisa de Greenfield se transformó en una mueca. Lo vi luchar para mantener la calma y controlar su irritación.

Cuando el grupo se retiraba, el guardia le dijo a Greenfield que no podía andar descalzo. Respiró hondo y sus hombros se tensaron. Pero metió la mano en su bolsa, sacó sus mocasines, se los puso y señaló un árbol de sasafrás a los recolectores mientras caminaban.

Más tarde, agachado junto a una alcantarilla, dijo: "A menos de 3 metros de este lugar, cuento unas ocho plantas que son comestibles". Greenfield, el sadhu, había regresado. Pronto el grupo estaba masticando acedera. Una mujer dijo que sabía a las gomitas ácidas Sour Patch Kids.

Durante la semana de Greenfield en Nueva York, tuvo que equilibrar su estatus de gurú de la recolección con una creciente desesperación por algo de paz. La periodista Kiri Blakeley, quien lo alojó en su casa, pudo vislumbrar su mal humor mientras intentaba aspirar su habitación. Cuando el ruido molestó a Greenfield, él le pidió bruscamente que se fuera.

"Pensé: no soy tu criada, no estás en un hotel", dijo. Le dijo a Greenfield que si volvía a hablarle así, lo echaría. Él se disculpó.

Sophia Moskalenko, psicóloga que estudia las conductas extremas, dijo: "Un estilo de vida extremo exige tanto esfuerzo que lo abarca absolutamente todo. Quieres que el personaje sea verdadero, pero estás haciendo arte performativo, y eso es agotador".

En el apartamento de Blakeley, Greenfield preparó un guiso para el almuerzo. Tenía harina de bellota, hongos gallina de los bosques, cenizo (una planta silvestre que había encontrado en Brooklyn el día anterior), bayas de saúco, puré de manzana, un poco de aceite de nogal americano y jarabe de arce, y un polvo verde hecho con las hojas de un árbol de tilo.

Era sustancioso y tenía un sabor a nuez, dulce y salado. Podías saborear las bayas.

"Seis árboles diferentes están en esta comida", dijo. "Diré que comer de los árboles te cambia a un nivel profundo".

Después de una afortunada parada en Minnesota, donde Greenfield recolectó alrededor de 11 kilos de frutos secos (unas 13.000 calorías) de un roble del que caían bellotas prematuramente, regresó a principios de otoño a los bosques de Wisconsin, donde vive en un sauna con una estufa de leña, que un amigo le deja usar por ahora, sin pagar alquiler. Allí, pudo recolectar arroz silvestre, frutas y pescado, más que suficiente para superar su desafío de alimentarse de productos silvestres, que terminó en octubre.

En estos días, Greenfield está reconsiderando su presencia en internet. Este invierno será una prueba piloto: se desconectará durante tres meses mientras recorre Florida en canoa.

Pero eso no significa que vaya a renunciar para siempre a la tecnología y a los roces sociales que esta puede provocar. "Algún día lo conseguiré", dijo.

Pero todavía no.

Susan C. Beachy colaboró con investigación.

Hilary Howard es una reportera del Times que cubre la adaptación al cambio climático y otros retos medioambientales de la región de Nueva York.

Lexi Parra es fotoperiodista para el Times y parte de la generación 2026-27 de Times Fellowship, un programa para periodistas al comienzo de su carrera. Vive en Nueva York.

Susan C. Beachy colaboró con investigación.

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