En las montañas de México, los muertos vuelven a casa

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Aquí, los muertos en realidad no mueren.

En lo profundo de las escarpadas montañas del sur de México, los muertos volvieron a casa la semana pasada a Metlatónoc, un remoto pueblo indígena al que se llega por sinuosos caminos de terracería y donde las creencias ancestrales siguen entretejidas en la vida cotidiana.

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A lo largo de todo el fin de semana, los fuegos artificiales retumbaron en el pequeño pueblo de apenas 19.400 habitantes en el estado sureño de Guerrero. El olor a incienso prehispánico del copal flotaba densamente en el aire y las flores de cempasúchil brillaban en color naranja por todas partes. La Fiesta de los Muertos estaba en marcha para el pueblo indígena conocido como na savi, o pueblo de la lluvia. Para este grupo mixteco, la muerte no es un final, sino un pasaje hacia el lugar donde habitan los muertos. Y durante su celebración de 10 días, los difuntos regresan para visitar a los vivos.

Al interior de las casas, altares elaborados se levantan bajo arcos de brillantes flores de cempasúchil color naranja, la flor asociada históricamente con el pasaje entre la vida y la muerte. Frutas y pan azucarado cuelgan de los arcos y sus aromas se unen al de las flores para guiar a los seres queridos a casa. Bajo los arcos se ubican las fotografías de los difuntos entre tamales, atole (una bebida de maíz caliente y espesa) y otros alimentos que los muertos alguna vez disfrutaron. Tortillas diminutas del tamaño de una moneda para los niños y las mascotas que han fallecido. Cigarros para los que fumaban.

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Pero para muchos, la festividad sigue siendo una tradición familiar íntima. En un país que tan a menudo ha sido marcado por la violencia y la tragedia, el Día de Muertos ofrece un ritual compartido de memoria que trasciende las divisiones sociales, culturales y étnicas; un momento colectivo de pausa para honrar a los fallecidos y --tal vez-- confrontar la fragilidad de la propia existencia.

En algunas partes de México, la festividad dura dos días. En Metlatónoc, se conmemora durante 10.

Si bien la confección de altares y las visitas a los cementerios son comunes, la conmemoración de 10 días de duración de Metlatónoc combina creencias ancestrales mixtecas con ritos católicos. Incluye danzas y procesiones para convocar a las almas de los muertos. Aquí, la creencia de que la muerte es solo un pasaje sigue siendo particularmente fuerte.

"La vida no termina aquí; sigue", dijo Celso Guevara, quien emigró a California hace dos décadas, uniéndose a los muchos habitantes que han dejado este remoto pueblo montañoso en busca de una vida mejor. Ahora, California es su hogar, pero regresa cada año para la celebración. "El cuerpo muere pero el espíritu continúa y regresa estos días".

Dentro de su casa, encaramada cuesta arriba del cementerio del pueblo, una banda de viento tocaba marchas fúnebres ante un altar dedicado a sus difuntos abuelos. Un altar más pequeño al lado honraba a su hermano, fallecido a los 7 años. Pero había poca tristeza en la habitación. Su madre, Aurora Solano, se mecía y bailaba al ritmo de la música.

La relación de México con la muerte ha fascinado a escritores, poetas, filósofos y antropólogos durante generaciones, en particular la aparente paradoja en el corazón de su cultura: la muerte no solo se llora, sino que se celebra, se le invita a cenar e incluso se vuelve objeto de burlas.

Esa idea hace eco de las creencias ancestrales de los na savi aquí en Metlatónoc.

Los muertos siguen siendo parte de la comunidad. Sus historias no concluyen. Aquellos que fallecieron no quedan relegados a la memoria. Por estos pocos días, vuelven para unirse con el pueblo.

A veces los mensajes llegan de formas más traviesas.

Yarivi Guevara, de 27 años, dijo que cree que su difunto padre, Paulino, y sus abuelos expresan cualquier queja o disgusto derribando ofrendas en los altares o dejando formas peculiares en la cera de las velas.

Como la mayoría de las familias de aquí, ella trata a los muertos como invitados de honor, sirviéndoles café caliente y desayuno antes de que cualquier otra persona empiece a comer, y luego otras dos comidas. Al terminar el día, ella y sus hermanos les dan las buenas noches.

Para aquellos que se han ido a Estados Unidos, como Guevara, el vínculo con su hogar y sus creencias compartidas perdura a pesar de la separación, incluso más allá de la muerte.

"El sueño de todos aquí es que cuando te mueras te entierren aquí porque sabemos que solo aquí seguirás vivo", agregó, y dijo que regresa para la celebración todos los años.

Por la tarde el sábado, en el pueblo vecino de Cochoapa el Grande, las tumbas desaparecían bajo un mar de naranja incandescente. Las flores de cempasúchil formaban arcos imponentes sobre las tumbas, que se volvían portales florales. A medida que la luz del día se desvanecía, las flores brillaban como pequeñas llamas contra el cielo azul tormenta.

Las familias llevaban flores, encendían velas y acomodaban ofrendas. Una mujer colocó palomitas de maíz para su hermana fallecida. Unos hombres con sombreros vaqueros bebían cerveza en las tumbas mientras los músicos tocaban melodías solemnes. Unas mujeres con largas trenzas blancas y blusas bordadas estaban sentadas sobre las tumbas, hablando con sus familiares fallecidos. Otros permanecían en silencio junto a sus muertos.

Había algo a la vez íntimo y comunitario en los rituales, en los que cada reunión estaba marcada por pequeños actos de devoción.

Para el domingo por la tarde, las calles de Metlatónoc estaban pobladas por una procesión solemne. Cientos de dolientes avanzaban lentamente por el pueblo, cargando velas blancas y flores, llamando a las almas de los difuntos. Sobre el mar de deudos se alzaba una Virgen de la Soledad vestida de negro, llevada en hombros por hombres y mujeres.

Las familias esperaban con flores colocadas en el suelo mirando hacia el oriente, por donde sale el sol y, según creen, por donde regresan los muertos. Antes de unirse a la procesión, encendían velas altas para convocar a sus seres queridos e iluminar el camino a casa.

"¡Levántate, Marcelino Rojas!", exclamó Florencia Sierra Mendoza, una promotora cultural, a su difunto bisabuelo señalando la vela que dijo que representaba su espíritu. "¡Vámonos para tu casa!"

Paulina Villegas es reportera del Times y radica en Ciudad de México, desde donde cubre organizaciones criminales, narcotráfico y otros temas que afectan a la región.

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