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Una teoría sobre las teorías conspirativas: por qué tendemos a creerlas

En un nuevo estudio, psicólogos intentaron comprender el tipo de personalidades que podrían ser propensas a tener creencias extravagantes

En un nuevo estudio, psicólogos intentaron comprender el tipo de personalidades que podrían ser propensas a tener creencias extravagantes. (Francesco Ciccolella/The New York Times)
(Ilustración: Francesco Ciccolella/The New York Times)
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Más de uno de cada tres estadounidenses cree que el gobierno chino diseñó el coronavirus como un arma, y otra tercera parte está convencida de que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) han exagerado la amenaza de la COVID-19 para socavar al presidente Donald Trump.

No hay certeza de que las cifras, tomadas de una encuesta que divulgó el 21 de septiembre el Centro Annenberg de Políticas Públicas de la Universidad de Pensilvania, vayan a reducirse conforme las comunidades comiencen a contener el virus.

Sin embargo, enfatizan un momento en que se está popularizando una clase particular de teoría conspirativa: una creencia en que la “historia oficial” de hecho es una Gran Mentira que se propaga para beneficiar intereses oscuros y poderosos.

En los extremos, estas teorías tienen caníbales y pedófilos satánicos (cortesía de la llamada teoría de QAnon, que circula en línea); gente lagarto, disfrazada de líderes corporativos y celebridades (con base en cuentos de secuestros alienígenas y ciencia ficción); y, en este año de la plaga, científicos y gobiernos malvados que conspiran para usar la COVID-19 para sus propios objetivos oscuros.

La teoría conspirativa de Q Anon está muy difundida entre simpatizantes de Donald Trump (Reuters)
La teoría conspirativa de Q Anon está muy difundida entre simpatizantes de Donald Trump (Reuters)

Los cálculos en torno a la cantidad de estadounidenses que creen de verdad en al menos una teoría conspirativa desacreditada rondan el 50 por ciento, pero esa cifra podría quedarse corta (para parafrasear una popular calcomanía de las que se usan en los parachoques de los autos: Si no crees que hay alguien conspirando en tu contra, no estás prestando atención). Sin embargo, los psicólogos no comprenden muy bien el tipo de personas propensas a creer en las teorías de las Grandes Mentiras, en especial las versiones que parecen sacadas de una película de terror.

En el análisis más extenso que se haya hecho hasta la fecha de la gente que tiende a creer en conspiraciones, un equipo de investigación de Atlanta esbozó varios perfiles de personalidad que parecen ser claros. Uno es conocido: el recolector de injusticias, impulsivo y arrogante, que está ansioso por exponer la ingenuidad de todo el mundo, menos la de él. Otro es menos conocido: una figura más solitaria y nerviosa, indiferente y malhumorada, tal vez incluye a muchas personas que son de edad avanzada y viven solas. El análisis también encontró, en los extremos, un elemento de patología verdadera: un “trastorno de la personalidad”, según la jerga de la psiquiatría.

“Con todos los cambios que están ocurriendo en la política, con la polarización y la falta de respeto, las teorías conspirativas tal vez están teniendo más presencia que nunca en la forma de pensar y en el comportamiento de la gente”, opinó Shauna Bowes, psicóloga investigadora de la Universidad Emory, quien dirigió el equipo de estudio. “Y no había un consenso en torno a las bases psicológicas de las creencias conspirativas. En este trabajo, intentamos abordarlo”.

Claro está que las teorías conspirativas son tan antiguas como la sociedad humana y, en las épocas en que las comunidades eran pequeñas y vulnerables, probablemente estar en guardia frente a la aparición de conspiraciones ocultas era un asunto de supervivencia personal, según algunos científicos. En la era moderna, los académicos como Theodor Adorno y Richard Hofstadter han identificado las creencias conspirativas y la paranoia como elementos centrales en los movimientos políticos.

Los psicólogos han empezado a tomar en serio este tema apenas en la última década más o menos, y sus hallazgos han sido graduales y relativamente alineados con la sabiduría popular. A menudo, la gente adopta creencias conspiratorias como un bálsamo para un agravio profundo. Las teorías ofrecen una especie de contrapeso psicológico, una sensación de control, una narrativa interna para encontrarle sentido a un mundo que parece no tenerlo.

Por ejemplo, la creencia en que las farmacéuticas inventan enfermedades con el fin de vender sus productos puede ofrecer un mecanismo para procesar un diagnóstico grave que aparece de la nada. La llegada de la pandemia, y su inyección en la política partidista de Estados Unidos y países extranjeros, ha vuelto urgente una comprensión más profunda de las teorías conspirativas, pues las creencias falsas —que los CDC tienen un compromiso político, de una manera u otra— pueden provocar que millones de personas ignoren los consejos de salud pública.

“En realidad es una tormenta perfecta, en el sentido de que las teorías están dirigidas a quienes tienen miedo de enfermarse y morir o infectar a alguien más”, comentó Gordon Pennycook, un científico conductual de la escuela de negocios de la Universidad de Regina, en Saskatchewan. “Y esos temores distraen a la gente y por eso no juzga la veracidad del contenido que puede leer en línea”.

En el nuevo estudio, titulado “Looking Under the Tinfoil Hat” y publicado en línea en Journal of Personality, Bowes y Scott Lilienfeld encabezaron un equipo que realizó una serie de evaluaciones estandarizadas de personalidad a casi 2000 adultos.

Para obtener un perfil, o perfiles, de personalidad, el equipo de investigación midió cuáles facetas de la personalidad eran las que tenían una correlación más sólida con niveles más altos de susceptibilidad a las creencias conspirativas. Los hallazgos al menos tuvieron la misma relevancia para las asociaciones reveladas como para las que no se encontraron. Por ejemplo, las cualidades como la meticulosidad, la modestia y el altruismo estuvieron muy poco relacionadas con la susceptibilidad de una persona. No hubo una relación aparente con los niveles de enojo o sinceridad; tampoco la autoestima.

“Consideremos que las pruebas de personalidad no son muy buenas para medir cosas que no comprendemos muy bien”, opinó Bowes. “El resultado no será muy claro, en especial la primera vez”.

Entre los rasgos de la personalidad que estuvieron muy relacionados con las creencias conspirativas hubo algunos sospechosos comunes: la presuntuosidad, la impulsividad egocéntrica, la ausencia de compasión (el recolector de injusticias con exceso de confianza), los niveles elevados de estados depresivos y ansiedad (el tipo malhumorado, confinado por las circunstancias o por su edad). Del cuestionario dedicado a evaluar los trastornos de personalidad surgió otro rasgo: un patrón de pensamiento llamado “psicoticismo”.

El psicoticismo es un rasgo fundamental del llamado trastorno esquizotípico de la personalidad, que se caracteriza en parte por “creencias extrañas y pensamiento mágico”, e “ideas paranoicas”. En el lenguaje de la psiquiatría, es una forma más tenue de una psicosis en estado avanzado, que tiene las alucinaciones recurrentes características de la esquizofrenia. Es un patrón de pensamiento mágico que va mucho más allá de la superstición común y corriente, y en términos sociales la persona suele dar la impresión de ser incoherente, rara o “distinta”.

Con el tiempo, tal vez haya algún científico o terapeuta que intente dar un diagnóstico sobre los devotos de las conspiraciones de las Grandes Mentiras que parecen estar bastante desconectadas de la realidad. Por ahora, según Pennycook, basta con saber que, cuando las personas están consternadas, es mucho más fácil que promuevan titulares o artículos sin investigar mucho sus fuentes, si es que llegan a indagar algo.

© The New York Times 2020

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