Una concentración organizada por la Confederación General del Trabajo, el martes 7 de enero de 2020 en el fondo de pensiones BlackRock France, en París. (Dmitry Kostyukov/The New York Times)
Una concentración organizada por la Confederación General del Trabajo, el martes 7 de enero de 2020 en el fondo de pensiones BlackRock France, en París. (Dmitry Kostyukov/The New York Times)

PARÍS — En la sucia sede local del sindicato un tapiz de color rojo intenso con una imagen del Che Guevara, símbolo de la Revolución Cubana, y la frase “¡hasta la victoria siempre!” exhortaba a los huelguistas a no rendirse. Afuera, un líder local gritaba por un megáfono en la estación de tren de París-Lyon, “los ricos no deben nunca olvidar: ¡siempre habrá sudor de los pobres en su dinero!”.

La huelga de transporte contra la reforma del sistema de pensiones propuesta por el gobierno de Francia ya es la más larga en la historia del país. Mientras entraba en su sexta semana este 9 de enero, miles de manifestantes volvieron a tomar las calles en toda Francia.

El debate diario es sobre quién se beneficia y quién pierde con la reforma de las pensiones exigida por el presidente Emmanuel Macron. Nadie parece coincidir en los detalles.

Pero, más allá de eso, existe un conflicto mucho mayor sobre las clases sociales, los privilegios y el dinero, amplificado por 200 años de historia francesa. Esos problemas subyacentes ayudan a mantener un movimiento maratónico que está poniendo a prueba la paciencia de los franceses, perjudicando su economía y que vuelve a exponer las brechas sociales en la supuestamente reformista presidencia de Macron.

La dura retórica sobre clases sociales que se evidenció en la estación de París-Lyon no es un accidente. El conflicto actual tiene sus raíces, reales y aparentes, en enfrentamientos mucho más antiguos como el derrocamiento de siglos de privilegios de las clases altas durante la Revolución Francesa y las décadas de amargos conflictos entre el trabajo y el capital en el siglo XIX, del cual emergió el sistema de pensiones que Macron quiere descartar.

El lenguaje de esas viejas luchas resuena profundamente en la actualidad, endureciendo las posiciones de ambos bandos, especialmente en el lado sindical.

Mientras tanto, los franceses se están cansando. Muy pocos países tienen al transporte ferroviario en el centro de su estilo de vida como pasa en Francia. La reducción del servicio de trenes ha aislado a las provincias de París, donde la ausencia prácticamente total del metro ha costado millones en ventas perdidas y los trabajadores culturales en huelga han forzado docenas de cancelaciones de obras de teatro y óperas.

El apoyo a la huelga, que era inicialmente alto entre los franceses preocupados por sus jubilaciones, está disminuyendo. Macron está contando con que el apoyo se reduzca aún más, aunque ha hecho algunas concesiones —a la policía, a los bailarines de ballet en la ópera, a los militares— mientras enfrenta disturbios en las calles y el malestar de gran parte de la población debido a sus planes.

El presidente quiere remplazar el sistema actual de 42 tipos de pensiones, la mayoría de ellas diseñadas para adaptarse a profesiones individuales, con un único sistema de puntos que sea igual para todos.

Pero son precisamente esos regímenes individuales —ganados a pulso durante años por los diferentes grupos de trabajadores y celosamente protegidos como derechos incorporados, no privilegios— los que están en juego.

Macron quiere eliminarlos; los trabajadores están exigiendo que cancele la reforma en pleno.

Detrás de las acciones ferroviarias y el cierre del metro hay una elemental confrontación francesa, más antigua que la revolución de 1789: privilegiados contra desposeídos, ricos contra pobres, protegidos contra vulnerables.

Es un enfrentamiento que existe en la mente de los huelguistas tanto como en la realidad, pero no por ello es menos real. La percepción se ha vuelto realidad, incitada por la historia y la retórica de los líderes de la huelga.

“Son dos ideas de protección social, dos nociones diferentes del proyecto social, que están en conflicto”, afirmó Philippe Martinez, secretario general de la radical Confederación General del Trabajo (conocida por sus siglas en francés, CGT), mientras salía de otra infructuosa reunión en la oficina del primer ministro, justo antes de Navidad.

“Es la elección de un tipo de sociedad lo que está en el corazón de esta reforma”, afirmó Martinez nuevamente durante una entrevista reciente en la televisión francesa.

Ese lenguaje, calificado como excesivo por algunos analistas, ha penetrado el pensamiento de miles de huelguistas, especialmente en la CGT, el sindicato ferozmente anti-Macron que se encuentra en el centro de la huelga.

Por décadas, el sindicato estuvo estrechamente vinculado con el Partido Comunista Francés. Martinez es un exmilitante del partido; el subdirector del sindicato que lidera el sector de los trabajadores ferroviarios tiene un busto de Lenin en su oficina.

“Esa es la visión de Macron: siempre está interesado en obtener beneficios”, afirmó Sebastien Preaudat, un inspector de boletos de CGT de la estación. “Pero nosotros no estamos aquí para hacer dinero. Estamos aquí para proporcionar un servicio al público. Y esas personas (el gobierno de Macron) vienen del mundo de las finanzas. Solo estamos luchando para poder decir, ‘hemos trabajado todas nuestras vidas, y ahora tenemos el derecho a descansar’”.

Los trabajadores ferroviarios se han convertido en el objeto de burlas por parte de la derecha francesa porque muchos de ellos pueden retirarse a edades tan tempranas como 52 años, con una pensión sustancial que en algunos casos es considerablemente más alta que el promedio. Los trabajadores no ven esto como un privilegio sino como una afirmación esencial de su condición especial dentro de la sociedad francesa.

La reforma racionalista de las pensiones de Macron no tiene el respaldo de un movimiento sindical que no está interesado en este tipo de igualdad. Macron busca contrarrestar el probable déficit del sistema y su proporción menguante entre trabajadores y jubilados. Quiere colocar a todos en las mismas condiciones, en un sistema de puntos acumulado por los trabajadores.

“Macron es un financiero que solo ve las cosas en términos de competencia. Nosotros tenemos una visión colectiva”, dice Arnaud Bourge, un conductor de tren que, junto a cientos de otros trabajadores, atendió al llamado en el patio de la estación París-Lyon a permanecer en huelga. “Son dos visiones completamente opuestas”.

Macron tiene un punto de vista gerencial sobre el problema de las pensiones de Francia, que ha conseguido respaldo entre sus simpatizantes de clase media alta, algunos intelectuales y analistas, pero no entre los trabajadores que quieren conservar sus beneficios.

“Realmente, no son dos ‘proyectos para la sociedad’”, afirmó Dominique Andolfatto, experto sobre sindicatos de la Universidad de Borgoña, rechazando la visión de Martinez, el líder sindical. “Hay auno que toma en cuenta ciertas realidades económicas y sociales, y hay otro que dice ‘no vamos a tocar nada. El barco sigue en la misma dirección, olvídate del iceberg’”.

Pero mientras la huelga continúa, los legisladores del partido de Macron se están poniendo nerviosos.

“Estamos presenciando el regreso de la oposición entre empleadores y trabajadores”, dijo Jean-François Cesarini, un miembro del parlamento que apoya a Macron. Los legisladores están particularmente preocupados por la intransigencia del gobierno en un tema delicado con los sindicatos: el plan para incrementar la edad de jubilación de 62 a 64 años.

*Copyright: 2020 The New York Times Company