La fragilidad de la memoria, o cuando el canario de mi padre voló

Reportajes Especiales - Lifestyle

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Hace un par de años, en mitad de la noche, bajé sigilosamente las escaleras y encontré a mi padre sentado a la mesa de la cocina, sollozando como un niño.

Mi madre estaba a su lado e intentaba consolarlo, una tarea que le ocupaba cada vez más tiempo. Él tenía 87 años y padecía demencia. No era raro encontrarlo alterado o confundido. Pero esa noche parecía que algo le estaba ocurriendo en tiempo real… en 1941.

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Tenía 6 años y se iba de Pittsburgh, el único hogar que había conocido, para mudarse a una base de la Fuerza Aérea en San Antonio, adonde habían asignado a su padre. Él y sus padres viajaban en un tren, con un transbordo en Chicago.

Fue el comienzo de una época solitaria y difícil para la familia de mi padre: una etapa de mudanzas entre bases de la Fuerza Aérea en el sur del país, donde a veces los caseros les negaban alojamiento por ser católicos. Hijo único, le habían permitido llevar consigo una sola mascota: un canario que transportaba en una jaula.

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Mientras cambiaban de tren en Chicago, el fondo de la jaula se desprendió. El canario salió volando hacia el atrio abovedado del gran vestíbulo de la estación. No había forma de atraparlo: no había tiempo, pues tenían que abordar un tren para ir a Texas. Así que mi padre, de 6 años, siguió a sus papás arrastrando los pies, con una jaula vacía en las manos.

En los años transcurridos, había negociado tratados de armas con los soviéticos, asesorado a presidentes y servido como embajador de Estados Unidos, todo con la misma cautela atenta y ocurrente. Yo creía saber quién era. Podía contar con una mano las veces que lo había visto llorar. Y ahora ahí estaba, sollozando por el canario como si hubiera sido ayer.

Al parecer, todo se debía a su cerebro. Había sufrido una fuerte caída en su casa de Washington en la que se golpeó la cabeza contra el suelo de madera. La sangre inundó espacios en su cerebro y las células privadas de oxígeno comenzaron a morir. Finalmente le diagnosticaron demencia vascular, provocada en la mayoría de los casos por accidentes cerebrovasculares.

Durante los cinco años siguientes, mis padres vivieron con mi familia a las afueras de Boston, y aprendimos de primera mano cómo las lesiones cerebrales afectan el comportamiento. Mi padre se recuperó en algunos aspectos, pero se volvió caótico; sus pensamientos estaban fragmentados, como un espejo roto.

El mayor problema era que no tenía idea de dónde estaba. Específicamente, no sabía por qué vivía con nosotros en Massachusetts, y por mucho que intentáramos recordárselo una y otra vez, él trataba de irse. Lo sorprendíamos empacando el coche y, con delicadeza (a veces), lo guiábamos de regreso a la casa.

Este padre-niño estaba lleno de sorpresas. Compraba cosas insólitas: ¡Cinco laptops! ¡Un crucero por los fiordos noruegos! ¡Donaciones recurrentes de dos dólares a cada demócrata que se postulara a cualquier cargo, en cualquier lugar! En una ocasión, durante una avalancha de entregas de Amazon que duró una semana, recibimos siete bebederos para pájaros idénticos, traídos de China.

Recordaba cosas de su propia vida, pero de forma revuelta. "Estoy físicamente en la Unión Soviética y sujeto a sus normas y reglamentos", me decía con aspereza cuando le pedía que hiciera algo que consideraba poco razonable, como ponerse pantalones.

Durante una estancia en un centro de rehabilitación, me informó que su compañero de habitación había desviado un cargamento de contrabando de caviar negro y que todas las enfermeras eran del KGB. "¿Cómo supiste que eran del KGB?", le pregunté. Me lanzó una mirada de astucia. "Porque hablaban un inglés perfecto".

Pero el canario, eso era algo diferente: un recuerdo totalmente formado e intacto del pasado remoto. Mi hermano y yo nunca habíamos oído esa historia; no había aparecido en los relatos que mi padre había escrito sobre su infancia.

De algún modo, la lesión cerebral la había liberado y permitido que saliera a la superficie. En un hombre cuyos pensamientos se habían fragmentado tanto, aquella secuencia estaba milagrosamente intacta, como si hubiéramos metido la mano entre los restos humeantes de un choque automovilístico y sacado un huevo de Pascua.

El mes pasado subí la colina hasta un laboratorio de la Universidad Rockefeller de Nueva York, con vista al East River. Llevaba imágenes del cerebro de mi padre para mostrárselas a una científica que no conocía.

Incluso a mí me parecía una idea descabellada. Mi padre murió hace dos años, en su habitación de la casa que compartíamos. Hicimos las cosas que se hacen: una cremación, un funeral, un servicio conmemorativo, flores, guisos. Mi madre se replegó en sí misma y, durante seis meses pareció que podría irse tras él, pero entonces algo, tal vez el jardín, volvió a despertar su interés, y regresó.

Mi punto es que la muerte había llegado y se había ido. Pero yo seguía un poco aturdida por todo lo que la había precedido: casi cinco años de intentar lidiar con la impulsividad y la confusión de mi padre.

Nuestros mecanismos para sobrellevar la situación eran complejos: patrullar el vecindario, recogerlo, distraerlo planeando viajes que nunca haríamos. A veces discutir con él era tan agotador que lo llevábamos al aeropuerto y lo dejábamos caminar hasta la terminal; luego esperábamos a que regresara tímidamente al coche.

Un día particularmente desesperanzador, mi esposo pegó una nota en la parte interior de la puerta principal.

TÚ VIVES AQUÍ, decía.

NO TE VAYAS.

TE QUEREMOS.

Divertíamos a nuestros amigos con historias graciosas, pero seamos sinceros: era una lucha. Estábamos desesperados por dormir; mi madre estaba tan agotada por intentar impedir que él se fuera que a veces terminaba ella misma en el hospital. Al final llamamos a un cerrajero para instalar candados en la parte interior de las puertas y evitar que se saliera a mitad de la noche.

Su muerte puso fin a ese circo. La casa se quedó en silencio. Estábamos de duelo, pero había algo más. ¿Qué demonios acababa de pasarnos?

Entonces, el pasado Día de Acción de Gracias, recibí un comunicado de prensa con el titular "Cómo decide el cerebro qué recordar". Describía una investigación de Priya Rajasethupathy, neurocientífica de la Universidad Rockefeller que estudia cómo se forman y mantienen los recuerdos en el cerebro. Al estimular el tálamo en ratones, su equipo había encontrado una manera de transformar un recuerdo fugaz en uno duradero.

Su investigación podría ayudar a las personas con demencia. En las primeras fases de la enfermedad, las neuronas del hipocampo, donde se forman los recuerdos, mueren por millones; en promedio, cuando se hace el diagnóstico casi un tercio de ellas ya están muertas. ¿Y si fuera posible etiquetar la información importante y descargarla en las partes de tu cerebro que siguen sanas?

Al final de la entrevista le hablé de mi padre, y me preguntó si tenía imágenes. Y así fue como, cuatro meses después, ahí estábamos, contemplando espectrales cortes transversales de su cerebro.

Las imágenes habían sido tomadas horas después de que se golpeó la cabeza. Al principio observábamos daños crónicos en las capas externas del cerebro, ventrículos inflamados y una corteza encogida. Eso era la edad, el estrés y el alcoholismo, que una vez me dijo que era "la enfermedad familiar". Luego, en cortes más profundos, apareció algo nuevo: el blanco brillante de una hemorragia. Esa era la caída.

A medida que Rajasethupathy avanzaba por las imágenes, la mancha blanca se expandía hacia la masa del cerebro. Sabíamos que había habido una hemorragia, pero no sabíamos dónde.

"¡Ajá!", dijo. "Ahí está".

Estaba en el borde del hipocampo derecho.

Gran parte de lo que sabemos sobre la fisiología de la memoria viene de un hombre de 27 años de Connecticut, conocido en la literatura científica como H. M., que acudió a un neurocirujano en busca de ayuda para controlar sus ataques epilépticos. En 1953, el cirujano le extirpó partes del lóbulo temporal, incluidos los hipocampos, un par de estructuras curvas pequeñas situadas justo encima de cada oreja.

La operación tuvo una consecuencia terrible e inesperada: tras la extirpación de los hipocampos, H. M. fue incapaz de crear nuevos recuerdos. Retenía la información nueva durante alrededor de 30 segundos y luego desaparecía. Se perdía cuando iba al baño. Sus médicos tenían que volver a presentarse cada vez que entraban en la habitación.

Y, sin embargo, H. M. podía recordar sus primeros años de vida, a sus padres, a sus amigos del bachillerato. Podía relatar con lujo de detalle --hasta el color de la tapicería-- un vuelo que hizo en una avioneta monomotor cuando tenía 13 años.

Una paradoja similar se presenta en los pacientes con demencia, que suele comenzar con una muerte masiva de células en el hipocampo. Lo primero en desaparecer son los recuerdos de los últimos minutos u horas: ¿Dónde dejé las llaves? A medida que la enfermedad avanza, pueden olvidarse cambios importantes de la vida: ¿Por qué estoy en este lugar extraño? ¿Y tú quién eres? Pero incluso entonces se pueden conservar recuerdos remotos.

Mi padre, como H. M., había conservado recuerdos de sus primeros años de vida. Aún podía mantener conversaciones en ruso y búlgaro, y se jactaba de haber vivido más que Henry Kissinger. También entretenía a las enfermeras que lo cuidaban con la absurda historia de cómo él y mi madre terminaron juntos, durante una imprudente misión para ayudar en la revolución húngara.

Y, también como H. M., él había sufrido una lesión repentina en el hipocampo. "Aquí es donde vemos que la sangre empieza a filtrarse hacia el cerebro", me dijo Rajasethupathy. Después debió venir una pérdida de volumen, a medida que las células del hipocampo derecho, privadas de oxígeno, morían. Ella tuvo que consultar qué implicaba eso, ya que los hipocampos derecho e izquierdo controlan funciones distintas.

Se cree que el izquierdo controla "lo verbal, lo autobiográfico y la narración", me explicó, mientras que el derecho controla la memoria del espacio y la ubicación. En ambos casos, es el hipocampo el que estabiliza las señales para convertirlas en recuerdos. Le pregunté: ¿Qué podría deducirse a partir de esta imagen, sin saber nada de mi padre?

Lo pensó por un momento. Una "incapacidad para formar nuevos recuerdos", dijo.

Mientras me alejaba de su oficina, pensé en todos los días extraños que vivimos con él, tratando de adivinar qué señales internas seguía. Tenía que ir a Filadelfia; tenía que ir a Kiev. Una vez, mi esposo lo encontró a las 4 a. m. sentado en silencio, a oscuras, afuera de un vivero, porque yo había mencionado de pasada que quería un arce japonés enano.

Una vez nos dijo que tenía que ir a la Iglesia Votiva, en Viena, para aceptar una medalla por impedir el asesinato del archiduque Francisco Fernando. Pero hacia el final, lo único que sabía con certeza era que estaba en el lugar equivocado y que tenía que irse. A veces nos decía que tenía que ir a otra casa --su verdadera casa-- en la misma ciudad.

"¿Tienes otra esposa ahí?", le pregunté una vez.

"Sí", respondió con aire digno. "Y ella me trata mejor".

Lo que me dijo Rajasethupathy resultaba extrañamente fascinante: una explicación biológica para toda aquella etapa agotadora y caótica de nuestra vida familiar. Pero cuando se lo conté a mi esposo, se entristeció. Él era quien solía recorrer el vecindario en coche para tratar de encontrar a mi padre cuando desaparecía.

Estaba triste, dijo, porque cuando trajimos a mi padre a casa para que viviera con nosotros después de su caída, nadie nos advirtió que se pasaría el resto de su vida intentando irse, y que nosotros nos pasaríamos el resto de su vida intentando convencerlo de quedarse.

Podía haberse anticipado. Estaba ahí mismo, en la imagen.

En la escuela de posgrado, Rajasethupathy estudió el caso de H. M. y su lección, el papel central del hipocampo. Pero estaba segura de que había otros centros de memoria importantes en el cerebro, y se propuso encontrarlos.

Hace unos 10 años, comenzó a entrenar oleadas de ratones en laberintos de realidad virtual, seleccionando a los que tenían mejor memoria. Resultó que todos esos ratones compartían un gen que actuaba en el tálamo, un par de estructuras con forma de nuez que durante mucho tiempo han sido consideradas la central de distribución sensorial del cerebro.

Un segundo descubrimiento, obtenido con un enfoque distinto, llegó tres años más tarde cuando su equipo monitoreó las actividades cerebrales de ratones mientras recuperaban distintos tipos de recuerdos. El equipo observó siete vías diferentes que salían del hipocampo cuando los ratones accedían a recuerdos remotos. Solo una se activó: el tálamo.

Rajasethupathy sueña con abrir una puerta en el tálamo que ayude a descargar los recuerdos en partes protegidas del cerebro. Su equipo ya descubrió que si se activa un gen sensible a la luz en el bucle tálamo-cortical de un ratón mientras aprende una tarea, el ratón recordará la tarea un mes después. Una memoria débil se transforma en fuerte.

Esto plantea una posibilidad fascinante. ¿Y si pudiéramos poner a salvo lo importante --por ejemplo, dónde vives, con quién te casaste o que terminaste todo el trabajo que te habías propuesto-- en una habitación segura, antes de que llegue la inundación y se lleve todo?

Rajasethupathy tiene sus propias razones para intentar resolver este problema. Cuando tenía 3 años, su madre murió en un accidente automovilístico. Su padre tuvo que criar a Priya y a sus hermanos.

Durante años, a su padre le resultó demasiado doloroso hablar de su madre. Entonces, cuando se quedaban solos, los niños intercambiaban sus recuerdos de ella, historias e imágenes, como si al hacerlo pudieran traerla de vuelta con ellos.

Priya era tan pequeña que apenas tenía dos o tres recuerdos. Eran solo destellos: su madre sentada junto a ella en la mesa del comedor, bebiendo café. Su sonrisa, su risa, su aro en la nariz. Esas eran las cosas que había reproducido una y otra vez en su mente. Eran permanentes, lo sabía. Pero nunca estaba del todo segura de que fueran reales.

Esto le pareció una cuestión a la que podría dedicar toda su carrera. ¿Cómo es posible que el cerebro, esa máquina biológica, convierta un único estímulo transitorio --una huella extraída de un torrente incesante de información-- en algo que dura para siempre?

De ciertos recuerdos, decimos que nos los llevaremos a la tumba. Pero aún no disponemos de las herramientas que Rajasethupathy espera crear, y yo vi, en mi padre, que no decidimos qué recordar. Cierta musculatura primitiva se activa, y quienes te rodean simplemente se deben adaptar.

Cuando salí de su oficina en el East River, llevaba una imagen de la ruptura del cerebro de mi padre, un estallido de blanco brillante dentro de pliegues oscuros de tejido. La imagen se había tomado mientras su antiguo ser se desvanecía.

Después de eso, fue otra persona, atrapado en el momento previo a emprender un viaje. No se quedaba ensimismado, ya no quería beber, pero para nosotros era difícil retenerlo. Después de cenar, apartaba su silla de la mesa y nos daba las gracias por una velada encantadora, nos felicitaba por nuestra bonita familia y nos anunciaba que se marchaba.

No puedo decir que alguna vez lo convencimos de lo contrario. Al final estaba demasiado débil para intentar escapar, y solo había un lugar al que quería ir. Un lugar del que ninguno de nosotros sabía nada, porque la última vez que había estado ahí era en la década de 1930, antes de la guerra, antes del canario.

Quería ir a Tonawanda, una ciudad a orillas del río Niágara, al norte de Búfalo. Había ido a pescar ahí con su padre y su tío.

Todos los demás que habían estado en ese viaje ya habían muerto, así que era difícil saber qué tenía Tonawanda de maravilloso; lo único que sabíamos era que Tonawanda era la última señal fuerte, la que eclipsaba todo lo demás. No podíamos hacer nada más que dejarlo ir.

Ellen Barry es reportera del Times y cubre salud mental.

Graham Dickie es fotógrafo del Times y forma parte de la generación 2024-25 de Times Fellowship, un programa para periodistas al comienzo de sus carreras.

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