Un manifestante utiliza una máscara de gas improvisada durante una manifestación contra Maduro en Caracas (Meridith Kohut/The New York Times)
Un manifestante utiliza una máscara de gas improvisada durante una manifestación contra Maduro en Caracas (Meridith Kohut/The New York Times)

Megan Specia (@meganspecia) es redactora de artículos en la sección Internacional y se especializa en narrativa digital y noticias de último momento.

CARACAS — Venezuela está en el límite. Los estantes en las tiendas se quedan vacíos y los alimentos se vuelven cada vez más escasos y costosos. La gente huye del país en cantidades inéditas e inunda las naciones vecinas. Se estima que la inflación llegará este año a diez millones por ciento.

En este panorama de desesperanza, la indignación pública ya estaba llegando a un punto crítico cuando, en enero, el líder opositor y presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, se declaró presidente interino. El presidente Nicolás Maduro ha jurado que va a permanecer en el poder.

La atención internacional no tardó en enfocarse en los dos hombres al centro de una lucha por el control de la nación. Sin embargo, en medio de esta disputa política, los ciudadanos venezolanos aún batallan para subsistir en un país que se ha vuelto cada vez más violento y donde la escasez de alimentos, los cortes de electricidad y la falta de agua son parte de la nueva cotidianidad. Las medidas letales en contra de los disidentes son algo común.

Cuando se planeaban las manifestaciones para el pasado 2 de febrero en contra del gobierno y a medida que aumentaba la inconformidad, nuevos grupos tomaron las calles, incluyendo aquellos que solían ser firmes defensores de Maduro y su predecesor, Hugo Chávez.

Decenas de personas hacen fila para comprar alimentos básicos en Caracas (Meridith Kohut/The New York Times)
Decenas de personas hacen fila para comprar alimentos básicos en Caracas (Meridith Kohut/The New York Times)

Les pedimos a los residentes de la capital del país que describieran sus condiciones de vida actuales y que nos contaran si eso los incitaba a participar en las manifestaciones. Estas fueron algunas de las respuestas que recibimos:

Auristela Donawa, 67 años

Los beneficios gubernamentales de los que dependen desde hace mucho Donawa y su familia —al igual que muchos de los habitantes de los barrios pobres de Caracas— ya no son suficientes.

"Aquí morimos de hambre", dijo, al describir cómo ella y su hijo Dixon Bront luchan para sostener a los nietos de Donawa. "Él tiene una hija de 9 años y un hijo de 17 y no les puede comprar nada. Esto se está volviendo imposible".

Donawa nunca votó por Maduro ni por Chávez, pero su hijo era partidario del gobierno socialista.

"No sé si votó por Chávez, pero lo apoyaba", afirmó Donawa.

Bront y Donawa son beneficiarios de varios programas de gobierno como Misión Vivienda, que ofrece casas para los pobres, y un programa de distribución de alimentos conocido como CLAP.

Sin embargo, Donawa dijo que la caja de alimentos que reparte el gobierno a menudo se reduce a azúcar, pasta y leche en polvo.

A medida que se deterioraban los beneficios, Bront, quien alguna vez apoyó al gobierno, decidió unirse al llamado de los manifestantes que buscan derrocarlo.

Silvia Limardo consigue una jeringa para un cliente (Meridith Kohut/The New York Times)
Silvia Limardo consigue una jeringa para un cliente (Meridith Kohut/The New York Times)

Hace dos semanas salió herido durante una manifestación —las fuerzas de seguridad le dispararon al estómago desde corta distancia— y, luego de dos cirugías, ahora está confinado a una cama, lo cual representa una carga adicional para la familia.

"No puedo estar aquí en un hospital, durmiendo en una silla", exclamó Donawa al lado de la cama de su hijo. "No es que no esté de acuerdo con que salga a protestar, lo hace al igual que cualquier otro venezolano insatisfecho con el gobierno comunista".

Lourdes Cedeño, 41 años

"Es como si la tierra se partiera en dos y tú solo quieres saltar hacia la grieta", dijo Cedeño, mientras describía lo que sintió hace seis años cuando se enteró de que su hijo Miguel tenía leucemia.

En ese entonces la situación todavía era manejable. Su hijo fue trasladado de un hospital privado a uno público, el Hospital Central de Venezuela, donde recibió tratamiento médico pagado por el Estado.

Estuvo en remisión durante varios años, pero en 2017 el cáncer de Miguel regresó. Fue entonces cuando todo cambió, dijo Cedeño. Era una carrera contrarreloj para conseguirle el tratamiento adecuado.

"Tuve que pagar todo", relató. "La quimioterapia, los antibióticos, las agujas. Pero ahora es peor. Tengo que comprar guantes, algodón, alcohol, agua, incluso los tubos para el laboratorio si necesitamos solicitar un examen de sangre".

El hospital principal de Venezuela se ha convertido en un símbolo del derrumbe del sistema de salud del país. Con frecuencia se queda sin suministro de agua, medicinas e incluso doctores. La electricidad se corta con regularidad, lo que ha provocado la muerte de algunos pacientes, según afirman los políticos de la oposición.

Lilian Tintori habla durante una manifestación en Caracas (Meridith Kohut/The New York Times)
Lilian Tintori habla durante una manifestación en Caracas (Meridith Kohut/The New York Times)

Cedeño mencionó que nunca ha sido fanática de las protestas, pero su hijo le dijo que estaba ansioso por asistir a una.

"Me dijo: 'Mamá, quiero salir y hacerles sentir la rabia que yo siento todos los días al estar en este hospital sin ayuda alguna'", relató.

Sunny Balza, 35 años

Balza era capitán de la Guardia Nacional de Venezuela y rápidamente ascendió, ganándose la confianza de los oficiales que empezaron a depender de él, incluido Nicolás Maduro Guerra, el hijo del presidente Maduro. Pero no siempre estuvo de acuerdo con las decisiones de sus superiores.

"Nunca estuve de acuerdo con sus líneas, jamás", dijo.

Hace dos años huyó de Venezuela hacia Estados Unidos, donde ahora es administrador de una empresa. Guaidó, como presidente interino, ha propuesto una amnistía para los miebros de las fuerzas armadas que estén dispuestos a romper con el gobierno de Maduro, pero Balza no está seguro de que vaya a volver.

"Trabajé contra el gobierno desde dentro", dijo Balza, y agregó que no necesariamente creía que necesitaba pedir amnistía. Aunque le gustaría involucrarse con algunas de las protestas organizadas en Estados Unidos, no tiene tiempo con su ocupada agenda. Pero por primera vez en años ve un camino hacia adelante para Venezuela.

"Tengo fe y esperanza", dijo.

Lisbeth Añez, 52 años

Añez sabe bien cómo es la represión de la disidencia por parte del gobierno. Fue arrestada en mayo de 2017, acusada de colaborar con grupos que organizaban manifestaciones diarias en contra del gobierno.

"Les daba comida, les ofrecía refugio", dijo. "Por eso me llaman 'mamá'".

Durante 118 días estuvo encerrada en una habitación sin ventanas con otra mujer acusada de contrabando de gasolina. Luego de que terminaron las protestas de 2017, Añez no pudo regresar a su antigua vida, pues dijo que haber estado recluida cambió algo en ella.

"Solo puedo decir que ahora soy una mejor persona y que también conocí la maldad pura", declaró.

Desde que la serie más reciente de manifestaciones empezó en enero de 2018, Añez ha salido en busca de provisiones para los que resultan heridos a manos de los militares o las fuerzas de seguridad. Hasta ahora ha atendido a al menos tres manifestantes lesionados durante las últimas protestas.

Añez explicó que las manifestaciones anteriores en 2014 y 2017 eran demasiado violentas y no servían de mucho.

"Las manifestaciones deben ser como la que hubo el día 23", opinó, en referencia a las protestas masivas, en su mayoría pacíficas, que se celebraron en contra del gobierno el día en que Guaidó tomó protesta como presidente interino, "del tipo que no se puede ocultar".

Las calles de Caracas (Meridith Kohut/The New York Times)
Las calles de Caracas (Meridith Kohut/The New York Times)

Iñaki Zugasti, 60 años

Zugasti, quien nació en España pero creció en Venezuela, ha sido miembro activo del movimiento de protestas de la oposición desde que Maduro tomó el poder por primera vez en 2013. Planeaba unirse a las manifestaciones multitudinarias programadas para el primer fin de semana de febrero.

"Estaré en las calles con mi máscara antigás, mi casco y mi chaleco para ver lo que puedo mostrarle al mundo", dijo.

Zugasti estuvo al frente de una imprenta familiar durante dos décadas, lo cual le permitía mantener a su familia. No obstante, los ingresos comenzaron a menguar y tuvo que cerrar el negocio en 2018.

Dijo que personas nuevas de distintas clases sociales se han sumado a las manifestaciones recientes. Explicó que antes la mayor parte del movimiento estaba conformado por las clases media y alta.

"Solía ver las mismas caras todos los días, ahora es diferente", dijo.

Zugasti lleva su cámara a las protestas y el 4 de abril de 2017 tomó una fotografía particularmente memorable: un joven congresista confrontaba a la policía que estaba bloqueando una marcha sobre la Avenida Libertador.

En ese entonces no tenía idea de que el político en su fotografía era Guaidó, quien se convertiría en un actor principal en el enfrentamiento político actual del país.

"Cada vez que escucho que dicen que acaba de iniciarse en la política, sé que no es verdad", afirmó Zugasti. "Siempre estaba al frente en las manifestaciones. Recuerdo haberlo visto en todas las protestas a las que asistí".

* Copyright: 2019 The New York Times News Service