Vladimir Putin (EFE)
Vladimir Putin (EFE)

Inicialmente, Rusia construyó su identidad en torno a su reclamo de "otredad" al presentarse, después de Roma y Constantinopla, como "La Tercera Roma", o el último abanderado de Cristo en una Europa rápidamente descristianizada. Dos siglos de guerras contra las potencias musulmanas de la época, especialmente el Imperio Otomano e Irán, agregaron más de 12 millones de kilómetros cuadrados a la cristiandad a medida que el Imperio zarista se expandió hacia Asia Central, Siberia, la cuenca del Caspio y el Cáucaso.

Atrapados entre una Europa supuestamente descristianizada y un islam supuestamente revanchista, algunos escritores, poetas y filósofos rusos desarrollaron la idea de que los pueblos eslavos constituyen un segmento de la humanidad distinto y sutilmente superior, y que dieron origen a una ideología nacional diferente. La negativa de llevar a Rusia al redil de las naciones europeas bajo la Iglesia latina formó la raíz de esa ideología. Con el tiempo, filósofos como Alexei Khomiakov y Konstantin Aksakov, y escritores como Nikolai Gogol, le dieron a esa nueva identidad una expresión secular.

Mas adelante en el tiempo, la ideología nacional de Rusia fue criticada y se opuso a una variedad de figuras, entre ellas Boris Godunov y Pedro el Grande, quienes fomentaron la idea de una identidad alternativa para la nación emergente. Llegaron a ser etiquetados como "occidentalistas" porque vieron a Rusia como una nación modernizadora europea, no como la "Santa Rusia" de los eslavófilos que se comportaron como si el tiempo se hubiera congelado en el siglo XV.

Vladimir Putin ha sido un símbolo de esa dualidad al más alto nivel de la política rusa. Putin se comporta como un eslavófilo cuando necesita justificar su estilo autoritario de gobierno en comparación con las modernas democracias europeas. Una de sus frases favoritas es "Rusia es diferente".

Putin ha tenido éxito en la cooptación de la Iglesia Ortodoxa Rusa al persuadir a sus obispos de que su régimen es su aliado y protector contra el ateísmo y la infiltración de las iglesias de Occidente y los movimientos de penetración de las iglesias estadounidenses. Putin se enorgullece de recordar su peregrinación a Tierra Santa, donde se supone que tuvo experiencias místicas, y cultiva una reputación como coleccionista de iconos y reliquias. Sin embargo, al mismo tiempo, Putin quiere presentarse a sí mismo como el archi occidentalizador inspirado en Pedro el Grande, porque sabe que las clases medias rusas, en rápida expansión, con cuentas bancarias en Londres y Zurich están más interesadas en los viajes a la Riviera francesa que a Tierra Santa en Israel.

Después de que la Unión Europea impuso sanciones a Rusia como castigo por anexar la península de Crimea, Putin lanzó una campaña para persuadir a su pueblo de pasar sus vacaciones en Turquía y la República Islámica en Irán, ambos países acordaron el ingreso sin visa para los rusos. Dos años después, el número de rusos que aceptan la oferta sigue siendo insignificante. Las últimas estimaciones muestran que alrededor de 100.000 rusos visitaron Turquía, mientras que el número que viajo a Irán sigue estancado en menos de 5.000 visitantes. Por el contrario, en 2018, Francia atrajo a 3.2 millones de viajeros rusos.

Los gurús geopolíticos en Occidente podrían intentar vender la idea de que Putin promociono por razones políticas los viajes a tierras de Recep Tayyip Erdogan y de Ali Khamenei. Sin embargo, la verdad es que Putin, y su base electoral, anhelan vínculos más estrechos con personas como Emmanuel Macron y Donald Trump.

Rusia puede estar hablando en tonos eslavófilos, pero en el fondo de su corazón, desea ser readmitida en el campo occidental. Esto se ve en la forma en que se visten los rusos, el tipo de comida que comen, las bebidas que beben, la música que escuchan, los televisores y los DVD que miran, y los libros que leen. Las colas frente a los McDonald`s pueden ser un signo vulgar de occidentalización progresiva. Además, el hecho de que millones de rusos tengan cuentas bancarias en Occidente, incluso en Chipre o en Grecia, no puede descartarse como simples operatorias financieras.

Si se lee a intelectuales rusos, se puede detectar rápidamente la preocupación de que Rusia se encuentre aislada frente al creciente poder económico y militar de China por un lado, y al extremismo islamista, encabezado por Irán y Turquía, por el otro. Los resultados de las elecciones municipales de este mes, publicitados recien la semana pasada, muestran un claro revés para el putinismo en su versión eslavófila. El partido Rusia Unida del presidente perdió más de un tercio de sus escaños en Moscú que, como en otros centros metropolitanos, ha marcado el tono de la política nacional como no se veía desde la década de 1920.

Rusia sueña con volver a un aspecto occidentalista de su identidad. Algunos analistas en Occidente afirman que lo descartan como un sueño fingido. Sin embargo, Putin parece querer engañar a las democracias occidentales antes de volver a sus viejas travesuras. El llamado del presidente Macron para reintegrar a Rusia en la cumbre del G7 el mes pasado fue rechazado por otros participantes incluso antes de que entrara en la agenda. Otros analistas, sin embargo, argumentan que incluso si uno piensa más allá de Putin, ese pensamiento debe comenzar antes de que el zar Vladimir alcance su fecha de caducidad.

Bajo Putin, Rusia se ha comportado como un cañón mal calibrado, y ha causado sorpresas desagradables no solo en Occidente sino también en China y en otros lugares. Por lo tanto, la estabilización de Rusia, al definir su lugar apropiado en el orden mundial emergente, o el caos mundial si lo desea, debe ser una preocupación importante para los responsables políticos y estrategas en todas las capitales claves de Occidente. Tal redefinición no puede hacerse únicamente a través de anatemas o interdicciones, menos aún sobre la versión moderna que refiere a sanciones económicas y diplomáticas, esto es tan evidente hoy como lo fue en el Consejo de Florencia del siglo XV.

Si cada nación dispone de su idioma y ese idioma tiene su gramática, rápidamente Occidente debe establecer cuál es la gramática que podría ayudar a entender a Rusia y brindarle su espacio en el mundo de hoy. La gran cantidad de conflictos políticos, sociales y militares en una comunidad internacional que no ha presentado opciones exitosas para resolverlos hace imperioso extremar los esfuerzos para traer nuevamente a Rusia a Occidente antes que sea demasiado tarde y Rusia sea un problema mas difícil de resolver.