
Permitir que 65.000 aficionados se congreguen en Wembley, el domingo en la final de la Eurocopa, suscita dudas en un momento en que Inglaterra sufre un alza de casos de COVID-19 ligada a la variante Delta. Pero son los festejos del ‘tercer tiempo’, fuera del estadio, lo que más preocupa.
El miércoles, la victoria de los ingleses en la semifinal contra los daneses (2-1 en la prórroga) dio lugar a escenas de júbilo en el estadio de Londres, como si la crisis sanitaria no existiese.
Las mismas imágenes de efusividad entre aficionados, a menudo sin mascarilla, podrían reproducirse el domingo contra Italia (19:00 GTM), en el “país del fútbol”, que espera un primer gran título desde 1966.
Antes del torneo, la UEFA exigió a las 12 ciudades anfitrionas inicialmente designadas la presencia de público en proporciones a determinar localmente. En esas condiciones, Bilbao y Dublín se cayeron del torneo, Sevilla fue invitada a la fiesta, y Londres y San Petersburgo recuperaron más partidos.

En Inglaterra, el aforo fue fijado en el 25% de la capacidad del estadio en primera ronda, lo que supone cerca de 22.500 espectadores, después al 50% para octavos de final, antes de pasar al 76% para las semifinales y la final.
“La UEFA no presionó especialmente para aumentar el aforo de Wembley”, reveló Ronan Evain, coordinador de la red Football Supporters Europe (FSE). “En cambio no están en contra. Ello aporta ingresos extra en venta de entradas, permite repartir más invitaciones, así que les interesa. Pero la responsabilidad de la decisión final corresponde al gobierno británico”.
El postpartido, ¿”fuente de infecciones”?

El miércoles, el ministro británico de Negocios Kwasi Kwarteng, se mostró “confiado en que no habrá una explosión importante” de los casos de COVID-19 ligados a la Eurocopa. “Pero no puedo garantizarlo por el momento. Hay que ver lo que pasará”, añadió.
La tasa de vacunación en el Reino Unido es la más elevada de Europa, y las cifras de hospitalización para los casos graves y las muertes permanecen muy por debajo de las olas precedentes, pero la cifra de contagios continúa creciendo.
En ese contexto, “no es tanto la final el problema”, revela el epidemiólogo Antoine Flahault, director del Instituto de Salud Global en la Universidad de Ginebra, en la medida en que las “manifestaciones bastante densas” como carnavales o festivales “no fueron objeto de focos identificados después”, dijo a la agencia AFP.
“Pero sobre todo no hay que pensar que esos partidos son simples partidos. La gente viene en transportes repletos, con poca seguridad, van a bares, festejan, tienen interacciones felices, o al contrario ahogan sus lágrimas. Habrá un tercer tiempo que será probablemente una fuente de infecciones”, previene.
“Supercontagios”

Un informe publicado el jueves por el Imperial College of London puso el foco en el aumento de casos de COVID más fuerte en Londres que en el resto de Inglaterra, y mucho más entre los hombres que entre las mujeres, una tendencia que podría estar vinculada a la actualidad deportiva.
“Si tuviese que especular sobre el impacto de la Eurocopa (...) pensaría primero en la probabilidad aumentada de que la gente se reagrupe en interiores más frecuentemente”, apuntó el profesor Steven Riley, autor del informe.
“Mi primer pensamiento no sería para los estadios o sus aledaños, es para la actitud general de la población”, afirmó.
Con la cuarentena mantenida para los visitantes que lleguen a la isla, el gobierno británico ha dificultado la llegada de aficionados, hasta el punto de hacer casi imposible su presencia e Wembley.
“Si hay aficionados infectados lo sabremos bastante rápido” afirma el profesor Flahault, evocando una media de “12 días para el 80% de los contagios”. “Sobre todo hay que recordar que no se necesita mucha gente contagiada para que haya supercontagios”, prosigue.

“Es posible, incluso probable, que regiones muy poco afectadas por la pandemia en Reino Unido se vean sembradas de aficionados procedente de Londres, lo que aumentará la presión sobre el sistema de sanidad”.
La Eurocopa podría entonces vivir una prórroga de sabor amargo para todos.
(Jérémy Talbot y Frédéric Happe, con Jérôme Rasetti en París - AFP)
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