Lombardi junto al Papa Francisco durante la cumbre contra la pedofilia en la Iglesia(Foto: NA)
Lombardi junto al Papa Francisco durante la cumbre contra la pedofilia en la Iglesia(Foto: NA)

Con la presencia del Papa Francisco y el testimonio de víctimas de abuso sexual por parte sacerdotes y otros jararcas de la Iglesia, Federico Lombardi, vocero papal durante casi 3 décadas hasta su dimisión en 2016, moderó la histórica cumbre sobre el problema de la pedofilia clerical realizada a finales de febrero en el Vaticano.

El encuentro, del que participaron 190 líderes de la Iglesia Católica, entre ellos 114 representantes de las Conferencias episcopales de todo el mundo, fue convocado a fines de año por el propio Francisco luego de que numerosas denuncias e investigaciones sacudieran su papado y provocaran la indignación de la opinión pública. En diálogo con Infobae, Lombardi admite que se trata de un problema "grave", y si bien acepta que es mucho el trabajo que una situación así requiere, afirma que la Iglesia está haciendo las reformas necesarias para que esto no vuelva a ocurrir.

—Usted ha sido moderador durante el Encuentro importantísimo de febrero sobre abusos sexuales a menores en la Iglesia. Algunas víctimas de abusos consideraron el encuentro como escaso y "pura cosmética". ¿Cuál es su opinión al respecto?
—El problema del abuso sexual de menores en la Iglesia se ha convertido en uno de los más sentidos y dolorosos de mi vida, desde los años en que lo traté durante el pontificado de Benedicto XVI, cuando me sentí profundamente involucrado con él en este drama. El Papa Francisco sabía que yo había continuado siguiendo este tema y creo que propiamente por esto me pidió que fuera moderador del Encuentro. Yo estoy sorprendido de la gravedad de la crisis que este problema ha traído a la Iglesia en muchos países del mundo (Estados Unidos, Irlanda, Australia, Alemania, Chile…) y creo que es un desafío que requiere una renovación profunda en nuestras comunidades y en cada uno de nosotros: se trata de nuestras relaciones de servicio y no de poder, nuestro respeto por los demás y nuestra comprensión de cuán profundo es el sufrimiento de quien es abusado y herido en su dignidad. El problema no está solo en la Iglesia; pero la Iglesia, si quiere ser maestra y guía moral y espiritual, debe ser ejemplo y, por lo tanto, debe purificarse. En el Encuentro, las intervenciones de las mujeres han sido muy importantes y con autoridad, y estoy convencido de que una mayor participación de las mujeres es fundamental para enfrentar este desafío con sensibilidad, escucha, compasión, equilibrio, acompañamiento atento de las personas heridas, y más. En cambio, no estoy de acuerdo en que estos fueran actos puramente "cosméticos". El Papa Francisco sabe que necesita poner en camino a todo un pueblo, una comunidad de mil millones de personas en los cinco continentes, y esto requiere un cambio de actitudes de la mente y del corazón, superando los antiguos hábitos culturales, motivaciones para nuevas iniciativas de prevención y formación. Estoy convencido de que se han dado pasos importantes en muchas direcciones. Pero, por supuesto, debemos continuar y actuar, especialmente donde aún no se ha comenzado y hay un gran retraso.

—¿Cómo analiza la reciente renuncia de cardenal Barbarin, arzobispo de Lyon, y su condena por encubrimiento de abusos en su Iglesia francesa?  Algo que se suma, por supuesto, a la condena por abuso de menores del cardenal australiano George Pell, quien fue uno de los cardenales más cercanos del Papa Francisco. ¿Cree que esta es la punta de un iceberg repetido en el resto de las Iglesias del mundo? 

—Ciertamente, el hecho de que la crisis de abuso haya involucrado a algunos de los cardenales, que son las figuras más altas en la Iglesia después del Papa, causa una gran impresión en la opinión pública y es una prueba muy difícil para los fieles. Personalmente me ha impresionado mucho el caso del cardenal McCarrick, quien recientemente fue expulsado del sacerdocio por los abusos realizados durante muchos años y que permanecieron cubiertos. Este hecho ha causado una crisis grandísima en los Estados Unidos y en toda la Iglesia. El caso del cardenal Barbarin es muy diferente, ya que se refiere a los hechos que ocurrieron antes de que él estuviera a cargo de la Iglesia de Lyon y él se encontró con una grandísima dificultad para gestionar la situación de un modo adecuado a aquellos que hoy son los criterios que se deben usar a la luz de las experiencias y los errores precedentes. En este sentido, él paga por errores del pasado, incluso los que no son suyos. Ciertamente, en estos años hemos comprendido mejor que es un delito grave no solo cometer abusos, sino también cubrirlos. El venir a la luz muchos abusos cometidos incluso hace décadas y el modo en que se cubrieron demuestra cuán profundo fue el sufrimiento de las víctimas y cuán grande es el precio que se debe pagar para una purificación que también incluya el pasado, la "memoria" como decía Juan Pablo II. El caso del cardenal Pell es todavía diferente, porque si bien fue condenado en primera instancia es necesario ver cuál será el juicio de apelación, como también en el caso del cardenal Barbarin, es legítimo tener dudas muy fuertes sobre la justicia de esta condena. Incluso personas muy competentes, objetivas y prudentes dudan de que sea una condena justa, ya que se produjo sobre la base de acusaciones que no están probadas. Ciertamente, también en este caso trae consigo las consecuencias de una serie de errores pasados que van más allá de sus responsabilidades personales y que han creado una actitud altamente crítica hacia la Iglesia en la opinión pública, que también tiene repercusiones en los juicios de los tribunales. Nosotros tenemos que soportar esta situación con paciencia y fortaleza, lo que pide cambios profundos de nuestra parte. También debemos esperar que la severidad de los juicios contra la Iglesia Católica no se convierta en un modo de eclipsar la gravedad y la difusión del problema del abuso en muchas otras instituciones y miembros de la sociedad, donde además hay muchos casos de encubrimiento del problema (en familias, en asociaciones deportivas, etc.). Esto es: debemos esperar que la renovación de la Iglesia y su alto precio se vuelvan finalmente a favor de toda la sociedad. [N. de la R.: Al cierre de esta nota, el Papa Francisco no le había aceptado la renuncia al cardenal Barbarin.]

Lombardi es confrontado por familiares y víctimas de abuso durante una aparición pública
Lombardi es confrontado por familiares y víctimas de abuso durante una aparición pública

—¿Qué impacto tienen en usted los testimonios de las víctimas de abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia, cómo lo vive? Porque, si no me equivoco, fue usted mismo quien propuso la escucha de esas experiencias terribles en boca de las víctimas en el marco del encuentro de febrero ante obispos y cardenales de todo el mundo.

—En Roma y cerca del Vaticano en los últimos años ha habido varias manifestaciones públicas de grupos y asociaciones de víctimas de abuso sexual. En general, son protestas de personas que piden justicia por lo que les sucedió a ellos o a sus familias, que protestan por no haber sido escuchados, que desean medidas punitivas más severas y oportunas para los culpables y para quienes los han cubierto. Comúnmente, las manifestaciones públicas de protesta son muy agresivas y se organizan llamando a los medios de comunicación para darles mayor eco. Por lo tanto, son apenas oportunidades para el encuentro y el diálogo. Esto es claro; por eso también en el episodio que usted recuerda de hace algunos años al comienzo de Via della Conciliazione, yo no esperaba poder hablar con los manifestantes y mucho menos con los periodistas que me asediaban; pero también quería demostrar también yo mi voluntad de atención y de escucha. Para hablar, era necesario encontrar una situación diferente, fuera de la presión público-mediática. Es cuanto hemos buscado hacer también con el Comité Organizador del Encuentro de febrero, invitando a algunos representantes de asociaciones de víctimas para que nos cuenten sus expectativas. Pero la cuestión de la relación con las víctimas de los abusos es grande y compleja. Hay víctimas "organizadas" en asociaciones y grupos de presión, con quienes el diálogo es realmente difícil por su agresividad. En estos casos, es necesario comprender que la agresión se debe en gran parte al profundo sufrimiento por los abusos sufridos y también por el sufrimiento de no haber sido escuchados y creídos, y por no haber tenido justicia. También por esto, tenemos que pagar un precio, y trato de hacerlo al seguir escuchando incluso si no llego a dialogar. Pero también hay muchas otras víctimas que no desean hacer manifestaciones y protestas, y prefieren llevar su sufrimiento y buscar la curación de sus heridas por un camino fatigoso en la comunidad de la Iglesia. Para estos es necesario proporcionar apoyo psicológico y espiritual por largo tiempo. También hay víctimas que desean reencontrar su plena y reconocida inserción en la comunidad de la Iglesia con la participación en la oración litúrgica y la Eucaristía: es una visión muy profunda no solo del camino de la penitencia que debemos hacer, sino también de la reconciliación a que este camino debe llevar.

En cuanto a la escucha los testimonios de las víctimas durante el Encuentro de febrero, no fue mi iniciativa, sino de todo el grupo de organizadores. Nosotros sabemos muy bien que el punto de partida de cualquier camino verdadero de conversión y compromiso frente al abuso es la escucha de las víctimas. Sin esto jamás se entenderá la profundidad de las heridas causadas por el abuso y el camino que hay que hacer para remediarlas. Por lo tanto, se ha recomendado que los participantes, si aún no lo hubieran hecho, escucharan a las víctimas de abusos en sus países antes de llegar, y luego los escucharan también en la asamblea, tanto grabados como en vivo, y que fueran víctimas de diferentes partes del mundo, para entender bien que el problema del abuso está en todas partes del mundo. El testimonio de las víctimas, si se escucha atentamente, en un contexto de verdadera participación humana y espiritual, toca el corazón hasta el final. Después nos sentimos cambiados y se entiende la necesidad de comprometerse para que estos delitos no vuelvan a ocurrir. Si son realizados por personas que deberían servir al Señor, son verdaderamente absurdos y horribles.

—La Iglesia por la que claman los "progresistas" del mundo expresa, entre otros tópicos, por definiciones sobre homosexuales y sacerdocio; sacerdocio femenino; celibato sacerdotal optativo. La moral sexual en un primer plano, en definitiva. ¿Qué lugar le da usted a estos temas con proyección a futuro y qué reflexiona sobre la Doctrina Social de Iglesia junto a la Laudato Si' y su baja intensidad de presencia en la catequesis y en la vida de los católicos? La moral social, en definitiva.
—Me parece que el tema de la moralidad sexual es diferente a la del sacerdocio femenino, que se refiere a la cuestión más amplia de la situación de las mujeres en la Iglesia, que es muy importante y en la que creo que es necesario caminar y hacer muchos progresos, pero no lo trataré ahora. Confieso que estoy muy impresionado por la influencia que las nuevas situaciones culturales, incluidas las comunicaciones e Internet, tienen sobre las relaciones entre las personas y también entre hombres y mujeres, empezando por las generaciones más jóvenes. Estoy sinceramente preocupado por la omnipresencia de la sexualización a través de la comunicación: la inmensa difusión de la pornografía a través de la red —de la cual no muchos tienen el coraje de hablar—, mezclados con el sexting, ciberacoso y el chantaje en la red. El movimiento #MeToo es en sí mismo positivo como una reacción a las actitudes de abuso, pero debe extenderse a toda una cultura que reduce y hace que la relación entre hombres y mujeres sea indigna y vulgar y llega a confundir nuestras propias identidades personales. Los creyentes, la Iglesia deben encontrar los caminos para dar testimonio de la dignidad de las personas y de sus relaciones en nuestro mundo. Es muy difícil. Debemos discernir, distinguir, lo que es fundamental y duradero, de lo que puede cambiar y es justo que cambie. No es suficiente adaptarse a las tendencias corrientes, de lo contrario "la sal pierde su sabor". Estoy convencido de que una buena parte de la especificidad del testimonio cristiano en el mundo de hoy se "juega" en la espiritualidad y el comportamiento en el campo de la sexualidad como una expresión de la dignidad de la persona. En definitiva, fue así incluso al comienzo del cristianismo en relación con el mundo pagano.

Sobre la moralidad social y su presencia en la catequesis y en la vida de los católicos, quizás sea más optimista que usted. En mi experiencia, están bien presentes, al menos en los círculos católicos que se comprometen con un testimonio vivo en la sociedad, que son los que más frecuento. Por esto, el mensaje del Papa Francisco de mirar al mundo desde las "periferias", estar atentos a los pobres, recordar que el "protocolo" del juicio de Dios está bien expresado en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo ("Tenía hambre y me diste comida…"), fueron muy bien recibidos. Laudato si' es también un instrumento de uso continuo para mí, no solo para el compromiso social sino también para el compromiso espiritual, para la conversión a las actitudes correctas y la responsabilidad por la "casa común" y para la creación como un don común de Dios para todos. Veo que Laudato si' es un camino para el diálogo ecuménico e interreligioso de extraordinario valor.

*Traducción del padre Guillermo Ortiz SJ