
"El mercado de esclavas abría por la noche. Podíamos escuchar la conmoción que había abajo, donde los militantes se registraban y se organizaban. Cuando el primer hombre entró en la habitación, todas las chicas comenzaron a gritar. Fue como la escena de una explosión. Gemíamos como si estuviéramos fuertemente heridas, retorciéndonos y vomitando en el suelo. Pero nada de eso detuvo a los militantes".
Nadia Murad tiene 25 años. En 2014, a los 21, fue convertida en esclava sexual por el Estado Islámico (ISIS). La misma suerte corrieron en los últimos años miles de niñas y mujeres yazidíes, una comunidad preislámica con arraigo en Irak, a la que los yihadistas consideran herética.
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El estremecedor relato es un extracto de su autobiografía, La última chica: La historia de mi cautiverio y mi lucha contra el Estado Islámico. Fue publicada en 2017 por la editorial Virago.
"Caminaban alrededor de la habitación, mirándonos fijamente, mientras nosotras gritábamos y suplicábamos. Al principio, gravitaban en torno a las más lindas, preguntando, '¿cuántos años tienes?', y examinando sus cabellos y sus bocas. '¿Son vírgenes, no?', le preguntaban al guardia, que asentía y decía, '¡Claro!', como un comerciante orgulloso de su producto. Los militantes nos tocaban donde querían, pasando sus manos sobre nuestros senos y sobre nuestras piernas, como si fuéramos animales".
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Murad y Denis Mukwege, un ginecólogo que trata a las mujeres víctimas de violencia sexual en la República Democrática del Congo, recibieron este viernes el premio Nobel de la Paz "por sus esfuerzos para poner fin al uso de la violencia sexual como arma de guerra". El aporte inconmensurable de la joven iraquí es contar una y otra vez su historia y la de tantas otras mujeres, sin importar lo doloroso que es.
"Si era inevitable que un militante me tomara, no se la iba a hacer fácil. Aullaba y gritaba, sacando las manos que se me acercaban para tocarme. Otras chicas hacían lo mismo, doblando sus cuerpos en el suelo como si fueran bolas, o arrojándose sobre sus hermanas y amigas para protegerlas".
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"Mientras estaba ahí tirada, otro militante se detuvo en frente nuestro. Era alguien de alto rango, llamado Salwan, que había venido con otra chica, una yazidí de Hardan, a la que planeaba dejar en la casa mientras compraba una reemplazante. 'Párate', me dijo. Como no lo hice, me pateó. '¡Tú, la chica de la chaqueta rosa! ¡Dije que te pares!'. Sus ojos estaban hundidos en la carne de su rostro ancho, que parecía estar enteramente cubierto de pelo. No parecía un hombre, parecía un monstruo".
Murad perdió a su madre y a seis hermanos a manos de ISIS. Pero, tras ser violada y golpeada de todas las maneras posibles, logró escapar. Consiguió que la sacaran de Irak y a comienzos de 2015 llegó como refugiada a Alemania.
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"Atacar Sinjar (su pueblo, en el norte de Irak) y llevarse a las jóvenes para usarlas como esclavas sexuales no era una decisión espontánea que tomaban los soldados en el campo de batalla. ISIS lo tenía todo planeado: cómo entrar a nuestras casas, qué hacía a una chica más o menos valiosa, qué militantes merecían una sabaya (esclava sexual) como incentivo, y qué debía pagar".
"La violación ha sido usada a lo largo de la historia como arma de guerra. Nunca pensé que podría llegar a tener algo en común con mujeres de Ruanda. Antes de todo esto, ni siquiera sabía que existía un país llamado Ruanda. Y ahora estoy vinculada a ellas de la peor manera posible, como una víctima de un crimen de guerra del que es tan difícil hablar que nadie en el mundo había sido condenado hasta sólo 16 años antes de la llegada de ISIS a Sinjar".
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Murad fue por primera vez a la ONU en noviembre de 2015, al Consejo de Derechos Humanos, en Ginebra, Suiza. "Nunca había contado mi historia ante una audiencia tan grande (…) Tuve que hablar de Hajji Salman (el terrorista que la terminó adquiriendo), de las veces que me violó y de todo el abuso del que fui testigo. Decidir ser honesta fue una de las decisiones más difíciles que tomé en mi vida, pero también fue la más importante".
En 2016 el Parlamento Europeo le concedió el Premio Sájarov. Poco después se convirtió en embajadora de la ONU para la Dignidad de los Sobrevivientes de Trata de Personas.
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"Nunca es fácil contar tu historia. Cada vez que lo haces, la revives. Cuando le hablo a alguien sobre el lugar en el que los hombres me violaban, o sobre lo que era sentir el látigo de Hajji Salman a través de la sábana con la que me tapaba, o sobre el cielo oscuro de Mosul mientras buscaba en el barrio algún signo de ayuda, me transporto a esos momentos y a todo su terror".
"Mi historia, contada honestamente, es la mejor arma que tengo contra el terrorismo, y planeo usarla hasta que esos terroristas sean llevados a juicio (…) Quiero ver a los ojos de los hombres que me violaron y observarlos sometiéndose ante la Justicia. Más que cualquier otra cosa, quiero ser la última chica en el mundo con una historia como la mía".
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