La sede de la ONU en Ginebra, donde sesiona el Consejo de Derechos Humanos (AFP)
La sede de la ONU en Ginebra, donde sesiona el Consejo de Derechos Humanos (AFP)

La comunidad internacional creó en 1947, sólo dos años después de la fundación de la ONU, a la Comisión de Derechos Humanos. Su misión era denunciar y prevenir los crímenes de lesa humanidad en el mundo. No obstante, rápidamente cayó en la telaraña de la Guerra Fría. En lugar de actuar siguiendo criterios objetivos, los países miembros decidían en función del bando al que pertenecían. Las naciones del eje comunista, que respondían a los lineamientos de Moscú, procuraban defender siempre a sus aliados sin importar las crímenes que cometieran. Con el mismo criterio se manejaba el bloque occidental, que seguía las directivas de Washington.

Como si fuera poco, la Comisión estaba conformada por países que tenían en su haber graves denuncias por violaciones a los derechos humanos. Evidentemente, en esas condiciones no era mucho lo que podía hacer el organismo. Así fue como en 2006 se decretó su defunción.

En su lugar se creó el Consejo de Derechos Humanos (CDH). El primer cambio fue que, en teoría, los miembros de la Asamblea General debían considerar la situación de los países al momento de votar a los 47 miembros del foro, para evitar que ingresara un gobierno dictatorial y asesino. La idea era muy clara: despolitizarlo y convertirlo en un verdadero faro en la defensa de los derechos humanos.

"Fueron demasiado optimistas", comentó a Infobae un miembro de una delegación latinoamericana. Lo cierto es que el CDH volvió rápidamente a quedar atrapado en la lógica cortoplacista de los gobiernos. Para empezar, nació con algunos problemas de base. El primero es que cuenta con apenas 3% de todo el presupuesto de la ONU, lo que evidencia el desfase entre el discurso en favor de los derechos humanos y lo que realmente se hace para defenderlos. El segundo es que el criterio de selección de los integrantes es tan vago que termina entrando al CDH cualquiera que reúna el apoyo político suficiente en la Asamblea General.

Oscar Cabello, vicecanciller de Paraguay, al leer la declaración sobre Venezuela
Oscar Cabello, vicecanciller de Paraguay, al leer la declaración sobre Venezuela

"Hay países que quieren pertenecer al Consejo no para defender los derechos humanos, sino para asegurarse de que sus resoluciones no los afecten", dijo el director de una importante ONG que trabaja muy cerca del CDH. Sobran los ejemplos. Burundi, que está atravesando una grave crisis por los sistemáticos crímenes de lesa humanidad cometidos por el gobierno de Pierre Nkurunziza, forma parte del mismo CDH que durante la 33ª Sesión que acaba de terminar tuvo que decidir si aprobaba o no un informe en el que se denunciaban las atrocidades que está cometiendo. Al final, no consiguió el apoyo suficiente para bloquearlo. Pero hay otros casos flagrantes, como Arabia Saudita, Rusia, Cuba o Venezuela.

Parte del problema está en el mecanismo de selección. Cualquiera de los 193 estados presentes en la ONU puede presentar su candidatura para un mandato de tres años con la posibilidad de una reelección consecutiva. Para entrar hay que tener el respaldo de la Asamblea General. Pero en realidad no todos tienen las mismas probabilidades, porque hay cupos preestablecidos: 13 para África, 13 para Asia y el Pacífico, 8 para América Latina y el Caribe, 7 para Europa occidental y otros, y 6 para Europa oriental.

Así, el CDH termina funcionando como un cuerpo político de tipo parlamentario con cupos preestablecidos. En la mayoría de las resoluciones, los participantes no votan individualmente en función de sus convicciones, sino que se agrupan en bloques y deciden en concordancia con los acuerdos que tienen con sus socios. Los principales bloques son el Grupo Africano, el Grupo Árabe, el Grupo de la Unión Europea, Canadá y Estados Unidos, y el Grupo Latinoamericano. Es cierto que hay flexibilidad y hay veces en las que esos grupos se rompen, pero la intención es fortalecerlos, lo que hace muy difícil que un país se anime a cuestionar a un miembro de su propio bloque.

Por eso Paraguay causó tanto revuelo esta semana cuando leyó una declaración conjunta manifestando su preocupación por la situación de los derechos humanos en Venezuela. Fue algo realmente inédito. Tanto es así que Costa Rica fue el único estado latinoamericano que lo acompañó. El resto se abstuvo o, en el caso de los que participan del ALBA (Cuba, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia), se sumaron a una contradeclaración en apoyo a Caracas y al gobierno de Nicolás Maduro, cuyo representante dijo que Paraguay no era más que un "lacayo del imperialismo norteamericano".

Recinto del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra (AFP)
Recinto del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra (AFP)

La guerra fría

A pesar de todas estas dificultades, hasta hace unos tres o cuatro años, el CDH lograba superar al menos en parte las trabas introducidas por los intereses políticos. Había espacios de negociación que eran valorados y un número considerable de resoluciones eran aprobadas como resultado de acuerdos.

"Antes, cuando un proyecto no salía por consenso, se vivía como una tragedia. Ahora se volvió habitual tener que ir a una votación", dijo a Infobae otro representante latinoamericano. La diferencia entre aprobar una iniciativa por consenso o por mayoría es crucial. En el primer caso se consigue que todas las partes busquen un punto medio y así se comprometen con el proyecto, haciendo más viable su aplicación. En cambio, si nadie está dispuesto a negociar, y todo se trata de quién obtiene el mayor número de adhesiones, la cooperación en materia de derechos humanos se vuelve casi imposible.

Los distintos diplomáticos con los que habló Infobae en Ginebra a lo largo de la última semana señalaron en la misma dirección al momento de buscar la causa de esta mayor polarización: Rusia. "Los rusos quieren dinamitar el foro. Extrañan la influencia que tenían sobre la mitad del mundo", comentó con una sonrisa en el rostro uno de los representantes de la región.

No es nuevo. A distintos niveles de la geopolítica se está viendo esta persistente búsqueda de Rusia por recuperar parte de la influencia que tenía en los tiempos de la Unión Soviética, y que perdió tras su disolución. Y para eso procura repetir la fórmula que tanto éxito le dio hasta 1990: polarizar con Estados Unidos y con la Unión Europea. El grave conflicto interno en Ucrania, con la anexión de la península de Crimea como colofón, fue un primer mojón. Luego vino su participación cada vez más activa en Siria, para defender al régimen de Bashar al Assad, actuando como un contrapeso de Occidente.

La mirada entre Obama y Putin durante la cumbre del G20 en China (AFP)
La mirada entre Obama y Putin durante la cumbre del G20 en China (AFP)

El CDH está cada vez más contaminado por esa lógica binaria. Se vio este viernes, cuando se votó una dura resolución sobre Siria que condenaba a su gobierno. Se impuso por un reducido margen, ya que fueron 26 votos a favor y 21 en contra, sumando las 14 abstenciones y los 7 votos negativos.

A diferencia de lo que ocurría durante la Guerra Fría, donde el clivaje era entre los países capitalistas y los comunistas, ahora la línea divisoria es más difusa, porque está claro que Rusia ya no practica el comunismo. Las diferencias hoy parecen poner de un lado a las democracias liberales (Estados Unidos, Canadá, Australia, Unión Europea y parte de América Latina) y del otro a las democracias autoritarias y a las dictaduras (Rusia, China, el Grupo Árabe, el Grupo Africano y el ALBA).

La intención de Rusia es paralizar al CDH. El caso más claro fue un proyecto impulsado por México para que se respeten los derechos humanos al combatir el terrorismo. Era un tema sensible para las potencias militares del mundo, pero tras arduas negociaciones se llegó a un punto medio y se acordó acompañar el borrador final por consenso. Sin embargo, cuando llegó el momento de discutirlo en el recinto del Palacio de las Naciones, Rusia trató de introducir una serie de enmiendas de último momento que desnaturalizaban completamente el texto. El embajador mexicano, Jorge Lomónaco, se mostró consternado por esta actitud, y le reprochó a Rusia no haber propuesto los cambios durante las discusiones previas. Sólo una de las enmiendas fue aprobada, y no era la más dura, así que la resolución salió como se esperaba.

Un párrafo aparte merece la actuación de Venezuela. Es curiosa la convicción con la que acusó a Paraguay de ser un "lacayo de Estados Unidos", como si Venezuela fuera un país que no se dejara influenciar por nadie. Sin embargo, la realidad muestra que en la abrumadora mayoría de los debates, sin importar su origen, votó exactamente lo mismo que Rusia. Hasta Cuba se permitió diferir en el caso de la resolución sobre terrorismo. Pero no la delegación venezolana, que al igual que la rusa, optó por la abstención. ¿"Lacayos" del imperialismo ruso?

Nicolás Maduro en la Asamblea General de la ONU en 2015 (Reuters)
Nicolás Maduro en la Asamblea General de la ONU en 2015 (Reuters)

A pesar de todo, el CDH sirve

Después de este cuadro sombrío alguien podría estar tentado a decir que el CDH no sirve para absolutamente nada. Pero sería un error. Con todas sus limitaciones, cumple una función valiosa. Evitar que se cometan crímenes de lesa humanidad en el mundo es algo en extremo difícil, porque la ONU puede redactar informes, aprobar resoluciones y hacer exigencias, pero no puede garantizar que eso se cumpla en el terreno, en países que no dejan entrar a sus organismos.

Los estados nacionales pueden hacer cumplir las leyes porque tienen el poder de policía para sancionar de manera efectiva a quien las incumple. Y aún así hay cientos de leyes que no consiguen hacer efectivas. Pero la ONU carece de ese poder de policía. Lo más parecido a eso sería invadir aquel país en el que se violan los derechos humanos, y todos saben que las consecuencias de ese tipo de acciones suelen ser desastrosas.

¿Entonces qué le queda a la comunidad internacional? Ningún gobierno quiere quedar expuesto y potencialmente excluido del mundo, porque en tiempos de interconexión creciente, eso tiene un costo demasiado alto. La presión externa, si es consistente, apoyada sobre bases sólidas y objetivas, está entre las mejores herramientas que se pueden aplicar. América Latina es un buen ejemplo. Muchas de las dictaduras de los años setenta y ochenta colapsaron, en parte, por la presión internacional.

A diferencia de la extinta Comisión de Derechos Humanos, el Consejo tiene herramientas interesantes. El Examen Periódico Universal (UPR por su sigla en inglés) es una de ellas. Exige a todos los países de la ONU someterse a una revisión realizada por expertos independientes, que evalúan el grado de cumplimiento que hay sobre los derechos fundamentales de la población. Otro instrumento son los mandatos sobre países, que es la creación de un grupo especial de seguimiento detallado y en el terreno de lo que pasa en naciones que atraviesan graves crisis. El pormenorizado informe sobre Siria se realizó gracias a un mandato.

La crítica al CDH por la incorporación de miembros que cometen graves delitos es totalmente legítima. Pero también es cierto que no es fácil establecer un criterio que delimite claramente quién sí y quién no. Como le dijo a Infobae un representante europeo: "Hay que entender que el CDH es sólo una herramienta para los derechos humanos, dentro de una caja en la que existen otras. Pero es muy importante tener un organismo en el que puedan estar sentados en la misma mesa todos los países del mundo".

Por último, el hecho de que los gobiernos que vulneran los derechos humanos sean los más interesados en pertenecer al CDH para neutralizarlo es un buen indicador de que para algo sirve. Si no, ni siquiera se molestarían.

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