
Una mujer de 37 años, cinco hijos y sin nombre propio intenta sobrevivir con menos de un dólar al día. Se trata de sólo una muestra de la vida cotidiana de muchas mujeres en Afganistán, cuyos suplicios comienzan en su temprana niñez con los matrimonios forzados.
"No quiero que mi hija sufra las mismas limitaciones y problemas que yo. Quiero que se case cuando sea mayor, no durante su infancia", relata al Huffington Post una mujer del pueblo de Pol e Charkhi que, por respetar la tradición rural afgana, no usa su nombre propio sino el de su primogénito y se hace llamar "la madre de Spengul".
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La madre de Spengul se casó a los 7 años con un hombre que en ese entonces tenía unos veinte. "Era una niña. ¿Cómo iba a ser feliz?", reflexiona. "¿Cómo una niña sin su madre y sin su padre puede ser feliz en una casa extraña?", relata con dolor.
Su marido resultó ser una persona mentalmente inestable y un adicto al opio, lo que hizo que la mujer sufriera abandono, una soledad insoportable y desamor. Cuando empezó a menstruar, a los 13 años, concibió a su primer hijo. Pero su cuerpo no estaba desarrollado por completo ni preparado para el parto, y además no tenía dinero para comida ni medicinas, así que el niño no tuvo muchas posibilidades de supervivencia y murió a los cuatro meses.
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Como suele ocurrirles a las madres menores, la progenitora de Spengul sufrió físicamente tras su primer parto y estuvo un tiempo sin tener otro hijo. Es que las niñas que dan a luz antes de los 18 años se enfrentan a numerosos problemas; entre ellos, diabetes, anemia y enfermedades cardíacas, según los expertos.
Afganistán tiene la tasa de mortalidad materna más alta del mundo, debido especialmente a los matrimonios forzados de niñas jóvenes. La pobreza y la falta de calorías no hacen más que empeorar el problema. El país, además, tiene la cuarta peor tasa de mortalidad infantil en niños menores de cinco años, por detrás de Angola, Benin y Chad, según Unicef, que calcula que mueren 101 niños de cada 1.000 nacimientos.
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La madre de Spengul no superó la muerte de su primer hijo hasta que su marido no la amenazó –unos años después– con casarse con otra mujer. Hoy, sin embargo, cree que sus hijos son lo mejor que le ha pasado: "Me alegro de tener a mis hijos. Así es. Si no, no habría felicidad en mi vida".
Actualmente, la madre de Spengul cuida de sus tres hijas y dos hijos, vestidos con harapos y visiblemente malnutridos. La más pequeña tiene dos años. Juegan en el patio de la casa, con el pelo apelmazado por la suciedad. Su marido los abandonó hace dos años y medio sin dejar rastro. "Se esfumó", explica y añade que cree que puede estar muerto. "Nunca encontré su cuerpo".
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La madre de Spengul subsiste a duras penas lavando uvas pasas. Por un bol grande de pasas, recibe 50 afganis, el equivalente de un dólar. Tarda un día entero en limpiar un bol grande. Algunos días puede darle de comer a sus hijos y otros días no.
El futuro para los niños de Afganistán es desalentador. Las tropas extranjeras siguen ahí, hay altos índices de inseguridad y la inestabilidad política y la falta de ayudas externas amenazan con echar por tierra el precario equilibrio social.

Pese a la existencia de una ley de 2009 que penaliza el matrimonio infantil –la edad oficial para las chicas es de 16 años y para los chicos, de 18–, la práctica continúa y rara vez se pilla a los infractores. "El matrimonio infantil está aceptado como parte del estilo de vida afgano, de la identidad y las tradiciones del pueblo afgano", cuenta Freshta Karimi, fundadora y directora de Da Qanoon Ghushtonky, uno de los principales servicios de asistencia jurídica del país.
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De vez en cuando, a la madre de Spengul una gran sonrisa le recorre la cara. Sueña con poder llevar a sus hijos a la escuela. "La mayor ambición de mi hija es tener un cuaderno y poder escribir en él".
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