Prostitución, ritos satánicos, corrupción y más de 100 asesinatos: la brutal historia de las Poquianchis

El 25 enero de 1964 la revista de nota roja Alarma dio a conocer una de las historias más impactantes y macabras que han salido a la luz en México

Crédito: Jovani Pérez
Crédito: Jovani Pérez

El 25 enero de 1964 la revista de nota roja Alarma dio a conocer una de las historias más impactantes y macabras que han salido a la luz.

Aquella portada en color amarillo mostró por primera vez los rostros de las hermanas González Valenzuela: María Luisa, Delfina, María de Jesús y Carmen. Al interior de sus páginas también se pidió una investigación minuciosa a todos aquellos que estuviesen involucrados en el hecho, pues se trataba de un caso criminal sin precedentes en la historia de México.

Las cuatro administraban un burdel donde mantenían retenidas contra su voluntad a un grupo de jóvenes mujeres para esclavizarlas y someterlas a múltiples castigos. Se les atribuyeron el asesinato de al menos 150 personas, la mayoría prostitutas que trabajaban para ellas.

En enero de ese año, luego de un largo tormento, una las mujeres que se llamaba Catalina Ortega logró escapar del rancho donde la tenían privada de su libertad, escabulléndose por una abertura en la pared. Caminó por largos kilómetros hasta que pudo contactar a su familia, quienes denunciaron el hecho en la jefatura de policía de León, Guanajuato.

En su declaración mencionó los tratos despreciables de los que había sido víctima, pero sin duda el dato más valioso que dijo a la policía fue la localización de un grupo de mujeres que se encontraban sometidas y eran obligadas a prostituirse por las hermanas González.

Cuando la policía irrumpió en el rancho Loma del Ángel encontró a las mujeres en mal estado y en condiciones insalubres. Todas llevaban vestidos negros viejos y chales desgastados. Su aspecto era descuidado. La policía las sacó a todas de la propiedad y detuvo de inmediato a las cuatro hermanas.

Pero todavía faltaban más horrores por descubrir: una de las mujeres dijo a la policía que en el patio trasero había un cementerio no solamente de prostitutas, sino de todos los embriones que mataron cada vez que una de ellas quedaba embarazada. Las autoridades presumieron que a muchas de sus víctimas las enterraron vivas.

Hijas de una fanática religiosa y un policía del porfiriato

Las hermanas María de Jesús y Delfina
Las hermanas María de Jesús y Delfina

Cuando los pobladores del rancho se enteraron de los hallazgos no dudaron en hacer justicia por su propia mano. Intentaron lincharlas pero ante tal descontrol de la población el juez no tuvo más remedio que enviarlas a la cárcel en Irapuato, fuertemente custodiadas.

María de Jesús, María del Carmen, María Luisa y Delfina nacieron en San Francisco del Rincón, Guanajuato, y en el Salto, Jalisco.

Hijas de Bernardina Valenzuela, una fanática religiosa, e Isidro Torres, quien trabajaba en el cuerpo policiaco, en ese entonces, bajo el mandato de Porfirio Díaz.

Se dedicaba a atrapar a los asaltantes de caminos. Era alcohólico y constantemente infringía maltratos a su familia, además de que en varias ocasiones obligó a sus hijas a presenciar los castigos de los detenidos, incluso las ejecuciones.

Llegó al extremo de encarcelar durante un año a su propia hija Carmen, como escarmiento por haberse escapado con un hombre sin estar casada.

También era común que ejecutara a los criminales que apresaba. Cumplía con su trabajo de forma eficiente, pero también le bastó un solo día para echar todo a perder: quiso abusar de su rango y mató a un hombre inocente con el que tenía problemas.

Después de ese altercado Isidro y su familia tuvieron que huir y recomenzar sus vidas en la ciudad El Salto, donde comenzó a trabajar como arriero.

Por temor a represalias, tuvieron que cambiar su apellido paterno. A mediados de los años treinta Delfina, Carmen y María de Jesús consiguieron trabajo como obreras en una fábrica de hilados y tejidos. Un trabajo arduo y mal pagado en el que no duraron mucho.

Fue así que buscaron otras maneras de ganarse la vida. María del Carmen, quien era la mayor, se volvió concubina de un abarrotero de 50 años que la embarazó y que la dejó al enterarse. En 1938 conoció a otro hombre: Jesús Vargas, un tipo de mala reputación al que apodaban “El Gato”.

Al poco tiempo los dos abrieron una cantina y el negocio resultó ser muy rentable, pero debido a la mala administración de Vargas tuvieron que cerrar.

Poco después se separaron, pero en el corto período que pasó con él María aprendió mucho sobre el negocio de los bares. Fue entonces cuando regresó con su familia. Durante esos años sus padres murieron y les dejaron una pequeña herencia.

Luego de platicar con Carmen, Delfina decidió iniciar su propio negocio, inspirándose en la cantina de su hermana y sus altas ganancias en los buenos momentos. Ahí se le ocurrió la idea de abrir una cantina en su pueblo natal.

Una red familiar de complicidad

Crédito: Jovani Pérez
Crédito: Jovani Pérez

El negocio que había comenzado con la venta de bebidas pronto se convertiría en un sombrío calabozo, donde mujeres ofrecían sus servicios y eran esclavizadas por ella. Las reclutaba a base de engaños. Algunas tenían apenas entre 13 y 16 años. Con la promesa de conseguirles trabajo como empleadas domésticas, atrajo a varias jóvenes de los ranchos más cercanos y en poco tiempo el lugar tuvo mucha prosperidad.

El hijo de Delfina, Ramón Torres González, alias El Tepo, era el que se encargaba de supervisar a las jóvenes en aquel lugar, además de controlar a los clientes evitando que armaran riñas. También era el encargado en algunas ocasiones de pagar los sobornos a la policía.

Carmen, quien había hecho algunos estudios contables, era quien llevaba la contabilidad y también era la encargada de los permisos. Logró sacar de la clandestinidad y convertir aquel lugar en un sitio legalmente establecido.

Delfina se rodeó de la protección de policías y autoridades municipales, que además eran clientes de su local. Parecía que todo marchaba muy bien, hasta que el negocio finalmente cerró luego de un riña que finalizó en malos términos con algunos agentes, pues al encontrarse con Ramón en una cantina cercana a su establecimiento, tuvieron una discusión y acabaron con él. Delfina decidió vengarse contratando a unas personas para que los agentes pagaran por lo que le habían hecho a su hijo.

La clausura se llevó a cabo con tal impunidad, dejando en el interior a más de 20 mujeres que días después escaparon a San Francisco del Rincón, en una casa que era propiedad de Delfina, donde pasaron encerradas más de 6 meses viviendo en condiciones deplorables.

En 1949 María del Carmen murió a causa del cáncer. En 1954 Delfina decidió abrir una nueva cantina: “Guadalajara de noche”. Esta se inauguró en Lagos de Moreno y parecía más un motel donde rentaban cuartos para parejas. El propio alcalde concedió los permisos para que el negocio operara como bar, a cambio de favores íntimos.

Ya con el suficiente dinero, Delfina se fue a Guanajuato y decidió establecerse en San Francisco del Rincón. Una vez que el negocio comenzó a operar, mandó llamar a su hermana María Luisa para que también se integrara al negocio. Ambas comenzaron a reclutar más y más mujeres. Algunas eran engañadas y otras compradas: Delfina solía acudir a las rancherías buscando jóvenes de ‘buen ver’.

En muchas ocasiones se acercó a los campesinos que tenían hijas y les ofreció promesas y trabajo. En otras simplemente las raptó. Cuando llegaban al negocio las examinaban por completo y las sometían a extensos abusos. Las alimentaban con tortillas duras y un plato de frijoles. Las bañaban a cubetazos de agua helada. Y en la noche las ponían a atender a los clientes del bar.

Delfina tenía completamente el control de las jóvenes. Para mantenerlas trabajando las endeudaba vendiéndoles producto de aseo personal: ropa, joyas y maquillaje. De esta manera eran esclavizadas hasta que la deuda quedara saldada.

En una visita que hace María de Jesús a Guanajuato coincide por casualidad con Laura Larraga, una ex pupila que consiguió poner su propio burdel en León. Tiempo después lo adquirió para sí misma. El negocio, ubicado en la periferia de la ciudad, fue bautizado como la casa blanca, pero no fue muy popular.

Su suerte cambiaría luego de que un oculista le ofreció una casa en venta. María compró la propiedad y trasladó su negocio a una mejor ubicación donde prosperó rápidamente. La casa donde llevaban a cabo sus actividades era propiedad de un hombre apodado “El Poquianchis”.

Ella bautizó su negocio como Barca de Oro, sin embargo, no pasó mucho tiempo cuando María de Jesús ya era conocida como la Poquianchis. El lugar era frecuentado por jornaleros, campesinos, soldados y policías. Debido a la afluencia de la gente, llegaron a ser dueñas de otros negocios del mismo giro. Y para ese entonces las Poquianchis ya habían creado una red perfectamente controlada.

Loma del Ángel

Las-hermanas-Gonzalez-Valenzuela
Las-hermanas-Gonzalez-Valenzuela

En 1962 las autoridades de Guanajuato decidieron cerrar todos los negocios de este tipo. Las hermanas solo pudieron quedarse con “El Guadalajara de Noche”. La menor de las hermanas, Eva Valenzuela, se separó de ellas y decidió poner su propio negocio en Matamoros: “La Piernuda”.

Sin embargo, les pidió a sus hermanas que le ayudaran mandándoles jóvenes para que pudiera operar.

Fue entonces cuando a Delfina se le ocurrió un plan más descabellado: les propuso la idea a sus otras dos hermanas de unirse y comprar un rancho llamado Loma del Ángel para transformarlo en un lugar clandestino. Aplicaron el mismo modus operandi. Comenzaron a reclutar a más mujeres. Iban a diferentes lugares y las conseguían privándolas de la libertad.

Cuando alguna de las mujeres cumplía 25 años, eran sometidas a crueles castigos por ser consideradas “viejas”. Se las entregaban a Salvador Estrada Bocanegra, el verdugo, quien las encerraba en uno de los cuartos del rancho sin darles de comer ni beber por varios días, y entrando constantemente solo para maltratarlas y abusar de ellas.

A las que estaban muy débiles y ya ni siquiera podían defenderse se las llevaba a la parte de afuera del rancho, y tras cavar una zanja profunda, las enterraba vivas.

Aquel hombre era despiadado con las jóvenes y les aplicaba crueles castigos antes de acabar con ellas. A las embarazadas las golpeaba, y los bebés que lograron nacer los privó de la vida. Si alguna de las mujeres estaba enferma o débil, le esperaba la misma suerte.

Su historia inspiró a Jorge Ibargüengoitia para escribir su novela “Las Muertas”, que sirvió de guión para una película del mismo nombre dirigida por Felipe Cazals.

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