De “bandidos” y “salvajes” a ocupantes ejemplares: el día que Zapata y Villa entraron a la Ciudad de México

La llegada de los ejércitos comandados por los caudillos revolucionarios, el 6 de diciembre de 1914, causó terror entre los capitalinos

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Reunión de Francisco Villa y
Reunión de Francisco Villa y Emiliano Zapata (Foto: AHUNAM)

Este domingo 6 de diciembre se conmemoran 106 años de la entrada triunfal de los ejércitos comandados por Emiliano Zapata y Francisco “Pancho” Villa en la Ciudad de México. Este evento recordado con alegría y curiosidad por los historiadores y el público en general, en su momento fue vivido con inmenso terror por los capitalinos.

Zapata y Villa, fueron los caudillos a través de los cuales se articularon las luchas de campesinos pobres del país. Durante los primeros años de la Revolución Mexicana la prensa de la Ciudad de México hablaba de ellos en tonos sumamente despectivos, se refería a sus ejércitos como hordas de campesinos “salvajes” y “sanguinarios”, “bárbaros” e “incivilizados”.

Francisco Ramírez Plancarte lo describió así en un libro de testimonios reunidos por el gobierno de la ciudad: “Muchos eran los relatos de feroz salvajismo que la prensa gobiernista había publicado acerca de cómo los zapatistas llevaban a cabo sus traicioneros y sangrientos asaltos, así como los perversos instintos (funesta herencia de nuestros ancestros) que tenían y los reprobables medios que empleaban para martirizar a los prisioneros”.

Ante la noticia de que ambos ejércitos entrarían en la ciudad, la población fue sobrecogida por el pavor. Numerosos rumores alarmantes circulaban de voz en voz. “La voz popular contaba acerca de ellos (los zapatistas), numerosos actos (semejantes a los que verificaban los antiguos mexicas en aras de sus dioses), todos ellos muy repugnantes, llevados a cabo con tal refinamiento de crueldad, que solamente al escucharlos sentíase intensa tensión nerviosa. […] decíase que sólo eran chusmas afectas al robo, prontas a cometer todo género de depredaciones e infamias”.

Los soldados de ambos ejércitos entraron en la ciudad, los del norte con uniformes caquis y sombreros de fieltro y los del sur vestidos de charro. Desfilaron juntos por las calles de la metrópolis hasta llegar al Palacio Nacional en donde se encontraron con Venustiano Carranza. Era una mañana sumamente fría, la abrumadora mayoría de los comercios estaba cerrada y los capitalinos esperaban lo peor. Ante su sorpresa, la estadía de los ejércitos fue completamente pacífica, ningún comercio fue saqueado, nadie fue linchado. Los soldados ocupantes pagaron cada uno de los alimentos y bebidas que consumieron y se comportaron con el mayor respeto y decoro posibles.

Aunque, tanto Zapata como Villa, representaban a sectores campesinos y buscaban la reforma agraria, los caudillos y sus seguidores eran mucho más diferentes entre ellos de lo que usualmente se piensa. Villa era alto, media cerca de los dos metros, pesaba aproximadamente 90 kilos y no tomaba. Sus soldados eran colonos mestizos, integrantes de la clase media.

Soldados revolucionarios frente a un
Soldados revolucionarios frente a un tren de vapor.

De acuerdo con el historiador François Chevalier, Zapata era mucho más delgado. La mayoría de sus soldados eran campesinos indígenas, empobrecidos desde las reformas liberales de 1856 que permitieron que grandes hacendados compraran las tierras que ellos habían trabajado. Las tropas zapatistas contaban con muy escasos recursos, la mayoría de sus armas de fuego y municiones habían sido robadas de las tropas regulares, no contaban con un sueldo y obtenían su comida del campo y de las grandes haciendas.

Quizás lo único que estos líderes revolucionarios tenían en común era el objetivo de su lucha: una revolución social que transformara radicalmente el orden político y económico creado por el Porfiriato.

Dos días antes de que los revolucionarios llegaran a la Ciudad de México tuvieron su primer encuentro. Este se celebró en una hacienda en Xochimilco. La conversación no fue amena, inclusive se la podría describir como incómoda. Zapata propuso un brindis con una copa de coñac para romper la tensión. Villa era abstemio, aceptó sólo por cortesía y le dio un trago. Según testimonios del momento, no le sentó nada bien, casi se ahoga. Quizás el único tema con el que los dos se sintieron cómodos conversando fue el desprecio compartido contra otro de los grandes caudillos: Venustiano Carranza.

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