Gerardo y Gustavo, de 15 y 13 años de edad, respectivamente, abandonaron sus estudios para integrarse a las filas de la policía comunitaria y defender a su pueblo de los ataques de Los Ardillos. (Foto: Cuartoscuro)
Gerardo y Gustavo, de 15 y 13 años de edad, respectivamente, abandonaron sus estudios para integrarse a las filas de la policía comunitaria y defender a su pueblo de los ataques de Los Ardillos. (Foto: Cuartoscuro)

Gerardo y Gustavo tienen 15 y 13 años de edad, son hermanos y viven en Ayahualtempa, en Guerrero. A su corta edad están armados con un rifle 22 y una escopeta calibre 20, las cuales no sueltan, ni siquiera cuando juegan.

De acuerdo con el diario El Universal, ambos querían seguir estudiando para ser médicos o profesores, pero se vieron obligados a dejar la escuela, no porque tuvieran que trabajar para contribuir al gasto familiar, sino porque durante el último año, recorrer el kilómetro que los separa de la escuela, se volvió sumamente peligroso.

Gerardo terminó la secundaria pero ya no se inscribió al Colegio de Bachilleres. Gustavo dejó la secundaria cuando cursaba el primer grado. Ahora, se han integrado a la Policía Comunitaria de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC) para ayudar a su padre a defender a su pueblo de la organización criminal Los Ardillos.

Los dos saben, dice el diario, que el ser hijos de un policía comunitario los convierte en objetivo de posibles ataques. Cuando salen de su comunidad, son vigilados por los delincuentes.

El miércoles 22 de enero, las CRAC presentaron a 19 niños, de entre seis y 15 años de edad, como policías comunitarios en Chilapa, Guerrero (Foto: Cuartoscuro)
El miércoles 22 de enero, las CRAC presentaron a 19 niños, de entre seis y 15 años de edad, como policías comunitarios en Chilapa, Guerrero (Foto: Cuartoscuro)

El año pasado, relata El Universal, siete pobladores de Ayahualtempa rompieron ese límite que marcaron Los Ardillos, por lo que los asesinaron. A dos los mataron en el centro de Hueycantenango, en la cabecera municipal de José Joaquín Herrera; a tres trabajando en el campo, y a dos más, en el camino.

El panorama en la comunidad es el de un pueblo atrincherado: desde hace un año, en todas las entradas hay bultos llenos de tierra, apilados a manera de barricadas en donde hacen guardias de manera permanente.

Los Ardillos permanentemente lanzan amenazas de que entrarán y se llevarán a los comisarios municipal y ejidal. Además, les hacen llegar mensajes por separado “Si no matamos a un comunitario, matamos a sus hijos a sus esposas”, advierten.

El miércoles 22 de enero, las imágenes de niños armados, desde los seis a los 16 años de edad, le dieron la vuelta al mundo.

(Foto: Cuartoscuro)
(Foto: Cuartoscuro)

Ese día, 19 niños estaban formados en fila. Todos portaban la playera verde olivo que identifica a los policías comunitarios y esperaban la instrucción de Bernardino Sánchez Luna, uno de los coordinadores de la CRAC.

Minutos después comenzó el adiestramiento. A la voz de Bernardino quien grita posición uno, los niños colocan sus rifles como si fueran a disparar. Posición dos: los niños ponen una rodilla en el piso sin dejar de apuntar. Posición tres: se sientan completamente en el piso sin soltar el arma. Posición cuatro: todos se tiran boca abajo sin perder la vista en el supuesto blanco.

Es hasta que Bernardino da la orden “rompan filas, ya”, que los niños se dispersan por la cancha de básquetbol. Comienzan a jugar, pero siempre, portando los rifles a sus espaldas.

Gerardo hizo su primer recorrido en su pueblo en julio de 2019. Nunca ha estado en un enfrentamiento, por lo que la idea lo asusta. Los niños saben de la letalidad de Los Ardillos.

En septiembre pasado, cuando uno de los tíos de Gerardo y Gustavo salió a comprar víveres a Hueycantenango, hombres armados lo capturaron. Días después les avisaron que su cuerpo se encontraba en un camino rural de la comunidad de Cacoltepec. Tenía huellas de tortura.

(Foto: Cuartoscuro)
(Foto: Cuartoscuro)

Gustavo y Gerardo decidieron integrarse a las filas de la policía comunitaria para cuidar de su pueblo, pero sobre todo, a su papá.

“Cuando entré a la policía mi papá me dijo que si yo lo decía estaba bien, y mi mamá igual, pero me dijo que apoyara a mi papá por las noches”, comentó Gerardo.

Y es que antes de hacer un recorrido, las horas eran de mucha angustia. Si por un largo tiempo no podían localizarlo, se atemorizaban.

Por ahora, Gerardo y Gustavo saben que la única posibilidad que tienen es quedarse en su pueblo para seguir siendo policías comunitarios, ya que estudiar en otro lugar es casi imposible debido a que no tiene dinero para hacer ese gasto.

Sus padres son campesinos, pero en Ayahualtempa todos siembran para poder sobrevivir. Nadie puede salir a vender el excedente de sus cosechas.

Abandonar los estudios

Integrantes de la policía comunitaria en Chilapa, Guerrero (Foto: Cuartoscuro)
Integrantes de la policía comunitaria en Chilapa, Guerrero (Foto: Cuartoscuro)

El reportero de El Universal entrevistó brevemente a Luis, padre de Gustavo y Gerardo. Le preguntó si no le da miedo que le pase algo a sus hijos.

- “Sí, nos preocupa mucho. Antes a mí ellos siempre me preguntaban que si iba a regresar. Yo les decía que sí. Ahora yo me preocupo mucho por ellos” (sic), dijo.

¿Nunca intentó evitar que entraran a la comunitaria?, le preguntó el reportero.

- “Yo quería que estudiaran, pero un día me dijeron: si quieres que estudiemos, estudiamos, pero después no te quejes si nos agarran Los Ardillos porque tú eres comunitario. Conocen a todos los vivimos acá, por eso los niños tienen miedo. No nos queda de otra mas que capacitarlos para que se defiendan ellos mismos”, aseguró.

¿No le preocupa que no estén disfrutando su niñez?, lo cuestionaron.

- “Sí, pero de verdad ahorita es muy difícil. A mí me da más miedo que ellos vayan a la escuela a que anden armados. Me daría mucha tristeza, mucho dolor, que por dejarlos ir a la escuela me digan: ‘Ve a reconocer a tu hijo o a tu hijo se lo llevaron”, reconoció.

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