
Los mosquitos dependen de ciertas condiciones ambientales para sobrevivir y reproducirse. Su ciclo vital solo se completa cuando la temperatura y la humedad superan ciertos umbrales, y cualquier variación puede limitar o favorecer su presencia en distintas regiones.
El aumento sostenido de la temperatura global debido al cambio climático, junto con alteraciones en las lluvias y la humedad, permite que algunas especies lleguen a zonas donde antes no podían vivir, lo que facilita la aparición de enfermedades que son transmitidas por estos insectos en lugares impensados.
El Día Mundial del Mosquito pone en foco cómo la expansión de estos vectores modifica el riesgo sanitario a escala global. El avance de los mosquitos hacia nuevos territorios desafía las estrategias de control y amplía la posibilidad de brotes de enfermedades como dengue, zika, fiebre amarilla y malaria, incluso en regiones consideradas seguras hasta hace poco.
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Expansión global: nuevos territorios y especies invasoras
Los mosquitos solían habitar principalmente regiones tropicales y subtropicales, donde el clima cálido y la humedad abundante permiten que completen su ciclo de vida. Se encontraban sobre todo en selvas, zonas rurales y áreas cercanas a cuerpos de agua estancada, mientras que las regiones frías, secas o de gran altitud quedaban casi siempre libres de su presencia.

Según un estudio publicado en Nature Communications por científicos de la Universidad de Lisboa y la Universidad de Viena, 45 especies de mosquitos que pueden transmitir enfermedades a humanos ya viven fuera de sus regiones originales, y 28 de ellas lograron establecerse en al menos un lugar nuevo. Esta expansión se aceleró desde la década de 1950, sobre todo por el crecimiento del comercio y el transporte mundial.
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Especies como Aedes aegypti y Aedes albopictus, conocidas por transmitir dengue y fiebre amarilla, están presentes hoy en casi todos los continentes, excepto en la Antártida. Además, el origen de estos mosquitos invasores pasó de África a Asia en los últimos años, mientras que América del Norte, Europa y Australia reciben la mayor cantidad de especies nuevas.
El movimiento de estos insectos ocurre principalmente por la acción humana. Viajan escondidos en barcos, aviones o camiones, muchas veces dentro de neumáticos usados o plantas que se transportan de un país a otro. Además, la urbanización genera nuevos sitios donde pueden criar, como recipientes con agua en patios o calles. Así, encuentran cada vez más oportunidades para instalarse y multiplicarse lejos de sus hábitats habituales.
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La llegada de estos insectos a lugares donde nunca antes vivieron muestra cómo cambia el panorama. Un ejemplo reciente sucedió en octubre del año pasado, cuando el Instituto de Historia Natural de Islandia confirmó la aparición de la especie Culiseta annulata en la isla, un país que hasta ahora se consideraba libre de mosquitos.

El ejemplar, común en Europa, soportó el invierno islandés refugiado en sótanos y cobertizos. Aunque no transmite enfermedades conocidas en la región, su presencia evidencia que las nuevas condiciones ambientales permiten el ingreso y la supervivencia de especies que antes no podían llegar.
Dengue: proyecciones en un mundo más cálido
Un estudio publicado en BMJ Global Health por científicos de la Universidad tecnológica de Nanyang advierte que el aumento de la temperatura global favorecerá la expansión de los mosquitos Aedes aegypti y Aedes albopictus, principales transmisores del dengue, hacia latitudes más altas. Mediante modelos matemáticos y el análisis de registros históricos, los investigadores proyectaron que regiones como Norteamérica y Europa tendrán condiciones cada vez más aptas para la reproducción de estos mosquitos y para la transmisión del dengue en las próximas décadas.
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El trabajo estima que, entre 2041 y 2060, podrían ocurrir hasta 77 millones de infecciones anuales de dengue en el mundo, un 57% más que el promedio registrado entre 2000 y 2019. Este crecimiento se atribuye principalmente al aumento de la temperatura, la mayor adecuación ambiental para los mosquitos y el crecimiento poblacional.
Los autores recomiendan fortalecer las estrategias de control de criaderos y sumar intervenciones específicas, como el uso de mosquitos genéticamente modificados o infectados con la bacteria Wolbachia, para limitar la expansión del dengue en un escenario de cambio climático.
El cambio climático y la adaptación de los mosquitos

El desplazamiento de los mosquitos hacia regiones en las que antes no habitaban se relaciona con el cambio climático. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el aumento de la temperatura global, junto a cambios en la precipitación y la humedad, afecta la longevidad de los mosquitos y la transmisión de enfermedades como la malaria, el dengue y el Zika. Incluso, zonas que lograron erradicar la malaria registraron reemergencia del vector tras variaciones climáticas intensas.
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Un estudio de expertos de la Universidad de California en Berkeley publicado en PNAS, demostró que los mosquitos poseen una notable capacidad de adaptación genética al calor. En experimentos realizados con la especie Aedes sierrensis, se observó que las poblaciones expuestas a altas temperaturas desarrollaron cambios cromosómicos que les permitieron sobrevivir y reproducirse bajo condiciones más cálidas de las previstas por los modelos climáticos. Según los autores, esto sugiere que se puede estar subestimando el riesgo futuro de enfermedades transmitidas por mosquitos.
El caso de Islandia resulta paradigmático. El biólogo Gísli Már Gíslason, de la Universidad de Islandia, explicó a The New York Times que el incremento de la temperatura media en el país, de 1,1 °C en veinte años, favoreció la llegada y posible establecimiento de mosquitos. El experto advirtió que, si la tendencia continúa, los insectos encontrarán condiciones óptimas para completar su ciclo vital y alterar la fauna local.
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Además, la Alianza Global para el Clima y la Salud advirtió que el calentamiento global y los cambios extremos en el clima, como olas de calor, lluvias intensas o sequías prolongadas, crean condiciones ideales para que los mosquitos proliferen y se expandan. Cuando aumentan las temperaturas y cambian los patrones de precipitaciones, los mosquitos pueden reproducirse en lugares donde antes no sobrevivían y multiplicarse con mayor rapidez.
Enfermedades emergentes y vulnerabilidad social
En la región andina, el aumento de la temperatura y la alteración de patrones de precipitación impulsaron la expansión de vectores como Aedes aegypti y Anopheles hacia zonas de mayor altitud. Un estudio publicado en One Health por expertos de la Universidad de Las Américas documenta brotes de dengue y malaria por encima de los 2.000 metros sobre el nivel del mar en Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, lugares que antes se consideraban libres de transmisión.
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El mismo trabajo resalta que la presencia de estos vectores en altitudes elevadas refleja no solo un proceso ambiental, sino también una mayor vulnerabilidad social, vinculada a la pobreza y la falta de acceso a servicios de salud.
La evidencia indica que la capacidad fisiológica de los mosquitos para sobrevivir en ambientes fríos depende de adaptaciones biológicas, como el cambio en la expresión de genes relacionados con la tolerancia térmica, y de factores sociales, como la deforestación y el crecimiento urbano no planificado. Los brotes recientes en áreas altas coinciden con períodos de lluvias intensas y eventos climáticos como El Niño.
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Por otro lado, en la Patagonia argentina se registran 16 especies de mosquitos, en su mayoría de los géneros Culex y Aedes, incluyendo especies de importancia sanitaria como Culex pipiens (vector del virus del Nilo Occidental) y Aedes albifasciatus (transmisor de encefalitis equina y fiebre hemorrágica).
El clima templado-frío de la región llevó a estos insectos a desarrollar adaptaciones que les permiten sobrevivir a bajas temperaturas, como la sincronización del ciclo de vida y estados de dormancia, según especialistas del CONICET.
En los últimos años, los investigadores detectaron el avance de Aedes aegypti hacia el sur argentino, con presencia confirmada en Neuquén y San Antonio Oeste. Monitoreos realizados por el Ministerio de Salud de Neuquén muestran cómo esta especie logró establecerse en zonas antes consideradas demasiado frías, lo que alerta sobre los posibles efectos del cambio climático en la expansión de mosquitos de importancia sanitaria.
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